5. Design and Implementation: The Scope of Assurance Rules
5.4 Are Coverage Levels Adequate?
Absolutamente central en la vida es el desarrollo de esa sensi- bilidad que nos hace atentos a los criterios del vivir bien una vida buena, con motivaciones auténticas, orientadas al bien real de la persona, a los valores inmutables de la existencia, al respeto de los otros y de las cosas. Es quiza uno de los aspectos más impor- tantes del vivir personal y social, de los que hoy comprobamos amargamente cada vez más la ausencia o la inconsistencia, y no sólo en el ámbito político o en los escándalos del mal gobierno, sino también en nuestro pequeño mundo, a menudo golpeado por tensiones y contradicciones al respecto15.
a. Cada quien tiene la conciencia que merece (y que se ha construido)
La sensibilidad moral es, en el fondo, esa que nosotros llama- mos también conciencia. En ella, para el creyente, resuena una
15 El problema no está sólo en las transgresiones de algunos, sino en el estilo de vida de
la masa ya presente debido a una visión ética objetiva de la vida, los criterios de valoración y de opciones cada vez más inspiradas en un egoísmo grosero y primitivo con abierto des- precio -a veces- y descuido del bien común, la ausencia de un criterio ético de juicio único y verdadero, verdadero en sí, por ser precavido ante cierta cultura inútil o inexistente ("cada quien tiene lo suyo" dice precisamente la cultura hegemónica radical-chic, la cultura de la autodeterminación), como también la falta de pudor o la hipocresía con la cual las institu- ciones y los personajes públicos afrontan (dicen que afrontan) la llamada "cuestión moral", el pésimo ejemplo dado por personas de autoridad (comprendidos los sacerdotes)...
voz misteriosa, la de Dios, que sugiere al hombre lo que es bueno, bello y verdadero, aceptado por Dios y perfecto.
Pero es una sensibilidad que no se forma automáticamente en el hombre a partir de una elección de campo ideológico (aunque las opciones de tipo filosófico o religioso tengan su peso al res- pecto) ni por el sólo conocimiento progresivo intelectual (como tampoco por los textos de teología moral), sino primariamente mediante las vivencias de la existencia, y en particular a través de las propias elecciones, que envían por lo tanto a una responsabi- lidad personal. Digámoslo de una vez con claridad: cada quien tiene la conciencia moral que se ha construido, fruto de sus deci- siones, de su estilo de vida, de su coherencia interior, del valor con el que ha pagado personalmente la fidelidad a sus princi- pios. .., o por el contrario, de su incoherencia e infidelidad... Por lo tanto, cada quien tiene la sensibilidad moral que merece. Y nadie, por consiguiente, puede invocar la propia sensibilidad (o insensibilidad) moral como una coartada que justifique su con- ducta o sus propios juicios éticos, tal vez en nombre de la liber- tad de conciencia ("mi conciencia me dice que está bien obrar así y, como existe la libertad de conciencia, yo actúo como me lo dicta mi propia conciencia"), como si de ello no fuera en lo más mínimo responsable. Pero en el mejor de los casos ha de reflexionar sobre la calidad del camino de formación de la propia sensibilidad moral, en la verdad, ante todo, y en la libertad que de ésta deriva, en el pasado y en el presente.
A partir de aquella pregunta fundamental y universal que na- die puede eludir y que verdaderamente está en la base de cada itinerario educativo de la sensibilidad humana moral: "¿Qué es el bien?". Pregunta que luego se abre a varias tendencias más puntuales y responsables: "¿Cuál es el bien que yo debo realizar ahora? ¿Cuál es la cosa más verdadera y bella que yo tengo que escoger en esta circunstancia? ¿Qué me piden en este evento la vida, los otros, Dios? ¿Estoy de verdad seguro de que mi con- ciencia en este momento me está dando las indicaciones más justas, que no les hago decir aquello que yo quisiera oír que me
dicen?...". En ese sentido es algo muy bueno no sólo hacer el exa- men de conciencia, como instrumento para captar la verdad de sí mismo, sino para hacer también de vez en cuando el examen a la conciencia, como una especie de revisión periódica del "mo- tor de búsqueda" de nuestra interioridad, a fin de verificar su buen funcionamiento. De la regularidad y calidad de estos exá- menes y, por consiguiente, de la respuesta a esas preguntas y de la búsqueda constante del bien en sí que nace y se forma como consecuencia de la sensibilidad moral o la conciencia. Porque el ser humano necesita tener un criterio para actuar, en todo caso, criterio lo más posiblemente estable y que pide también al sujeto confrontarse continuamente con la realidad, para responder a esas preguntas.
