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Desde que a fines de 1900 y principios de 1901, el físico alemán Max Planck establece el cuanto de energía, y en 1927 Werner Heisenberg enuncia su principio de incertidumbre, se abren las mentes a una nueva percepción del mundo del conocimiento. Según recalca Volpi, desde el universo cuántico esta nueva percepción modifica la física y la filosofía a la vez, y a partir de allí, a la literatura. “Aunque sus fundamentos son escasamente comprensibles por aquellos que no se dedican profesionalmente a las matemáticas –o a la física-, el caos permea ya el discurso de gran variedad de disciplinas, de las ciencias sociales a la psiquiatría y de la filosofía a la teología”, afirma Volpi (1996). “El fenómeno ha sido calificado, más que como un descubrimiento, como una transformación radical de la manera de enfrentarse al mundo: un cambio de racionalidad o, como se ha preferido llamarle, de paradigma”, recalca (Volpi, 1996). Sería el paso del mundo de las ‘certezas’ de la mecánica newtoniana, al mundo donde la probabilidad y lo aleatorio cobran un rol fundamental. La literatura no queda al margen, según su análisis. Así lo resalta Volpi:

La literatura nunca ha podido sustraerse de los vaivenes de la ciencia y, de hecho, el nuevo paradigma la invoca como uno de sus elementos fundamentales. Una nueva concepción holística hace que literatura y ciencia, religión y filosofía se consideren modelos complementarios para acercarse a la realidad. (1996)

Para el escritor pueden hallarse correspondencias entre el modelo aristotélico y la literatura medieval, el neoplatonismo y las ideas estéticas renacentistas, la revolución copernicana y el barroco, el sistema newtoniano y la literatura moderna, la relatividad y las vanguardias de principios de siglo. Y ahora, “la cuántica y la posmodernidad, el nuevo paradigma, basado en el caos, permite aventurar algunas ideas sobre lo que la literatura puede hacer en el futuro cercano”, afirma Volpi (1996); la nueva física exige “la creación de un nuevo lenguaje”, sostiene (Volpi, 2008e: 50).

¿Cómo sería este nuevo lenguaje? ¿Cuáles serían las características de esta novela para la era de la incertidumbre? El escritor intenta algunas respuestas en “Los libros del caos” (1996) y otros ensayos posteriores, sobre cómo la novela abandona

los dictámenes decimonónicos en cuanto a su relación con lo real y tangible, a favor del experimentalismo formal y estructural. De allí identificamos cuatro aspectos clave que detallaremos a continuación, en cuanto a las posibilidades de la novela y las transformaciones que pueden generarse en su estructura interna, su relación con el lector, el manejo del tiempo y el espacio, y los juegos de verdad que plantea.

En cuanto a la estructura, Volpi sostiene que si se dejaran de lado las raíces newtonianas, la novela debería reconocerse como hecha de sistemas complejos y caóticos, como un espacio en el cual decenas de factores influyen unos sobre otros, y no como ‘un conjunto demostrable’. Según el autor, la deconstrucción ha dado los primeros pasos hacia ese cambio, al apartarse de la idea central del discurso, pero las ‘novelas del caos’, promulga, debieran llevarlo un paso más allá en su estructura: “su forma sólo podría derivarse de sus procesos y movimientos internos, y del proceso abierto que mantiene con el lector”. Volpi llega incluso a hablar de una ‘novela fractal’, regida por dos términos clave de la teoría del caos: la interacción, el cual se refiere a la repetición de los modelos iniciales con leves variaciones, tendiendo poco a poco hacia el caos; y, la autoorganización, la reorganización de este desorden interno en nuevos sistemas ordenados, copias mínimas del modelo original, yendo así del caos al orden y del orden al caos.

Esto pareciera estar en sintonía con la deconstrucción y con la teoría posmoderna de deslegitimación de un discurso único o central. No obstante, Volpi luego agrega un matiz más totalizador:

ya no podría hablarse de partes separadas que permitan ir construyendo una ‘historia’, sino de una historia total que explica a las partes. Cada elemento de la narración –del estilo y la sintaxis a los ambientes, las acciones y los personajes- tendría, no sólo la misma importancia, sino una relación íntima con los demás. Narración e historia constituirían un sistema imposible de descomponerse o interpretarse, en el sentido que lo ha hecho la crítica francesa. Por el contrario, se llegaría también a un modelo de análisis [y de lectura] que pretendiera una visión global, más que la desarticulación de elementos. (Volpi, 1996; el subrayado es nuestro)

En ese sentido, el autor mexicano pareciera creer posible capturar y mostrar una ‘visión global’, una ‘historia total’, o al menos a eso debieran aspirar,

curiosamente, las novelas del caos y su trilogía intenta, de hecho, resumir el siglo XX.

