En el siglo XVI se halla ya muy extendido el gusto por la historia en Fran cia. Aparecen miles de obras, según Henri Hauser (Les Sources de l’his toire de France au XVI' siécle, París, 1912). Por su parte, G. Huppert ha hecho una lista de más de setecientos libros de historia publicados entre 1550 y 1610, estimando que constituyen el treinta por ciento de los edita dos en París a comienzos del siglo xvn. La necesidad de una cultura fundamentada en la historia se manifiesta de dos formas distintas. En ge neral, atraen los compendios, las exposiciones sintetizadas, algo así como «modelos reducidos de la inmensidad». Estas obras se proponen estimular un saber unitario, destacando las líneas maestras. En realidad, escenifican la historia como si de un «gran espectáculo» se tratara. Bosquejan paisajes históricos, en los que las fechas-hitos corresponden a lugares destacados de la geografía. En cada escena intervienen los correspondientes personajes, actores de un «verdadero» drama. Más concretamente, atrae todo lo que se relaciona con lo cotidiano, los anales, los diarios, las memorias. Los di ferentes ambientes tienen, cada uno, sus necesidades específicas: los no bles, el relato militar; el clero, la historia religiosa; los parlamentarios, la historia política. La historia está fraccionada, comprendiendo distintos cam pos. En otro plano, florecen los historiadores locales o regionales. 1. Cu estio n esd em é t o d o
Una de las grandes innovaciones introducidas por los historiadores del siglo XVI consistió en no contentarse con el relato de la res gestae, ponien do en práctica una primera forma de cuestionamiento en relación al méto do histórico, con la ambición, a veces, de evocar la totalidad de la realidad y de exponer las leyes de su funcionamiento.
Interesa destacar, en primer lugar, algunas tendencias generales, em pezando por el rechazo del dogmatismo escolástico, motivado por el des cubrimiento de la relatividad de las cosas y de los sistemas políticos, que se intenta someter a las leyes. Se pretende, también, arrancar a la historia del terreno de la fábula, investigando y sometiendo a la crítica los vestigios
dejados por el pasado, a fin de llegar a reconstruir los hechos de la forma más verídica posible. Un testimonio de ello lo constituye la encuesta del jurista Etienne Pasquier, abogado del Parlamento de París, en Les Recher- ches de la France (1560 y sig.). Una vez establecidos los hechos (¿acaso no es la historia la verdad de las cosas singulares?), es preciso reagruparlos en conjuntos para conseguir una exposición correcta, un orden lógico en el re lato, que requiere un análisis de las causas. Según Jean Wolf, en su Recueil de l’art historique, publicado en 1579, después de haber elaborado el hecho con absoluta seguridad, es preciso situarlo en una cadena de razones his tóricas y lógicas. Algunos historiadores alientan mayores ambiciones y pre tenden construir una historia universal de la civilización o de las civiliza ciones, abarcando todos sus aspectos.
La «verdadera» historia deberá comprender lo Natural, los hábitos, las costumbres y «las formas de actuar del pueblo a que se refiere» (Huppert, p. 148). Es preciso lograr «la representación del Todo» (La Popeliniére), sin dejar nada al margen de la explicación racional.
Las ambiciones de Jean Bodin (1530-1596), oriundo de Angers, aboga do del Parlamento de París, procurador del rey a partir de 1588, magistra do, tan interesado por la política como por la historia, expresadas en su Mé thode pour une connaissance aisée de l’histoire (Methodus ad facilem histo- riarum cognitionem, 1566), pueden resumirse en lo siguiente: unificar ra cionalmente la diversidad de la realidad.
El historiador se decanta por los hechos singulares, pero para restable cerlos en lo universal y para reducirlos a leyes, definidas como «productos que se derivan de la naturaleza de las cosas». Semejante tarea es difícil si no imposible, porque la historia de los seres humanos es una innovación perpetua: «Cadajdía.nacen nuevas leyes, nuevas costumbres,,. nuevas-insti tuciones. » . Ciencia abierta a desarrollos imprevisibles., Ja historia es contra riaba las ciencias cerradas que pueden reducirse a principios y leyes.
