3. Recommendation 52
3.1 Millennials needs and expectations 52
3.1.1 Continuous feedback and guidance 52
El rubio es hombre de pocas palabras, de pocas relaciones. Vive en uno de los confortables chalets que han sido fabricados por el central para los blancos; bebe su whisky, juega golf, lee revistas americanas, soluciona crucigramas, siente un desprecio olímpico por este país y sus gentes, y oye la radio (62)
Esta descripción se refiere a Mr. Robinson, el manager de la Central que en las primeras páginas de la novela, entrevista a Daniel Comprés para asignarle la administración de una de las bodegas de la Compañía. Su caracterización es similar a la del famoso Mr. Danger de Gallegos, no difiere del estereotipo del estadounidense de gran parte de las narrativas antiimperialistas de aquellos años, a saber: un tipo banal, probablemente ignorante dada su afición por divertimentos
propios de la cultura popular americana, con un estilo de vida por encima de la mayoría de los dominicanos, étnicamente blanco y racista. Estas características emulan algunas de las esgrimidas por Rodó en lo que se refiere a la vulgaridad anglosajona y su falta de espiritualidad. También recoge la denuncia de Américo Lugo sobre el racismo anglosajón. Es este último rasgo negativo sobre el que Marrero pondrá mayor énfasis a lo largo de la narración. El espacio administrado por Mr. Robinson, es un espacio de jerarquización racial en el que la convivencia entre estadounidenses por un lado y trabajadores dominicanos, cocolos y haitianos ―en ese orden― por el otro, está signada por la segregación. Mr. Robinson no se digna siquiera a saludar ni a mirar “a quien no pertenezca a su raza” (21). Su relación con los empleados es equiparada con la esclavitud de siglos anteriores. A la llegada de contingentes de braceros en épocas de zafra “el blanco, cuya vida holgada jamás sufre cambios, al contemplar las recién llegadas manadas de negros, experimenta el placer que un día embriagó el alma de su abuelo, mientras flagelaba las espaldas del africano que compró en un mercado…” (83). Aunque la narración nos presenta un segundo personaje norteamericano, Mr. Norton, quien es más peligroso que Mr. Robinson dado su carácter afable, su preocupación por hablar correctamente varios idiomas y su fingida preocupación por los trabajadores; es claro que comparte en el fondo los mismos prejuicios de su compatriota. La actitud racista impuesta por los altos funcionarios norteamericanos se difunde de manera corruptora hacia los niveles medios y bajos. El desprecio y racismo de los dominicanos hacia sus pares haitianos se encuentra justificado en la novela como
Lugo de adjudicarle a Estados Unidos una caracterización racista, supuestamente ausente en la isla. Sin embargo, todos parecen compartir los prejuicios racistas anglosajones sin mayores problemas. Ni siquiera el narrador, tan dado a resaltar las injusticias del sistema, problematiza su propio racismo al describir por ejemplo peyorativamente a una empleada haitiana como “una negra y grajosa mujer” sin costumbres, “ni la más leve noción de lo que significa limpieza” (181).
La caracterización del otro norteamericano como un otro racista, pierde efectividad en la medida en que la novela supone una denuncia y al mismo tiempo perpetúa las prácticas de lo que pretende denunciar. Su crítica al racismo despierta suspicacia. Hacía apenas unos pocos años que Trujillo había llevado a cabo la masacre de haitianos so pretexto de “limpiar” la frontera41. Además, como ya vimos, el discurso nacionalista de la Era se jactaba de una identidad hispanófila blanca, antihaitiana. De modo que la satanización de los personajes estadounidenses como figuras impositoras de su propia jerarquía racial no resulta una denuncia convincente en la novela. Funciona sin embargo, para introducir al lector en el ambiente desquiciado por el imperialismo que pretende mostrar.
El inicio de la narración abre con la expulsión del hogar de Daniel Comprés. De la noche a la mañana, éste se encuentra sin techo, comida, ni amigos. La separación impuesta por su padre marca la tragedia de la historia y establece dos mundos antitéticos. El pasado idealizado, familiar de la infancia y amigos en el que Comprés se hallaba a salvo de las vicisitudes; y el mundo exterior en el que debe
41 En 1937, con el fin de dejar al territorio nacional “libre de presencia haitiana”, Trujillo ordenó el exterminio de haitianos en todo el país. Moya Pons calcula el asesinato de unas 18.000 personas. La masacre produjo un escándalo internacional que conminó al gobierno trujillista a pagar una indemnización de 750.000 dólares al gobierno haitiano (Moya, Manual 519.)
