Las noticias de estos sucesos le llegaban a la princesa María por un doble conducto; el hostil, partidario del Rey y de Ana Bolena, que se gozaba en la muerte de estos grandes hombres y trataba de amedrentarla representándole lo que a ella, según la ley, le tendría que suceder; y el de los fieles amigos, devotísimos de aquellos mártires, que recogían como reliquias sus últimas palabras sobre la tierra.
María comprobaba con amargura que cuantos tenían mayor relación con ella o con su madre eran objeto especial de persecución: su querido preceptor Richard Fetherstone y Thomas Abell, el valiente defensor de la Reina, yacían en la Torre esperando una cruel condena de muerte.
Por una parte deseaba huir de aquel infierno y por otra no quería abandonar a cuantos veían en ella el restablecimiento futuro de la religión católica, rescatando «la salud del alma de su padre».
La firme determinación de la reina Catalina de no abandonar el reino era con mucho la fuerza mayor de su resistencia. «Ansiosa como está de refugiarse en lugar seguro, está más inclinada a prevenir pecado y desgracia que a escapar de los peligros de su posición buscando un remedio por el que innumerables almas pudieran salvarse de la persecución»56.
Más aún, María y su madre estaban preparadas para recibir el martirio que habían sufrido sus queridos amigos, así lo declaraba el 13 de diciembre Dª Catalina: ella y su hija esperaban ser mártires del nuevo Parlamento.
No es de extrañar que, en estas circunstancias y como se colige de las declaraciones de la Reina a Cromwell sobre la seguridad de María, la Princesa estuviera a punto de ser raptada por sus amigos. El intento había tenido generalmente por base las estancias de María en Greenwich. Desde allí no era difícil sacarla disfrazada, de noche, meterla en un bote y confiarla a cualquier barco de altura, poniendo a la Princesa bajo el pabellón del Emperador. Pero cuantas veces se había iniciado la trama había sido descubierta. En una de ellas, tres navíos españoles estuvieron esperando a la Princesa en Lower Pool; todo se hallaba previsto, pero un soplo dio al traste con la fuga. Y una vez descubierta no tuvo otro resultado que el precipitado traslado de María desde Greenwich hasta Eltham, traslado durante el cual, para no dejar traslucir las sospechas que lo motivaban y que hubieran redundado en mayor popularidad para María, Enrique ordenó que se hiciera guardando las máximas atenciones y se la condujera en una de las más ricas literas de la corte. Al mismo tiempo Lady Shelton recibía instrucciones para redoblar las enojosas molestias de una vigilancia más estrecha.
Motivos había para ello, porque el propósito de evasión no se abandonó, favorecido y alentado siempre por Chapuys aunque Carlos V nunca lo llegara a aprobar. El embajador consideraba la empresa arriesgada pero no imposible. Sus mayores esfuerzos tuvieron lugar en abril de 1535, habiendo ideado un atrevidísimo plan de fuga para la Princesa; a ello contribuyó, en aquellos momentos, la petición insistente de María: «Está tan
fuertemente ilusionada», escribía Chapuys, «que si le dijeran que tenía que atravesar el canal en una criba se lanzaría a ello»57.
Eltham, donde se encontraba María para mayor seguridad, distaba muchas millas del Támesis, pero si la Princesa, saliendo a hacer ejercicio, fuera raptada en pleno día por un grupo de jóvenes valientes, y tras romper las verjas del jardín la montaran a caballo, podría alcanzar el primer punto de embarque; allí un bote de remos y luego un gran barco o dos, convenientemente dispuestos, la sacarían de Inglaterra.
Pero las dificultades se multiplicaban; el barco flamenco designado se resistía a remontar el Támesis; las cuarenta millas a caballo que había que salvar exigían relevos; muchos implicados y poca discreción hicieron que en mayo Carlos V desautorizara aquella fuga.
María quiere y no quiere seguir viviendo aquel terror desatado que se agudiza cuando, como respuesta a las ejecuciones de Fisher y de Moro, el Papa pronuncia la segunda excomunión contra Enrique VIII: Eius qui immobilis. Desgraciadamente, como había sucedido con la anterior de Clemente VII, no acaba de hacerse efectiva.
Ante esta falta de acción, el clima político se enrarece; brota con mayor fuerza el deseo de la intervención del Emperador como brazo ejecutor de la excomunión del Pontífice y se espera que, a la vista de los últimos acontecimientos, la reina Catalina, como parte implicada, apoye esta iniciativa. En octubre de este año, Enrique, muy alarmado, manifestaba a su Consejo:
Doña Catalina es una mujer orgullosa y obstinada, de extraordinaria valentía. Si se le mete en la cabeza tomar parte por su hija, podría muy fácilmente levantarse en armas, reunir un gran ejército y capitanear una guerra tan dura como nunca las llevó a cabo su madre Isabel en España58.
