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Control Method Comparison: Balancing Headway Regularity and Slack

3.3 Optimal Control

3.3.3 Control Method Comparison: Balancing Headway Regularity and Slack

Pocas veces se temió más por la vida de la princesa María como tras la muerte de su madre la reina Catalina; aquella euforia primera en el círculo de los Bolena estaba fundamentalmente ligada a la eliminación de su hija. Escribía Chapuys:

No podéis concebir la alegría que el Rey y los que favorecieron el concubinato han mostrado a la muerte de la buena Reina, especialmente el earl de Wiltshire y su hijo, quien dijo que era una lástima que la Princesa no le hubiera hecho compañía73.

Caía sobre ellos la condena universal además del sentir del pueblo; de todas partes llegaban noticias calificando de asesinato aquella muerte prematura. Desde Venecia, un agente de Cromwell escribe a Thomas Starkey en febrero de 1536:

Aquí se ha divulgado la noticia de la muerte de la reina Catalina y se recibió con lamentaciones, porque era increíblemente querida de todos por su buena fama, que es gran gloria entre naciones extrañas (...) [y concluye en latín:] Gran murmuración ha causado su muerte; todos temen que la Princesa siga brevemente a la madre. Os aseguro que la gente habla tragice de estos asuntos que no pueden tratarse en cartas.

En efecto; al recibir Carlos V la noticia, no puede por menos de expresar los mismos temores a la Emperatriz:

Cinco o seis días ha que tuvimos aviso del fallecimiento de la serenísima reina de Inglaterra, nuestra tía, lo cual habemos sentido no menos que era razón. Plegue a Nuestro Señor tenerla en su gloria como se ha de tener por cierto que se la dará, según su gran bondad y excelentes virtudes y cómo vivió. Su enfermedad, escriben variamente unos que fue dolor de estómago y que duró más de diez o doce días; otros, que el mal tuvo principio de una vez que bebió, no sin sospecha de haber bebido en ello lo que en tales casos suele. No lo queremos nos decir, ni que por nuestra parte se diga, pero no se podrá quitar el juicio de las gentes, que cada uno lo haga según lo que sintiere. Y de la Princesa, nuestra sobrina, no nos escriben otra cosa sino que queda con el dolor, desconsuelo y pérdida que se puede considerar, mayormente con las obras que le han hecho y espera de su padre. En Dios se debe confiar habrá piedad de ella y no permitirá que tan gran sinrazón quede sin ser remediada. Yo me he puesto luto y los grandes y personas principales que están cerca de mí y los que me sirven en mi cámara y mesa no lo dejarán hasta llegar a Roma. Las obsequias se han hecho acá como se acostumbra en semejantes casos. Allá será justo y debido que asimismo se hagan.

De Nápoles, primero de febrero de 153674.

Los solemnes funerales debidos al rango real de Dª Catalina se irán celebranndo en España y en todas las ciudades del imperio. La Emperatriz acudió a las magníficas exequias que tuvieron lugar en Valladolid acompañada del príncipe Felipe, de ocho años. Muy serio, se sumó al dolor por aquella reina difunta y por aquella princesa perseguida en las lejanas brumas inglesas.

Y, de manera implacable, la muerte de Dª Catalina comienza a proyectarse terrible sobre aquellos que habían celebrado su fallecimiento. La posición de Ana, de insegura se estaba volviendo peligrosa. Se daba cuenta de que, fallecida la Reina, para los católicos Enrique quedaba libre para volver a casarse; además, el Rey parecía encaprichado con una dama suya: Juana Seymour, que antes lo había sido de la reina Catalina, y no se lo ocultaba a Ana, que recogía desprecios y risas despiadadas. Juana Seymour, en las antípodas de la personalidad de Ana, poco llamativa y modesta, «no una gran belleza, de unos veinticinco años, estatura mediana»: así la describe Chapuys, el cual, conociendo la

relajación en torno a Enrique VIII, no se atreve a afirmar nada de su virtud, «considerando que la dama había estado muchos años en la corte»75.

