5. Design and Implementation: The Scope of Assurance Rules
6.4 The Importance of Instrument Language
El tercer tipo de sensibilidad humana que consideramos en el capítulo anterior fue el de la sensibilidad estética, es decir, aquella predisposición interior que cada uno de nosotros forma lenta- mente dentro de sí respecto a la belleza, y que por lo tanto nos lleva a apreciar lo que es bello y a vivir también una vida bella.
Así fuimos creados por Dios, el cual sencillamente nos ha transmitido algo de aquella tensión de belleza que constituye su esencia y que caracteriza su sensibilidad. ¡Dios, el gran esteta!
Tratemos ahora, también aquí, de balbucear algo sobre una realidad que a menudo se nos escapa aun porque nosotros mis- mos huimos de ella, así digamos que todos estamos enamorados de lo que es bello.
a. Dios, creador de belleza
Ante todo, Dios es el artífice de la belleza en la cual vivimos. Toda la belleza que nos rodee y esté dentro de nosotros es un don suyo.
Según santo Tomás, la belleza tiene características constantes, tales como la armonía y la regularidad, la integridad y la pro- porción de las partes, la claridad y el esplendor, corporal y es- piritual18. Pero todo esto es cuanto ha empezado a existir con la
creación, a través de la cual Dios convirtió el caos de los orígenes en el orden de lo creado, anuló y sustituyó la confusión con la armonía del cosmos, la oscuridad de la nada con el esplendor reluciente de lo que es vivo e íntegro, bien proporcionado en sus diferentes partes, complementario en la reciprocidad bipolar y regular en sus ritmos cadenciosos (día y noche, luz y tinieblas, masculino y femenino, mundo animal y vegetal, tierra y agua, sol y luna, material y espiritual...).
El mismo Dios manifiesta que aprecia su creación cuando, después de cada jornada "laboral-creativa", se detiene a contem- plar conmovido la obra de sus manos, "y vio que toda ella era buena", kalokagathós, bella y buena, como lo anota de manera repetida el autor del Génesis. En efecto, relatan los rabinos que la pupila de Dios, delante de la belleza del mundo y en especial de la creatura humana, se dilató, hasta hacer que fluyera una lá- grima de alegría extrema y complacencia divinas por su crea- ción. Dicha lágrima nos habla exactamente de la sensibilidad de Dios frente a la belleza.
1) Belleza como revelación
Dios no es sólo creador, es creador de belleza; cuanto sale de sus manos es esplendor de belleza. Y por consiguiente, lo que es bello lleva la huella de sus manos. La belleza es una prueba de la existencia de Dios. Pero no de una divinidad cualquiera, en cuanto tal, como entidad abstracta, motor más o menos inmó- vil, sino del Dios que ha querido manifestarse, del Dios-misterio, como lo especificamos antes, que desea entrar en contacto con el hombre, confiarle sus secretos, decirle muy concretamente su amor, revelarle su proyecto, hacerlo su colaborador... Ahora
bien, la belleza es sobre todo esto, es un hecho esencialmente comunicativo, como nos lo recuerda la ya citada definición de Platón, para el cual lo bello es "el esplendor de lo verdadero".
La belleza está en el hecho de que lo verdadero se pueda ma- nifestar, pueda decirse y expresarse de varias maneras, pueda revelar su misterio y hacerse cognoscible, y resplandecer lleno de luminosidad. Lo bello indica lo verdadero que ha entrado en relación con los sentidos del hombre, más aún, es lo verdadero en diálogo con los sentidos humanos, externos e internos.
Parece repetir la definición de Platón cuando Tomás sigue afirmando que pone la belleza en relación sobre todo con la vista del hombre: "Es bello lo que agrada a la vista"19, indicando así que
lo que cuenta es la visión-aprensión de la belleza y de manera es- pecial luego su disfrute: lo bello es "agradable al conocimiento"20.
Y si por lo tanto lo bello pide y exige ser conocido, esto es lo que Dios hace con la creación, cuando suelta de alguna manera esos vínculos que tenían escondida la belleza (de Dios) y consciente su plena manifestación.
Por eso la creación es en sí misma un gran gesto de amor, des- cubre a aquel Dios que quiere verdaderamente revelarse, es Dios que se manifiesta en la luz de la belleza y en la belleza de la luz, indica el pleno y definitivo paso de las tinieblas del enigma a la luminosidad del misterio, es la explosión de la belleza ofrecida a todos, compartida con lo creado y las creaturas.
En este sentido, la sensibilidad estética en Dios significa esen- cialmente el deseo intenso e inmenso de revelarse en el esplen- dor de su verdad, para que la belleza y la verdad sean de todos.
