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A la muerte de Ana Bolena, María creyó haber salido de un túnel. Soñando con una segura reconciliación con su padre, no hacía más que recibir parabienes de sus amigos; le hablaban de la inmejorable disposición de la nueva reina, de cómo al entrar en palacio su antigua aya, la condesa de Salisbury, recibió una aclamación de la multitud creyendo que tras ella iría la Princesa; el Rey, al enterarse, había dicho afable y sonriente: «No, no viene aún, pero pronto la verán». Antiguos servidores suyos y de Dª Catalina acudían a ella para ofrecerse; pero, siguiendo el consejo de Chapuys, por el momento no aceptó a nadie en su servicio: debería esperar a que lo aprobara su padre. Tenía que evitar cualquier motivo que diera lugar a las suspicacias de Enrique, que se sentía presionado por todas partes para llevarla a la corte, darle una Casa respetable y restaurarla en la sucesión.

El pueblo no cesaba de pedirlo y este anhelo quedaba perfectamente reflejado en un poema francés, escrito e impreso en Londres, a principios de junio de 1536. Tras un relato bastante fidedigno de la promoción y caída de Ana Bolena, triunfaba finalmente su víctima: la princesa María.

Et n’eussiez veu jusque aux petits enfants Que tous chantans, et d’aire trionphans Il n’y a cueur si triste qui ne rye En attendant la Princesse Marie95.

María cree llegado el momento oportuno para iniciar la reconciliación con su padre. Chapuys, que no había dejado de visitarla en el duelo que hacía por su madre, será su gran mentor en este peligroso paso. Cuando ella le dice que piensa utilizar la mediación de Cromwell, que reiteradamente se le había ofrecido como amigo incondicional, el embajador, que tan bien lo conocía, no dejó de advertirle de la catadura moral de aquel individuo. Para mayor seguridad se pone en contacto con el Secretario y descubre la crítica situación de la Princesa: Enrique, lejos de suavizar su actitud, estaba decidido a someter a su hija de grado o por la fuerza, afianzando su posición de cabeza de la Iglesia Anglicana. Ya no eran las malas artes de una madrastra, sino una terrible doctrina herética, la que se opondría a una perfecta reconciliación con su padre.

Pero, de momento, y sin perder su creciente optimismo, a la semana de morir Ana Bolena, María se dirige a Cromwell:

Señor Secretario;

Debería haber acudido a vos hace tiempo para conseguir que el Rey mi padre me concediera su bendición y su favor, pero bien sabía que nadie se hubiera atrevido a hablar por mí mientras aquella mujer viviera, que ya se ha ido, y por la que pido a Dios misericordioso la perdone. Por lo tanto, ya que se ha ido, me siento más animada para escribiros como a uno de mis mejores amigos. Y así deseo, por el amor de Dios, pediros intercedáis por mí al Rey, para recibir su bendición y el permiso para escribir a Su Gracia, que será de gran consuelo para mí, como bien sabe Dios, a quien pido os tenga siempre de su mano.

Siento que tengáis que aceptar mi mala escritura, porque durante dos años o más no he podido ejercitarla, ni tenía medios para hacerlo, si no fuera porque Lady Kingston ha venido aquí. Hunsdon, 26 de

mayo de 153696.

Lady Kingston había cumplido su promesa a Ana Bolena; allí estaba para trasladar a la Princesa la súplica de perdón de aquella condenada a muerte. María, generosa, la perdona. Ahora se vuelca hacia un presente prometedor: recuperar el amor de un padre muy querido. Esta carta inicia todo un proceso en que se van a medir dos voluntades, la de la princesa María y la de su padre. No será desigual la contienda; a la prepotencia de Enrique corresponderá primero un rechazo rotundo, espontáneo, luego soterrado, pero incandescente, en el corazón de su hija.

