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SATISFACTORY ACADEMIC PROGRESS (SAP) CLOCK HOUR

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SATISFACTORY ACADEMIC PROGRESS (SAP) CLOCK HOUR

La nueva historia, he aquí una especie de marchamo lanzado al merca­ do en 1978 por algunas grandes figuras de la escuela de los Annales (cf. el diccionario de La Nouvelle Histoire, París, 1978, dirigido por Jacques Le Goff con la colaboración de Roger Chartier y Jacques Revel. Hay traduc­ ción en Bilbao, Mensajero), y que está lejos de ser aceptada unánimemen­ te en el mundo de los historiadores. Primero, en el propio seno de la es­ cuela de los Annales, donde algunos manifiestan un súbito interés por la historia antigua a la manera de Fustel de Coulanges, mientras que otros echan la culpa al tópico según el cual todos los colaboradores de la presti­ giosa revista compartirían una común concepción de la disciplina, y nos re­ cuerdan, como Frangois Furet, que los padres fundadores preconizaron ante todo «experimentar en todos los campos». Después, por los marxis- tas, que opinan que la novedad que se enarbola tan alto, frecuentemente no es más que el redescubrimiento de algunas enseñanzas básicas de Marx, puestas al día, después de haberse mantenido ocultas durante lustros. Fi-, nalmente, por los grandes batallones del gremio de los historiadores, en el que se denuncia confusamente el lado publicitario de la empresa, las con­ cesiones al lenguaje «mediático», el aventurerismo de ciertas investigacio­ nes dirigidas bajo el signo de la etno-historia o la psico-historia y, sobre todo, el imperialismo intelectual de una corriente que reivindica «la reno­ vación de todo el campo de la historia», ignorando deliberadamente la apor­ tación de algunos innovadores de primera fila. En efecto, ¿no es asombro­ so el silencio que se mantiene acerca de la obra de Henri-Irénée Marrou, en la aburrida, desigual y a menudo intrascendente enciclopedia de La Nou­ velle Histoire? ¿Cómo no asombrarse, en sentido inverso, de la autosatis- facción pregonada por algunos ante el «milagro francés» en materia de his­ toria? Por celebrarse excesivamente éste, no podían dejar de atraerse los comentarios poco amenos, pero muy pertinentes, de un historiador holan­ dés, W. de Boer, para quien los Annales y la «nueva historia» se benefi­ ciaron de un mecanismo muy conocido en la historia de las ciencias, que se llama el fenómeno de concentración épica o principio de San Mateo : «Este consiste en atribuir las invenciones de numerosos sabios sólo a un pe­ queño número de ellos. Como dice el Evangelio: se dará a aquel que ya

tiene y tendrá mucho más; pero a aquel que no tiene se le despojará inclu­ so de lo que tiene» (L ’Histoire et ses Méthodes, Presses Universitaires de Lille, 1981, pp. 90-91). Y este autor añade: «Tanto en Francia como en mu­ chos otros países, había ideas, programas.y ensayos semejantes a los de los Anuales, pero databan de mucho antes de la creación de estos últimos.» Propiamente hablando, Marc Bloch y Luden Febvre no inventaron gran cosa, pero hicieron posible «un enfoque moderno de la historia, alcanzar el éxito pronto en Francia, llegar a ser unainstitución, lo que supuso la crea­ ción de puestos de trabajo e hizo posible la investigación y la publicación». Nos tememos que este discurso se dirige también a la nueva historia, que continúa haciendo actuar en beneficio propio el principio de San Mateo y se encarga de elaborar su propia historiografía, como lo demuestran dos artículos aparecidos en Les Anuales ESC en 1979, debidos uno a André Burguiére y otro a Jacques Revel, que tratan acerca de los Annales entre 1929-1979. Por muy objetivos que sean ambos textos, lo menos que se lee es que el espíritu de los Annales se ha convertido en «el bien común de la mayor parte de los historiadores y que la edición y la prensa multiplican» una producción que, a veces, es una adaptación libre de la historia según los Annales, implícitamente considerada como el paradigma absoluto.

