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Creating Time-Dependency on a Sample Large Scale Real Time-Independent

La Primera Guerra Mundial fue particularmente dura para el Líbano. Con los Otomanos luchando contra las insaciables ambiciones coloniales de Rusia, Inglaterra y Francia, el estatus privilegiado del Líbano pasó a ser su peor enemigo. Los turcos ocuparon la provincia y suplantaron el gobierno del Mutasarrif por una dictadura islámica fiel a la Puerta Sublime. Temeroso de ser traicionado por los francófilos maronitas o los anglófilos drusos, el nuevo gobierno impuso condiciones draconianas sobre ambas comunidades. Miles fueron ejecutados bajo sospecha de ser espías y las tropas otomanas aprovecharon que la provincia gozaba de muy poca simpatía en Estambul para destruirla y saquearla a placer. Por otro lado, como parte de sus operaciones militares para impedir el acceso turco al Mediterráneo, los aliados bloquearon las costas creando las condiciones para una hambruna masiva en la que perdieron la vida cerca de 100 mil personas (30% de la población total).

En 1918 cuando los británicos llegaron a Beirut encontraron a la población en estado miserable. De inmediato, franceses y británicos organizaron una campaña de ayuda humanitaria que en un año estabilizó la crisis alimenticia y médica de la provincia. Si bien puede decirse que la situación de la población mejoró infinitamente, los problemas del Líbano apenas comenzaban. Y es que, bajo los términos del Tratado Sykes-Picot, la provincia otomana de Siria y Monte Líbano sería entregada a los franceses, que antes de la guerra habían invertido grandes capitales en la construcción de vías férreas y ahora querían proteger y explotar su inversión. Pero a través de Lawrence de Arabia, los británicos habían creado expectativas muy distintas entre los árabes. Habiendo detonado la Revuelta Árabe que mantuvo a los turcos ocupados al interior de su territorio y facilitó el ingreso de tropas británicas al Medio Oriente, los árabes liderados por el tercer hijo del Sharif de Meca, el Príncipe Feisal, esperaban recibir la provincia otomana de Siria –con todo y Monte Líbano- en recompensa.

Desgraciadamente para la causa árabe, la diplomacia británica había capoteado la guerra haciendo promesas vagas a diestra y siniestra: tras prometerle a los árabes “un Estado nacional Árabe” en las inmediaciones de Palestina por medio de las 8 cartas de McMahon al Sharif Hussein de Meca (1916), en 1917 los británicos consiguieron apoyo económico de los Rothschild a cambio de la promesa de crear “un Estado Nacional judío” en las inmediaciones de Palestina (Declaración Balfour). Todo ello a sabiendas de que, en 1916. habían tranzado con los franceses y rusos una repartición tripartita del Imperio Otomano mediante el acuerdo Sykes Picot.

Una vez concluida la Primera Guerra Mundial, los británicos dividieron el territorio del Levante en tres zonas de ocupación u “OETAs” (Occupied Enemy Territory Administration): OETA Sur (Palestina), OETA Oeste (Líbano) y OETA Este (Siria/Jordania). Sin saberlo los árabes, esta división respondía a los diversos compromisos adquiridos por la diplomacia británica durante la guerra: OETA Sur (Palestina) serviría para cumplir la promesa a los judíos de establecer “un Estado Nacional judío” (Declaración Balfour), OETA Oeste (Líbano) serviría para cumplir lo acordado con los franceses en el Sykes-Picot y OETA Este (Jordania/Siria) serviría para crear el Estado árabe prometido al Sharif Hussein.

En 1919, en cumplimiento de lo establecido en el Sykes-Picot, el Tratado de Versailles cedía OETA Oeste a Francia que ya había prometido al Patriarca maronita del Monte Líbano mantener ese territorio separado de la mayoritariamente islámica provincia de Siria. Tras presentar el caso a favor de la independencia árabe ante el Consejo de los Diez y ser ignorados, los árabes y Lawrence de Arabia

abandonaron la Conferencia de París furiosos. Pero Feisal no era el tipo de líder dispuesto a esperar las migas que los europeos quisieran darle y se preparó para reclamar su premio antes de que los británicos decidieran lo contrario. Por esta vía el 8 de Marzo de 1920 Feisal se proclamó Rey de Siria. En vano: un mes más tarde la Conferencia de San Remo otorgó a Francia mandato sobre ese territorio. Entonces Feisal convocó a sus tropas y en Julio de 1920 se enfrentó a los franceses en la batalla del Paso de Maysaloun. Tras 24 horas de batalla, los franceses salieron airosos y, para finales de mes, el General Goybet entraba victorioso a Damasco. Con Feisal prófugo (se acogería a la protección británica y estos lo harían rey de Irak un año más tarde), los galos se dieron a la tarea de administrar su nuevo territorio dividiéndolo en 6 provincias: Aleppo, Damasco, Latakia, Druze, Alexandretta y el Gran Líbano.

