• No results found

CAUSAL RELATIONSHIP BETWEEN FDI INFLOWS AND SERVICES EXPORT A CASE OF INDIA

DATA ANALYSIS

el de un pueblo, y el orbe es el domicilio del género humano». (San Isidoro, Etimologías). «Todo lo acaba la malandanza». (Endechas a la muerte de Guillén Peraza).

ONDE come, se viste, se lava, compra, vende, estudia, duerme, hace el amor, reza, se esconde, purga culpas o paga el pato, es decir, donde hace todo lo que hace la gente de la Edad Media española, nos conduce a recorrer los distintos espacios por donde se mueven, a solas, en la intimidad, entre la multitud, en los actos públicos. Para Isidoro el de Sevilla, a esta altura de los tiempos o de las páginas nuestro entrañable amigo, hay tres espacios fundamentales para definir la vida del hombre: el del nacimiento (la cuna), el del sueño (la cama) y el de la muerte (la caja o ataúd). La posición horizontal parece ser la línea común; ese vínculo, además, se presenta como un lejano signo del tópico de la vida es sueño y de la macabra idea de que al nacer ya tenemos un pie en la sepultura. Típicamente medieval, es mucho más que un juego de palabras el asunto de que esta vida es muerte o paño de lágrimas (es lo mismo) y que la muerte es entrada en la verdadera vida. Esto, que en el acontecer cotidiano produce buenos dolores de cabeza a los intelectuales del medievo y a los pobres que acatan sin chistar porque no saben o no tienen más remedio, se conecta con los dos Espacios que sirven de marco ideológico: Tierra-Cielo, y sus variantes: Diablo-Dios, Infierno-Paraíso, etc. Por eso tiene tanta importancia, desde el punto de vista moral, la manera en que uno se mueve en el espacio, cómo se conduce. «Andar» es un verbo que define toda una actitud frente al mundo. Las «bienandanzas» o las «malandanzas», términos muy usados en la España medieval, apuntan a categorizar las maneras en que uno hace el camino-la vida-la peregrinatio. Y en esta compleja red de lo peregrinante hay caballeros que son andantes (venturosos y aventureros), hay clérigos que se entregan a la contemplación, no andan, aunque la procesión vaya por dentro. Por otro lado, y por esa tendencia a fijar el espacio que le corresponde a cada uno, no debe sorprender

que los mercaderes —ese peligro para la sociedad guerrera y eclesiástica y su orden — aparezcan varias veces denominados como ruanos, u «omnes de rua», es decir, hombres de la calle. Antes de entrar en la descripción de los diferentes espacios medievales, conviene referirse a otros elementos que configuran una vivencia oscilante entre lo material y lo moral, visible aun en los usos lingüísticos. Uno de ellos es el término «espaciar» o «espaciarse» con el sentido del «holgar» o «ensanchar». Así aparece registrado en la Disciplina clericalis de Pero Alfonso, cuando cuenta el ejemplo del clérigo que entra en una taberna: «Dizen que dos clérigos salieron de la cibdat a la tarde para se ir a spaciar…». En mi trabajo sobre la función y relaciones del cuerpo en esta obra, hace algunos años, recupero —como tópico medieval— la doble función del camino y del tránsito o viaje: uno que es «espaciamiento», holganza, gusto por lo fácil, expansión sin objetivos; otro que es «ejercitación» con conciencia de fines, interiorización, aspereza, dificultad. El premio y el castigo valen como calificaciones morales del buen o mal uso del espacio: esa opción, ya sabemos, que representa la «Y».

En esa obra, la «carrera luenga» o el «sendero» expresan la alternativa. El ejemplo se titula justamente «De la senda» y apunta a exponer los peligros de elecciones apresuradas: «fuimonos por aquel sendero; e yendo por él, oras a la diestra, oras a la siniestra, toda la noche anduvimos errados, nin llegamos a la cibdat (ciudad); e por la carrera fuéramos antes de media noche». Equivocar el camino es alterar y demorar (de ahí las referencias al tiempo en el texto anterior) el orden divino: es el pecado entendido como espaciamiento, ruptura del equilibrio hombre- Dios, porque «si te apoyas firmemente en Dios, dondequiera que fueres todo te sucederá prósperamente».