El Secretario contesta rápidamente a María, le indica que su obediencia sería la condición necesaria para la reconciliación, pero ¿qué obediencia?; a Chapuys le enseña un borrador y le hace saber que era absolutamente necesario que María lo copiara, «de la manera más honorable y razonable que se pudiera». Le dijo que por orden del Rey había enviado a una dama de mucha confianza para convencer a la Princesa y para evitar escrúpulos deseaba que Chapuys escribiera a María y le enviara a alguno de sus principales servidores para persuadirla a escribir dicha carta, que él trataba de traducir del inglés al latín para que Chapuys se convenciera de lo honorable que era: ¿era el borrador de sumisión que el embajador consideró «muy deshonroso»? Insiste en su voluntad de cooperar y el 6 de junio cree que se podrá conseguir una solución honorable. María, ansiosa de lograr esa reconciliación, participa de su optimismo y el día 7 recibe a Cromwell dándole las gracias por haber obtenido permiso para escribir a su padre y pidiéndole ya alguna prenda segura del Rey, antes de visitarle en la corte; al día siguiente se atreve a dirigirse a su padre, creyendo que ya había desaparecido su desagrado.

De la manera más humilde que me es dada, suplico a Vuestra Gracia que me acepte como su humilde hija, que se alegra no poco de oír las consoladoras noticias (no solo para mí, sino para todo vuestro reino) sobre el matrimonio entre Vuestra Gracia y la reina que ahora es vuestra esposa y mi madre. La noticia me ha movido a pedir a Vuestra Gracia que seáis tan buen padre y generoso para mí que me otorguéis licencia para asistir a la Reina y servirla como su más humilde servidora. Confiando en la merced de Vuestra Gracia para acudir a vuestra presencia, que siempre ha sido y siempre será el mayor consuelo que pueda tener en este mundo, y teniendo también plena confianza en la natural compasión de Vuestra Gracia, que siempre habéis prodigado, tanto o más que ningún príncipe cristiano, sobre vuestra humilde y obediente hija, que diariamente pide a Dios os conceda larga vida y tanto honor como jamás tuvo rey alguno; y que envíe pronto a Vuestra Gracia un príncipe, de lo que ninguna criatura viviente se alegrará o pedirá más de corazón y continuamente que yo, como mi deber me obliga.

La más humilde y obediente hija y servidora de Vuestra Gracia Marye

Aquí hay cariño, reverencia, espontaneidad, arropados por las fórmulas cortesanas habituales, pero no era aquello lo que pudiera satisfacer a Enrique. No recibe respuesta. Le llueven advertencias de que extreme más las expresiones de sumisión, aluda más concretamente a su arrepentimiento para procurar el perdón y exalte más a su padre; que sea consciente del abismo que los separa. Y así vuelve a escribir María:

De la manera más humilde y profunda de la que soy capaz suplico a Vuestra Graciosa Alteza me deis vuestra bendición diaria, y puesto que ya, como espero en Dios, habéis accedido a mi humilde súplica y sumisión, pidiendo misericordia y perdón por mis ofensas a Vuestra Majestad; y con ella he obtenido licencia para escribiros, por lo que he concebido gran esperanza y confianza de que Vuestra Gracia, por vuestra inestimable bondad, de la misma manera me perdonará mis dichas ofensas y retirará vuestro desagrado por ellas concebido. Pero nunca volverá a mí ni gozo perfecto ni esperanza satisfecha hasta el

tiempo en que tenga a bien Vuestra Gracia expresar sensiblemente vuestro generoso perdón para mí, o la posibilidad de la reconciliación de vuestro favor por vuestras graciosas cartas o alguna prenda o mensaje que me pueda dar perfecta seguridad, no solo de recibir mi más querido y ferviente deseo, sino como confirmación de que pueda acceder a vuestra presencia, que será para mí, de todas las cosas de este mundo, la más gozosa y consoladora, porque me dará la fruición de vuestra nobilísima presencia, la más fervientemente deseada, como es mi obligación.

