(fragmento)
visitarla de improviso, dijo. Para cuando salimos de la estación de Dongdae-mun, la lluvia ya se había acabado y el sol estaba brillando.Sucedió que ese día mi madre estaba sentada en la tienda, lindamente ataviada con su tradicional hanbok. Saludó a Mun-hui con calidez, como si recibiera a un viejo amigo, tal vez porque pensó que estaba conociendo a una posible futura nuera. Mun-hui también saludó a mi madre. Mi madre invitó a Mun-hui a sentarse con ella en el angosto espacio de piso laminado en el que estaba sentada, luego tomó las manos de Mun-hui y las abrigó en las suyas.
«Me alegra tanto que hayas venido. Algo me dijo esta mañana que un invitado especial podría venir a verme».
Mi madre tomó el teléfono y ordenó café a domicilio, luego le dijo a su empleada que trajera huevos cocidos y sándwiches. No había espacio en donde sentarme excepto metido entre las dos, así que decidí dejarlas solas mientras charlaban. Salí y pasé el tiempo husmeando por las tiendas del vecindario. Cuando volví media hora más tarde, sin la más remota noción sobre lo que las dos podrían haber discutido en mi ausencia, esto es lo que mi madre le estaba diciendo a Mun-hui.
«Por eso me sorprendí tanto cuando te vi entrar; era como si me estuvie- ra viendo a mí misma, a tu edad».
Instintivamente, me sobrevino una sensación de presagio. Ay, Madre. «Parecía como si acabaras de volver de alguna parte. Como las golondri- nas cuando vuelven al hogar en la primavera, en el tercer día del tercer mes lunar».
Mi reflejo fue inspeccionar el rostro de Mun-hui. A pesar de que su ex- presión se había endurecido, su sonrisa seguía ahí. Algo estaba mal. Acu- nando su taza de café con ambas manos, Mun-hui me volteó a ver con una sonrisa rígida.
«Dicen que los hijos crecen y encuentran a una muchacha que se parece a su madre. Eso es muy cierto en el caso de mi hijo».
Mi madre nunca entendió nada sobre mí, su propia sangre y fruto de sus entrañas. Yo ciertamente nunca había buscado una chica que se pareciera a ella, mucho menos había deseado encontrarla. Y ahora, mi madre había saca- do el tema del matrimonio demasiado pronto. Y yo sin posibilidad de opinar. «Te tomará algo de tiempo comenzar a dar clases y empezar con tu ca- rrera. ¿Qué tal si planean la boda para la próxima primavera?».
Mun-hui dio un discreto paso hacia atrás.
«Mi familia aún no sabe que estoy saliendo con Hyeong-u. Y, como usted dice, aún no me han asignado a ningún distrito escolar. Pero lo discutiré con mi familia a la primera oportunidad».
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«Sí, haz eso».
Rechazando la insistente sugerencia de mi madre a esperar un par de horas para que pudiera llevarnos a cenar, nos fuimos del Mercado de Dong- daemun y tomamos un taxi a Dongsung-dong. Nos bajamos en el Parque Marronnier y, aunque aún no oscurecía, entramos a un café pobremente ilu- minado y ordenamos cerveza. Encima de nuestras cabezas había una larga ventana horizontal vertiendo luz sobre la entrada del café. Una vez más, una atmósfera trémula e inquietante se estaba materializando.
«Parecías bastante apenada hace rato».
La respuesta de Mun-hui fue profundamente serena. «Sí, pues, un poco».
«Espero no dejes que te moleste lo que mi madre te dijo». Claro que Mun-hui sabía bien de lo que yo estaba hablando.
«Pero yo también tuve la misma sensación que ella. Realmente hay algo similar en nosotras, Hyeong-u».
No, no me interesaba escuchar eso. No había pasado toda mi vida su- friendo y vagando de un lugar a otro sólo para acabar casado con una chica igual a mi madre. Mun-hui levantó su cabeza y contempló la luz brillante que entraba por la ventana horizontal. Por un instante su rostro no fue visi- ble. Como si lo hubieran borrado.
