2.5 Solution Methods on the TDMCP
2.5.1 Heuristics
Maniatado por el padrinazgo soviético de Egipto y Siria, Israel respondía a los ataques terroristas con incursiones en la Ribera Occidental, bajo el argumento que ahí radicaban las bases de los feda’yeen. Pero cada ataque israelí comprometía más la posición del Rey Hussein cuyo gobierno pro-Occidental y moderado había cerrado las oficinas de la OLP en su país. Cuando, en Noviembre de 1966, una mina mató a tres policías israelíes en Hebrón e Israel lanzó un operativo de 10 tanques y 400 hombres para limpiar la zona de terroristas, miles de manifestantes árabes se convocaron en la Ribera Occidental acusando a Hussein de pasividad y exigiendo su renuncia.
El Concejo Árabe de Defensa, convenido en Cairo al mes siguiente se tornó anti-jordano, con Siria y Egipto acusando a Hussein de timorato y lamebotas occidental. Hussein reviró exigiendo menos declaraciones y más acciones de sus colegas árabes. Para fines de año las maquinarias propagandísticas de las tres naciones se habían enfrascado en una guerra de declaraciones, cada uno culpando a los demás de la falta de acción contra Israel. Las críticas de Jordania se volvieron particularmente incisivas contra el gobierno de Nasser, al que acusaba –correctamente- de azuzar a todo el mundo mientras se escondía tras las faldas de las Naciones Unidas. Y es que, desde la Guerra de 1956, la frontera egipcio-israelita estaba vigilada por la UNEF (Fuerza de Emergencia de la ONU) que impedía cualquier roce entre las dos naciones.
Las críticas cayeron en los oídos de Abdel Hakim ‘Amer. Bajo sospecha de enriquecimiento ilícito e incapaz de finiquitar la guerra en Yemen, el vicepresidente y comandante supremo de las Fuerzas Armadas Egipcias encontró en las acusaciones jordanas el medio perfecto para desatar lo que –según él- sería la campaña que lo cubriría de gloria y quizá le daría el impulso suficiente para derrocar a Nasser con quien comenzaba a tener roces. Pero sus peticiones de solicitar la salida de las tropas del UNEF y bloquear el Estrecho de Tirán cayeron en oídos sordos.
Pese a todo, a principios de 1967 la situación no había cambiado: Siria e Israel intercambiaban disparos ocasionalmente en la frontera y los feda’yeen realizaban sus incursiones. De nueva cuenta sería al-Fatah la que cambiaría el curso de los acontecimientos con una incursión –esta vez exitosa- sobre la planta de bombeo del Kibbutz Misgav en la frontera con el Líbano. Cansada de las ineficientes incursiones sobre las bases de feda’yeen en la Ribera Occidental, la opinión pública israelí comenzó a exigir castigo para los verdaderos responsables de la campaña de terror: los sirios. A principios de Mayo, el Gabinete Israelí por fin aprobó una ofensiva limitada contra Siria, pero la fecha fue postergada para permitir la celebración del aniversario de la creación del Estado de Israel.
A mediados de Mayo la situación degeneró sorpresivamente: bajo presión americana e internacional Israel optó por una celebración discreta, con el menor alarde militar posible para evitar se interpretara como un desafío a sus vecinos. Al mismo tiempo, el plan de lanzar una operación punitiva contra Siria se filtró a los soviéticos que alertaron a Egipto y Siria de una inminente invasión. Como prueba de las intenciones ofensivas de Israel, los soviéticos citaron la falta de personal militar en el desfile de aniversario; según los soviéticos la ausencia de tanques y tropas en Jerusalén se debía a que ya estaban desplegados en la frontera Siria y atacarían entre el 16 y el 22 de Mayo. Siria respondió movilizando 56,000 soldados y 270 tanques a las Alturas del Golán.