Con el mayor fervor suplico a Vuestra Gracia que me perdonéis, aunque moleste vuestros generosos oídos con mis solicitudes y mala escritura, porque me lo exige la naturaleza. De nuevo, humildísimamente postrada a vuestros nobles pies, vuestra obedientísima súbdita y humilde hija, que no solo se ha arrepentido de sus ofensas hasta ahora, sino que desea de aquí en adelante y completamente (después de Dios Todopoderoso) poner su estado, modo de vida y porvenir bajo vuestra graciosa generosidad, y asimismo aceptar las condiciones que dispongáis y mandéis, cualesquiera que sean, deseando que Vuestra Majestad tenga piedad de mí en la concesión de mis humildes peticiones y deseos, que continuamente rezaré a Dios Todopoderoso (como estoy obligadísima) para que preserve a Vuestra Gracia con la Reina y os envíe pronto un príncipe, que serán las noticias más alegres para mí que pueda expresar con la escritura. De Hunsdon, 10 de junio.

De Vuestra Majestad, humildísima y obedientísima servidora, hija y doncella Marye97

María cree haberse excedido con esta carta plagada de superlativos sobre la bondad de su padre y su propia ruindad; desconcertada y dolorida, temiéndose una trampa mortal, vuelve a escribir a Cromwell:

Querido Sr. Secretario:

Os envío por este portador, servidor mío, la carta del Rey sellada y la copia de la misma para vos; por lo que confío podáis percibir que he seguido vuestro consejo y advertencia y lo haré en todo lo que concierna a mi deber con Su Gracia el Rey siempre que no ofenda a Dios ni a mi conciencia, porque os tomo por uno de mis grandes amigos después de Su Gracia y de la Reina. De ahí que os pida, por la Pasión que Cristo sufrió por vos y por mí, ya que mi verdadera confianza descansa en vos, que encontréis los medios según vuestra gran sabiduría para no ser obligada a condescender con ningún otro punto de este asunto más de lo que he hecho. Porque os aseguro, por la fe que le debo a Dios, que he llegado a todo lo más que me permite mi conciencia y no deseo ni intento hacer menos de lo que he hecho. Pero si me piden algo más (por ser sincera con vos, a quien considero mi gran amigo), mi conciencia en modo alguno permitirá que consienta. Excepto en este punto, nadie estará más deseosa que yo en obedecer al Rey, ni más dispuesta a cumplirlo. Porque os prometo (así como deseo que Dios me ayude en mi mayor necesidad) que prefiero perder la vida corporal antes de desagradar voluntariamente a Su Gracia. Señor, os suplico, por el amor de Dios, que toméis a bien esta carta. Porque no os molestaría tanto en esta ocasión si el final de la vuestra no me hubiera causado un poco de temor por lo que pueda avecinarse.

De Hunsdon, 10 junio, 153698

No solo no recibe respuesta de Enrique, sino reproches de Cromwell. ¿Qué era aquello de poner a Dios por delante del Rey? ¿Es que acaso podía equivocarse? Pole se había quedado corto en su apreciación del endiosamiento de Enrique, una mutación monstruosa que se iba descubriendo a su ya aterrada hija. María, a la defensiva, contesta a Cromwell y acepta copiar la carta que éste le había redactado para aplacar a su padre, porque se siente completamente incapaz de formular por sí misma unos sentimientos que ya hacían extorsión a su conciencia, pero como todavía su petición de perdón y su disponibilidad no se concretaban en los dos puntos irrenunciables —aceptación de su padre como cabeza de la Iglesia Anglicana y el reconocimiento de su bastardía—, accede.

Os agradezco de todo corazón la gran molestia que habéis tenido intercediendo por mí, por lo que me siento muy obligada hacia vos. Y como percibo por vuestras cartas en la salvedad a Su Gracia el Rey, os aseguro que no existe esa intención que me achacáis. Porque no desconfío de que la bondad del Rey me obligue a hacer nada que ofenda a Dios o a mi conciencia. Si lo he hecho ha sido por mi inveterada costumbre de poner a Dios por encima de todas las cosas, ya sea hablando o escribiendo.