Abandonando aquí cualquier espíritu polémico y dejando a otros el cui­ dado de describir, con tanto talento como humor, las curiosas costumbres de la tribu de los intelectuales, intentaremos de una manera más clásica des­ cribir los apoyos institucionales de los que dispone la nueva historia, ana­ lizar las referencias más corrientes de sus adeptos, delimitar los objetos de sus investigaciones y, finalmente, evocar su consumado arte de la relectura de documentos y el reciclaje de materiales antiguos al servicio de proble­ máticas up to date. Señalaremos, de paso, las modificaciones que la nueva historia ha impuesto al espíritu de los primeros Annales.

1. U n a p o d e r o s a in s titu c ió n

Desde la muerte de Lucien Febvre en 1956, la escuela de los Annales y la revista que es su emblema adquirieron un puesto dominante en la his­ toriografía francesa. Fernand Braudel fue su guía indiscutible, asumiendo la mayor parte de las responsabilidades hasta 1968. Después de esta fecha, se rodeó de un comité en el que figuran J. Le Goff, E. Le Roy Ladurie y M. Ferro; y de un secretariado en el que se sucedieron R. Mandrou, A. Burguiére y J. Revel. En los años 1960 y 1970, la revista publicó seis números —alrededor de 1.500 páginas— por año; ocupa el primer lugar entre las revistas de ciencias humanas en Francia y extiende su campo de influencia a Europa occidental y los Estados Unidos. Basta leer sus «su­ marios» para distinguir sus orientaciones principales. Los Annales se man­ tienen siempre vinculados a reflexiones metodológicas (ejemplos: E. Le Roy Ladurie, Histoire et Climat, núm. 1,1959; J. M. Gouesse, Parenté, Fa- mille et Mariage en Normandie, núm. 5, 1972), favorecen el diálogo entre las disciplinas (ejemplos: Histoire et Structures, núm. especial 3-4, 1971; Histoire et Sciences, núm. especial 5, 1975). Los Annales, que pretenden ser pluridisciplinares, abren sus columnas no sólo a los historiadores (ejem­ plo: D. Richet, Croissances et Blocages en France du XV', au XVIIL siécle,

núm. 4, 1968), sino también a los sociólogos (ejemplo: P. Bourdieu, Les Stratégies matrimoniales, núm. 3, 1972) y a los economistas (ejemplo: C. Furtado, Développement et Stagnation en Amérique latine, núm. 1, 1966). Y los Annales tienen pretensiones ecuménicas, pretenden cubrir to­ dos los períodos de la historia y todas las regiones del mundo (ejemplo: G. Vüle, La fin des combats de gladiateurs á Rome, núm. 4, 1979; R. Trexler, Les Religieuses á Florence á la fin de Moyen Áge, núm. 6, 1972; C. Milsky, La Réforme de l’écriture en Chine avant 1949, núm. 2, 1973, etc.).

El grupo de los Annales se apoya en una institución universitaria. En 1947, L. Febvre logró de los gobiernos de la Liberación la fundación de la sección sexta de la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE), especiali­ zada en «ciencias económicas y sociales». Febvre mismo presidió este or­ ganismo y definió sus objetivos: garantizar una estrecha relación entre en­ señanza e investigación, difundir los conocimientos en el marco de los se­ minarios, estimular las investigaciones colectivas, organizar el encuentro entre las ciencias humanas. En 1956, F. Braudel sucede a L. Febvre y man­ tiene las líneas directrices anteriores. A finales de los años 50 y 60, la sec­ ción sexta de la Escuela reúne alrededor de treinta «directores de estu­ dios»: historiadores muy próximos a la revista Annales —J. Le Goff, E. Le Roy Ladurie, F. Furet, M. Ferro—; historiadores más independientes, a menudo economistas o demógrafos —C.-E. Labrousse, J. Meuvret, P. Vi­ lar—; sociólogos —G. Friedmann, A. Touraine—; psico-historiadores —A. Besangon, M. de Certeau—. En principio, están representadas la mayor parte de las ciencias humanas; en realidad, la historia acapara 1a mayor par­ te de los cargos. Según F. Braudel, la historia puede «aportar un lenguaje común», «dar la dimensión fundamental del tiempo», «preservar la unidad de las ciencias sociales». En 1968, F. Braudel logra realizar un proyecto muy deseado: la creación de la MSH (Casa de las Ciencias del Hombre). El régimen gaullista acepta instalar la sección sexta de la EPHE en un vas­ to inmueble —núm. 56 del boulevard Raspali, París— en el que se reunie­ ron progresivamente los diversos centros y laboratorios hasta entonces dis­ persos por el barrio latino. La Maison ofrece un equipamiento sólido, in­ dispensable para la investigación, con despachos, salas de conferencias, una biblioteca, sistemas de reproducción, ordenadores; y, desde luego, perso­ nal para hacer funcionar los diferentes servicios. Poco después, la sección sexta de la Escuela Práctica de Altos Estudios se transformará en Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (EHESS). La EHESS adquirió en­ tonces estatuto universitario, lo que facilita la concesión de créditos, la ins­ cripción de estudiantes y la concesión de títulos académicos.

