1. Introduction 1
1.3 Who are the Millennials? 22
1.3.3 The Millennial generation 23
La sustentación de una identidad homogénea apunta a una doble operación al momento de elaborar una autoetnografía y definir a Estados Unidos. Como vimos, la heterogeneidad disolvente es situada en el Imperio. Resulta interesante que algunos intelectuales no sólo llegaron a evadir o a esconder el asunto de la diversidad racial al interior del país sino que en ocasiones simplemente lo negaron: “Debo advertirle, señora, que los dominicanos somos constitucionalmente blancos, porque ha sido a título de tales que hemos establecido esta República, que usted no debe confundir con la de Haity [sic], donde los hombres comen gente, hablan francés patoi y abundan los papaluases” (Moscoso Puello en Baud, Manuel 153). Tal como afirma Michiel Baud: “mientras la mayoría de las elites latinoamericanas fundaron su
31 En este periodo de activismo antiimperialista el discurso de Lugo “asumía un tinte popular, de contestación de la ideología liberal del progreso, pasando a valorar el acerbo sociocultural nacional como fuente de su realización” (Cassá). Se trata de una suerte de paréntesis en el discurso elitista de Lugo, en la que rescata la noción de un colectivo dominicano, obviamente hispanizado.
jerarquía racial dentro de las fronteras nacionales, en el caso dominicano esto se expresó en relación a otra nación”: la haitiana (“Manuel” 170). Meinderet Fenema resalta a su vez que “Las políticas racistas del siglo XX nunca fueron directamente dirigidas a la población afrodominicana, como ocurrió en Cuba, sino que fueron dirigidas contra los inmigrantes haitianos” (237). Puesto que negros y mulatos eran prácticamente inexistentes en el discurso nacionalista ―tal como sostenía Balaguer quien dio por sentada la homogeneidad racial dominicana―, no cabía posibilidad de racismo32. Paradójicamente, parte de esta elite letrada que pregonaba la supremacía cultural dominicana debido su heredad europea blanca, encontró que los prejuicios racistas eran propios de los norteamericanos ya que allá sí se sufrían los efectos disgregadores de la inmigración masiva. El racismo estadounidense reafirmaba así la superioridad moral de los dominicanos33. Para García Godoy, bajo la dominación extranjera
ya no seremos sino masa amorfa de despreciable inferioridad étnica que el conquistador, aun respetándole ciertos derechos, tratará con mal disimulado menosprecio (….) Los escasos núcleos de población nativa, como los pobres indios del lejano oeste, desaparecerán lentamente, por emigración u otras cosas, incapacitados de fundirse con una raza cuyo orgullo étnico repugna todo contacto con gentes en que circulan gotas de sangre africana (49).
La afirmación de García Godoy no logra escapar a la contradicción del pensamiento hispanófilo de verse obligado a reconocer elementos constitutivos no blancos para denunciar el racismo anglosajón. Dicha contradicción atraviesa gran
32 De hecho el mismo Balaguer llegó a considerar que "el principal problema de la República Dominicana, (…) no es el del prejuicio racial, sino, por el contrario, la falta total de prejuicio racial de su gente. En contraste con Cuba y Venezuela el prejuicio racial no ha existido nunca en Santo Domingo” (Fennema 231). De allí que para Balaguer , “los gobiernos dominicanos (…) tienen la desagradable tarea de reforzar una disciplina eugenética en su propia población y detener la ilegal penetración haitiana" (Fennema 232)
parte del pensamiento liberal en la República Dominicana finisecular y del siglo XX. La resolución no siempre exitosa de esta tensión propia del discurso antiimperialista ―y antihaitianista― será la proporcionada por la novela Enriquillo (1882) de Jesús de Galván, mediante la construcción de una ‘etnicidad ficticia’ (Balibar) indigenista. La categoría ‘indio’ que aun hoy en día reza en la mayoría de las cedulas de identidad dominicanas funciona para referirse a un mestizaje que echa mano de un “objeto ficticio” –el indígena ya desaparecido— para evadir los componentes afrocaribeños. En todo caso, la identidad española o ‘india’ define una diferencia con un Estados Unidos culturalmente heterogéneo y racista.
El tema racial en la construcción de una alteridad norteamericana se complica con la confluencia de otra alteridad: la haitiana. El miedo dominicano al ‘peligro negro’ proveniente del país vecino (Baud “Manuel” 155) tuvo sus orígenes en las ocupaciones haitianas del siglo XIX. Néstor Rodríguez apunta que si bien el proyecto político que originó al Estado Dominicano en 1844 había sido formulado por estrategas liberales con la participación de la población mulata y negra, la naciente república quedó finalmente en manos de sectores conservadores debido a alianzas de último momento (18). La agenda de este grupo minoritario conservador “incluía principalmente definir los contornos de una nación castiza, hispanófila y católica que se oponía a una supuesta barbarie representada por el Estado haitiano” (18). Esta agenda “no podía definir [lo dominicano] a través de lo negro, pues tal era el rasgo predominante de Haití” así pues se definió “en torno a su opuesto” (González 31).
