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4. Findings

4.9 Continuing challenges

La prensa en el siglo XIX y a mediados del siglo XX, se caracterizó por ser un espacio dominado y dirigido por los letrados de la época. Cada artículo publicado simbolizaba la ortodoxia del pensamiento político imperante, así fuera en el campo literario. Los enfrentamientos entorno al debate sobre lo que debía ser considerado como buena o mala literatura no se circunscribieron únicamente al ámbito netamente artístico, eran también una defensa de los planteamientos afines al proyecto regenerador, o un ataque contra aquellas ideas

contestatarias al propósito político que buscaba la integración de un país bajo ―Una nación, una raza, un Dios‖. Ejemplo de ello son las críticas producidas alrededor de las novelas objeto de estudio, reseñas que finalmente retratan las dinámicas del campo y representan la toma de posición de sus agentes participantes.

En este contexto, Tierra Virgen recibió críticas bastantes desalentadoras. Irónicamente, el crítico antioqueño Tulio Ospina Vásquez (1857-1921) fue el encargado de producir uno de los

55 más fuertes ataques contra esta novela.25 Ello probablemente se debe a que Ospina perteneció al partidor conservador y fue miembro de una de las familias políticas más reconocidas en el país.

En ―La lucha entre razas‖, publicada en la revista de literatura El montañés, muestra su interés por señalar los defectos de la obra de Zuleta:

Conteste cualquier hombre imparcial que conozca el verdadero carácter de la gente blanca que forma la inmensa mayoría de la población antioqueña; y que haya sabido apreciar el espíritu tolerante y democrático de nuestras costumbres patriarcales. (Ospina, 1899, p.75)

En Bogotá, la ―Atenas Suramericana‖, fue Lorenzo Marroquín, hijo de José Manuel

Marroquín y también miembro del partido conservador, el encargado de desacreditar la novela de Zuleta. Afirmó que Tierra Virgen se trataba de una obra carente de interés especial para el lector por la inclusión de una multiplicidad de personajes que desdibujaban la historia por

completo, incapacitando a su autor la producción de una ―acción única‖:

La novela del Señor Zuleta, refiere a la vida de de una familia, pero sin que la historia de ella, ni de otros muchos personajes que figuran, ofrezca interés especial, ni están enlazados para formar una acción única. (Marroquín, 1898, p.217)

La mayor importancia de la reseña de Marroquín recae en la reproducción del discurso regenerador sobre la utilización correcta del idioma, el significado del paradigma del buen hablar y el buen pensar aplicado a la sociedad. Para este autor, «la corrección del lenguaje y la brillantez del estilo son el ropaje de toda buena novela», y por ello al final de su artículo copia textualmente algunas de las frases de Zuleta, señalando que se trata de algunos «deslices, locuciones poco castizas e impropias»; así, por ejemplo, Marroquín escribe:

―Todo mundo‖ Todo el mundo.

―Había que vencer obstáculos para ascender escalas en las gradas sociales‖. Se suben las gradas de las escalas, pero no las escalas de las gradas.

―En compañía de dos tipos‖ por individuos es una vulgaridad que probablemente ha venido de

Bogotá y que desearíamos no ver impresa.

25 Hijo de Mariano Ospina Rodríguez, fundador del partido conservador y hermano de Pedro Nel Ospina, quien también fue miembro desatacado del partido conservador. Estudió matemáticas, literatura y ciencias naturales en la Universidad de Antioquia. Fue rector de la Facultad de Minas en 1888. Fundador de la Academia Colombiana de Historia durante la presidencia de la República a su cargo (1904-1918).