Comprometido a apoyar a Siria por el pacto de ayuda mutua y presionado por las críticas de Jordania, Nasser solicitó retirar las tropas del UNEF de su frontera y desplegar a su ejército bajo el plan “Conquistador” para advertir a Israel que no toleraría un ataque sobre Siria. El despliegue, todavía defensivo, era todo lo que ‘Amer necesitaba para lanzarse en pos de la gloria: contra los deseos de Nasser –que negociaba con los soviéticos los términos bajo los que vendrían en su ayuda en caso de iniciar la guerra- el Comandante Supremo del Ejército optó por desplegar sus tropas bajo las líneas del plan “Amanecer” que implicaba amasar el grueso del ejército en el Norte del Sinaí, a escasas millas de la frontera israelita. Acto seguido ‘Amer se dedicó a hacer declaraciones incendiarias -del estilo “la hora de la revancha ha llegado”- a Radio Cairo. A lo ancho del Medio Oriente miles de árabes salieron a las calles jurando terminar la tarea que Hitler dejara trunca. Pero los dados aún no estaban echados: ni EU ni la URSS querían una confrontación y –pese a la retórica en contrario- ambos habían advertido que no honrarían su pacto si su aliado iniciaba la guerra. El 17 de Mayo dos cazas egipcios sobrevolaron el reactor nuclear de Dimona, convenciendo a Israel que el ataque era inminente. El Ejército israelí se desplegó bajo el plan Sadan (Yunque) en preparación para una guerra en todos los frentes. Pero Eshkol aún esperaba luz verde de EU y, contra la presión de sus propios militares decidió esperar.
Cairo también esperaba luz verde de la URSS y así pasó otra semana con los dos bandos convencidos de que habría guerra y ninguno dispuesto a detonarla. La presión iba en aumento: el pueblo árabe se impacientaba y comenzaba a ver que las críticas de Jordania –mucho ruido y pocas nueces- aplicaban a Nasser; mientras el Alto Mando del ejército israelita buscaba nombrar a Moshe Dayán –un convencido de la necesidad de atacar primero y de manera fulminante- Comandante Supremo. El 23 de Mayo los egipcios movieron la primera pieza: obligado a demostrar su disposición a actuar –y a sabiendas que no podía disparar el primer tiro- Nasser bloqueó el Estrecho de Tirán consciente que días atrás Israel había advertido que cualquier intento de bloquear el puerto de Eilat sería considerado causa de guerra. La idea, evidentemente, era obligar a Israel a detonar la guerra con lo que Egipto y Siria podían lanzarse a la ofensiva argumentando actuar en defensa propia.
Un segundo vuelo egipcio sobre Dimona apresuró el desenlace: en el Gabinete israelí, Eshkol perdió la batalla y nombró a Dayán Comandante Supremo. El veterano de la Segunda Guerra Mundial que perdiera el ojo izquierdo en una incursión aliada sobre Siria, no tardó en percatarse que –en sus ansias de atacar Israel- el Ejército egipcio se había desplegado tan cerca de la frontera que de romper la línea en un ataque relámpago, el Sinaí y Egipto quedarían sin defensa posible. Aún así, la situación a principios de Julio lucía terriblemente complicada para Israel: temeroso de quedar excluido de la acción –y sufrir la misma suerte que su abuelo años atrás- el Rey Hussein de Jordania se apresuró a firmar un pacto con Egipto; Siria estaba plenamente movilizada en la frontera Norte, Egipto en el Sur y, desde Irak un contingente de soldados se apresuraba a tomar posiciones al Este. En total, medio millón de soldados de la Liga Árabe, 900 aviones y 5 mil tanques rodeaban a Israel.