Habrá quien (se) responda, de una manera más rápida y ruda, que el bien es aquello que le parece o le gusta a él o también el propio interés personal; el "oficialista" responderá que el bien es lo que establece una ley convencional igual para todos; quien adopte una ley religiosa dirá que el bien es todo aquello que viene indicado por la misma ley (decálogo u otros textos norma- tivos), o de manera más sencilla lo que es contrario al pecado; el sociólogo especificará que el bien es lo que corresponda al bien común; el individuo dotado de cierta atención y empatia social precisará que su bien y su libertad son tales en cuanto y hasta cuando no perturben los de los demás; o habrá quien busque en todas las cosas ese bien esencial que es verdadero-bello-bueno en sí, aun cuando no parezca conveniente a los intereses privados individuales... En fin, son diversos los criterios posibles o pun- tos de referencia para la propia sensibilidad moral.
De lo anterior provendrán diversos y correspondientes tipos de conciencia, de los cuales derivarán otras tantas clases de pre- disposiciones comportamentales: la de quien se permite prácti- camente todo, con hábiles y a veces tortuosas autojustificaciones o con alegre desenvoltura; la de quien es un rígido legalista y antepone la ley a la persona, y no le pone corazón a sus observan- cias ni se preocupa por el bien de los demás; o la de quien sólo es
71
un perfeccionista, incluso un poco escrupuloso, y se siente mejor que los demás, pero no tiene paz en su corazón. Existe también la conciencia religiosa, nacida a causa de una revelación, construida alrededor de normas morales objetivas, pero ni siquiera ésta es siempre garantía de una genuina sensibilidad moral subjetiva. Puede, en efecto, convertirse solamente en un gesto externo, que cubre y oculta una cierta falsedad del corazón. Es increíble com- probar cuán bajo pueda caer quien dice inspirarse en principios tan altos. O cuán incapaz sea de leer auténticamente (y crítica- mente) la propia conciencia que juzga la de los demás y se com- porta como un maestro y doctor de la ley.
La conciencia, o la sensibilidad moral, es uno de los bienes más grandes que el hombre posee, para hablar consigo mismo, para dejarse confrontar con un criterio externo y a la vez interno al yo, para captar en sí el anhelo hacia la verdad, para oír la voz de Dios. Y no sólo esto; dice al respecto el inspirado Cario Carretto: Una cosa es hacer una estrella, otra hacer un hijo; una cosa es hacer una flor, otra hacer un hijo; una cosa es hacer una libélula, otra un hijo. Dios me hizo primero como un fragmento de estrella y me dio la vida; luego me diseñó como una flor y me dio la forma; luego me infundió la conciencia y me hizo amor. Creo en la evolución en la creatividad de Dios y me agrada pensar en que Dios tomó materialmente rocas para hacer mi cuerpo y diseños de las flores para poner juntas mis cé- lulas nerviosas. Pero cuando pensó en mi conciencia buscó el modelo dentro de él, en su vida trinitaria, y me hizo a su imagen y semejanza: comunicación, libertad, vida eterna16.
Según Ravasi, "el Génesis 2, 7 usa un vocablo, nishmah, de ordinario traducido como "hálito" de vida, pero que, en reali- dad, nos envía a la idea de "conciencia" y que es sólo exclusivo del hombre y de Dios"17. Conciencia como pleno conocimiento
de sí, de la realidad y calidad del propio ser y actuar, como don
16 CARRETTO, C. Padre mió, mi abbandono a te. Roma, 2008. 17 RAVASI, G. "Evoluzione". En: Avvenire, 23/1/1997, p. 1.
precioso que, por lo tanto, hace al hombre semejante a Dios, pero que el hombre podría también perder y hacer inútil, o usar de manera impropia y contradictoria. Porque son muchísimos los ruidos que pueden sofocar o falsear la voz de la conciencia.
b. La sensibilidad penitencial
La sensibilidad penitencial hace parte de la sensibilidad mo- ral. Más aún, es como una prueba auténtica de ella: donde haya genuina sensibilidad moral habrá también la libertad de experi- mentar un sincero disgusto por la propia transgresión.