56 ―Muchos de los que dragonean de valientes.‖ Dragonear no es castizo, puede emplearse

alardear, preferentemente. (Marroquín, 1897; p. 221)

Frente a estas fuertes críticas, puede rescatarse la visión de Tierra Virgen propuesta por Max Thein, quien en su artículo ―Otra obra nacional‖, defendió la novela de Zuleta y exaltó el

estilo sencillo utilizado por este autor, reprochando solamente el último capítulo de Tierra Virgen26. Llama la atención que este crítico haya destacado ―la dicción pura y castiza‖ de la obra al escribir que:

Los admiradores de antiguas escuelas literarias que lean la obra que acaba de publicar en Medellín D. Eduardo Zuleta, dirán con razón que es ella una verdadera novela; los que sigan el impulso nuevo en literatura, la apellidarán novela, y muy á lo moderno. (Thein, 1897, p.300)

Como se puede leer en esta reseña, Thein cataloga a Eduardo Zuleta como ―modernista‖,

resultante interesante esta apreciación del crítico, porque la discusión generada alrededor de su novela, en términos generales, se redujo al enfrentamiento entre ―clásicos y modernos‖. Cabe

recordar en este punto que los regeneradores, entre ellos Marroquín, eran acérrimos defensores

de la lectura de los ―clásicos‖, pues con ella se promovía el cultivo del buen hablar, por tanto lo

llamado a ser ―moderno‖ sería, por antonomasia, la afrenta a ese correcto uso de la palabra

inculcado por la obras canonizadas.

Tal vez, encasillar al autor antioqueño dentro del movimiento modernista no sea completamente acertado. No cabe duda de que existen ciertas voces conservadoras en su obra, especialmente en el tema religioso, lo cual de un modo u otro lo acerca a la visión del proyecto regenerador. Lo que sí nos queda claro es que para los escritores de la época, reseñistas en revistas literarias, alcanza a notarse una asimilación entre lo moderno –con el regionalismo– y el rompimiento del canon literario impuesto por los regenerados. También, podemos agregar a esta cuestión el hecho de que Zuleta fuera muy amigo de José Asunción Silva, representante del modernismo en Colombia, probablemente caracterizado en Tierra Virgen por Simón Arenales, un hombre decadentista y crítico de su entorno que termina por suicidarse.

26 No hemos podido encontrar mayor información relacionada con este crítico colombiano. Creemos que el nombre Max Thein se trata de un seudónimo; sólo hemos podido rastrear otra de sus reseñas literarias también publicada en

el Repertorio Colombiano, titulada ―Otra novela nacional‖, sobre la obra de Abraham Zacarias López, Camila

57 No ocurre lo mismo con Amores y Leyes; como ya lo habíamos señalado, esta obra no se encuentra dentro de las novelas más populares de Marroquín, sin embargo no se puede afirmar que haya recibido críticas negativas por parte de los letrados de la época. En el Repertorio Colombiano, Carlos Martínez Silva27 escribió:

Mas no por ello ha de creerse que el Señor Marroquín escribe sólo para entretener á sus lectores con frívolas narraciones; su propósito es más elevado, y más noble el uso que hace de sus dotes de cuentista ameno y regocijado. En todas sus obras persigue un fin moral, que no es otro que el de corregir vicios o malas costumbres nuéstras (sic), usando de la sátira maleante, sin amargura, sin exageraciones caricaturescas y sin salirse de un punto de la verdad. En este sentido es el autor del que tratamos eminentemente realista, en el buen sentido de la palabra.(Silva, 1899, p. 214- 225)

Aparte de esta reseña literaria, no hemos encontrado otras críticas de la novela de Marroquín, aunque su nombre aparecería en múltiples artículos de revistas literarias. Rafael Pombo, en la Revista Ilustrada, afirma que: « La prosa del Señor Marroquín aventaja mucho á (sic) sus versos» (1898; p 54.), y describe su obra como:

Aparte de su objeto de varia enseñanza, cuanto sale de su pluma es ejemplar por el lenguaje, por el ingenio, por el buen gusto, y por la discreción, el chiste inocente y limpio y la delicadeza, que son sin necesidad de firma, su marca de fábrica. (Pombo, 1898, p. 54)

En 1979, aparece un artículo de Enrique Santos Molano, titulado ―La gracia de Marroquín‖, publicado en el Boletín Cultural y Bibliográfico de la Biblioteca Luis Ángel Arango, en donde el crítico señala que: «De no mediar ―La Perilla‖, Marroquín estaría hoy

irremisible y absolutamente olvidado» (Santos, 1979; p.), afirmación con la que no estamos de acuerdo si se tiene en cuenta que hoy día existen obras de Marroquín, como El Moro, que aún continúan siendo leídas y son objeto de estudio. No obstante, frente a la novela Amores y leyes, tendríamos que decir que el autor tiene toda la razón, la obra pasó al olvido por completo, síntoma irremediable de las propias dinámicas del campo.

