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Sensibilidad: facultad de percibir los casos particulares que se dan en el espacio o en el tiempo, o en ambos, y de percibir el espacio y el tiempo mismos. Las percepciones registradas en las formas puras o a

prior/ de la sensibilidad (espacio y tiempo) se llaman intuiciones.

Entendimiento: facultad de conocer mediante conceptos, que se aplican a los casos particulares registrados en la sensibilidad. Hay dos tipos de conceptos: los conceptos a posteriori, derivados o abstraídos de las percepciones, y los conceptos a priori, que el entendimiento posee como condición y aplica a las intuiciones.

Razón: en sentido restringido, facultad de emplear ideas, que se distinguen de los conceptos en que no se aplican a las intuiciones. Son nociones que no se aplican a nada en concreto. Tienen dos usos: teórico o especulativo y práctico ( véase página 90). En sentido amplio, conjunto de las facultades de la sensibilidad y el entendimiento.

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límites de la sensibilidad -que no consta en las estructuras a priori del espacio y del tiempo-, lo cual implica el concepto indeterminado de noúmeno. El noúmeno es un correlato del fenómeno, lo que el fenó­ meno presupone por el hecho mismo de aparecer en la sensibilidad. Simplificando y hasta desvirtuando (pero lo corregiremos enseguida), cabe decir que si una columna de humo indica la presencia de fuego (aunque este no se vea), o el rumor de paso de líquido indica el dis­ currir del agua por el cauce de un río, la aparición del fenómeno, que es todo lo que podemos percibir, indica lógicamente la existencia del noúmeno.

Esta distinción es tan compleja y determinante que todavía hoy se debate el significado preciso de sus dos términos. Incluso Kant,

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que les da diversos tratamientos y enfoques, parece vacilar a veces en su concepción. No se trata de un debate académico ni de una cuestión gratuita como la del sexo de los ángeles; es algo esencial que define la visión del conocimiento y del ser racional. Este concep­ to es decisivo no solo en su teoría del conocimiento, sino también en su ética. Vale la pena referirse a las principales interpretaciones que se han hecho acerca del binomio fenómeno-noúmeno porque nos descubren los diversos matices que hay implícitos en esta distinción fundamental no solo en la filosofía kantiana, sino en gran parte de la posterior.

a) Las cosas se intuyen en el espacio y en el tiempo, que como

sabemos son una condición necesaria y estructural para percibirlas. Ahora bien, podemos concebir que esas cosas que percibimos en el espacio y en el tiempo tienen, a la vez, una existencia independien­ te de la percepción o intuición sensible, que están fuera de nuestra intuición, y que de ellas no podemos saber nada excepto que son las causas de lo que percibimos en la forma pura del espacio. Cabría de­ cir que se captan por intuición intelectual (o no sensible) de no ser porque Kant subraya que esta no puede darse: no podemos conocer nada de lo que no haya una intuición en el espacio. Como existen fuera de las estructuras de la sensibilidad, solo podemos sospechar y pensar su existencia, no conocer su naturaleza. Lo que intuimos -lo que se nos aparece- en la sensibilidad son los fenómenos; lo que sospechamos fuera de la sensibilidad son- los naúrrienos o cosas en sí. Los noúmenos son las causas de los fenómenos. Es la definición positiva del noúmeno, y en este sentido Kant rechaza que tenga­ mos acceso a él. Esta visión implica que la realidad es más amplia que el alcance de nuestro conocimiento. (Cabe hacer la analogía con unos objetos que estuvieran en una sala oscura, y por lo tanto no pudiéramos ver, pero que sí detectáramos en una pantalla de radar.

Conocimiento teórico (>«)

Los puntitos en la pantalla serían los fenómenos; los objetos que no vemos, pero que presuponemos como causa de los puntitos, serían

los noúmenos.)

b) Los noúmenos no son cosas -entidades- distintas de los fenó­

menos. Lo único que existe son los segundos, las cosas intuidas. Res­ pecto a los noúmenos, como no existen en el espacio ni en el tiempo, ni pueden ser conceptualizados porque no hay intuiciones intelec­ tuales, no pueden ser conocidos ni pensados, ni siquiera cabe decir que existan fuera de la intuición. No son más que un concepto para indicar los límites del conocimiento y del pensamiento. Lo entende­ remos mejor si pensamos en lo que un físico teórico confesaba que era la pregunta que más temía de sus alumnos: «Si el universo se está expandiendo, ¿qué hay fuera del universo, es decir, dentro de qué se está expandiendo?» La respuesta desarmada que ofrece el físico es un no-universo, en el sentido de límite del universo en expansión: el universo se expande en el no-universo. Análogamente, el concepto de noúmeno significaría, únicamente, no-fenómeno, límite de la intui­ ción o percepción. Noúmenos serían entonces las cosas en cuanto no aparecen. Es la definición negativa del noúmeno (lo que no es). Esta visión implica que no tiene sentido preguntarse si la realidad es más amplia que el alcance de nuestro conocimiento, porque es una pre­ gunta irrelevante.

c) El espacio es objetivo, y por lo tanto también lo intuido: no hay

cosa en sí como causa de la cosa intuida. Es la interpretación lógica. Se elimina la preocupación por lo que haya más allá de la intuición. Los positivistas lógicos han dado este hachazo expeditivo para poder centrarse exclusivamente en lo que aparece en la sensibilidad.

En cualquier caso, la distinción kantiana entre fenómeno y noú­ meno introduce algo muy nuevo en filosofía, que rompe con todo lo anterior. Los filósofos habían distinguido tradicionalmente entre rea­

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lidad y apariencia: realidad era lo que había en el fondo, subyacente y permanente, la esencia, lo inteligible, mientras que apariencia era lo que saltaba a la vista, evidente y fugaz, lo sensible. Los filósofos eran capaces de alcanzar la realidad mediante el uso disciplinado de la razón, mientras que el vulgo no iba más allá de las apariencias que captaba con los sentidos. Tenemos, pues, dos mundos o perspectivas: esencia inteligible y apariencia sensible. Platón instituyó esta dico­ tomía al separar el mundo de las ideas o formas y el mundo sensible, dicotomía que pasaría al pensamiento cristiano a través del neopla­ tonismo y la patrística. El aristotelismo conservó la distinción, pero dándole un sentido inmanente (no el trascendente platónico) que dis­ tingue entre materia y forma.

Kant prescinde de la polaridad realidad/apariencia y plantea en cambio el par fenómeno-noúmeno. La distinción no es equivalente a la anterior, entre ambas media el abismo que separa la filosofía clá­ sica y la moderna. El fenómeno no se define como apariencia, sino como aparición, como dato (intuición, percepción) registrado en la conciencia y que no es un subproducto de una esencia más digna. El fenómeno no se opone a la esencia. Se opone al noúmeno, que es, precisamente, lo que no se registra en la conciencia. La aparición es lo que aparece en tanto que aparece, sin que haya que preguntar si es falso o verdadero. Kant sustituye el concepto tradicional de error (mala adecuación a lo externo) por el de falsos problemas o ilusiones internas.

O, tal como lo formula Gilíes Deleuze, sustituye la pareja disyun­ tiva apariencia/esencia por la pareja conjuntiva aparición-sentido, pues hay un sentido, una significación, de la aparición; ya no hay que pensar en la esencia situada detrás de la apariencia, sino en el sentido o la falta de sentido de lo que aparece en la conciencia.

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Los conceptos a priori (o categorías) del

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