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Kant ha demostrado que las ideas metafísicas son indemostrables me­ diante la razón teórica -conducen a ilusiones metafísicas-, y al mis­ mo tiempo acepta que, por su lógica interna, la razón no puede evitar planteárselas. La razón aspira siempre a una generalización mayor de sus contenidos, a una unidad superior del conocimiento, a pasar de lo condicionado a lo incondicionado, de lo relativo a lo absoluto. Esta dinámica natural la lleva a concebir las ideas de alma inmortal, mun­ do como globalidad y Dios. (Dicho en kantiano: algo que sea siempre sujeto y nunca predicado; algo que sea un presupuesto que no presu­ ponga a su vez nada distinto de sí, es decir un presupuesto último; una unidad incondicionada.) Son estos tres términos últimos porque: a) como se ha visto, la experiencia requiere un yo trascendental perma­ nente, superior al yo empírico; b) la razón postula una presuposición última que contenga la multitud de cadenas causales que percibe el entendimiento; c) la razón busca una condición suprema de la posibi­ lidad de todo lo pensable.

Pero la cadena de razonamiento no puede afírpiar la existencia de estos. Se trata de una contradicción, o como mínimo de una si­ tuación frustrante: la razón aspira a aquello que no puede probar. Sin embargo, este callejón tiene salida. Las ideas metafísicas no son erróneas en sí mismas, sino que han recibido un tratamiento erró­ neo. Kant lo llama uso constitutivo, que consiste en pretender que la idea representa un objeto trascendente, situado más allá de la ex-

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Grabado Flammarion. Este célebre grabado, aparecido en 1888 en un libro de Camille Flam- marión sobre meteorología, simboliza el descubrimiento de la astronomía por el hombre. Pero puede representar también la concepción de Kant acerca de las ideas metafísicas (Dios, inmor talidad del alma): no podemos conocerlas teóricamente, pero tampoco podemos prescindir de ellas en nuestras reflexiones.

periencia espacio-temporal unificada por las categorías. Es lo que ha hecho la metafísica tradicional del racionalismo dogmático, que ha creído poder asegurar la existencia de lo absoluto, de lo incon­ dicionado y de lo necesario, del alma, del mundo como totalidad y de Dios. Kant ha mostrado la indemostrabilidad de estas ilusiones metafísicas contenidas en los paralogismos, las antinomias y la teo­ logía especulativa. El uso constitutivo de las ideas metafísicas ha quedado desacreditado.

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Pero las ideas metafísicas admiten y requieren un uso legítimo, el regulativo. Este se limita a dar una dirección precisa y la mayor uni­ dad posible al conocimiento, sin afirmar la existencia de nada ajeno a la experiencia. De acuerdo con el uso regulativo, el conocimiento pro­ cede com o si los objetos de las ideas metafísicas existieran y tratara de alcanzarlos. Aunque no hay una base lógica para afirmar (ni negar) la existencia de un alma sustancial estable, del mundo como totalidad y de Dios, el conocimiento tiende hacia estas ideas, como si existieran hipotéticamente, sabiendo que no las absorberá nunca pero que son una regla que le permite obtener una unidad cada vez mayor, una uni­ dad que, sin embargo, no se alcanzará nunca. En su uso regulativo, las ideas metafísicas no producen la ilusión de que exista algo fuera de la experiencia, sino que permiten organizar mejor lo que se encuentra dentro de esta experiencia.

El conocimiento teórico ha sido restringido a unos límites muy severos. Más allá de estos límites, en un espacio mucho más amplio, está el ámbito de la ética.

La dificultad de la Crítica de la razón pura

Planteemos la cuestión desde su fundamento, como les gusta a los fi­ lósofos: desde el sótano y no desde la segunda planta, como los cien­ tíficos, o el ático, como los poetas. Si es usted de los que creen que el movimiento se demuestra andando, lo mejor que puede hacer es huir de la filosofía como de la peste. Ahora bien, si por un mal consejo se ha metido en filosofía, uno de los peores filósofos que puede leer es Kant. De acuerdo con que la cúspide de la ininteligibilidad la ocupan los idea­ listas alemanes, ante los que lo más sensato es mirar hacia otro lado y pasar silbando, como quien no quiere la cosa. Pero Platón, Schopen-

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hauer y Nietzsche nos descubren que leer filosofía puede ser una in­ tensa experiencia estética, incluso cuando se transmiten ideas difíciles o duras; Hume y Berkeley son buenos estilistas; Spinoza, superado el primer momento de extrañeza ante su arquitectura deductiva, puede fascinar por la precisión cristalina de su pensamiento; Descartes y Aris­ tóteles serán algo áridos, pero entenderse se entienden; y muchos otros filósofos antiguos y modernos nos han demostrado muchas veces que lo que cuesta recompensa y merece la pena esforzarse. Con Kant se im­ pone una imagen de dificultad que -tal vez para compensar su elevado grado de abstracción y formalismo- posee un intenso carácter físico.

Imaginemos a alguien que está trepando por la arista escarpada y angulosa de una montaña hostil, muy expuesta al azote de los vientos y de las demás inclemencias del tiempo. Sus manos, ya cubiertas de sabañones y rasgaduras, se aferran a ásperas rocas de las que desconoce la estabilidad y el arraigo. Sus pies, castigados por las ampollas, buscan a ciegas puntos de apoyo seguros. La visibilidad del castigado trepador está muy impedida por la bruma. Y cuando por fin consigue superar la imponente arista y alcanzar un repecho donde le es posible recuperar el aplomo, encuentra con desánimo que no hay en el llano camino seña­ lizado con hito alguno, que apenas cuenta con orientación fiable para avanzar hacia alguna parte, y comprende que mucho más agotador que el esfuerzo físico, y aun que el miedo, es avanzar sin estar seguro de hacía adonde se va, temiendo a cada paso que en cualquier momento se descubrirá que hay que desandar lo andado. Así se siente uno en la primera lectura de la Crítica de la razón pura. Las tentaciones de aban­ donar son frecuentes, proliferan las dudas de que esté justificado perse­ verar en el esfuerzo. Quedan abundantes lagunas que hay que bordear para no hundirse en ellas, muchos riscos a los que el vértigo y el agota­ miento impiden asomarse. A cada lado se ven angostas sendas que no hay que tomar, y más de una vez hay que superar zarzales que dejan ras­

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guños. Pero si por convicción o pundonor se sigue adelante a pesar de todo, remontando cuestas cuando ya el ánimo flaquea, se termina por alcanzar un estrecho collado por el que se pasa a otro espacio: el aire y el cielo son distintos, más intensos y densos, se domina un valle inmenso de orografía distinta, de vegetación más rala, de arbustos retorcidos y apenas los pinos negros y abetos más resistentes. Se ha pasado de la filosofía clásica a la filosofía moderna, y el regreso ya no es posible.

Según Kant, el ser humano pertenece simultáneamente a un mundo sensible y a un mundo inteligible. En el primero está sometido a las leyes de una causalidad externa, y a las presiones de los apetitos, las pasiones y el azar; en el segundo es un ser racional y libre, se rige por una voluntad buena y es capaz de promulgar e imponerse a sí mismo máximas y principios morales universales. Una acción moral consiste en aplicar en el mundo sensible las máximas y los principios creados por la libertad y la racionalidad en el mundo inteligible. El acatamiento y cumplimiento por la voluntad de las máximas y principios universales promulgados por la razón constituyen la dignidad del ser humano.

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