Como sucedió con el caso de la recepción en las historias literarias, en la prensa también se evidenció el cambio de las dinámicas del campo, vimos cómo Marroquín progresivamente

27 Ideólogo del partido conservador colombiano, participante activo en política, parlamentario, educador y escritor santandereano.

58 perdió su posición dentro del canon literario, y cómo Zuleta adquirió un lugar dentro de ese canon. Podría afirmarse que en temas políticos la situación no fue muy diferente.

El resultado de este capítulo es la comprobación de la movilidad del canon literario, en el tiempo y en el espacio, como consecuencia de las dinámicas del campo en el que se desarrolla. El posicionamiento de la doxa regeneradora devino en la escritura caracterizada por su alto nivel didáctico, su defensa de principios morales y de la ideología propuesta por los letrados partícipes del proyecto regenerador. No debe sorprender entonces por qué una novela como la

de Marroquín fue posicionada tácitamente dentro del corpus ―ideal‖ de los hombres de letras sin

ser una obra popular entre ellos, y afirmamos esto tras ver las pocas reseñas o alusiones al respecto encontradas durante esta investigación. Probablemente, cualquier lector que se acerque de manera desprevenida a la novela Amores y leyes abandonará su lectura en un primer intento, teniendo en cuenta su alta protocolización en el habla y su trama poco interesante. Creemos, sin embargo, que no ocurriría lo mismo con Tierra Virgen, la cual finalmente termino posicionándose dentro de una nueva doxa.

La novela de José Manuel Marroquín, Amores y leyes, representó para la sociedad letrada conservadora –y en especial para los regeneradores– la realización de sus ideales al ser una obra emblemática del cronotopo idílico, cuya finalidad pretendía representar la permanencia en el tiempo de los prototipos impuestos por los precursores del proyecto regenerador, por ejemplo el paradigma del buen hablar y el buen pensar junto con la aplicación de principios morales. No cabe duda de que la meta trazada por los regeneradores alcanzó a tener ciertos efectos en el tiempo, como se puede verificar en los comentarios del Padre Guevara en su obra Novelistas buenos y malos.

Sin embargo, el sueño de los letrados regeneradores de un canon inquebrantable no fue logrado, y la obra de Zuleta es una de las muestras de las primeras fisuras que comenzaron a derrumbar los muros de aquella doxa. Tierra Virgen, representante del cronotopo carnavalesco, símbolo de la ruptura con el canon literario que pretendía ser inamovible pero que demostró su naturaleza ambivalente e inestable, superó en críticas a la novela de Marroquín, esa recepción devino de una nueva forma de leer y escribir la identidad fragmentada y heterogénea de la

59 región. La resignificación de una nación, en un mapa internacional múltiple que rescata la individualidad y trae así en sus páginas la defensa de la oralidad del pueblo, libre de toda aspiración a la perfección en la sintaxis, y la expresión de lo auténtico como definición de una nueva identidad nacional donde la heterogeneidad es lo reinante.

60 Conclusiones

La concepción de la novela durante el período histórico de la Regeneración determinó en muchos sentidos el devenir del género en nuestro país. Una visión particular en la cual la narrativa estaba definida a partir del concepto negativo de la ficción produjo el debate en torno a la novela. No se trató de una discusión caprichosa o sin fundamentos, sino de una manera de interpretar la función de la literatura, en donde la novela se convirtió en el terreno propicio para la discusión entre las ideologías políticas de la época. En efecto, los regeneradores, discípulos del pensamiento del Ilustrado español Gaspar Melchor de Jovellanos, concebían la escritura desde un aspecto meramente didáctico. Su planteamiento político consistió en educar al pueblo a través

de las letras, en pro de la consecución del lema ―Una nación, una raza, un Dios‖. En este sentido,

la literatura operó como capital simbólico de la Regeneración.