La última baza de Ana Bolena será lograr un hijo varón para retener al Rey, ya hastiado de aquella sucia pasión. También, juzgando el momento oportuno, intentará ganarse la voluntad de la princesa María, creyéndola más desamparada y débil, aquella huérfana cuya popularidad crecía en Inglaterra. Así le hace proposiciones tremendamente halagüeñas: si ella dejara a un lado su obstinación y obedeciera a su padre, Ana sería para ella como otra madre y le daría cuanto pidiera. Si María deseaba ir a la corte, la eximiría de llevar la cola de su manto y la dejaría caminar a su lado; disfrutaría de tantos honores como en sus mejores días y sería la más importante en palacio. Esto se lo pidió Lady Shelton con lágrimas en los ojos.

La serena respuesta de María enfureció más a aquella insegura mujer: «Mrs Shelton, es mi deseo que no sigáis insistiendo». La Princesa permanecía impertérrita, como en vida de su madre, manteniendo sus derechos y sus firmes creencias en la inconmovible doctrina de la Iglesia Católica. Aquello no dejaba de preocupar a Chapuys; estaba convencido de que Ana y sus partidarios buscarían la manera de acabar con ella; o moría de disgustos o la harían perecer. En esta coyuntura apremia al Emperador para que en defensa de su prima envíe una comisión especial a Enrique y Ana y les hable recio para intimidarles, o que el Emperador se decida a patrocinar resueltamente una fuga.

En efecto, la terrible reacción de Ana Bolena a la negativa de María ya revelaba siniestras intenciones. Rápidamente escribe a su tía para que, como por descuido, dejara su carta en el oratorio de la Princesa y no pudiera dejar de leerla:

Mi deseo es que no intentéis más reconciliar a Lady Mary con su padre, a no ser que ella quisiera. Lo que he hecho ha sido movida por caridad más que por lo que el Rey o yo nos preocupemos de lo que ella decida, o si cambiase de propósito, ya sé lo que le pasará a ella y así, considerando la palabra de Dios, de hacer el bien a nuestros enemigos, deseo advertirle de antemano, porque a diario tengo experiencia de que la sabiduría del Rey es tal que no aceptará el arrepentimiento de su mala condición y de su anormal obstinación cuando ella ya no pueda elegir. Según la ley de Dios y del Rey ella debería claramente reconocer su error y su mala conciencia, si su ciego afecto no cegara sus ojos de tal modo que solo ve lo que le agrada. Mrs Shelton, os ruego, no penséis que me hacéis ningún favor cambiándola de su mal proceder, porque no puede hacerme ni bien ni mal; continuad ejerciendo vuestro deber hacia ella según las órdenes del Rey, como estoy segura de que lo hacéis76.

Ana, esta vez, estaba efectivamente embarazada y no dejaba de acosar a Enrique para que castigara a su hija con las penas de la Ley, recordándole la profecía de aquel falso visionario de que no podría tener un hijo mientras María viviera77. Y Enrique mantenía su posición inflexible; no estaba dispuesto a hacer concesiones a su hija; más bien parecía dispuesto a enviarla al cadalso, como tantas veces había amenazado.

En aquellas circunstancias, sorprende constatar cómo el corazón de María no correspondía al odio con que la trataban; buena prueba de ello es que, en vez de detestar a su hermanastra, distraía su dolor jugando con la niña. Mucho pudo haber contribuido el proceder de la nueva aya, Lady Margaret Bryan, que años antes había cuidado de María, y más meritoria aún es esta actitud de la Princesa si se tiene en cuenta que, muy escandalizada por el entorno de Ana Bolena, jamás consideró a Isabel hija de su padre,

sino de un músico favorito de la corte, Mark Smeaton, con quien le descubría un sospechoso parecido.

