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Para Rousseau, la educación positiva es la que tiende a formar el espíritu del niño antes de la edad adecuada y a inculcar en éste el conocimiento de los deberes del hombre. Gracias a la formación que se da al niño en su primera edad, según el camino de la naturaleza, sus deseos no alcanzan a superar sus fuerzas; por el contrario, éstas últimas van en aumento. Este es el tiempo que Rousseau considera propicio para la instrucción, no porque lo afirme él mismo, sino porque la naturaleza así lo ha dispuesto. No se trata tampoco de enseñarle todo, sino lo que le es útil y significativo para su estado. Esto lo debe considerar el preceptor, según lo observado de los talentos propios de su alumno.
Para llegar a formar las nociones morales de los niños, primero se debe conocer la ley de la necesidad, luego conocer lo que es útil y, sólo a partir de este momento, podrá acercarse a lo que es conveniente y bueno. El mismo instinto se encarga de motivar estos desarrollos de las facultades, suscitando primero el cuerpo y después el espíritu. La naturaleza se ha encargado de proporcionarle un deseo de alcanzar su bienestar, pero al mismo tiempo, la imposibilidad de satisfacerlo del todo, lo que le lleva siempre a encontrar cosas nuevas. Es una tendencia activa a buscar nuevos caminos, lo que le va permitiendo alcanzar poco a poco un cierto desarrollo de sus facultades.
Hasta la primera edad de la infancia, la naturaleza no procura enseñarle más allá de los objetos que están a la mano y le son útiles, pero como después sus fuerzas van en aumento, sentirá una cierta inclinación y curiosidad por ir más allá y explorar nuevas cosas: “Hace un momento que sólo nos ocupábamos de aquello que nos afecta, de lo que nos rodea de modo inmediato; y de pronto, ¡henos aquí recorriendo el globo y saltando a los extremos del universo! Ese desvío es efecto del progreso de nuestras fuerzas y de la inclinación de nuestro espíritu” (Rousseau, 2007, p. 245).
Mientras el niño está en el periodo de debilidad, su vida gira en torno a su mundo interior, pero tan pronto sus fuerzas superan sus necesidades (entre los 12 y los 15 años), se
31 ve inclinado a explorar y experimentar más en la vida exterior, aunque un poco limitado porque su vida intelectual aún no se encuentra bien desarrollada. En este sentido, hay que tratar de que adquiera primero sus sensaciones, para que después, según su ser, forme poco a poco las ideas con éstas: tal es el caso del conocimiento de la ciencia. Para conocerla, se ha hecho necesario el progreso de la razón y del juicio. Por el niño mismo, irán formándose las relaciones entre las causas y los efectos observados, pero “[…] no se trata de enseñarle las ciencias, sino de darle el gusto de amarlas y unos métodos para aprenderlas cuando ese gusto esté mejor desarrollado” (Rousseau, 2007, p. 251).
Si bien es cierto que no es conveniente introducir al niño en el mundo especulativo, sí conviene según Rousseau, que vaya uniendo las experiencias, tratando de encontrar una especie de sentido entre ellas, con el fin de que puedan ser muy bien guardadas en su mente y utilizadas más tarde en la edad de la razón. Esta es la manera como el niño va aprendiendo, uniendo y organizando los hechos que van observando-experimentando; porque de lo contrario no sería capaz de retener nada.
En este espíritu de conocimiento, el niño reconoce muy en su ser que su desarrollo debe tender hacia el estado de hombre, gracias a su permanencia en el camino de la naturaleza y no gracias a la formación del hombre, porque éste no alcanza a percibir aún lo que conviene a la especie humana. El papel del preceptor debe estar más encaminado a desviar el aprendizaje del niño de cosas que aún no le compete conocer por su edad: “Un niño sabe que está hecho para volverse hombre; todas las ideas que pueda tener del estado de hombre son para él ocasiones de instrucción; pero, respecto a las ideas de este estado que no están a su alcance, debe permanecer en una ignorancia absoluta. Todo mi libro no es más que una prueba continua de este principio de educación” (Rousseau, 2007, p. 262).