Si bien el Mandato francés trajo indudable prosperidad económica y progreso técnico a la zona, en lo político el favoritismo galo hacia la población cristiana sembraría las semillas de la salvaje guerra civil de 1975-1990. Pensando granjearse la fidelidad de la comunidad cristiana del Líbano, los franceses expandieron las fronteras de la provincia para incluir a los maronitas, griego ortodoxos, griego católicos y cristianos en un mismo territorio. Para ello, grandes franjas de terreno al Norte y Sur del Monte Líbano, así como el valle del Bekaa y Beirut fueron anexados a la provincia otomana del Monte Líbano que, por esta vía, pasó a ser el “Gran Líbano”. La expansión de fronteras trajo consigo consecuencias no deseadas. Entre ellas, la destrucción del delicado balance confesional de la nación. Mientras en el Monte Líbano sólo dos grupos religiosos – drusos (20%) y maronitas (70%)- tenían suficiente presencia para disputarse el poder, el “Gran Líbano” no sólo partió en dos a la comunidad drusa y la convirtió en una deleznable minoría en el Líbano (5%), sino que incrementó la población islámica a tal grado que para el censo de 1932 los islámicos representaban ya el 49% de la población total. Para colmo, tanto los Sunnis del Norte como los Shi’itas del Sur y del valle del Bekaa se resistían a pertenecer a una nación cristiana y pugnaban por ser anexadas a Siria (el hecho de que gran parte de la frontera sirio-libanesa esté poblada de shi’itas ha facilitado la intromisión de Siria en los asuntos del Líbano a través de los grupos terroristas de la OLP, Hamas y Hezbolá).

Cuando en 1924 Francia fundió las provincias de Aleppo y Damasco en el Estado de Siria, el malestar entre las minorías étnicas del Líbano creció: sunnis y shiitas comenzaron a tramar su separación y los drusos se rebelaron abiertamente. Del lado sirio de la frontera, la inminente partición de la provincia otomana de Siria/Líbano y la pérdida de la franja costera también trajeron rebelión y violencia. Dos años más tarde, pensando frenar el descontento sirio con un fait accompli, los franceses proclamaron la República Constitucional del Líbano y para 1930 terminaron la obra de la partición incorporando Latakia, Druze y Alexandretta al Estado Sirio. Ninguna de estas medidas logró congraciar a la población con sus amos franceses: habiendo esperado la independencia, los sirios resentían ser gobernados por mandato; los drusos –cuya religión no admite la conversión y, por lo tanto, no recibe nuevos miembros- lamentaban haber sido divididos en dos comunidades minoritarias (una en Siria y otra en Líbano), mientras sunnis y shi’itas del Líbano ansiaban formar parte de Siria. Sólo los maronitas y demás cristianos gozaban y florecían en un Estado diseñado para su conveniencia. Pero los cimientos de su paz eran frágiles en extremo y, en 1932 cuando Inglaterra decidió conceder a Irak su “independencia”, siempre y cuando el monarca iraquí jurara mantener una “relación especial” con Gran Bretaña, la inquietud nacionalista volvió a sacudir al Líbano y Siria.

Sin perder tiempo el Quai D’Orsay prometió un acuerdo similar a sus colonias y se generaron borradores de lo que supuestamente serían las constituciones de un Levante independiente. Para el Líbano, la cláusula más importante del borrador de 1932 sería el acuerdo de garantizar el derecho de todas las sectas a participar en las decisiones de gobierno. Ese derecho se haría efectivo dividiendo los principales puestos de gobierno bajo un criterio demográfico-religioso: el Presidente de la Nación provendría de la mayoría Maronita, el Primer Ministro sería Sunni, el líder del Congreso Shi’ita y su suplente sería Griego Ortodoxo.

Con el acuerdo en mano, los franceses se echaron para atrás y aduciendo a la falta de madurez y posible brote de violencia entre las sectas, pospusieron la “independencia” hasta Mayo de 1939. Confiados en la palabra de los galos, los libaneses se dieron a la tarea de crear partidos políticos de todas convicciones: los había unipersonales, democráticos, sectarios, religiosos, de izquierda, centro y derecha. Pero para Mayo del 39 los oscuros nubarrones que presagiaban la Segunda Guerra Mundial llevaron a Francia a romper su promesa de nueva cuenta.