2) Cristo es la nueva creación
Obviamente tal revelación, como todos los dones que vie- nen de Dios, no llega de manera automática al destinatario, a
19 "Pulchrum est quod visum placet". Ibíd., la, q. 5, a. 4, ad lum. 20 Ibíd., Ila-IIae, q. 27, a.l, ad 3um.
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la humanidad o a cada uno de los seres humanos. Es, sí, luz que de por sí ilumina los espacios sin pedir adhesión alguna, pero es posible no dejarse iluminar por ella. Es lo que relata dramática- mente el prólogo del Evangelio según san Juan: si al momento de la creación la vida de Dios llega a ser la luz de los hombres, "la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (Jn 1, 5), cuando luego empieza una especie de nueva creación y viene al mundo el nuevo Adán, el Verbo hecho hombre, es decir "la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre..., el mundo no la re- conoció. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron" (Jn 1, 11).
Por una parte, pues, la potencia del deseo de Dios de revelarse en la creación disipa las tinieblas (del no conocimiento de Dios y de su amor) y se impone como fuente de luz para toda la huma- nidad; por otra, existe la posibilidad de que en la nueva creación el mundo rechace la luz y prefiera extrañamente caminar en su oscuridad. En todo caso, cada ser humano se encuentra ante la elección personalísima de aceptar o no la luz en su vida, esa luz verdadera que ilumina a todo hombre y que es el otro nombre de la belleza, y que vino al mundo a restablecer la belleza de los orígenes. También la suya.
En definitiva, aceptar a Cristo, luz verdadera de la vida, signi- fica redescubrir en Él la belleza suprema, el cumplimiento más alto de aquel deseo del Padre creador de revelarse a sí mismo, su belleza y las profundidades amorosas de su corazón. Aceptar a Cristo quiere decir, recibir aquello que podría volver definitiva- mente bella la propia vida y eliminar toda fealdad, para que sea bella con su misma belleza, como expresión, ella también, del deseo de revelarse que el Padre tiene, obra suya, creada por Él y reconocida aún hoy día como algo "bello y bueno", como en los días de la creación.
Rechazar a Cristo, por el contrario, es rechazar la belleza, la belleza de la revelación de Dios en sí y como fuente de toda be- lleza; quiere decir, por lo tanto, perder para siempre la posibi- lidad de hacer que la propia persona y la propia historia sean
bellas, como expresión de la creación. Quiere decir ser tinieblas o enigma. Como antes de la creación.
b. Dios, contemplador de belleza
Como ya lo enfatizamos antes, el Padre Dios creador no es para nada un simple artesano o un incansable constructor, se- parado de la obra que realiza, sino que es un Ser ciertamente superior, que muestra de inmediato una relación muy especial con la obra de sus manos, con lo que sus manos han hecho; en efecto, parece detenerse, después de cada gesto creativo, para contemplar lo que ha salido de Él, y lo ve como algo bueno, muy bueno. Y se conmueve, como nos lo recordó ese simpático mi- drásh judío.
1) El séptimo día
Más aún, según otro relato rabínico antiguo, en el séptimo día, cuando Dios suspendió todo su trabajo (cf. Gn 2, 2), hubo en realidad un acto de creación. Se creó, en efecto, la menuchá, que no significa solamente "reposo" (como en general se tiende a traducir), sino algo mucho más amplio, real e intrínsecamente positivo, sin lo que el universo no habría sido completo, es decir, la tranquilidad, la serenidad, la paz y el descanso21. En el espí-
ritu bíblico este término es sinónimo de felicidad, silencio, paz y armonía, mientas este "séptimo día", con semejante creación, es bendecido por Dios y hecho santo22.
Parece evidente su significado: Dios se crea (o se concede), en realidad, el espacio de la contemplación, o quiere que en el diseño de la creación haya un tiempo y un lugar para la contem- plación y la visión, para el ocio y el reposo lo más activos que sea posible. Y Él, en primer lugar, parece dar el ejemplo, y deja
21 Cf. AVRAHAM BEN YITZCHAK. Brit Menucha. II Patto del Riposo. Providence, 2008. 22 Es el comentario a la nota explicativa del libro del Génesis 2, 2-3, en La Bibbia, Via,
Veritá e Vita. Milán, 2009, p. 30.
todo trabajo para captar la belleza de sus frutos -si así podemos expresarnos respecto a Dios-, es decir, para admirar ese paso del que hablábamos antes (ateniéndonos a la definición de Platón): el paso de lo verdadero a lo bello, del silencio cósmico a la mani- festación del misterio, de las tinieblas a la luz.