valerse por sí mismo. Como ha sido señalado, la narración supone un bildungsroman en el que la trayectoria vital de Comprés alegoriza la trayectoria nacional (Sommer,
One 140). De un pasado precapitalista marcado por las relaciones patriarcales, el
protagonista se desplaza a un presente incierto, regido por las dinámicas de plantación extensiva. Este desplazamiento sin embargo, no conlleva a una narrativa teleológica. La indigencia inicial de Comprés se repite al final de la novela dada su incapacidad de adaptarse y asimilarse al nuevo ordenamiento impuesto por la central azucarera, la cual ha pasado a regir toda la sociedad. El hilo narrativo para Sommer, sigue entonces el movimiento de círculo cerrado o más específicamente, el de un espiral en el cual el desenlace es una versión empeorada del principio (One 139). El centro de este espiral, el nudo de la historia, se desenvuelve en el batey. Es este espacio ―el espacio del afuera del hogar familiar pero también el espacio del afuera de la nación que ha venido a enclavarse en las tierras dominicanas— el que conforma la representación de Estados Unidos en la novela. De modo que, el otro es representado no sólo a partir de la caracterización de personajes específicos como Mr. Robinson o Mr. Norton sino también medularmente, a partir de la puesta en escena de un orden impersonal. La penetración estadounidense se vuelve omnipresente. De allí que la narrativa se sostenga poco sobre las peripecias del protagonista, para sostenerse más bien en sus reflexiones sobre su condición como empleado de la Central y en sus constantes descripciones del mundo que lo rodea.
Compañía: “Llevo dos meses en un batey sin nombre, porque los fundadores de este central, en su afán de abreviar tiempo y despersonalizar tanto a las gentes, a los sitios como a las cosas, lo han enumerado todo”. (31)
La máxima encarnación de esta visión impersonal sobre la penetración económica estadounidense no estriba tanto en el manager o el superintendente, sino en la palabra ‘over’, que da el título a la novela. Se trata de un término ajeno e intraducible a la propia lengua que se cuela en la cotidianidad dominicana. El ‘over’ consistía en la operación de aumentar el precio y/o falsear el peso de las mercaderías para obtener mayores ganancias a costa de los trabajadores. En la novela este término supone una regla no escrita que todos deben seguir a fin de conservar el empleo. En un espacio estrictamente jerarquizado como el de la Central, el ‘over’ se instituye como una práctica en cadena en la cual los más perjudicados terminan siendo los cortadores de caña dominicanos, cocolos y haitianos, quienes se ven obligados por el sistema de vales, a gastar su mísero salario en la bodega de la Central. La tragedia de Comprés radica en que debe estafar a sus clientes vendiéndoles menos comida que la pagada para cubrir los inventarios. Siendo él mismo víctima del ‘over’ por parte de su distribuidor, perpetúa esta práctica a través de sus ventas fraudulentas. Día tras día el lector asiste a la conciencia torturada de Comprés quien se debate entre la culpabilidad y la presión diaria de rendir las cuentas satisfactoriamente a su supervisor. Esta tensión termina desquiciando al personaje que acaba perdiendo su matrimonio, y finalmente su empleo. El deterioro psicológico y económico de Comprés se paraleliza al trastorno nacional. Hacia las ultimas páginas un Comprés indigente
regresa a su pueblo después de la experiencia traumática de haber trabajado para la Central. Con el ánimo hecho pedazos contempla a su alrededor: “¡mi pueblo! Te veo dormitar y me atemoriza tu sueño al pie de aquellas chimeneas. Caerán sobre ti, con gran estrépito, y no te quedará nada sano. ¡Nada! Ni siquiera el instinto de vivir” (196).