"..Aparentemente, la historia se nos ofrece como un caos. Es preciso sa ber descubrir en ella el orden y descomponerla de forma coherente, pro yectando, «sobre la masa informe de los hechos, los marcos racionales del espíritu» (Dubois). Su exigencia de racionalidad se combina con la de uni versalidad, ya que todas las civilizaciones intervienen en un tiempo único. Para Bodin, el historiador es, por tanto, una especie de demiurgo que ordena concreciones que son diversas en su esencia. El clima contribuye de forma decisiva a la diversidad, en la medida en la que rige el humor in terno; por tanto, las mentalidades. Especialmente el sol ejerce una influen cia determinante. Según Bodin, los meridionales (australes) son fríos, se cos, duros, lampiños, débiles, bajos y tienen la voz aguda; los nórdicos, por el contrario, son cálidos, húmedos, velludos, robustos, tienen la carne tierna, la piel blanca y la voz grave. De estos caracteres se derivan las di ferencias psicológicas. Las formas de cada civilización están enraizadas en las circunstancias naturales.
Nos hallamos aquí en los antípodas de la erudición. Bodin se complace en utilizar categorías abstractas. Pretende clasificar a los hombres y a las cosas, concibiendo para ello un Tableau du droit universel, regido por la regla de los contrarios, en virtud de la cual, «si el meridional es moreno, el septentrional es blanco; si la talla del último es grande, la del primero es pequeña», etc. (Methodus, V, 333). Llevando M n más lejos la sistema-
tización, investiga la influencia que han ejercido los números en la consti tución de los imperios, especulando acerca de las fechas de las batallas y de la edad de los héroes en el momento de su muerte. ¿No murieron Aris tóteles, Erasmo y Lutero en su sexagésimo tercer año? Tal delirio aritmé tico le hizo creer que la cifra 496 era determinante para el curso de la historia. ¿No habían transcurrido 496 años desde Augusto hasta Rómulo Augústulo, desde Constantino hasta Carlomagno y desde Siagrio hasta Hugo Capeto? Sus distancias constantes, sus regularidades aritméticas per miten prever el porvenir. El mundo sufre la ley de las cifras (sin quedar reducido a una ecuación, como dicen algunos comentaristas). Corresponde al intelectual descubrir el orden oculto. Las revoluciones humanas se rela cionan, siempre en virtud de este orden, con los cambios astrales y climá ticos.
Bodin hace, a la vez que estos laboriosos análisis, geniales anticipacio nes. Por ejemplo, intuyó que el tabú del incesto incitaba a extender las alianzas matrimoniales. Quiso edificar una ciencia política, siguiendo a Po libio y adelantándose a Montesquieu (cf. La République, auténtica suma política). Intuyó, obscuramente, la existencia de unas leyes que regían el comportamiento del hombre en sociedad.
Lancelot de la Popeliniére (15407-1608) se dedica a la búsqueda de L ’I- dée de ¡’histoire accomplie (1599). Nos da una definición tradicional de la historia: una narración general, elocuente y juiciosa de las acciones más no tables de los hombres y de otros accidentes significativos según el tiempo, los lugares, causas, progreso y acontecimientos. Recurriendo a preguntas, • esboza un programa muy amplio y muy nuevo para el conocimiento histó rico: «¿Cuáles fueron las diferencias existentes entre los pueblos, entre ga los, romanos y germanos en la propia Galia? ¿Cuál (la diferencia) entre franceses y germanos? ¿Cuándo, cómo y por qué penetró, se aceptó, cre ció, se debatió y mantuvo la religión cristiana en las Galias...? ¿Cómo era la nobleza, cuál su autoridad, poder, actuación, deber y funciones en todas estas naciones? ¿Por medio de qué leyes, costumbres, formas de vida, jus ticia y policía se mantuvieron estos pueblos, tanto en la paz como en la guerra, bajo la deplorable paciencia de nuestros antiguos padres?»