Es en esta actitud como se debe formar al niño, permitiéndole que por sí mismo vaya dejando manifestar sus inclinaciones naturales, que son en últimas la guía que va estableciendo la naturaleza en él. No se trata pues de proponerle un aprendizaje específico, él mismo va dando las pautas para dedicarse al conocimiento que requiere para su
32 formación. Lo único que tiene que hacer el preceptor es colocar a su alcance esos objetos y propiciar experiencias necesarias y adecuadas.
Contrariamente a lo que podría pensarse, Rousseau considera que el mejor conocimiento para el niño no es tanto de los objetos en sí mismos, sino más bien el conocimiento del hombre, y ¿qué mejor medio para conocerlo que conviviendo con él? Claro que no se trata de una convivencia en sociedad, pues no se trata de formarlo a partir de cualquier hombre, sino, como se había planteado anteriormente, a través de un preceptor que haya sido capaz de constituirse él mismo como un hombre, como un modelo para seguir. Rousseau considera pues que “[…] el conocimiento real de las cosas puede ser bueno, pero el de los hombres y sus juicios vale más aún; porque en la sociedad humana el mayor instrumento del hombre es el hombre, y el más sabio es quien mejor se sirve de este instrumento” (Rousseau, 2007, p. 275).
No obstante, este estudio del hombre supondrá otros estudios anteriores, porque ¿cómo va a conocer a los demás si no se conoce primero a sí mismo? Deberá primero aprender a percatarse de sus propios juicios, a discernir sobre sus errores. Por ahora conviene educarlo según sus necesidades y sus fuerzas; más adelante se le pondrá en el mundo de los hombres, pero no antes de que haya conocido su ser propio. No quiere decir que Rousseau se esté contradiciendo; por el contrario, lo está preparando poco a poco para que pueda entrar sin prejuicios en las relaciones humanas, pues al conocer en primer lugar su propia condición humana con todas sus capacidades y fragilidades, podrá reconocer en los otros estas mismas cosas.
Se trata pues, de ir formando al hombre en el hombre y no en otro estado, ya que éste es el primer llamado de la naturaleza y no otro. De otro modo, se le estaría formando exclusivamente para un estado y no para el que verdaderamente le corresponde. El estado que le corresponde es el estado social, porque “[…] un hombre que quiera considerarse como un ser asilado, sin conexión alguna con algo y bastándose a sí mismo, no podrá ser sino miserable” (Rousseau, 2007, p. 284). Se trata de aprender de la naturaleza, pero no
33 para quedarse en la soledad de un estado de naturaleza, sino aprender y desarrollar una especie de bondad natural para llevarla a las relaciones con los demás, a la vida social.
Hasta el momento, Rousseau es consciente del arduo trabajo realizado con Emilio. Primero lo ha llevado por el camino de los sentidos, de la experiencia con las cosas y del reconocimiento de su debilidad natural ejercitando su cuerpo. Poco a poco lo fue conduciendo a examinar las relaciones entre los objetos y las deducciones que se pueden sacar de estos, ejercitando así su espíritu y sus juicios. De esta manera, Emilio ha pasado de ser actuante a pensante, aunque de momento sólo incipientemente. La tarea que resta para acabar de formar al hombre, es ejercitarlo en el amor y en los sentimientos, que no es otra cosa que acabar de perfeccionar la razón pero a través del sentimiento. En este punto de la formación de Emilio, se puede reconocer que ha llegado a la edad de adquirir ideas (de los 12 a los 15 años), lo que le permite ya dar una formación sólida a su espíritu, pues éstas cumplen la función de formar su carácter, proporcionándole seguridad frente al mundo que le rodea. Mientras estaba en el mundo de las meras sensaciones, su juicio era pasivo; pero ahora que ha superado esa primera etapa, su juicio es activo, autónomo, libre para emplear su razón y empezar a formarse sus propios juicios, ideas, verdades, etc. Hasta ahora “Emilio no tiene más que conocimientos naturales y puramente físicos. No conoce siquiera el nombre de historia, ni lo que es metafísica y moral. Conoce las relaciones esenciales del hombre con las cosas, pero nada de las relaciones morales del hombre con el hombre” (Rousseau, 2007, p. 309).