Esto quiere decir que hay que andar con pies de plomo. E implica también aquello de que quien mal anda mal acaba. Es importante destacar que dichos como éstos, algunos ya vaciados de sentido, se enriquecen cuando descubrimos lo remoto de sus orígenes. Por otra parte, su distancia en el tiempo nos ayuda a entender aún más el anacronismo de frases todavía frecuentes al estilo de las citadas o el «dime-con- quién-andas-y-te-diré-quién-eres», el problema de las «malas compañías» («Júntate, hijo, con éste, que es bueno, y no con aquél, que es malo y sinvergüenza»). Esa moral, coherente y aceptable en el contexto medieval, es ahora moralina y, como si eso fuera poco, se cae a pedazos.

Hay otro texto de Pero Alfonso que estimo curioso: «El tránsito es causa de detenerse, el detenerse de sentarse, y el sentarse de actuar». Como en toda obra didáctica, lo dogmático se hace simplificador. En esas expresiones, hay implícita una negación de las paradas en el camino, porque conducen a la diversión, en su sentido de quedarse con lo accesorio, lo diverso, lo accidental. Es también un contrario de la unidad: si el objetivo es claro (Dios), cualquier detención equivale al desvío y la

demora. De allí que, como hemos dicho, espaciarse sea contrario de vivir hacia adentro, reflexionando sobre las verdades divinas, manteniendo siempre claro el telos o fin al que se debe tender. Nuestra permanencia en el espacio —y el tiempo de esa permanencia—, dirían los escritores doctrinales en la Edad Media, debe ser la mínimamente necesaria para no perder de vista que el camino es ascenso hacia Dios o, al menos, preparación para que el encuentro hombre-Dios sea posible. Unos chatos con tapas en la taberna pueden ser fatales.

El valor moral del cómo y con quién se anda tiene antecedentes en algunos textos del Antiguo Testamento. El Libro de los Proverbios, de Salomón, (1, 15 Y 16), se apoya en la imagen de los «pies»: «No te vayas con ellos, hijo mío; ten tus pies muy lejos de sus sendas, porque corren sus pies al mal y se apresuran a derramar sangre». De esta manera semejante el Eclesiástico (XXI, 25 y 26) desarrolla esa imagen a través del par de opuestos necedad-sabiduría: «Los pies del necio son ligeros para entrar en las casas, pero el varón discreto se recela de entrar. El necio desde la puerta curiosea, el prudente se detiene fuera». El sabio avanza en la perfección; el necio, por el contrario, retrocede. La inutilidad del camino necio la ilustran los Proverbios: «Como perro que vuelve a su vómito, es el necio que repite sus necedades» (XXVI, 11).

Como las apariencias engañan, la dificultad y aspereza del camino se corresponden alegóricamente con una mayor facilidad para llegar a Dios. Caminos inciertos, despoblados, sometidos a las sorpresas y riesgos de la guerra y, en la base, el predominio de la vida rural, sustentan materialmente la elección de lo agreste como representación de un ideal ascético y, a la vez, de santa milicia.

Lo agreste y las formas de habitación

Al menos hasta el siglo XI, no hay en la España cristiana vida urbana. Las

concentraciones de población son «ciudades» episcopales y agrícolas, pobladas por guerreros, eclesiásticos y labradores. Ya vimos que, a partir de los godos, las urbes romanas acentúan su decadencia y son cada vez menores las formas del intercambio comercial. Con la llegada de los musulmanes, en el siglo VIII, ese proceso se

profundiza y hay ciudades como León; Palencia, Amaya, Salamanca y Lugo que quedan despobladas o destruidas.

Luis García de Valdeavellano, en su interesante estudio sobre los Orígenes de la burguesía, en la España medieval, destaca un contraste significativo en el interior de la propia Península: mientras las zonas urbanas cristianas decaen o desaparecen, las ocupadas por los árabes adquieren un admirable desarrollo comercial y artesanal. Así ocurre con Sevilla, Córdoba, Mérida, Toledo y Zaragoza. Por eso, explica Valdeavellano,

«cuando en el siglo XIII Sevilla y Córdoba pasen al dominio cristiano y se

organicen como Concejos, nada tendrá de extraño que la primera de esas ciudades resulte ser el centro urbano más rico y populoso del reino de Castilla, poblado de mercaderes de las más diversas nacionalidades, de artesanos y de cambistas o banqueros, elementos integrantes de una población burguesa y activos propulsores de una próspera Economía urbana…».