Frangois Hotman (1524-1590) también tenía grandes aspiraciones. Ju risconsulto, profesor de derecho romano, calvinista convencido, gran via jero, poseía una vasta experiencia. Debió su celebridad a la Franco-Galia (1573), en la que se mostraba hostil a las intervenciones del poder real en el dominio espiritual. En el plano histórico, debemos recordar la novedad del proyecto formulado en el primer capítulo y la preocupación, claramen te expresada, de que la investigación sobre el pasado tenga utilidad para el presente: «Habiéndome propuesto escribir acerca de las costumbres y de la política de nuestra Francia gala, en tanto pueda servir para uso de nuestra cosa*pública y comodidad de los tiempos actuales, me parece con veniente comenzar por deducir cuál fue el antiguo estado de la Galia, an tes de que se viera dominada y reducida por los romanos a una Provincia.» El resultado no está a la altura de sus ambiciones. Aunque fundamentado en grandes autores (César, Tácito, etc.), el cuadro de la Galia se revela ana crónico, hallándose aplicado el vocabulario político propio del Antiguo Ré gimen, sin someterlo a proceso alguno, a las tribus galas: cada año, nos dice Hotman, se reunía una «asamblea general de todo el país, donde se
discutían los asuntos del estado y los concernientes al bien general de la cosa pública». No nos dejemos paralizar por la discordancia entre las pa labras y las cosas. Retengamos la novedad del cuestionamiento (luego Hot- man se pregunta qué lengua hablaban los galos) y la agudeza de su sentido crítico, que ridiculiza la leyenda del origen troyano de los francos. 2. Leja n o sin dic io sd el an u e v a h isto r ia
Podemos estimar, de forma muy amplia, que las anticipaciones del si glo xvi mantienen algunos nexos con la exaltación surgida de los grandes descubrimientos, con el sentimiento de vivir en un mundo en el que todos los elementos son interdependientes, un mundo en mutación... La anticom- partimentación intelectual acompaña a la apertura económica. Sería com pletamente ingenuo pretender designar, entre los autores del siglo XVI, a
un precursor de Femand Braudel (en la persona de Jean Bodin) o a un her mano mayor de Emmanuel Le Roy Ladurie (¿en la persona de André The- vet?), pero no es gratuito el insistir en las aproximaciones habidas en este siglo entre la historia y otras ramas del saber, como la economía política (todavía en estado balbuciente) y la geografía.
A) Historia y economía política
La principal referencia en esta materia la constituye evidentemente «La Response de Jean Bodin á M. de Malestroit», publicada en 1568. El jurista angevino trata en ella un tema extraordinariamente nuevo, «la carestía de la vida en el siglo xvi», según la expresión de Henri Hauser. Distingue cla ramente tres causas principales: la abundancia del oro y de la plata proce dentes del Nuevo Mundo; los monopolios de mercaderes, artesanos y asa lariados que impulsan al alza las mercancías y los sueldos; y la «escasez» que resulta de exportaciones excesivas, destinadas especialmente a Espa ña. Sin entrar en el detalle de una argumentación rigurosa (pp. 9-17) cita remos tan sólo la opinión de Henri Hauser: «Algunas ideas de Bodin, aun- f'que su estilo sea obscuro y, a veces, incorrecto..., sobre el papel real de la moneda, los mecanismos de los intercambios internaciones, o la influencia de los metales preciosos..., son tan claras como las de un economista mo derno. Descubre en la división geográfica del trabajo una ley providencial o natural, destinada a promover los intercambios y a procurar la paz.» (pp. LUI y LTV.)