El grupo de los Annales dispone de otros apoyos extrauniversitarios. En efecto, sus responsables suelen estar muy introducidos en las editoria­ les. P. Nora dirige la «Biblioteca de las Historias» en la editorial Galli­ mard, que selecciona las obras uniendo la historia al resto de las ciencias humanas (ejemplos: E. Le Roy Ladurie, Montaillou; M. Foucault, Histoi­ re de la folié). J. Le Goff inspira la colección «Etnología histórica» en la editorial Flammarion, que privilegia el estudio de los usos, costumbres y vestidos (ejemplos: M. Segalen, Mari et femme dans la société paysanne\ A. Burguiére, Bretons de Plozevet). J. Goy dirige la serie «Ciencia» (Sec­ ción histórica) de la editorial Flammarion, en la que aparecen grandes tesis en versión resumida (ejemplos: P. Goubert, Cent Mille Provinciaux au

XVII’. siécle; A. Kriegel, Les Orígenes du comunisme francais). P. Nora y J. Revel dirigen la colección «Archivos» de la editorial Gallimard, en la que cada tema se estructura a partir de una serie de documentos presen­ tado por un especialista (ejemplos: G. Duby, L ’An Mil; Etiemble, Les Jé- suites en Chine; J. Rougerie, Procés des communards). La revista H. His­ toire, lanzada por Hachette en 1979, pretende recurrir a la historia para comprender mejor la actualidad (ejemplos: núm. 3, «Les Juifs en France»; núm. 4, «Les États-Unis»); esta publicación está patrocinada por el equipo de los Annales, deseoso de no abandonar a los competidores el mercado de las revistas de historia destinadas al gran público. Además, el equipo de los Annales mantiene sus posiciones entre los medios de comunicación de masas. Sus colaboradores realizan la crítica histórica en ciertos periódi­ cos y semanarios. E. Le Roy Ladurie y E. Todd dan sus consejos en Le Monde; F. Furet, J. y M. Ozouf hacen sus comentarios en Le Nouvel Ob- servateur. Además, J. Le Goff y D. Richet animan una emisión de radio —«Los lunes de la historia»— en la que los historiadores presentan sus obras. Los representantes de los Annales no controlan ninguna de las filia­ les televisivas, pero aparecen frecuentemente con motivo de debates histó­ ricos, políticos o literarios. Como dice J. Chesneaux, el holding de los An­ nales es uno de los núcleos del poder intelectual en Francia.

A principios de 1970, F. Braudel divide su herencia entre sus suceso­ res, sobre todo J. Le Goff y E. Le Roy Ladurie. El nuevo equipo se en­ cargará de realizar un balance con motivo del cincuentenario de los Anna­ les. En 1974, J. Le Goff y P. Nora reúnen, con el título de Faire l’Histoire, tres colecciones de artículos que plantean «nuevos problemas», esbozan «nuevos puntos de vista» y marcan «nuevos objetivos». En 1978, J. Le Goff publica la enciclopedia titulada La Nouvelle Histoire, en la que se mezclan artículos de fondo (acerca de la noción de estructura, el concepto de larga duración, o la historia inmediata, etc.); notas acerca de los protagonistas (H. Berr, G. Dumézil, F. Simiand, etc.) y notas sobre terminología (cli­ ma, lenguaje, psicoanálisis, etc.). En ambas empresas se encuentran, con más o menos participación, Ph. Aries, J. P. Aron, A. Burguiére, M. de Certeau, R. Chartier, M. Ferro, F. Furet, D. Julia, J. Le Goff, P. Nora, J. Revel, R. Roche, A. Schnapp, J. C. Scmitt, P. Vidal-Naquet, M. Vove- lle y algunos otros.