Sin embargo, puesto que me habéis exhortado a escribir de nuevo a Su Gracia y me veo incapaz de hacerlo por mí misma, aceptaré vuestra última copia, sin añadir ni quitar nada, por ello os envío con este portador, servidor mío, la misma, palabra por palabra, y no está sellada, porque no puedo soportar escribir otra copia. El dolor de cabeza y de muelas que padezco desde hace dos o tres días no me abandona y me priva de todo descanso de día y de noche. Por ello confío en vuestra bondad que lo aceptaréis y encontraréis medios por vuestra sabiduría para que el Rey también lo acepte. Es cosa que os pido procuréis en honor de Dios, puesto que confío verdaderamente en vos. Porque no conozco a nadie para interceder o pedir consejo fuera de vos, a quien encomiendo a Dios, deseando que Él os ayude en todos vuestros asuntos.

De Hunsdon, 13 de junio

Vuestra segura amiga y agradecida mientras viva Marye

El sufrimiento físico, intolerable, de una neuralgia causante de insomnios, acompañado de una fuerte tentación, iban minando la resistencia de la Princesa, debatiéndose ya en las redes de aquella araña ponzoñosa. En estas condiciones copió las frases más humillantes que la lengua inglesa permitía: «Sin que me reste ninguna voluntad propia, sino la que me insistía la nobilísima boca de Vuestra Excelentísima Majestad». Se la está forzando a abatirse no ante una persona humana, sino ante una inasequible divinidad:

Todavía no he obtenido mi ferviente y sentido deseo para mi gran e intolerable desconsuelo, forzada de nuevo, por imperativo de la naturaleza, a implorar ante vuestros generosos oídos, y humildísimamente postrada a vuestros pies, implorando a Vuestra Gracia tenga piedad y compasión de mí (...) para que yo pueda sentir algo de vuestra abundantísima gracia, que nunca he querido ofenderos y que me he arrepentido interiormente de mis ofensas, no cometidas por malicia, sino por ignorancia y fragilidad juveniles. Sigo vacía de esperanza, pero confío en vuestra bendita naturaleza para que me consuele99. La respuesta que recibió a aquella carta, ya comprometedora, a los pocos días, fue la visita de una comisión del Consejo encabezada por Norfolk, el earl de Sussex y el obispo de Chester. Traían redactada una sumisión para que de manera inequívoca supiera exactamente la Princesa lo que exigía su padre para una reconciliación y para poder ser readmitida en su presencia. María, atenazada por el dolor, por el cansancio y por oscuros presentimientos, tiene que escucharlos:

Primero, puesto que la dicha Lady Mary, de distintas maneras, durante mucho tiempo, se ha mostrado tan obstinada con Su Majestad el Rey, su soberano padre y señor, y tan desobediente a sus leyes concebidas sobre los fundamentos más justos, virtuosos y buenos; y como esa desobediencia voluntaria parece monstruosa en naturaleza, que de no ser por la merced de Su Alteza, que la ha extendido abundantísimamente sobre ella, según el curso de las leyes de Su Gracia y la fuerza de su justicia, ella se ha puesto en tanto peligro que ha sido muy duro y doloroso para Su Alteza percibir cuán poco ella las estima, exponiéndose a la pérdida de la vida y sin duda a la indignación de Dios Omnipotente; porque ella no obedeció a su padre y soberano ni a sus justas y virtuosas leyes. No obstante, últimamente, recordando sus transgresiones y ofensas cometidas contra Dios, su padre y soberano señor, Su Alteza el Rey, le ha dirigido al mismo tres cartas distintas, conteniendo una declaración de su arrepentimiento (...), con tal humilde y simple sumisión como parece al someterse totalmente y sin excepción, en especial en la última de sus cartas, bajo las leyes y también poner su estado y condición a merced de Su Gracia, no deseando más que clemencia y perdón por sus ofensas con una reconciliación al favor de Su Gracia.