«Qué extraño... todas las golondrinas se están juntando en el techo». Mun-hui estaba soñando. Probablemente estaba viendo las parvadas de golondrinas en las llanuras de Ganghwa. En aquel momento yo estaba vien- do las golondrinas en el techo en Wat Chalong.
«Tu madre dijo que cuando las golondrinas gorjean, significa que uno va a terminar solo o que se va solo de viaje a un lugar lejano, y que por eso ella se fue de casa con la primera nevada».
«La gente puede irse, pero luego vuelve. Justo como nosotros volamos a Tailandia y luego regresamos con vida».
Mun-hui no me estaba escuchando, cosa que a veces hacía. «También dijo que te dejaría, Hyeong-u. Y que luego volvería».
Luego me enteré de que mientras yo conversaba con Mun-hui en Dong- sung-dong, mi madre salió de la tienda en Dongdaemun y no fue a casa en dos días. En esta ocasión sí le confesó a mi padre dónde había estado. Dijo que había estado en la casa vieja. Busqué en el directorio el número de la pareja que nos había hospedado a mí y a Mun-hui en la Isla de Ganghwa. La esposa confirmó la historia de mi madre. Mi madre se había quedado en la casa vieja con ellos durante dos días.
Más o menos al mismo tiempo me enteré por mi padre de que yo alguna vez tuve una hermana mayor. Le dio sarampión justo antes de cumplir dos
años. Una noche, poco tiempo después de enfermarse, dio un último llanto, muy tenue, y murió en la clínica del pueblo. Mi padre me dijo que en el año en que yo nací ella hubiera cumplido tres años. Pero ni siquiera eso podía explicar las enigmáticas ausencias de mi madre durante cada invierno z
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La lluvia cae a un ritmo constante. De vez en cuando oigo el soni- do tenue de los coches a la distancia atravesando los charcos. Cuando me tiendo inmóvil y miro hacia el techo, no puedo ver nada. ¿Qué hora era en este momento? ¿Era temprano por la mañana? Como aún no escuchaba el esporádico paso de los coches, tal vez todavía no pasaba de la mediano- che. El sonido me tranquilizaba. No voy a ser capaz de quedarme dormi- do hasta que algunos rayos entren a través de las grietas de las maderas que cubren la ventana, apenas tan grandes como para que un par de dedos las tapen. Ahora mismo, el único nombre que recuerdo es el nombre pro- pio Betty. Tap, tap-tap-tap, tap, tap-tap. Las oscuras gotas de agua que caen en el techo suenan como un código Morse. Pero no puedo descifrarlo. El sonido resbala sin sentido como la primera vez que escuché una lengua ex- tranjera. Y cuando cae un rayo, hago borrón y cuenta nueva. No siento mis manos atadas. Una cuerda delgada ata con fuerza mis muñecas y las ma- nos se tocan por el dorso —tan fuerte que la cuerda se clava en mi piel cada vez que intento mover mis manos. En la primera noche me duelen las mu- ñecas, en la segunda noche me duele todo el cuerpo y hoy no me duele nada. Mis nervios embotados bloquean el dolor. No he gritado durante los últimos siete días. Porque cuando una persona decide encerrar a alguien, todo —in- cluso la insonorización del cuarto— está previsto de principio a fin. Así que nadie escucharía nada.
Y cuento los días que quedan. Uno, dos, tres, cuatro. Los días que no han pasado desapercibidos sin poder hacer nada. Cuando los rayos alumbran y la oscuridad pinta las paredes, hay rostros que recuerdo. Son rostros de fami- liares, amigos y personas que han pasado desapercibidos. Rostros sin con- tornos claros, ahora incluso sus nombres son confusos. Es algo triste. Eso es lo que pienso, pero las lágrimas no vendrán. Hay una razón para todo. Sin embargo, este principio funciona según la ocasión. Esta persona con las ma-