En cuanto a la relación con el lector, Volpi aboga por la agudización de la interactividad y la participación, y la física cuántica le resulta especialmente sugerente al respecto. “La irrealidad de la mirada da realidad a lo mirado sugería Octavio Paz”, cita Volpi, para establecer un paralelismo con otro de los postulados de la teoría cuántica:

Werner Heisenberg lo dijo de otra forma: si, como advierte el principio de incertidumbre, resulta imposible conocer al mismo tiempo la posición y el momento del electrón, no se debe a un error de cálculo, ni de falta de precisión de nuestros instrumentos, sino a una condición ineludible del mundo cuántico: el observador modifica lo observado. (Volpi, 2008e: 53)

La medición de un sistema influye entonces en su comportamiento: “en cuanto observador y observado se ponen en contacto, se crea un sistema indisoluble”. Llevándolo al mundo de la literatura, el escritor considera que es cierto que desde hace mucho tiempo la crítica literaria –desde los formalistas rusos, a los estructuralistas y hermeneutas- han resaltado el papel del ‘observador’, del lector, en las narraciones. No obstante, según su análisis, esto se ha hecho con libros que “no lo buscaban conscientemente”, es decir, en escritores que supuestamente no estaban “conscientes” de su apelación a la interactividad con el lector. Resulta curioso que el creador de En Busca de Klingsor centre y prácticamente limite a la crítica literaria este interés en la participación del lector101, y no considere la intención expresa y manifiesta por parte de autores como Cortazar en Rayuela –por mencionar al más evidente-, en su juego con ese lector ‘macho’ o ‘hembra’, que determina cómo fluye la ficción.

Ignorando tales antecedentes, Volpi afirma que quizá sea ahora el momento de “intentar novelas conscientes de esta participación narrativa”: “Las narraciones

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En estricto rigor la participación del lector está implícita en toda obra, desde el mismo momento en que se requiere de él para decodificarla y, por lo tanto, también completarla a partir de todo el bagaje cultural que cada individuo aporta al momento de obtener conocimiento nuevo, tal como muestra la hermenéutica de Gadamer y la propia teoría de la recepción. A lo largo del desarrollo de la literatura, muchísimos escritores han incentivado esta interacción con el lector, algunos, como Edgar Allan Poe, apelando precisamente a quebrar su horizonte de expectativas como objetivo de su ficción.

serían vistas entonces como objetos susceptibles de ser transformados por quien los lee, más que mostrando laberínticas construcciones de opción múltiple (que a fin de cuentas representan sistemas determinados predecibles [apunta Volpi]), dejando cada vez más espacio para la imaginación del lector” (Volpi, 1996). Según el análisis del escritor mexicano, “si el autor pudiera retrotraerse aún más de la narración, sería posible que el lector la escudriñe y complete como lo hace con el mundo”. Así se lograría llevar hasta las últimas consecuencias las “viejas intenciones de Eco: crear, más que finales, narraciones permanentemente abiertas” (Volpi, 1996).

Es importante resaltar que tres años después de la publicación de este ensayo, Volpi publicaría En Busca de Klingsor, donde puede suponerse intentó concretar su aspiración de una novela participativa y totalmente abierta. No obstante, su estructura, como veremos posteriormente, no se aleja demasiado de la de esas otras novelas que previamente, según su análisis, muestran sólo “construcciones laberínticas de opción múltiples”, y por lo tanto, representaciones de sistemas deterministas predecibles. En ese sentido, las consideraciones expuestas en estos ensayos quizá deban tomarse más como un desiderátum, que como una real -y plausible- estrategia práctica. Revelan, sin embargo, su visión y aspiraciones como autor.

En cuanto al tiempo y el espacio, Volpi recuerda que el cuestionamiento primordial del nuevo paradigma fue precisamente el tiempo, primero con Einstein, al demostrar que no existe un “reloj cósmico”, un parámetro único que mida el tiempo en todo el universo, y luego con las conclusiones mas recientes derivadas de la teoría del caos y la mecánica cuántica102. Respecto al espacio, en su comparativa el escritor refiere experimentos con partículas atómicas que han demostrado que éstas se encuentran interconectadas a pesar de la distancia, influyéndose.

Cada partícula atómica recibe, inevitablemente, la influencia -por mínima que sea- de todas las demás, lo que derriba la idea de un vacío interestelar y nos devuelve, con variantes, a la idea del éter que llena el universo, sólo que ahora éste sería entendido más bien como una serie de ondas en movimiento. (Volpi, 1996)

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El autor también menciona la teoría entrópica, que postula existe una “flecha del tiempo inherente al universo”, o la noción de tiempo imaginario de Stephen Hawking, para explicar un universo donde el inicio y el final caóticos son sólo puntos colocados en los extremos de una esfera de cuatro dimensiones.