La producción de toda esta constelación de historiadores, por abundan­ te que sea, está lejos de recubrir todo el campo de la historia. En efecto, debido quizá al impulso inicialmente dado por L. Febvre y F. Braudel, la escuela de los Annales se interesa prioritariamente por Europa occidental y sus dependencias, desde la Edad Media al Siglo de las Luces. E. Le Roy Ladurie no logra citar más que a «modernistas» (L ’Histoire, núm. 2, junio 1978), al bosquejar un cuadro-palmarés de la producción histórica recien­ te, siempre dentro del estilo «series de precios» al que es tan aficionado. En la EHESS, la clara denominación de los modernistas y de algunos me- dievalistas se acompaña de una casi exclusión de los estudiosos de la Anti­ güedad y de los contemporaneístas. Por tanto, la mayor parte de los estu­ dios relacionados con la Antigüedad se elaboran fueran del círculo de los Annales (por ejemplo en la Escuela de Atenas o la Escuela de Roma) y también la mayor parte de las investigaciones acerca del mundo contem­ poráneo (por ejemplo en la Fundación de Ciencias Políticas o en el Insti­

tuto del Tiempo Presente). Además, en Francia existen una treintena de UER, de departamentos o laboratorios en los que desarrollan su trabajo varios centenares de historiadores profesionales. Su simple existencia re­ cuerda que la EHESS no es más que un centro de investigación como otro cualquiera, pero que disfruta de lo que Frangois Furet, no sin orgullo, lla­ ma la «hegemonía de la reputación».

2. Elc u l toa l o sa n t e p a s a d o s

Nada define mejor una corriente de pensamiento que los textos sagra­ dos que invoca. Paradójicamente, esta corriente puntera ha experimenta­ do la necesidad de dotarse de una gloriosa genealogía y de establecer una versión casi mítica de sus orígenes, dedicando un verdadero culto a sus pa­ dres fundadores. No nos extrañemos de encotrar, entre los antepasados ve­ nerados por Jacques Le Goff («L’Histoire nouvelle», en La Nouvelle His­ toire, pp. 219-241), al Voltaire del Essai sur les Moeurs, ni al Michelet del Preface de 1869, invocado de manera casi ritual, sin duda por nostalgia de una historia total que ya no se puede realizar hoy. Pero nos sorprenderá aun más encontrar a Chateaubriand, muy interesado, en sus Écrits histori- aues, por evocar todos los aspectos de lo cotidiano, y a Guizot, el perspi­ caz analista del hecho civilizador.

Los Annales nacen en 1929, fecha mítica, más conocida hasta entonces por cierto viernes negro, en el que la fundación de los Annales d’histoire économique et sociale vienen a abrir un campo nuevo en la historia, aba­ tiendo las antiguas barreras entre los hechos de naturaleza diferente y de­ jando que avance el triunfo del «comparativismo». Seamos justos: la deu­ da de Bloch y Febvre con respecto a algunos de sus predecesores (Berr, Pirenne, Simiand) se menciona siempre. Pero no es menos cierto que, en 1929, empieza la gesta de los padres fundadores contra los partidarios de la historia historizante y otros «positivistas» tardíos. En 1946 (revolución dentro de la revolución), la revista-emblema de la historiografía francesa cambia de sigla y pasa a llamarse, Annales ESC. Luden Febvre descubre a su legítimo heredero, Femand Braudel, que tiene que batirse con los Bur- graves de la historia universitaria en este campo cerrado que es el tribunal de la agrégation de historia entre 1950 y 1955. Pasan los años y el mismo Femand Braudel ve crecer a sus sucesores: Emmanuel Le Roy Ladurie, Jac­ ques Le Goff, Marc Ferro.

Esta geneología de intelectuales tiene diversas funciones. En primer lu­ gar legitima, ya que convierte a un limitado círculo de historiadores en los depositarios del espíritu de los primeros Annales. Después de Jacques Le Goff, Emmanuel Le Roy Ladurie y Georges Duby, vienen André Burguié­ re, Roger Chartier, Jacques Revel, Jean-Claude Schmitt... Esta genealogía también constituye un argumento de peso en la conflictiva cohabitación con los demás sectores de la ciencia histórica. Que todos invoquemos a los ve­ nerable antepasados permite evitamos enfrentamientos demasiado violen­ tos. ¿No nos dice Jacques Le Goff, con el espíritu de conciliación que le caracteriza, que la nueva historia se apoya en una larga y sólida tradición y que una parte de los logros técnicos del método positivista sigue siendo vá­ lido? ¿No celebra el sólido bagaje de los historiadores profesionales y la fir­

me base institucional de la disciplina? He aquí cómo se apaciguan los te­ mores de .los Burgraves de la institución histórica.