Cuando Ana ya se veía con todas las cartas en la mano para deshacerse de su hijastra, inesperadamente, su final se precipitó. El 28 de enero, el mismo día en que se oficiaba en Peterborough el modesto funeral de Dª Catalina, Ana abortó de un hijo varón deforme.

Aquello fue un desastre que Enrique ya no estaba dispuesto a aceptar. Chapuys observa que el Rey apenas le dirigía la palabra a su esposa, y se hace con el terrible secreto de que en la más estricta confianza Enrique le había dicho a uno de sus familiares que él se había casado con ella bajo la influencia de hechicería y magia, por lo que consideraba nulo su matrimonio. Aumenta el extrañamiento entre ellos y el clan de los Bolena va perdiendo una hegemonía que comienza a despuntar en los parientes de Juana Seymour. Una muestra palpable de aquel desvío se produce cuando Enrique rechaza la candidatura de George Boleyn para entrar en la orden de la Jarretera a la muerte de Lord Abergavenny. Esa vacante la codiciaba Ana Bolena para su hermano, pero le será ofrecida a Nicholas Carew, ardiente partidario de Dª Catalina y de María, que asesoraba a Juana Seymour para acercarse al trono78.

Carew y los otros de la Cámara del Rey envían esperanzadores mensajes a María: que cobrase ánimo; todos los Bolena pronto serían obligados a «aguar su vino» y a hacer cura de humildad. Van creciendo los rumores de que Enrique proyectaba divorciarse de la «Mesalina inglesa», como la llamaba Chapuys, para contraer matrimonio con Juana Seymour. Cuando le hablaron a la princesa María de la probabilidad de este enlace y del nacimiento de hijos varones que le privarían de su título, contestó: «Con tal de que mi padre salve su alma, poco me importa su sucesión».

Paralelamente, según informa Chapuys a Carlos V,

El Rey, hablando con la señora Juana Seymour de su futuro matrimonio, esta última sugirió que la Princesa fuera restablecida en su posición anterior y el Rey le dijo que era una estúpida y debería solicitar la promoción de los hijos que pudieran tener entre ellos a los demás. Ella replicó que pidiendo el restablecimiento de la Princesa creía que estaba buscando el descanso y la tranquilidad del Rey, de ella misma, de sus futuros hijos y de todo el reino79.

Al llegar la Quincuagésima, Enrique abandona a Ana en Greenwich para salir a divertirse sin su compañía. Le hace sufrir la humillación que años atrás padeció la reina Catalina cuando se sintió abandonada en Windsor, mientras ella, toda ufana, salía con el Rey para una partida de caza. A fines de abril, Enrique, definitivamente, exige a sus seguidores inmediatos que le liberen de aquel matrimonio y de aquella mujer. No le bastaba el divorcio, quería la destrucción personal de Ana. Aquella pasión arrolladora ya se había convertido en odio implacable.

Tendrán que intervenir cuantos contribuyeron eficazmente a la disolución de su primer matrimonio. El obispo Stokesley, de Londres, que había merecido su promoción en aquel empeño, fue inmediatamente llamado por Cromwell, que orquestaba la destrucción de Ana Bolena. Comienzan a examinar un posible motivo de divorcio: el pre-contrato de Ana con el earl de Northumberland. Pero el interesado lo negó tan furiosa y categóricamente que Cromwell se vio obligado a fijarse en la conducta irregular de Enrique con la hermana de Ana. Este inconveniente, siempre oficialmente ignorado, se

basaba en que el Derecho Canónico no hacía distinción entre una relación legal o ilegal. Enrique, como amante de Mary Boleyn, convertía a Ana en su cuñada, tanto como había pretendido que lo era Catalina.