Según el análisis de Volpi es claro que el tiempo y el espacio han sido preocupaciones fundamentales de los narradores, pero es a partir del cambio de paradigma y de estas investigaciones científicas contemporáneas que pueden entenderse obras como el Ulysses o En busca del tiempo perdido. En este sentido explica:

Los cuentos y las novelas son, como las películas o las sinfonías, productos de una lucha contra el devenir […]. En las novelas los hechos se encadenan uno tras otro, como los pulsos marcados por un reloj. La posibilidad de que ese torrente de horas, minutos y segundos varía para cada observador legitimó la idea literaria y psicológica de un tiempo interior distinto para cada persona o personaje. (Volpi, 2008e: 52)

De allí que, mientras Einstein revolucionaba el tiempo en la física, Svevo, Kafka, Joyce y Freud mostraban su “flexibilidad interior”. ¿Qué le tocaría ahora a los novelistas de los ‘libros del caos’? Volpi considera que “aceptar la irreversibilidad del tiempo” sería lo primero. “La memoria -de los personajes y del lector que avanza en una novela- ya no sería entendida como un remedo de viaje hacia el pasado, sino como una condición del presente, un conjunto de datos alterables que modifican al mundo”, explica Volpi, de manera que la conciencia, de unos y otros, determinaría el espacio-tiempo de la novela.

En cuanto al futuro, el autor considera que si hoy ya se asume la imposibilidad de narradores omniscientes, quizá no sea muy aventurado augurar el fin de los monólogos interiores: “la memoria sesgada de los personajes -y las posibilidades de jugar con la memoria del lector- permitirían narraciones en las cuales la conciencia modificara el paisaje y la psicología se confundiese con los objetos” (Volpi, 1996; el subrayado es nuestro).

En cuanto a la relación con la realidad, los ‘libros del caos’ lo que buscarían con todos estos elementos, según Volpi (1996), es una ‘voluntad de ambigüedad’ que ponga en evidencia los ‘juegos de verdad’. “A pesar del descrédito de las verdades absolutas”, dice Volpi, “nuestro mundo aún se encuentra obsesionado por conocer exactamente lo que sucede”, no sólo en la ciencia, sino también en “los procedimientos judiciales o las novelas policíacas”, enfocadas en “descubrir, sin sombra de dudas los hechos”, por lo cual “las narraciones inevitablemente copian los juegos de verdad que existen en el mundo”. Para el autor, quizá las novelas del caos

puedan cambiar algo de esto en su racionalidad interna. Acordes con las investigaciones en la ciencia, las novelas de la incertidumbre

eliminarían [o debieran eliminar, en primera instancia] la pasión del lector por conocer el desenlace de los acontecimientos y la verdad de los misterios que ocurren. La noción de suspense tendría que variar, haciéndose hincapié en la naturaleza irresoluble de lo secreto y no en el gusto de resolver enigmas. (Volpi, 1996)

Para el autor, esto no podría lograrse -del todo- a través de finales abiertos, o de varios finales distintos para que el lector escoja el que más le agrade: “En este recurso no hay apertura –seguimos ante un sistema determinista y predecible- y se mantiene la necesidad de una versión oficial, aunque se trata de la que el lector escoge”, advierte. Aboga más bien por narraciones cuya “construcción desde el inicio esté marcada por la ‘voluntad de ambigüedad’, multiplicidad, variedad y fuga:

Se trataría de novelas que enfrentan al lector a historias semejantes a las del mundo, llenas de versiones, contradicciones, atisbos, dudas. Las mismas que tendría el autor. Algo similar a la ‘suma de historias’ de la física cuántica: cada personaje deja de tener un pasado, acaso desconocido pero indeformable, para tener múltiples historias posibles, acaso contradictorias, sin preeminencia de ninguna. (Volpi, 1996; el subrayado es nuestro)

Otra opción, al menos teóricamente, sería crear “universos narrativos que se bifurquen, posibilidades incumplidas, mundos paralelos donde yace lo que no pudo ser, pero que la novela permite, por un momento que ocurra”, dice Volpi (1996), en clara alusión a la célebre historia del Gato de Schröndinger y “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges.

El proyecto volpiano de la Trilogía del Siglo XX, desarrollado en los siguientes años a la publicación del primer ensayo sobre “Los libros del caos” (1996), pareciera busca materializar esta particular cosmovisión de la literatura, su teoría de la ‘novela de la incertidumbre’, apelando a la ciencia y al caos, no sólo como ejes temáticos de las novelas, sino también como factores determinantes de la estructura narrativa, adoptando y ‘novelando’ postulados y teorías sobre el mencionado cambio de paradigma, tal y como veremos en el próximo capítulo.

En ese sentido, también resultan reveladores –y claramente calculados- los temas, lugares y tiempos escogidos, para ubicar sus ficciones en tres momentos críticos, hitos de lo que se ha llamado “crisis de la modernidad”: en En busca de Klingsor, la Alemania de la postguerra, en plenos juicios de Nuremberg, para insertarse en todo el proceso científico que llevó tanto a los avances de la física cuántica, como a la bomba atómica; en El fin de la locura, desde el Mayo Francés al México de Salinas de Gortari y el triunfo del neoliberalismo, para diseccionar el cambio de paradigma desde el punto de vista filosófico y político, con algunas de las figuras más importantes del pensamiento francés -Jacques Lacan, Louis Althusser, Roland Barthes y Michel Foucault- y de la historia política –Fidel Castro y Salvador Allende-; y, en No será la tierra, la caída del muro de Berlín, con el derrumbe del comunismo, la expansión del neoliberalismo y los procesos globalizadores, la guerra bacteriológica y el proyecto Genoma Humano.