Esta presencia corruptora ―metaforizada en la imagen de las chimeneas― se dilata por todo el espacio nacional. La malignidad del ‘over’ es contagiosa y amenaza toda integridad moral (nacional). Comprés se pregunta “¿se podrá vivir sin robar? Y sé que no es posible, porque una fuerza maquiavélica nos compele a ello. En la finca el robo tiene una clasificación diferente a la ordinaria. No es una vergüenza para nadie, porque se practica como cualquiera otra función natural, y se acepta como una condición ajena al empleo”. (43). La práctica naturalizada del robo es particularmente perversa en la medida en que se sustenta en una doble moralidad, eso que Comprés define como ‘condición ajena al empleo’ pero que sin embargo es profundamente inherente a éste. El enmascaramiento de una lógica delictiva necesaria deriva en un orden desquiciante por la escisión entre el deber ser de la esfera burocrática normativa y las prácticas cotidianas. Comprés es subsumido por la presión constante de presentar inventarios impecables, ―esto es, siempre con ‘over’―, a costa de falsear cantidades de mercancía diariamente y llenar los faltantes con préstamos de sus amigos y con su propio salario. Los inventarios sorpresivos son el principal instrumento punitivo de control y humillación para Comprés, pero ciertamente no son los únicos. Si Américo Lugo se
económica se vale de un sinfín de mecanismos burocráticos de dominación: “El departamento tiene reglamentos impresos que son verdaderas leyes; fantásticas y drásticas leyes mediante las cuales queda uno condenado, extinguido, pulverizado, sin haber sido juzgado y sin tener opción a apelación de ninguna especie” (45). Comprés narra que con frecuencia Mr. Robinson escribe diciendo: “‘Debe usted ceñirse al reglamento’, o ‘De acuerdo con el artículo tal sírvase hacer esto o lo otro’, como si aquel reglamento hubiera salido del Poder Ejecutivo en forma de decreto, o hubiera sido elaborado en el Congreso Nacional y convertido en ley” (45). El poder omnímodo que la Central ejerce sobre sus trabajadores se instituye y legitima a través de la autoridad de una red de reglamentos escritos que ‘simulan’ ser leyes y decretos. Los textos normatizadores dotan a la Compañía de un carácter paraestatal, que sigue siendo sin embargo, mero simulacro. Y de allí su naturaleza alienadora en la que Comprés se pierde en una compleja red de signos escritos; normativas, inventarios, cuentas, formularios, etc. que disimulan la realidad última del ‘over’: “la compañía prohíbe terminantemente las pesas cargadas, como prohíbe todo lo que a la vista signifique engaño, pero no dice nada cuando aparece el over ―¡como si fuera cosa bajada del cielo!―, porque sabe que éste irá a sus manos irremisiblemente” (43). Palabra inasible, escrita en pequeñísimas letras minúsculas al final de cada inventario, su lógica acumulativa es ilimitada y voraz como el vientre enorme y la boca de batracio del manager de la Compañía. Transita un espacio paraestatal, cuya ausencia real de límites definidos monopoliza todo a su paso. El over pues, no reside geográficamente en el espacio del batey, se expande a los pueblos y demás caseríos. Tampoco se satisface con la mera fuerza de trabajo de
sus empleados, precisa adueñarse de ellos por completo. De allí que Comprés exclame para sí: “¡el over se tragó tu vida! Le pertenecías. Debiste saber que de ti no podías dar nada, porque todo lo tuyo ―conciencia, cuerpo, corazón— era del monstruo que ahoga a los hombres en la agonía del más” (210).
Este monstruo engullidor de la nación dominicana es finalmente, el engendro capitalista de las centrales azucareras norteamericanas. Lo que lleva a Marrero a afirmar que
Con la presencia de los norteamericanos perecieron muchas costumbres sanas y numerosos mitos. La gente joven y las mujeres adquirieron costumbres más independientes y la obsesión del dinero como elemento determinante del valor del individuo se apoderó no sólo de las clases encumbradas sino de gran parte de las otras radicadas en las zonas urbanas (Baud, “Permanente”191)
El efecto corruptor de la acumulación desmedida es, como apunta Sommer, una alegoría de los efectos la explotación económica y de la injusticia sistemática en la industria (“Ficción” 124). Su rasgo más predominante es su carácter inmoral sintomatizado por lógica del robo y la expoliación indiscriminada que arrastra a los dominicanos a una suerte de abulia colectiva. En este sentido Over representa el clímax de la descripción de Estados Unidos como el Imperio avaricioso y delincuencial esgrimido por los intelectuales finiseculares.
Hay sin embargo, matices en esta descripción. La novela parece preocupada por establecer una diferenciación entre un Estados Unidos como nación y uno como empresa capitalista en tierras dominicanas. Las características negativas del ordenamiento de las centrales así como las de sus personajes estadounidenses se limitan al contexto de la isla. A través de varios diálogos se hace hincapié en la idea
cocolos son en realidad unos advenedizos sin oportunidades de medro en su propio país. Esta idea parece teñida por un matiz arielista en la medida en que el narrador simpatiza con un supuesto ordenamiento social restrictivo estadounidense que obligaría a personajes como Mr. Robinson a probar fortuna fuera de su país. Un ejemplo de ello es el siguiente comentario sobre el manager: “Nuestro dictador no era más que un carnicero en su país, cuando su mujer hizo amistad con uno de los magnates accionistas y dirigentes de esta compañía […] Y el descuartizador de reses se convirtió en señor del departamento de tiendas de este central” (65). Comprés repite el tratamiento despectivo con el que se menciona el origen de Mr. Robinson al referirse a uno de los médicos de la Central:
y ese mediquillo, ¿quién es? Intruso, extranjero, ¡le está robando ese puesto a un hombre digno, que no sea capaz de vejar gentes! Vino a mi país siendo nadie, insignificante, incompetente, servil, ¡y ahora se engrandece hasta ultrajarme! Me ultraja a mí, ¡que desciendo de los que de este suelo hicieron patria para que de ella gozáramos como dueños! (179-180).