En el primer siglo de la Reconquista no hay noticias de edificios civiles. Fuera de los templos no hay construcciones. Por ello, se supone que los españoles viven en grutas o hacen una vida nómada. En el siglo IX existe Oviedo, con murallas, moradas de reyes, templos, panteones y baños. A principios de ese siglo se instala allí Alfonso II el Casto: es él quien la convierte en centro episcopal y la hace amurallar. Se cuenta que este rey quiere donar una cruz a la catedral de Oviedo, pero no encuentra quién la haga. Esto, que refleja una falta total de artesanía, finalmente se resuelve: la Cruz de los Ángeles se llama así porque, según la leyenda, dos ángeles la dejan suspendida en el aire. Se supone, a pesar del encanto de tan mágica aparición, que es realizada por plateros árabes de la ciudad de Córdoba. Un ejemplo más que comprueba los antagónicos campos de actividades de árabes y cristianos.

La tierra como factor determinante de la producción, y los peligros de la guerra, explican el surgimiento de un tipo de vivienda (individual y social) encerrada entre murallas y fortificada. El espacio rural dedicado a la explotación agraria se llama villa (o granja, o cortijo). Existen aldeas o «vicos» —poblaciones también rurales—

que, como en el caso de Oviedo, se hacen sedes episcopales. Muy cerca de las villae y aldeas se erige una fortaleza, útil para el refugio, en caso de peligro, de los habitantes rurales. Esta fortaleza se llama castrum (castro) o castellum (castillo), y se construye en un lugar alto, propicio para la defensa. En su interior hay iglesias, otros edificios y un torreón o pequeño castillo. Este último permite entender por qué en otros lugares de Europa y en España este tipo de recintos se llamen burgos, definidos por Vegecio como castelli parvuli (castillos pequeños), en lo que coincide San Isidoro.

Con este sentido —y no con el que adquiere a partir del siglo XIII, por influencia

francesa, de «barrio de mercaderes»— hay que entender por qué la ciudad del noroeste de España se llama Burgos, desde el siglo IX. García de Valdeavellano

explica que en el término del bajo latín burgus hay un posible cruce del germánico burgs (castillo) y del griego pyrgos (torre, ciudadela). Estos elementos explican, además, la importante función de Burgos como cabeza de Castilla, entendido su nombre vinculado al castillo o grupo de castillos.

Una excepción al carácter predominantemente rural de la vivienda y la vida durante la alta Edad Media lo constituye León. Hemos estado por allí y hemos visto cómo se reúnen mercaderes fuera de la muralla y, por otra parte, hay una actividad artesanal bastante desarrollada. Antes del siglo X su uso es principalmente militar,

con lo que responde al paradigma de la suerte de la ciudad en la alta Edad Media. A partir de este siglo, su carácter de capital cristiana se estabiliza. Podemos recorrerla con la ayuda de Sánchez Albornoz: su recinto amurallado es rectangular. Sus ejes son el mayor, que va desde el mercado hasta el castillo, y el menor, desde la Puerta del Obispo a la Puerta Cauriense. La muralla es de la época romana, y puede penetrarse por cuatro puertas: el Archo de Rege, que conduce al mercado y al palacio real; la Puerta del Obispo; la del Conde, que está junto al palacio o castellum del Conde, gobernador de León; y la Puerta Cauriense, que da a la Carrera de Fagildo. Las antiguas termas son convertidas en palacio episcopal. Se construyen también iglesias y monasterios.

Desde el siglo IX, los monasterios se convierten, como los burgos, en recintos

amurallados. La función es la misma: protección y refugio. Desde el punto de vista religioso, además, lo «agreste» alude al lugar donde se habita y, en el lenguaje monástico, al camino áspero, lleno de zarzas y espinas, que hay que atravesar durante nuestro paso por la tierra. Son importantes en este contexto de las formas de habitación medievales y sus mutaciones, porque en ellos se sintetizan las tres actividades fundamentales de los primeros siglos de la Edad Media: el trabajo de la tierra, la oración y el monopolio de la cultura (rasgos diferenciadores y dominantes) y la defensa. Aparte de las murallas que rodean a varios monasterios, su origen defensivo se entiende también porque se empiezan a construir como reacción contra

la vida ascética solitaria. Esto significa tender a un ideal de vida más sistemático y elaborado y, junto con eso, organizar mejor y más sólidamente la acción monástica como acción militante.