Ante la manifiesta voluntad de Enrique de deshacerse de su esposa, se van recogiendo cuantos testimonios la pudieran acusar a ella y a su familia. Así aparecerán cargos y más cargos que recoge una comisión autorizada por el Rey el 24 de abril y presidida por Cromwell y Norfolk. En pocos días se admitió el cargo de adulterio de Ana con algunos cortesanos, incluyendo a su hermano George y al músico Mark Smeaton. El 1 de mayo, durante una justa en Greenwich, se dijo que Ana había descubierto su infidelidad por entregar un pañuelo a un amante y que el Rey, al comprobarlo, había abandonado enfurecido el espectáculo que estaban presenciando. El hecho es que Henry Norris, antiguo favorito de Enrique y cortesano por excelencia, fue inmediatamente llevado a la Torre. Al día siguiente le siguió hecha un mar de lágrimas Ana Bolena, que no podía dar crédito a su desgracia. El día 3 tendrá lugar la composición de una carta que Cranmer, el arzobispo de Canterbury —aquella sombra, como le definió Dª Catalina –, dirigirá al Rey. Se estaba enfrentando a uno de los tragos más amargos de su vida, porque él había sido hechura de Ana Bolena, su capellán, mentor y principal instrumento para manipular teológicamente la conciencia del Rey en aquel Gran Asunto de su divorcio. Tenía que condenar a una mujer que compartía y alentaba todos sus impulsos reformistas contra la Iglesia Católica y ello le obligaba a desvincularla de esas nuevas tendencias que ya estaban calando en la Iglesia Anglicana para seguir conservando la confianza del suspicacísimo Enrique.

Comienza doliéndose con el Rey de esa prueba que Dios le ha enviado, la más terrible de todas, la de sentirse un marido burlado a los ojos de todo el mundo. Le pide que lo acepte con la paciencia que caracterizó a Job, porque asimismo Dios le favorecería con mayores gracias y beneficios. Suponiendo que fuera verdad la mala conducta de la Reina, la honra de Enrique quedaba a salvo; solo se había manchado la de la transgresora. Tras este preámbulo formula la excelente opinión que siempre le había merecido Ana: jamás la hubiera considerado culpable. Por otra parte, no puede dejar de reconocer la fe que le merece el Rey, a quien tiene por veraz y sabio; y en esa perplejidad pide que Ana se defienda y justifique su inocencia, aunque, añade inmediatamente, si es culpable, considerando cómo Enrique la había enaltecido, se merecería el castigo más ejemplar. Él sólo la apreciaba por el amor que demostraba al Evangelio —entiéndase, tendencias reformistas luteranas— y puesto que ella, por su culpabilidad, se había hecho tan indigna de la Palabra de Dios, pues por culpa suya podría dañarse al Evangelio, entonces resultaba mucho más culpable. Hábilmente, está fusionando como materia de blasfemia y sacrilegio la supuesta infidelidad de Ana con Enrique. Dios, dice, tendrá que castigarla por su hipocresía, porque ha proclamado en su boca lo que no ha cumplido ni en su corazón ni en sus hechos. Enrique debe ser misericordioso, como lo es Dios, y no relacionar sus sentimientos hacia Ana con el amor a la verdad que ha protegido hasta entonces, para que esas doctrinas —negación de la

primacía del papa, usurpación de la autoridad espiritual, desamortización de las fundaciones religiosas...— sigan manteniéndose en la Iglesia Anglicana.

En una postdata indica que, habiendo sido convocado a la Cámara Estrellada, se le hizo partícipe de todos los cargos que se acumulaban contra Ana, los da por verídicos y se despide con absoluta sumisión al Rey: «Soy y siempre seré vuestro fiel vasallo»80.

Ciertamente, Ana se había mostrado indiscreta con Mark Smeaton, con Norris y quizá con Francis Weston, bailando muy familiarmente con ellos, pero siempre negó los cargos de adulterio. La maledicencia de la corte ya se concretaba en acusaciones comprometedoras: que Ana y Norris, con quien pensaba casarse en cuanto enviudara de Enrique, se habían intercambiado medallas; que había envenenado a la reina Catalina; que junto a su hermano se burlaba de los ropajes del Rey y que ridiculizaba las baladas que componía; que «ella mostró de varias maneras que no amaba al Rey y que estaba cansada de él»81.