Sin embargo, Su Majestad se ha visto tan decepcionado por ella, y lo que cualquier persona privada debería hacer, privándola y abandonándola por hija desobediente y contra natura de su gracia y favor, [él no lo va a hacer] porque es tal la generosa y divina naturaleza de Su Majestad que, en su clemencia y piedad, así como siempre ha estado dispuesto a compadecerse de todos los ofensores que se arrepienten y le suplican e imploran, así, en caso de que pueda percibir en el corazón de la dicha Lady Mary lo mismo que ella ha expresado con su mano y pluma, Su Majestad, considerando la imbecilidad de su sexo, siendo frágil, inconstante y fácil de persuadir por simples consejos, está dispuesto a deponer parte de su desagrado. Y por ello, ahora, para conocer con certeza su corazón y su ánimo, le ha enviado a su dicho primo [Norfolk] para solicitarle y requerirle ciertas preguntas.

1.—¿Reconocerá a Enrique como rey y obedecerá sus leyes? 2.—¿También lo promocionará, defenderá y mantendrá?

3.—¿Le reconocerá a él como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra y repudiará al papa y a sus leyes?

4.—¿Reconoce que el matrimonio con su madre según las leyes divinas y humanas es ilegal?

5.—Que declare por qué causa y por influjo de quién y por qué medios ella ha continuado y permanecido en su obstinación tanto tiempo; y quién la ha animado a ello, con otras circunstancias que le conciernan.

6.—También, cuál es la causa de que en el tiempo presente, más que en otro anterior, ella se someta». Aquello era más de lo que podía tolerar María; da su consentimiento a las dos primeras preguntas y rechaza con indignación las dos siguientes. ¿Cómo aceptar esas blasfemias? Ellos, también, les dice, serán responsables ante Dios, dador de la responsabilidad del libre albedrío en la conciencia individual bajo la inspiración del Espíritu Santo, que delega su especial autoridad, visible y audible a través de su Hijo, en el sucesor de San Pedro, bajo cuyo dominio espiritual cae el sacramento del matrimonio.

Aterrados de las consecuencias de aquella actitud, e incapaces de contradecirla, se muestran agresivos en extremo; «puesto que procedía contra natura al oponerse tan obstinadamente al Rey, apenas podían creer que fuera su bastarda; y si fuera hija de ellos le pondrían las manos encima, estrellando su cabeza contra la pared y dejándola como compota de manzanas». A Lady Shelton le ordenan que nadie pueda hablar con ella y que no la pierda de vista día y noche.

En el cuerpo a cuerpo de la voluntad de María contra la voluntad de su padre ya ha alcanzado el mismo punto que Juan Fisher y Tomás Moro, el que le había anunciado su madre en aquella última carta que recibió de ella. O mártir o apóstata.

Cuando la comisión volvió a la corte e informó de que María seguía tan firme como siempre, la furia del Rey se desbordó. Estaba convencido de que un grupo de conspiradores estaba utilizando a la Princesa para entorpecer su nuevo designio de sucesión. Expulsó a Exeter y a Fitzwilliam del Consejo, enviando a la Torre por defender a María a Lady Hussey, «una de las señoras más virtuosas de Inglaterra», como la calificaba Chapuys; al tiempo, dos amigos de su hija de la Cámara Privada, Sir Anthony Browne y Sir Francis Bryan, fueron arrestados y examinados «por sus conversaciones sobre el estado de Lady Mary». Una servidora de confianza de la Princesa estuvo arrestada dos días en la casa de Cromwell. También éste sufre la ira del Rey por haberle asegurado la sumisión de su hija, factor que aprovechan sus rivales de la nobleza para querer hundir a aquel advenedizo. Durante seis o siete días el Consejo se reúne para deliberar sobre el destino de María, sin concederse el menor descanso. Cromwell le confiesa a Chapuys que durante cuatro o cinco días se consideró perdido y muerto.

Tanto se había resentido Enrique de la negativa de su hija que hasta la nueva reina había