Tras nuevos sondeos –y promesas vanas del gobierno de Lyndon B. Johnson para romper el bloqueo de Tirán-, el Gabinete Israelita autorizó un ataque aéreo fulminante sobre Egipto el 5 Junio de 1967, seguido de una ofensiva terrestre en el Sinaí con el grueso de los 275 mil soldados, mil cien tanques y 200 aviones de las Fuerzas Armadas Israelitas. Aunque se esperaban ataques en los demás frentes, los israelitas harían esfuerzos por no responderlos, en la esperanza que los aliados de Nasser no honrarían el pacto de ayuda mutua.
A las 7:30 a.m. del 5 de Junio de 1967, la Fuerza Área Israelita (FAI) en pleno despegó con rumbo al sur. Volando apenas a 15 metros de altura para no ser detectados por los radares egipcios, los aviones se lanzaron sobre los aeródromos egipcios. En apenas media hora, 204 aviones enemigos (el 50% de la Fuerza Aérea Egipcia) habían sido destruidos y la ofensiva terrestre estaba en marcha. Un desesperado ‘Amer llamó a sus aliados ordenándoles aprovechar la ausencia de la FAI para bombardear a Israel. Pero sin preparación técnica ni Irak ni Siria estuvieron listas para ver acción sino hasta pasado el mediodía. A esas mismas horas, Jordania comenzó a lanzar misiles sobre Jerusalén desde la Ribera Occidental, provocando la destrucción de sus 20 aviones de combate en 20 minutos.
Los problemas de los árabes apenas iniciaban: confiados en el liderazgo de Nasser ninguno de sus aliados conocía el verdadero estado de las Fuerzas Armadas Egipcias. Y es que bajo el liderazgo de ‘Amer los generales más preparados de Egipto habían sido exiliados a la guerra de Yemen. En su lugar, - y quizá con la esperanza de dar un Golpe de Estado- ‘Amer había nombrado y promovido a sus incondicionales, parientes y amigos, muchos de ellos carentes de experiencia de combate o incluso formación militar. En uno de los datos más reveladores de la guerra se descubrió que mientras la Fuerza Aérea de Israel tardaba 8 minutos en cargar de combustible un avión de combate y dotarlo de misiles y municiones; el promedio para las Fuerzas Aéreas Árabes era de 8 horas. No por nada, tras la derrota, un amargado general egipcio diría: “ellos llevaban años preparándose para la guerra, nosotros nos preparábamos para los desfiles”.
A doce horas de iniciada lo que eventualmente se conocería como la Guerra de los Seis Días, la situación de Israel era inmejorable: a un costo de apenas 8 aviones el 75% de la Fuerza Aérea Egipcia estaba en ruinas, sus tropas avanzaban lentamente en el Sinaí, y Siria y Jordania aún no lanzaban una ofensiva masiva. Otra historia se elaboraba en Radio Cairo para consumo de las masas: Israel estaba siendo bombardeada por los cuatro costados y su fuerza aérea había perdido 86 aviones contra 2 egipcios. Las mezquitas del mundo árabe –incluida la de Omar en el corazón de Jerusalén- animaban a los musulmanes a tomar las armas y recuperar la tierra robada de Palestina. La ilusión no duró ni 100 horas: habiendo roto la línea de defensa tras apenas 48 horas de lucha, el ejército de Moshe Dayán penetró cual cuchillo en mantequilla en el Sinaí. ‘Amer se percató del error de haber amasado su ejército en la frontera demasiado tarde: en el cuarto día de la guerra entre el ejército israelí y la capital egipcia no quedaban más que una reserva. En pánico, el general egipcio dio la orden de retroceder y reposicionarse a lo largo del Canal del Suez. Pero contagiados del miedo al fracaso sus “generales” huyeron, dejando a cerca de 20,000 hombres a merced de los israelitas, sin dirección, órdenes ni agua en el desierto del Sinaí. Con lágrimas en los ojos, el 9 de Junio Nasser ordenó a su embajador en las Naciones Unidas aceptar el cese al fuego que días antes había depreciado airadamente. Mientras Nasser preparaba su discurso de renuncia, ‘Amer intentó suicidarse tomando pastillas para dormir (ni en esto tuvo suerte). Hussein de Jordania no corrió mejor suerte y para el cuarto día de hostilidades su ofensiva sobre Jerusalén se había convertido en un intento desesperado para no perder la Ribera Occidental. En vano: cuando Nasser capituló –dejando libres a las fuerzas terrestres de Israel- Hussein decidió emularlo para evitar una invasión israelita de su territorio. De los ejércitos enemigos sólo Siria todavía constituía una amenaza y por buenas razones: tras haber instigado la violencia, Hafez al-Assad apenas había contribuido a la guerra. Tras enterarse de la capitulación de Egipto y Jordania, al-Assad decidió acogerse al cese al fuego de la ONU quedando como el único país de la zona con fuerzas armadas
intactas.