La caída de París tras la invasión Nazi llevó la guerra al Mediterráneo. Siria y Líbano pasaron a manos del gobierno colaboracionista de Vichy, y Hitler envió tropas para impedir que los británicos –acuartelados en Palestina e Irak- se apoderaran de los puertos de Latakia y Beirut. Pronto, británicos y nazis luchaban por el control de Palestina y Líbano pues, tras la invasión Nazi de Rusia, el Levante era la única ruta disponible para enviar ayuda a Stalin (en una de estas batallas entre británicos y nazis el futuro Ministro de Defensa Israelí, el legendario Moshe Dayan, perdió un ojo). Conscientes de que su traición anterior y su política en pro del pueblo judío comenzaba a inclinar a los árabes a favor de una alianza con Hitler, los británicos presionaron al gobierno de la Francia Libre –comandado por el General Charles de Gaulle- a proclamar la independencia del Líbano y Siria. En 1941, cuando la lucha por el control del Levante se decidió a favor de los ingleses, De Gaulle visitó la zona y aceptó proclamar la independencia de ambas naciones a condición de que ambas siguieran bajo la tutela de su gobierno. Es decir, bajo este nuevo esquema Líbano y Siria dejaban de estas sometidos a la Francia de Vichy y pasaban a manos de la Francia Libre que, técnicamente, les concedería la independencia tan pronto fuera posible. No siendo ya un campo de batalla (pues los esfuerzos de Hitler se centrarían en el Norte de África), los libaneses se apresuraron a organizar sus primeras elecciones “libres” usando el acuerdo de 1932 como base.

Confiados en que las divisiones étnico-religiosas de la sociedad libanesa llevarían al poder al candidato de De Gaulle –Emile Eddé-, los franceses permitieron las elecciones de 1943, pensando que a través del Presidente maronita seguirían gobernando el Líbano sin necesidad de intervenir abiertamente ni generar oposición a su mandato. El rival de Eddé era Bishara el-Kouhry, un brillante abogado nacionalista con experiencia gubernamental en el Monte Líbano. Aunque más difícil de controlar que Eddé, el-Kouhry se había educado en París y, como maronita que era, se esperaba también abogara por mantener al Líbano bajo la protección de Francia. Para sorpresa de todos, el-Kouhry organizó su campaña en torno al tema de la independencia y, para asegurarse el voto islámico, redactó el Pacto Nacional (al-Mithaq al Watani).

Además de ratificar la división de poderes de los acuerdos de 1932 (presidente maronita, primer ministro sunni, líder del congreso shi’ita, etc) el Pacto comprometía a los islámicos del Líbano a renunciar a sus aspiraciones de unirse a Siria, mientras a los maronitas les obligaba a no buscar la

protección de Francia y mantener la política exterior del Líbano alineada con la de los países árabes (hecho crucial para comprender la posterior tragedia del Líbano). Adicionalmente, para reflejar la demografía del Líbano la mayoría maronita tendría 6 curules en el Congreso por cada 5 de los islámicos. Tras ganar las elecciones en Septiembre de 1943, el-Kouhry solicitó a De Gaulle retirar sus tropas y establecer una embajada. Convencido de que Francia recobraría su esplendor de antaño basada en sus colonias y que no había contradicción alguna en luchar por la libertad de los franceses y negársela a los libaneses, De Gaulle respondió que la independencia era prematura, que el acuerdo de 1941 establecía el derecho de Francia a negociar su retirada cuando le fuera conveniente y que el Líbano aún no estaba listo para el auto-gobierno. Para enfatizar que la Francia Libre no estaba dispuesta a negociar, el 8 de Noviembre De Gaulle ordenó a su máximo representante militar en la zona –el general Catroux- encarcelar a los miembros más prominentes del gobierno de el-Kouhry (entre ellos Pierre Gemayel y Camille Chamoun) y poner a Eddé al mando.

Las protestas no se hicieron esperar: una huelga general paralizó al País exigiendo la liberación de los prisioneros y el respeto a la voluntad popular expresada en las urnas. Once días más tarde, en lo que hoy se celebra como Día de la Independencia del Líbano –el 22 de Noviembre de 1943- de Gaulle ordenó la liberación y reinstalación del gobierno de el-Kouhry aunque no retiró sus tropas de la región. Fiel a la filosofía castrense que no da por perdida la guerra por haber perdido una batalla, De Gaulle esperaba mejores condiciones para lanzar su contraataque. Apenas terminada la Segunda Guerra Mundial en Mayo del 45 un contingente de Tropas Especiales Francesas desembarcaron en Beirut para reestablecer los derechos coloniales de Francia. Libaneses y sirios apelaron a las Naciones Unidas y De Gaulle se vio obligado a reconocer la independencia de ambas y retirar sus tropas de Siria y del Líbano en Abril y Agosto del ’46 respectivamente.