Buscando más la unión que el enfrentamiento, reflejo muy explicable de parte de una corriente de pensamiento que se ha asegurado una posi­ ción hegemónica, la nueva historia se muestra «definitivamente molesta con las huelgas». Y se abandona perezosamente al culto a la personalidad, como la Rusia de Breznev. En un artículo tan brillante como excesivo («Allergico cantabile», Annales ESC, 1981, pp. 623 y sig.), Michel Mori- neau relató con detalle los sinsabores que vivió por haberse atrevido a dis­ cutir las tablas de la ley de los «santos Simiand y Hamilton», a propósito de las remesas de metales preciosos de la Europa moderna. Afirma que ni siquiera se atreven a señalar los errores de Simiand,’ y que se demuestra una igual ceguera con respecto a trabajos más recientes que contienen erro­ res groseros (calificados sin miramientos de burdos). En la acusación final dice: «Denuncio un cierto número de graves errores que se han introduci­ do en muchos sectores básicos de la historia económica moderna; denun­ cio la tolerancia de la que han disfrutado simplemente por el hecho de la notoriedad de sus autores (...), denuncio la invasión del culto a la perso­ nalidad en historia (...).» Para hacerse una opinión acerca del último agra­ vio, basta con proceder a un rápido recuento de las referencias a la obra de Fernand Braudel en La Nouvelle Histoire. Raros son los colaboradores que han omitido el incienso para el autor de La Méditerranée et le Monde méditeranéen a l’époque de Philippe II. En 1978, los estudiantes habían aprendido la lección: habían canonizado espontáneamente a Fernand Brau­ del, habían situado su efigie en su biblioteca, le dirigían plegarias («San Fer­ nando, patrón de la nueva historia, haz que pase sin problemas mi examen de epistemología») y le habían ofrecido conmovedores exvotos (postales, manuales de historia, cuadernos, etc.) como prueba de reconocimiento.

Intentemos ser equitativos con respecto a la idealizada versión que la corriente de los Annales ofrece a propósito de sus inicios y de la mayor par­ te de sus hallazgos. La sobrevaloración épica puede comprenderse entre aquellos que, como Jacques Le Goff, siempre estuvieron en la vanguardia del combate contra los sectores más conservadores de la disciplina históri­ ca. Por el contrario, la autosatisfacción y la perpetua invocación de algu­ nas grandes figuras sólo lastiman a numerosos investigadores que no tie­ nen acceso a esta meritocracia cooptada, y que se niegan a ver cómo su venerable disciplina sufre la ley del star system. Dicho esto, los dos here­ deros que son André Buguiére y Jacques Revel dan muestras, en los ar­ tículos anteriormente mencionados, de una valerosa objetividad. El prime­ ro llega incluso a decir que los mismos Marc Bloch y Lucien Febvre for­ maban parte del establishment universitario y que, en resumidas cuentas, su originalidad consistía más «en su manera de afirmar su programa que en el propio programa». Aunque ello no complazca a Michel Morineau, los discípulos no son siempre tan dóciles como para gritar, ante una verdad molesta: «Apagad la luz.»

3. N i Je s ú s, n i Ma o, n i To y n b e e; u n p o c od e Ma r xyl a m a y o r c a n t id a d d e c ie n c iap o sib l e

Los nuevos historiadores evitan una opción ideológica clara, después de haber coqueteado algunos de ellos con el marxismo y de haber militado en las filas del partido comunista. Siguen los pasos de los maestros fundado­ res, siempre alerta contra las esquematizaciones reductoras, ya que tenían * conciencia de la extraordinaria complejidad de los fenómenos sociales y de la multiplicidad de las interreladones entre los diferentes niveles de la rea­ lidad. ¿No se declara el propio Marc Bloch más sorprendido por los resul­

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