En el Gabinete de Eshkol la situación de Siria se convirtió en objeto de violentos debates: después de todo Siria había sido la principal patrocinadora de la violencia contra Israel y la detonadora de la guerra, amén de que las capitulaciones de Egipto y Jordania la dejaban –por primera vez en muchos años- aislada y abandonada a su suerte. Con su ejército intacto y su posición privilegiada sobre las Alturas del Golán, Siria podía seguir bombardeando Galilea a voluntad e incluso resucitar el plan para desviar las aguas del Jordán. Contra Eshkol que se negaba a violar el cese al fuego de la ONU, el 9 de Junio –quinto día de la guerra-, Moshe Dayán (nativo de un kibbutz en la zona de Galilea que por años había sufrido los embates de los sirios) dio la orden de atacar. En el sexto día, el Golán fue capturado e Israel aceptó el cese al fuego de la ONU (y como Yahvé: en el séptimo día, descansó).
Tras apenas 132 horas de lucha, los árabes perdieron cerca de 21 mil soldados (150 mil adicionales serían prisioneros de guerra), 617 tanques, 499 aviones y 42 mil millas cuadradas de territorio (Sinaí, Gaza, la Ribera Occidental y las Alturas del Golán). Un cuarto de millón de palestinos de la Ribera Occidental se convirtieron en refugiados (muchos por segunda ocasión en su vida) en Jordania y Yemen. Y las réplicas del temblor político recorrieron el mundo árabe: en Egipto Nasser renunció sólo para regresar al poder horas más tarde por aclamación popular (millones de egipcios y árabes salieron espontáneamente a las calles a suplicar que no les dejara solos). Tras aceptar la renuncia del Alto Mando del Ejército en pleno (meses más tarde ‘Amer sería juzgado por planear un Golpe de Estado y, junto a los incondicionales que puso al frente del Ejército, sería fusilado por la derrota) el líder pan-árabe regresó a las andadas, prometiendo que la derrota era un mero contratiempo que eventualmente sería vengado.
Para Israel la victoria fue agridulce: con pérdidas de “apenas” 800 hombres y 36 aviones, los judíos recuperaban el anhelado control total sobre Jerusalén, ponían a su población a salvo de ataques desde Siria, Egipto y Jordania, triplicaban su territorio con respecto al que la ONU les otorgara en 1948 y, se ganaban el respeto de sus vecinos y de aliados que comprendieron que Israel había llegado a su mayoría de edad y no les necesitaba para sobrevivir. Pero los israelitas de 1967 no celebraron pues ni aún ofreciendo devolver los “Territorios Ocupados” (Gaza, Sinaí, Golán y Ribera Occidental) lograron hacer las paces con sus vecinos, y para todos era evidente que tan pronto se recuperaran, los países humillados por la Guerra del 67 buscarían venganza.
Y esa venganza comenzaría a forjarse apenas enterrada la más discreta de todas las víctimas de la Guerra de los Seis Días: el pan-arabismo de Nasser que no volvería a levantar cabeza y que, en los corazones más indignados por la derrota, sería sustituido por una nueva y más virulenta panacea: el fundamentalismo islámico.