Con la intervención estadounidense de 1916, el peligro militar que representaba Haití pareció trasmutarse en peligro cultural y económico. “Durante la ocupación norteamericana (…) la fuerza de trabajo de las plantaciones azucareras se hizo exclusivamente haitiana” (Moya, Manual 162). Raymundo González asegura que “como efecto de un desplazamiento retórico, la migración de braceros y la ocupación de tierras por los campesinos de la región fronteriza fueron equiparadas a las invasiones haitianas que habían tenido lugar en el siglo XIX” (27). Sobre este tema ahonda Baud
La memoria social dominicana asoció la inmigración a gran escala de los trabajadores haitianos con el dominio norteamericano. Sin duda, muchos dominicanos culparon específicamente a Estados Unidos (y en consecuencia a las empresas azucareras norteamericanas) de la incontrolable invasión de braceros haitianos. Así, los sentimientos anti-yankies confirmaron y reforzaron los sentimientos anti-haitianos. Esta negativa conexión todavía se mantiene en ciertos sectores nacionalistas en la actualidad. En estos círculos se acusa a Estados Unidos de subestimar las diferencias culturales entre los dos pueblos. Algunos incluso sospechan que Estados Unidos y otros gobiernos extranjeros secretamente desean unificar los dos países (Manuel 162)
El apego al sustrato hispánico que se venía gestando a finales de siglo como consecuencia de la amenaza militar del vecino país, se cristaliza gracias a las ideas antiimperialistas de Rodó. Haití y Estados Unidos llegarán incluso a confundirse en una misma alteridad en la que como vimos, se rechaza el elemento haitiano bajo argumentos racistas y culturalistas mientras al mismo tiempo se denuncia el racismo norteamericano. Si Haití tenía efectos corruptores y disolventes en la vida dominicana34 para pensadores como Peña Batlle, Emiliano Tejera y Joaquín
Balaguer, Estados Unidos era en realidad el responsable directo de tal corrupción al ignorar las ‘evidentes’ disparidades culturales y abrir las puertas a la inmigración negra.
La satanización de una otredad que fusionaba el sentimiento anti-yanki con el anti-haitiano sufriría transformaciones importantes después de la desocupación americana. La aceptación del plan Hughes-Peynado echó por tierra las demandas nacionalistas de ‘la pura y la simple’. El retiro condicionado de las tropas estadounidenses pareció sepultar las esperanzas de consolidar una nación soberana y con ello sepultó también al discurso nacionalista liberal. Poco a poco la retórica antiimperialista se fue disolviendo. La ambivalencia programática entre una salida autoritaria o una democracia liberal terminó definiéndose por la primera. Trujillo, personaje salido de la Policía Nacional ―organismo fundado y entrenado originalmente por las fuerzas estadounidenses― y quien combatió activamente contra los gavilleros nacionalistas que se oponían a la ocupación, logró instaurar una larga dictadura a partir de 1929. La Era de Trujillo contó con el apoyo de algunos intelectuales como Peña Batlle, Emiliano Tejera y Joaquín Balaguer que exitosamente desviaron el hispanismo nacionalista hacia una retórica ya no antiimperialista sino exclusivamente antihaitiana. El ‘otro’ diferente se situaba únicamente en la otra mitad de la isla. Si hacia principios de los años 20 Peña Batlle consideraba a Estados Unidos como una “influencia imperialista, desintegradora y desconcertante” contra la “entidad moral de nuestro pueblo” (en Mateo, Mito 168),
llega a referirse al vecino país en términos del ‘imperialismo haitiano’ (Baud 170) para describir “la continua presión haitiana sobre los recursos de la República Dominicana” (Baud 170).
en 1942 llegará afirmar que “las peculiaridades étnicas” de Haití y de República Dominicana “no son armonizables” (en Mateo, Mito 149) y que la “limpieza de la frontera” era necesaria “para salvar de la influencia vecina el origen indiscutido de la nacionalidad dominicana” (Mateo, Mito 150). Así, “La épica del nacionalismo trujillista sustituyó el furor antinorteamericano, heredado de las campañas nacionalistas contra la intervención de 1916, por el antihaitianismo” (Mateo, Mito 169).
Ante un régimen dictatorial que contó con el visto bueno estadounidense durante mucho tiempo, la construcción de una otredad antagónica con ese país fue prácticamente imposible. Una gran excepción fue la de Américo Lugo, quien atrincherado en su afirmación original de la inexistencia nacional, y al margen del régimen, sostuvo su hispanismo contra Estados Unidos y no contra el paradigma cultural haitiano (Mateo, Mito 89). En ese sentido Lugo se mantuvo consecuente con “el espíritu nacionalista, que tenía una fundamentación concreta: la intervención norteamericana de 1916 que él combatió, y una influencia ideal: la lírica antiimperialista del arielismo” (Mateo, Mito 88-89). Tal como apunta Roberto Cassá, la actitud defensiva de Lugo lo llevó a la paradoja de “sostener un tradicionalismo cultural, arraigado por perspectivas nacionales de fondo conservador para elaborar un discurso de resistencia al imperialismo de sentido progresivo” (126).