Es un paso que sólo Dios puede captar en toda su intensidad y novedad, es una contemplación que sólo a Dios le es posible. Por una belleza que sólo el Eterno puede ver y disfrutar, hasta llorar de alegría, según la tradición judía.
2) "Tampoco yo te condeno"
Y existe un pasaje que sólo en Cristo podemos a nuestra vez ver y contemplar. Porque el Hijo es aquel que tiene en común con el Padre la mirada y la capacidad de captar esa belleza a me- nudo invisible en el hombre y alrededor de éste, hasta el punto que tampoco quien la lleva consigo es consciente de ella, y hasta puede impedirla.
Por eso he escogido un texto del evangelio, entre muchos que se podrían elegir, que nos muestra a Cristo precisamente mien- tras realiza esta operación de reconocimiento de la belleza en una situación (y en una creatura) altamente improbable. Es el episodio de la adúltera, la mujer sorprendida en adulterio que un grupo de escribas y fariseos conduce a Jesús para ponerlo en dificultad (cf. Jn 8, 1-11).
Ellos van seguros de sí, con una mujer de mala vida, así se aprovechan de ella para hacer un poco de exhibicionismo colec- tivo (tal vez más gratificante que el individual). Y le ponen a Je- sús una trampa sin aparente vía de escape: si condena a la mujer, Jesús perderá un poco del favor popular que se ha ganado, si no la condena va en contra de una precisa disposición legal mosaica. En realidad, no se dan cuenta de que están poniendo en eviden- cia su manera mezquina de mirar al prójimo: o perciben de éste sólo el aspecto exterior y el atractivo físico (probablemente era también una mujer atractiva, teniendo en cuenta su oficio), o la
juzgan exclusiva y rápidamente en el plano de la conducta moral (ha errado, debe pagar).
"¿Tú qué dices al respecto?", retan a Jesús, satisfechos con su idea genial. Pero Jesús se inclina, poniéndose a escribir, quién sabe qué, con el dedo en el suelo. Emblemática esta imagen del Maestro que, por lo que parece, ni siquiera quiere cruzar la mi- rada con la de quien no sabe ver al otro en su dignidad y belleza; ni quiere tener nada en común con personas que han perdido la transparencia de los ojos, que no saben mirar más allá de la rea- lidad, que han perdido los sentidos y la sensibilidad relacional.
Pero ellos insisten, quizá algo resentidos por la pose insólita del Maestro y, probablemente, también por su rechazo de im- pactar su mirada. Y entonces, "si tanto insisten -parece querer decir el Maestro- quien entre ustedes esté sin pecado, que tire la primera piedra contra ella". No es una ofensa ni una manera de evitar la trampa, y ni siquiera una simple retorsión verbal. No, Jesús presta aquí un servicio aun a estos personajes, los invita a mirarse dentro, a ser verdaderos, a preguntarse si alguna vez han descubierto la fuente de la dignidad suya y de los demás, conditio sine qua non, para proceder al descubrimiento del propio mal...
Y las piedras empiezan a pesar terriblemente en sus manos. Y se marchan, comenzando, quién sabe por qué, por los más an- cianos (¿más sinceros o más miedosos, más embarazosos o más astutos?).
Jesús se queda solo con la mujer, todavía "en el medio", en el centro de la atención. Finalmente en el centro de atención de alguien que la ve con una mirada diferente, verdadera y respe- tuosa, que no se detiene simplemente ante su belleza física ni ante su corrección moral -miradas ambas pobres o percepcio- nes incompletas si no distorsionadas-, sino con ojos que llegan hasta su profundidad más oculta, y la reconocen en su amabili- dad objetiva, en su belleza, aquella que el creador ha depositado en ella en el momento de la creación, esa que también ella había hasta cierto punto perdido y que Jesús, el Señor y revelador de la
belleza de Dios, descubre ahora intacta en su ser, porque nada ni nadie la puede anular (justamente en tal sentido ella puede decir: "Nadie me ha condenado").
Esa mujer -acostumbrada como estaba a miradas abusivas y humillantes- nunca se había sentido vista así, o no se había sen- tido jamás tan bella. Aquel momento para ella fue como el ins- tante de la creación: "Yo tampoco te condeno; ve y no vuelvas a pecar". La ahora exadúltera ha "nacido" en aquel momento, gra- cias a esas palabras del Maestro, nacido o renacido a esa belleza a la cual la había destinado el designio del Padre. Más fuerte que todo pecado.