La voz del narrador se ubica desde una perspectiva de superioridad, propia de las novelas de realismo social latinoamericano ―regionalismo, indigenismo o novelas de la tierra y proletaria―. Esto es, la denuncia de injusticia social está mediatizada por la voz letrada de un personaje como Comprés quien, a diferencia del resto de los trabajadores y de los extranjeros explotadores, tiene cierta hondura psicológica y formación intelectual. Su posición social intermedia como bodeguero le permite incorporar en su narrativa una alteridad marginal conformada por los braceros de la central, quienes como él, comparten una común situación de explotación. Este reconocimiento se da a través de las múltiples trascripciones de las voces rurales de personajes como Cleto o el viejo Dionisio. Al integrar una
oralidad, el narrador configura un espacio nacional ―necesario para conformar una entidad diferenciadora― al tiempo que lo disciplina mediante su sujeción a la escritura. El reconocimiento del otro pasa pues por una trascripción jerarquizada, una subordinación que se delata en el contraste entre el buen “decir” de Comprés y el habla “inapropiada” de los trabajadores dominicanos y de la “media lengua” de los cocolos y haitianos.
La perspectiva de clase media letrada de Comprés le confiere entonces un claro distanciamiento no sólo frente al resto de los trabajadores, sino también, como en la cita anterior, frente a sus superiores extranjeros. De allí que en su intento por articular una alteridad extranjera, ésta se extiende de manera similar a los personajes subalternos. El “incorrecto castellano” de míster Robinson se paraleliza al habla de los dominicanos iletrados, cocolos y haitianos. Mientras por un lado, Comprés expresa compasión por los braceros explotados, por el otro, se siente tremendamente humillado por tener que doblegarse frente a un ex-carnicero o un medicucho norteamericano. Es claro en ambos casos que el narrador está por encima de los personajes que conforman estas polaridades, y que esta superioridad lo legitima como posible motor de cambio. Sin embargo, al igual que el Arturo Cova de La vorágine (1924), termina devorado por su contexto alienador. El cambio no se produce.
En las dos citas anteriores inferimos una autocrítica nacional consistente en denunciar la posición aventajada de la que gozan obscuros personajes extranjeros en tierras dominicanas, una posición que, ―contradiciendo la visión de una
Esta afirmación parece apuntar a una visión específica en la que los norteamericanos son en realidad los usurpadores de una burguesía nacional representada tanto por el narrador como por el autor. El relato de Comprés es el testimonio de una nueva generación de clase media ―el nuevo héroe liberal― que no encuentra su lugar en la sociedad. En definitivas cuentas, la administración de la Compañía ―y por extensión de la nación― debería estar en manos de Comprés y no en manos de cualquier carnicero extranjero que ni siquiera es capaz de hablar “correctamente” el castellano42. La diferenciación que sugiere la novela entre un ordenamiento jerarquizador positivo en Estados Unidos y otro negativo en la Compañía no deja de ser contradictorio en la propia narrativa. Esta visión positiva es puesta en duda a través de la ironización de las virtudes de la democracia anglosajona. En una conversación sobre Mr. Robinson, un amigo de Comprés, Eduardo, le comenta: “Su vientre crece, su cuenta bancaria crece, y el futuro le sonríe allá en la Florida, en forma de alguna quinta, cuando una buena suma esté colocada en acciones y se pueda terminar tranquilamente como buen hijo de una gran democracia” (62). Aquí, la democracia estadounidense se acerca mucho más a la visión arielista de la democracia utilitaria y vulgar de la primacía del número. Sin embargo, es claro que esta percepción irónica resulta demasiado problemática tanto para el protagonista, como para el autor Marrero Aristy. Escritor y personaje comparten un origen social común. Provenientes de familias pobres del interior dominicano ―el padre de Comprés había emergido como caudillo rural―, ambos
42 Si en la novela esto es imposible, en la realidad el autor Marrero logrará insertarse activamente en una elite gubernamental gracias al régimen trujillista.
bodegueros, sus vidas sugieren un trayecto de ascenso social que los sitúa en el presente de una clase media43. No parece pertinente entonces, la condena cínica hecha por uno de los personajes sobre la movilidad social de la democracia estadounidense. Quizá por ello, hacia el final de la novela se esgrima una valoración contraria, celebratoria del sistema de vida norteamericano. En la siguiente conversación, un amigo de la infancia de Daniel se distancia totalmente del discurso arielista para exaltar las bondades del sistema anglosajón:
En New York, un obrero, como personalidad aristocrática, del mundo de las finanzas, o algo así, no es nadie, pero como ser humano es mucho. Allí si el hombre trabaja, tendrá donde vivir con algún confort, tendrá comida hasta hartarse, y como quiera, tendrá una amiga desinteresada. En cambio aquí…