B) Historia y geografía: una unión prometedora
En esta materia fue ejemplar el mundo germánico. Generalmente se considera que su primer gran historiador fue un humanista de Selestat, Bea- tus Rhenanus (7-1547), autor de una Historia de Alemania en 1531 en la que cita textos escritos en un alemán arcaico, demostrando un gran sentido de la crítica documental, adquirido al estudiar las obras de Plinio, Tácito y Tito Livio, de los que fue editor. También se reconoce, en general, a Se-
bastían Münster (1489-1552) como el primer geógrafo, como el Estrabón alemán. Cordelier, convertido al luteranismo, enseñó teología y hebreo en Basilea a partir de 1528. Espíritu enciclopédico, publicó en 1544 una enor me Cosmografía, especie de geografía universal. La descripción deí con junto de los continentes comienza con un libro de geografía general sobre los círculos (polares, tropicales, etc.) y sobre los volcanes y los glaciares, descritos con bastante exactitud (véase Numa Broc, La Geógraphie de la Renaissance, p. 71). La obra contiene comentarios desenvueltos acerca de los diferentes países, como las islas Británicas, atravesadas por dos ríos prin cipales, el Humber y el Támesis. Münster se complace asimismo en los pa ralelos (por ejemplo, compara la Galia, «fecundada por cantidad de llu vias», y España, obligada a «utilizar riegos sacando aguas de los grandes ríos a través de fosos». Posee el arte de percibir las cualidades propias de las diferentes regiones, como Escama, Laponia o Moscovia: «El país, ador nado con muchos y bellos ríos, es llano, sin montañas; no obstante, hay mu chos bosques y pantanos casi por todas partes...» (Broc, p. 80). Conside ra que la lengua permite, mejor que los ríos o que las montañas, indivi dualizar las naciones. Esta percepción de los hechos lingüísticos parece muy nueva.
En lo concerniente a Alemania, las noticias dedicadas por Münster a las diferentes regiones reúnen observaciones geográficas e informaciones históricas, relacionándose ambos saberes mutuamente. Sin embargo, cier tas evocaciones regionales desembocan en un confuso enciclopedismo en el que se mezclan la etimología, la topografía, la enumeración de las prin cipales ciudades y el catálogo de las «maravillas». ¿No es necesario dis traer, instruir y edificar a la vez? De hecho, la Cosmographie, descripción razonada del globo, fue leída a la vez como una enciclopedia y como una obra de edificación.
Aunque se mantiene tributario de los antiguos y de los viajeros de la Edad Media, Sebastian Münster fue un innovador al iniciar una amplia en cuesta destinada a recoger informaciones cerca de los príncipes, de las ciu dades y de los sabios. Con ello favoreció en Alemania el desarrollo de la topografía y de las crónicas en las que se multiplicaron los mapas y las pers pectivas caballeras de las ciudades.
Entre los sucesores franceses de Münster podemos citar a Belleforest, Thevet y Bodin. El gascón Frangois de Belleforest, historiador del rey, po lígrafo, escribió una Histoire générale de France, seguida de una Histoire universelle du monde y de una Cosmographie (1575), adaptación de la de Münster, pero ampliada con una serie de consideraciones sobre la gloria y la caída de los reinos. Supo lograr la colaboración de los eruditos de las provincias.
André Thevet, otro franciscano, cosmógrafo e historiador del rey, tam bién escribió una Cosmographie universelle en 1575, después de haber via jado por el Próximo Oriente y América. Proporciona noticias toponímicas, históricas y geográficas por países, cita sus fuentes y hace suyos, por nece sidad, los errores de Münster. Thevet provoca una violenta polémica con el sedentario Belleforest, al defender que la geografía debe estar reservada para los viajeros, los únicos que tienen experiencia del mundo. Thevet sabe expresar su pletórica vitalidad, no exenta de cierta ingenuidad, cuando con-
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signa sus observaciones (por ejemplo sobre la bahía de Río, sobre el taba co, las costumbres de los tupinamba, cf. Broc, p. 91).
