Tenemos, pues, las formas puras o a priori de la intuición, las condi ciones que permiten registrar datos sensoriales: un sentido externo (el espacio) y un sentido externo e interno (el tiempo). Y sabemos que Kant profundiza, amplía y mejora mucho el concepto de experiencia legado por Hume al sostener que el ser racional aplica los conceptos del entendimiento a las intuiciones, con lo que asume una posición activa, no solo pasiva y receptiva como le asigna el pensador escocés. Ahora bien, sería un error creer que primero se registran intuiciones y después se les aplican conceptos que las ordenan e interpretan para entenderlas; toda esta actividad se produce simultáneamente, es una síntesis que integra al mismo tiempo a todos sus componentes. La ordenación se produce ya dentro de la intuición sensible, no después de ella: el fenómeno está ya categorizado.
Una segunda observación básica es que sensibilidad y entendi miento son facultades o capacidades, es decir funciones: la sensibili dad, de registrar intuiciones; el entendimiento, de aplicar conceptos a estas intuiciones. La acción combinada de las formas a priori de la sensibilidad y las formas a priori del entendimiento (los conceptos o categorías) produce los juicios sintéticos a priori, que, como sabemos, son el único conocimiento universal y necesariamente válido y cierto.
Veamos qué son estas categorías. También son independientes de la experiencia (o sea, son puras o a priori), a diferencia de otro tipo de conceptos: los conceptos a posteriori, que están abstraídos de las percepciones («perro», «nitrato de potasio», «cansancio»). Los con ceptos a priori, o categorías, están vacíos de cualquier contenido em pírico o particular y son previos a cualquier intuición, es más, nos permiten entender las intuiciones.
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Estos conceptos a priori son los que la metafísica dogmática tra dicional ha aplicado para referirse a cosas en sí suprasensibles; Kant sostiene que su único uso correcto y legítimo es la aplicación a las intuiciones registradas en la sensibilidad. Cuando se aplican así, dan lugar al conocimiento de la ciencia física.
Para descubrir los diversos tipos de categorías, Kant se funda en una tabla de juicios, o funciones lógicas del juicio, que son las unida des básicas de la lógica aristotélica. Se plantean doce tipos de juicio lógico repartidos en cuatro grupos o formas diferentes de juicios (can tidad, cualidad, relación y modalidad), y de cada juicio se hace derivar una categoría. Aquí no enumeraremos todos los juicios y categorías, ni expondremos la deducción de las segundas a partir de los primeros; baste citar como ejemplo los juicios de uno de los cuatro grupos:
Universal: «Todos los caballos son blancos».
CANTIDAD ■ Particular: «Algunos caballos son blancos». Singular: «Este caballo es blanco».
Y de estos tres juicios se derivan tres categorías del entendimien to, que son funciones superiores:
CANTIDAD •
Universal: «Todos los caballos son blancos». UNIDAD. Particular: «Algunos caballos son blancos». PLURALIDAD. Singular: «Este caballo es blanco». TOTALIDAD
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De este modo, Kant obtiene doce, y solo doce (insiste en que la lista es completa), categorías a partir de los doce tipos de juicio.
La tabla de juicios y su correlato, la de categorías, es uno de los as pectos de la Crítica d e la razón pura que menos han convencido a los filósofos posteriores. Se detecta en ella una excesiva obediencia a la lógica aristotélica aún dominante en el siglo xvm, y se constata que no contiene todos los tipos de juicio posibles. Sin embargo, Kant emplea la tabla de juicios solo para derivar y descubrir las categorías, no para demostrar la validez de estas (de ser el caso quedarían invalidadas).
Para justificar la existencia de las categorías, Kant demuestra que los conceptos ap riori o categorías del entendimiento son condiciones necesarias de la posibilidad del conocimiento. Los objetos solo pue den pensarse y conocerse mediante las categorías, que sintetizan la multiplicidad de impresiones sensibles en una unidad. En este apar tado Kant debía de sentir cierta inseguridad, porque cambió bastante el argumento de la primera edición, de 1781, por otro muy distinto en la segunda, de 1787.
Lo decisivo de la demostración de las categorías es que nos conduce a una nueva facultad del espíritu humano. Veamos cómo. Las catego rías se aplican a la intuición sensible para dar unidad a su multiplicidad. Sin esta síntesis de la multiplicidad, no podría haber conocimiento de objetos, no habría experiencia: nuestras percepciones serían un flujo de representaciones sin conexión. Y esta síntesis que efectúan las ca tegorías nos descubre la unidad de la conciencia, porque, si bien los objetos se piensan por medio de las categorías, no serían pensables sin una unidad previa; es decir, la síntesis que se realiza en el conocimiento solo es posible dentro de la unidad de la conciencia. La conciencia que conoce, y que se revela como una condición necesaria de la experien cia, ha de pertenecer a alguien, a un yo constante en el tiempo, un «yo pienso» que debe acompañar al pensamiento y a la intuición. Este yo
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no es un contenido de conciencia, no es el «yo empírico» que puedo pensar, representarme y conocer, mediante introspección, como un ob jeto bajo la forma del tiempo (aunque no del espacio); es superior a este «yo empírico»: es un «yo trascendental» incognoscible, pero pensable, permanente y condición necesaria de cualquier pensamiento, juicio e idea. Dicho en otras palabras, el «yo empírico» es un fenómeno, el «yo trascendental», un noúmeno, un yo en sí.
A esta unidad, a este «yo trascendental», Kant los llama apercep ción pura o trascendental. Esta apercepción pura consiste en una au- toconciencia capaz de pensar «yo pienso» al mismo tiempo que tiene sus representaciones. Y solo puede darse esta conciencia de sí misma a través de la experiencia de percibir: solo mediante los actos dirigi dos a lo dado me hago consciente de que estos actos son míos.
Tenemos, pues, que las percepciones sensibles registradas en las formas a priori de la sensibilidad (espacio y tiempo) y sintetizadas por las formas a priori del entendimiento (conceptos o categorías) se asientan, para poder ser conocimiento y experiencia, en una autocon- ciencia o yo trascendental que unifica toda esta actividad.
Queda por ver cómo se aplican correctamente estas categorías a las intuiciones. No se trata de una aplicación directa y no problemá tica, porque entre intuiciones y conceptos a priori hay un abismo; lo conceptos a priori no tienen contenido empírico: en vano se los bus cará en la experiencia, pues por ser su condición de posibilidad, están fuera de ella. Ahora bien, cada una de las doce categorías puede apli carse a un tipo de intuición, y no a otros; si se aplica a los que no le co rresponden no habrá conocimiento, sino disfunción y cortocircuito.
Kant muestra que existe una propiedad o facultad mediadora en tre el entendimiento y la sensibilidad: la imaginación, que produce esquemas. Los esquemas son reglas o procedimientos para delimitar
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las categorías, y así vincular los conceptos con la multiplicidad de la intuición. Estos esquemas tienen una doble vertiente: una intelectual y otra sensible; la intelectual los relaciona con los conceptos puros, y la sensible, con las intuiciones de la sensibilidad; de este modo pueden realizar la unión entre ambos. Esta unión se efectúa en el tiempo, que como ya sabemos es una condición apriori de la intuición, nuestro sen tido interno y externo. La categoría, al someterse a la determinación del tiempo, se convierte en esquema y así puede aplicarse a la intuición. Se trata, pues, de esquemas trascendentales que determinan a priori.
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