La insurrección se mascaba en el ambiente y no solo Chapuys, sino el obispo de Tarbes y el bailly de Troyes, los embajadores franceses, advertían que una guerra contra Enrique levantaría al pueblo contra él59. Estos enviados habían vuelto en el otoño de 1535 para insistir en el matrimonio de María, esta vez con el Delfín, aquel primer prometido de la Princesa cuando contaba dos años: Francisco I, al mismo tiempo, quería atraer a Enrique a una guerra contra el Emperador. Sus embajadores estaban encargados de entrevistar a María y conocer su disposición al matrimonio; por entonces se encontraba en Eltham con Isabel. No se les permitió verla; la Princesa recibió órdenes terminantes de recluirse en su habitación mientras conducían a los embajadores a la presencia de la hermana menor, y para prevenir cualquier comunicación entre ellos le sellaron las ventanas. No la pudieron ver los desconcertados franceses, pero sí oír, porque María se dedicó a ejecutar piezas musicales mientras duró la visita. Era tanta su destreza y rapidez tocando los instrumentos que les pareció asistir al concierto de un virtuoso60.
María y Dª Catalina se proyectaban con peligrosidad creciente para Enrique y su Gobierno, pero dudaban de hacerlas caer bajo la condena de la ley, como a Fisher y Moro, por las tremendas repercusiones internas e internacionales que originaría su ejecución; también advertían que la gran fortaleza de María radicaba en su madre; si ella desapareciera por causas aparentemente naturales, podrían tener ganada la partida.
Con esta táctica esperan y observan con inquietud un descontento que se multiplica. Es por entonces cuando se condena a un fraile llamado Mayland por nigromancia, entendiendo por tal la predicción de una muerte «violenta e infamante» para el Rey, unida a sus deseos de que Ana Bolena, «esa maligna ramera, pereciese en la hoguera»61.
Precisamente en octubre de 1535 tanto María como la Reina parecen responsabilizarse de una acción inminente contra aquella situación. Así, María escribe a Granvela para Carlos V:
La condición de las cosas es peor que maldita (...), el reino se desplomará en ruinas a menos que Su Majestad, en servicio de Dios, guarda de la Cristiandad, honor del Rey mi padre y compasión por las afligidas almas de este país, tenga piedad de nosotros y aplique el remedio (...). Pero estoy segura de que ha de hacerlo si le informan exactamente de lo que está ocurriendo (...); la verdad entera no puede ser incluida en las cartas; el embajador podría enviar a uno de los suyos para que informara de palabra de lo que está pasando y le suplicara de parte de la Reina mi madre y de la mía, que, por amor de Dios, y por otros respectos, atienda y provea a lo nuestro. Obrando así cumplirá su servicio, el más agradable a Dios Todopoderoso. No ganará con ello menos fama ni gloria de la que ha logrado con la conquista de Túnez y en todo el negocio de África62.
María aludía a los sucesos del pasado mes de julio, cuando el Emperador había aniquilado el poderío turco en la batalla de La Goleta, en Túnez, noticias que a Enrique y a Cromwell habían sumido en la mayor depresión; parecían «dos perros arrojados por la ventana», mientras a los demás, ultrajados con las muertes de Fisher y Moro, les había infundido una gran esperanza. A esta esperanza intentan asirse María y su madre, que aquilata lo insostenible de la situación en apremiantes misivas a su sobrino y al Papa. A Su Santidad se dirige con mayor dolor aún que al Emperador:
Mis cartas se han llenado de quejas y de inoportunidades y por ello, durante algún tiempo, he cesado de escribir a Vuestra Santidad, aunque mi conciencia me ha reprochado por mi silencio. Una vez más, como hija obediente de la Santa Sede, os suplico que prestéis especial atención a este reino, que os acordéis del Rey, mi esposo y señor, y de mi hija.
Vuestra Santidad sabe y toda la Cristiandad conoce lo que se hace aquí, cuán graves ofensas se cometen contra Dios, qué escándalos para el mundo, qué reproche cae sobre Vuestra Santidad. Si no aplica un remedio pronto no cesará la ruina de las almas ni los santos martirizados. Los buenos resistirán y sufrirán, los tibios caerán si no encuentran quien les ayude y la mayor parte se extraviará como ovejas sin pastor.
Os represento estos hechos, Santidad, porque no conozco a nadie sobre cuya conciencia caigan con más fuerza las muertes de estos hombres santos y buenos y la perdición de tantas almas como sobre la vuestra. Porque Vuestra Santidad evita enfrentarse con estos males que el Demonio, según estamos viendo, ha sembrado entre nosotros. Santidad, os escribo sinceramente para descargar mi alma con alguien que espero pueda sentir conmigo y con mi hija los martirios de estas personas admirables, a quienes, con la esperanza de alcanzarlos, nos consuela seguir en sus sufrimientos aunque no podamos imitar sus vidas.
Y así termino, esperando el remedio de Dios y de Vuestra Santidad. O viene rápidamente o el tiempo habrá pasado. Nuestro Señor guarde a Vuestra Santidad63.
Este remedio inminente por parte del Papa y el Emperador era algo factible, alcanzable, y en él le iba a Catalina de Aragón más que su vida y la de su hija: podía ser la señal de una cruzada para hacer efectiva la sentencia de excomunión contra Enrique VIII. La muerte de la Reina ya resultaba imprescindible para el mantenimiento de aquella violencia institucionalizada.