Finalmente, Jean Bodin se revela tan sistemático en la geografía como en la historia: las costumbres y las instituciones varían, nos dice, según los lugares; se corresponden con las tres grandes zonas climáticas de pueblos (Broc, p. 93). Dentro de esta división, la montaña introduce sus correcti vos (hay nieves en el ecuador) y sus ventajas. Dado que el deterninismo de Bodin se caracteriza por la falta total de rigidez, no es posible conver tirlo en «padre» del medioambientalismo contemporáneo.
. Bodin consideró siempre la geografía como una especie de «memoria artificial» de la historia, ya que incita a injertar informaciones y recuerdos en los sitios. A su manera, pretendió construir una ciencia total, que en globase todo cuanto procede de la naturaleza y de la actividad humana. Le jos de limitarse a la cronología, concibió su desplegamiento en el espacio. De hecho, fue un geohistoriador, producto consumado del matrimonio (¿por amor o por interés?) entre ambas disciplinas. Convencido de la re lación que existe entre todos los hombres, fortalecida a causa de los gran des descubrimientos, Bodin presintió ya la noción braudeliana de econo- mía-mundo (cf. F. Lestringant, Jean Bodin cosmographe, Colloque d’An- gers, 133-147).
C) Los autores del siglo xvi también son los primeros en ofrecernos ejemplos, aún balbucientes, de la historia-problema, género cultivado con predilección por los maestros de los Annales ESC. Sirva como testimonio, este hermoso pasaje de la Franco-Galia o La Gaule frangaise, en el que Flotman se pregunta cuál era la lengua que usaban los galos:
«A mi juicio, la opinión que tiene más probabilidad de verosimilitud es la de aquellos que escriben que los galos tenían un lenguaje aparte y apenas algo diferente del de los antiguos ingleses. Y hay dos razones que me obligan a creerlo así. La primera, por aquello que escribe César de que tenían por costumbre trasladarse nomalmente a Inglaterra los que querían tener un conocimiento perfecto de la disciplina de los druidas. Ahora bien, existía la máxima entre ellos de no poner nada por escrito, y no se utilizaba ningún género de libros, ni de escrituras. Por lo tanto, necesariamente, debían de hablar la misma lengua, o al menos, alguna parecida a la que se hablaba en la Galia. La otra, según afirma C. Táci to, en la Vida de Agrícola, es que no había gran diferencia entre la len gua de los ingleses y la de los galos. Y si podemos fundar cualquier juicio sobre simples conjeturas, no me parece demasiado impertinente la de Beatas Rhenanus, quien opina que la jerga vulgar de aquéllos a los que llamamos bretones breton-mants * es todavía un vestigio de nuestra anti gua lengua. En cuanto a las razones en las que se fundamenta, vale más buscarlas en el libro, donde él mismo las deduce, que reiterarlas aquí. Esto es todo lo que podemos decir, con cierta verosimilitud, de la antiua lengua de nuestro primeros galos. Pero, respecto a la lengua que usamos hoy, resulta bastante fácil descubrir que está compuesta por otras mu chas. Y para decirlo claramente y con certeza, es preciso dividir nuestra lengua francesa en cuatro; y de estas cuatro partes, primero tendremos que restar exactamente la mitad, restituirla a los romanos, reconociendo
que se la debemos a ellos, como bien saben los que han saboreado, por poquito que sea, la lengua latina. Porque sabemos que, por una parte, los galos, sometidos a los romanos, se adaptaban, ya fuera de forma na tural o por necesidad, a su manera de ser y a su lengua, y que, por otra parte, los romanos estaban muy interesados en imponer su lengua latina donde habían plantado sus armas, a fin de que fuera recibida por doquier (tal como lo atestigua Valerio el Grande) y, con este fin, construían co legios y universidades en todas las ciudades grandes, como en Autun, Be- sangon, Lyón y otras partes, lo que se puede saber por Tácito y por el poeta Ausonio.»
(Páginas 20-21, texto modernizado por nosotros.)
Destacaremos la novedad de la cuestión planteada y su arte de argu