Todos tienen su propia sensibilidad penitencial, aun el que no cree, así el término tenga mucho sabor confesional y prácticas religiosas de penitencia y mortificación. Si es cierto, en efecto, como lo demostramos, que cada quien tiene su propio código moral de referencia, aun los mañosos y terroristas, es inevitable que cuando dicho código sea transgredido, de la manera que sea, el sujeto no permanezca indiferente, sino que advierta dentro de sí una especie de contragolpe negativo, unido a la conciencia de haberse de alguna manera transgredido a sí mismo, de haber in- cumplido lo que él mismo había escogido como criterio de su propio actuar. Tal vez busque negar tal contradicción consigo mismo, podrá incluso manifestar seguridad e imperturbabilidad, pero allá en lo profundo de su ser no logrará oscurecer comple- tamente la conciencia de haberse desmentido, casi renegado, ni podrá decirse ni decir que esto no le crea ningún problema de estima de sí o no lo hace sentirse mal consigo mismo, desilusio- nado de sí.
Digamos que todo esto constituye algo así como el remordi- miento, como signo de la existencia de una conciencia moral y penitencial, más aún, de manera más precisa, del llamado sentido de culpa. El hombre es débil porque se equivoca, pero es grande cuando reconoce el propio error, admite las propias responsabi- lidades y confiesa su sincero disgusto o por lo menos afirmamos que hasta que experimente el remordimiento o la vergüenza hay
todavía en él una humanidad aún viva y veraz, y por lo tanto, también la esperanza de crecimiento, de salvación, de poder sa- lir adelante. Como decía V. Solovev: "Siento vergüenza, luego existo".
Lo malo es que desaparezca también el remordimiento, por- que entonces es como si el hombre perdiera o hubiera ya per- dido un poco de la propia humanidad, o se vuelve un problema cuando ese ser falible que es el hombre no advierte ya ningún sentimiento de culpa, y hasta se vanagloria de haberse liberado de una vez por todas del sentido de culpa, como de un residuo de infantilismo psicológico con extraños matices religiosos. Pero ésa no es una liberación o libertad, es más bien insensibilidad, como tener sentidos turbados, que no saben ya captar la digni- dad oculta en el reconocimiento del propio mal. El infantilismo psicológico, con raíces tal vez religiosas, no es de quien, en la posibilidad de errar, descubre el misterio de la propia libertad, sino de quien aún vive en el mundo ilusorio de una inocencia improbable (si no hipócrita)18.
En fin, a quien no tenga sentimientos de culpa, habría que decirle que se los provoque, de otro modo ¡es menos hombre!
Pero el sentido de culpa no es el punto de llegada de la con- ciencia penitencial, al menos para el creyente, el cual puede llegar a la conciencia del pecado, es decir, al disgusto de haber ofendido a Dios.
c. Sentimiento de culpa y conciencia de pecado
Es interesante, para nuestra clase de reflexión. Observar las diferencias entre sentimiento de culpa y conciencia del pecado. Precisamente a partir del término que define estos dos estados de
18 Éste es un tema frecuente en la espiritualidad de los padres del desierto. Como lo
relata este dicho atribuido al Abad Sarnata: "Prefiero un hombre pecador, pero que sepa que ha pecado y se arrepienta, a un hombre que no ha pecado y considera haber realizado obras de justicia" (citado en: CHIALÁ, S. La vita spirituale e i padri del deserto. Magnano, 2002, p. 24).
ánimo. El sentimiento de culpa es sólo una sensación inmediata e instintiva, y a veces también pasajera e inestable; la conciencia de pecado es una reflexión muy consciente y querida por el sujeto, y supone la capacidad del yo de tomar las distancias ante sí mismo para objetivarse y mirarse con ojo libre y crítico, con atención vigilante y profunda; a su vez, luego, la conciencia del pecado aumenta la conciencia de sí y le permite entenderse mejor y de modo más real. Por eso contribuye también a hacer más estable el sentido de la propia identidad.
El sentimiento de culpa es una consideración que queda cir- cunscrita al yo, se le experimenta frente a la imagen (desfigu- rada) de sí, es sensación psicológica. La conciencia de pecado es en cambio teológica, porque se experimenta sólo ante Dios, im- plica su presencia, nace con mucha frecuencia y es, no obstante, autenticada y profundizada por la escucha de su Palabra.