El más sensacional de los cargos contra Ana y sus supuestos cómplices era que su hermano fue acusado de «haber divulgado informaciones que ponían en duda que la hija de su hermana fuera del Rey»; a George Boleyn le pedirán, asimismo, que niegue o confirme si Ana había confidenciado a su esposa que Enrique «era impotente»82.

Este punto se aireó vivamente en la corte y en las cancillerías europeas; Chapuys explica que la mayoría de los obispos protestantes que rodeaban a Ana, de acuerdo con su secta, le dijeron que era permisible a una mujer pedir ayuda a otros, incluso a sus parientes próximos, cuando el marido fuera incapaz de satisfacerla.

A todo esto se añade la misteriosa afirmación de que muchas evidencias relevantes no salieron del tribunal y que algunas se suprimieron alegando no ser aptas para oídos decentes. Una triste confirmación se revelará años más tarde cuando su hija Isabel, desde el trono, jamás haga el menor intento para rehabilitar su memoria.

El mismo día que la llevaron a la Torre, el duque de Richmond acudió como siempre a recibir la bendición de su padre, el cual, con lágrimas en los ojos, dijo que tanto él como su hermana María tenían que darle gracias a Dios de haber escapado de las manos de aquella ramera que había planeado sus muertes por envenenamiento; «de lo que concluyo», añade Chapuys, «que el Rey sabía algo de sus malvadas intenciones»83.

Ante el tribunal de los veintiséis pares del Reino, incluyendo a Wiltshire, Norfolk y Henry Percy, todos presionados para condenarla, se vertió aquel aluvión de cargos bochornosos: adulterio, incesto, alta traición, tentativa de regicidio... Ana negó todos los cargos, y lo mismo hicieron los demás inculpados, excepto Mark Smeaton, a quien Cromwell interrogó bajo amenaza de tortura. Enrique estaba tan convencido de las infidelidades de Ana que no cesaba de proclamar que había cometido adulterio con cien hombres84.

Se la condenó a la hoguera o decapitación, según lo dispusiera el Rey. Cuando escuchó su sentencia, Ana, que había recobrado la compostura, dijo estar dispuesta a morir y solo sentía que los otros implicados, todos inocentes y súbditos leales de la Corona, tuvieran que morir por su culpa.

Al día siguiente de la vista de su proceso llamó a Cranmer y le hizo una confesión para que la trasladara al Rey y a sus consejeros. Allí se reveló que su matrimonio con Enrique era nulo desde su origen por haberse celebrado sin dispensa de un determinado impedimento. No se hizo público cuál fuera éste, quizás las ilí​citas relaciones del Rey con Mary Boleyn. Esta alegación bastó para que Cranmer declarara públicamente el 17 de mayo, en su tribunal de Lambeth, que las bodas del Rey con la marquesa de Pembroke eran nulas desde el día en que se celebraron y que Isabel era hija ilegítima de Enrique.

Ana pensaba salvarse así de la condena por adulterio, ya que éste no cabía donde no existía matrimonio. Pero si ella y Cranmer intentaron este expediente para salvar la vida, se equivocaron. La sentencia había sido dictada en virtud de varios delitos merecedores de la pena de muerte y no fue suficiente la eliminación de uno de ellos para que dejara de cumplirse.

En su prisión, el día antes de su muerte, Ana hizo sentar en la silla real a Lady Kingston, esposa del lugarteniente de la Torre, como representante de María; se hincó de rodillas ante ella y le imploró que fuera a Hunsdon, donde residía la Princesa, y que en la misma actitud implorara su perdón por los muchos daños que el orgullo de una insensata