Este posicionamiento de la literatura como poder simbólico se desarrolló dentro de un campo, en donde los agentes dominantes determinaron la normatividad estética. El resultado fue un canon literario que estableció el modo de composición de las obras publicadas durante la Regeneración, caracterizadas por reproducir los preceptos que habían reclamado los regeneradores para construir una nación conservadora, a partir de una concepción purista de la lengua española y de la religión como base estructural de una sociedad ideal.

Vimos que lo que realmente entraba en disputa era un campo ideológico, que los regeneradores buscaron soportar en la literatura como capital simbólico adoctrinante. Si bien la descripción del debate entre los letrados arrojó que la Regeneración tuvo voces enfrentadas, también pudo comprobarse que no siempre fueron disidentes, en el trayecto muchas veces tuvieron puntos de encuentro. Ello evidencia que la Regeneración no era tan hegemónica como se pensaba, dado que siempre existieron fuerzas en conflicto que, pese a la expectativa regeneradora de imponer un orden único y homogenizante, rescataban lo propio a partir de lo regional como parte integrante de un todo llamado nación. De esta manera, fue la literatura el terreno que mejor pudo evidenciar esta dinámica.

61 Los discursos de los agentes dominantes del campo, encabezados por Miguel Antonio Caro, generaron una definición propia de la novela, asimilada directamente con la ficción, y el género se convirtió, para estos letrados, en uno de los principales elementos de corrupción de la sociedad. Las obras enmarcadas en esta tipología faltaban a la verdad, alejando a su lector de la realidad, disolviendo la relación existente entre lo verdadero y lo bello.

Por el contrario, las voces contestarías, entre ellas José María Samper y Salvador Camacho Roldán, vieron en la novela un recurso a partir del cual el pueblo podría construir su propia conciencia cultural y salvaguardar la idiosincrasia de cada raza. Para estos hombres de letras, la prosa era capaz de desarrollar en el hombre principios morales, y más aún, era idónea porque mostraba con mayor profundidad el espíritu colombiano, promoviendo el patriotismo que concebían como una identidad nacional constituida desde la multiplicidad.

No obstante la novela representó, para los letrados detractores de este género, uno de los peligros más contundentes para su proyecto de reconstrucción del país. Para algunos hombres de letras partidarios de la Regeneración, como Marroquín, la novela solo simbolizaba un riesgo en la medida en que la narrativa fuera opuesta a la clase hegemónica. En este sentido, este autor concibió la novela como instrumento adoctrinante válido para la edificación del proyecto de la nación conservadora. De ello se concluye que la novela es un campo diverso, en la medida en que para la oposición resulta igual de útil que para los regeneradores.

El planteamiento estético de la Regeneración comenzó a transformarse paulatinamente, la aceptación progresiva de la introducción de novelas que cumplían las exigencias de la doxa imperante, abrieron las puertas a otro tipo de prosa que fue censurada por su espíritu revolucionario. Las estructuras del campo se transforman para configurar nuevas dinámicas. El canon literario impuesto por los regeneradores, inamovible durante muchos años, fue desplazado como consecuencia de los discursos que se generaban desde la oposición. Este desplazamiento se hizo visible en dos frentes, el primero, que hemos llamado académico, constituido por las principales historias literarias que se produjeron durante la Regeneración hasta nuestros tiempos.

62 El segundo, representado en la producción literaria, donde se encuentran las novelas que estudiamos: Amores y Leyes, de José Manuel Marroquín, y Tierra virgen, de Eduardo Zuleta.

La comparación del contenido de estas obras manifestó la posición de los autores frente a las propuestas estéticas del proyecto regenerador, mostrando la relación existente entre doxa y heterodoxia, y su efecto en la movilidad del canon literario. Del mismo modo, se pudo evidenciar lo que sucedía en el contexto, lo cual permitió fortalecer la idea sobre una relación directa entre lo social y las obras seleccionadas. Finalmente, en la recepción de las obras se pudo comprobar que es importante tener en cuenta otros agentes que construyen el poder simbólico, en este caso la prensa.

Hoy, el concepto de novela es muy diferente, y su futuro está alejado de lo que letrados como Caro vaticinaron para este género, legitimando en su lugar los designios de sus contrarios.

63 Bibliografía