Si el sentimiento de culpa es solamente psicológico, parte del yo y vuelve al yo, es decir, consiste esencialmente en la rabia o desilusión por no ser bello, bueno o perfecto como se pensaba, o -en una sola palabra- es narcisista. La conciencia del pecado es en cambio relacional, nace de un diálogo entre el Dios amante y misericordioso y el hombre débil y, sin embargo, siempre amado, y consiste en el disgusto sincero de haber ofendido a Dios, la fuente del amor: es el famoso dolor por el propio pecado, que tiene la raíz en común con el amor, y que es aun percibido mayormente en el momento de la absolución y del perdón del pecado19.
Más aún, el sentimiento de culpa, manejado por el yo en una maravillosa soledad, precisamente por eso sigue a menudo sin resolver, porque el yo tiene que hacer mucho esfuerzo para perdonarse y aceptarse y sigue esclavo, a veces, de la manía
19 Brillante la afirmación de Rousseau: "Tus pecados te serán revelados cuando te sean
perdonados". Como si se dijera: el pecado manifiesta todo su peso y gravedad en el momen- to en el que viene perdonado y borrado por un Dios Padre, rico en bondad y misericor- dia. Pecar contra un padre bueno es asunto grave; imposible no sentir el dolor de haberlo ofendido.
perfeccionista (en ocasiones yendo a menos en la obsesión com- pulsiva del escrúpulo); la conciencia del pecado, en cambio, es siempre una experiencia de misericordia o abre hacia ésta, por- que pone al pecador delante de Dios. Siempre a causa de su narci- sismo (frustrado) el sentimiento de culpa crea a veces verdaderos complejos de culpa, mientras que la conciencia del pecado hace salir del círculo vicioso del enrollamiento en sí mismo. El senti- miento de culpa, en fin, es siempre también algo desesperado; la conciencia del pecado está colmada de esperanza.
Todavía, por la misma actitud interior el sentimiento de culpa pone en marcha a menudo un proceso de atenuación moral y psi- cológica del concepto de pecado (visto que el sujeto está solo para llevarlo y no se siente perdonado), o de una pérdida suya progre- siva, como si todo o casi todo fuera lícito y, mientras el pecado es reducido a la transgresión externa de inmediato reconocida o a la debilidad del todo comprensible, el individuo se convierte en aquel que juzga autónomamente y con frecuencia termina por autoabsolverse alegremente (a menos que suceda lo contrario con el escrúpulo). Por el contrario, la conciencia del pecado es la sensibilidad de quien está atento a todo lo que descubra en el propio mundo interior, así sea pequeño o excusable, o también sólo en los deseos o actitudes, pero que en sí no está conforme con el amor recibido: es la delicadeza de conciencia de quien se siente amado y siempre se siente juzgado por el amor, no por una ley, porque quiere ser grato al amado.
El sentimiento de culpa es presuntuoso, típico de quien se considera capaz de salir adelante con sus fuerzas de las propias dificultades. La conciencia del pecado es humilde, es conciencia también de la propia debilidad e impotencia de quien sabe que sin la intervención de la gracia no podrá nunca derrotar su "es- pina en la carne" (2Co 12, 7), y precisamente por eso llega a ser también conciencia orante.
El simple sentimiento de culpa, finalmente, no hace que nazca en el corazón del creyente la necesidad y el deseo de celebrar en el sacramento delante de Dios la propia debilidad, o -cuanto
más- hará que el rito penitencial sea pobre e insignificante, sin gran dolor y sin amor, sin alegría ni esperanza, como práctica de piedad normal y periódica, repetitiva y rápida. A diferencia de la conciencia del pecado, que conduce espontáneamente a la con- fesión y la hace vivir como una súplica pesarosa y confiada de la creatura pecadora al Padre creador para que repita esas palabras benditas de la creación ("hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza..."), para que sea Él quien realice ese proyecto im- posible para el hombre, para que cada confesión sea como una nueva creación.
En síntesis: el sentimiento de culpa encierra a la persona en su individualismo frustrado y también un poco huérfano; la con- ciencia del pecado hace disfrutar aún más el ser hijos de Dios y gozar de su abrazo; o tal vez hace que se llegue a descubrir, como en una teofanía, lo que quiere decir ser hijos de un padre como Dios. Como le sucedió al hijo pródigo, que descubrió ser hijo en el momento en el que reconoció ser pecador (y viceversa).
Como se ve, es una diferencia sustancial. Sin embargo, el sen- timiento de culpa representa también en todo caso un primer paso en el camino hacia la conciencia del pecado, como un pel- daño indispensable para llegar a la verdadera sensibilidad moral. Por eso nunca se ha de despreciar.