No hay que olvidar, en tal sentido, que durante los primeros cincuenta años de la dominación visigoda se desatan persecuciones, hasta que, finalmente, los obispos se reconcilian con los monjes y protegen los monasterios. En el siglo V aparecen las

leyendas españolas relacionadas con santos anacoretas. Una de ellas es la de San Millán o Emiliano, en La Rioja, lugar muy frecuentado por cenobitas. Gonzalo de Berceo dedicará, en el siglo XIII, una narración en verso a este santo. La leyenda de

San Millán está llena de voces de Dios, combates con el Demonio encierro en cuevas desprecio por el mundo, limosnas y vida pobre y austera, hasta el punto de reducir su comida al pan diario, como un siervo de la gleba. En su habitación, la cueva de la Cogolla, lo asisten una mujeres para cuidarlo y asearlo, ya que en la vejez sufre de hidropesía. En tiempo de Cuaresma se encierra, y el resto del año lo dedica a hacer pequeños viajes. Su báculo tiene fama de milagroso. Predice la llegada de Leovigildo y la ruina de la Cantabria en manos de los visigodos. Después de su muerte, con más de cien años, se construye en la Cogolla un Dercecio o Distercio (monasterio).

Los eremitas, que habitan en soledad chozas y cuevas, son sacados de allí y se los reúne en monasterios bajo una Regla y la autoridad de un abad, generalmente bien visto por la autoridad episcopal o real. Paulatinamente van recibiendo donaciones en tierras y muebles, se forman escuelas y bibliotecas y, en consecuencia, los monasterios se convierten en centros de poder y de cultura.

Distintos móviles conducen a la fundación de monasterios:

por iniciativa particular: un santo varón se retira a vivir en soledad y lo siguen las gentes, atraídos por su prestigio; se forma una aldea de chozas, germen del monasterio posterior;

por división de una abadía numerosa y por emigración de algunos de sus componentes;

un misionero recorre campos y ciudades, atrayendo a un público que, luego, aporta una suerte de séquito que se fija y constituye una comunidad;

un magnate renuncia a la vida mundana, consagra sus bienes a una fundación piadosa, y allí se encierra a vivir monásticamente; a veces, estas actitudes responden a la moda y la vanidad de asociar el nombre propio a un monumento. El lugar que se prefiere inicialmente es un sitio apartado, lejos del bullicio de las ciudades. Más adelante se eligen emplazamientos relacionados con reliquias de santos, aunque estén en la misma ciudad. Los bosques no son recomendables porque abundan lobos, jabalíes y malos espíritus. En España, no siempre se cumple con el requisito de pedir autorización al obispo para crear un monasterio. Los monjes sólo

pueden salir para participar en peregrinaciones, para defender los intereses del propio monasterio o para comunicar alguna cosa necesaria a un hermano distante.

Al llegar los moros, y especialmente en el siglo IX, las persecuciones arrasan con

numerosos monasterios. Los monjes se dispersan, huyendo tras los Pirineos o refugiándose en lejanos rincones de España. Los musulmanes respetan las fundaciones existentes, a las cuales cobran tributos, pero prohíben nuevos monasterios. En los primeros tiempos de la dominación islámica, el monasterio actúa como un punto de concentración y aislamiento de la vieja aristocracia. Por otra parte, es un sistema útil para conservar, clandestinamente, la cultura monástica. La clausura, el encierro, adquieren ahora otro significado: metidos en chozas, a veces cubiertos con placas de hierro y cadenas que los inmovilizan, los monjes estudian y copian viejos manuscritos. Proliferan, además, ermitaños y anacoretas.

Sobre todo en Cataluña, y bajo la protección de Carlomagno y su hijo Ludovico Pío, se fundan monasterios en el siglo IX, bajo la regla benedictina. A finales del

mismo siglo y principios del X se restauran o fundan monasterios en Asturias, León y

Castilla.

En relación con esta primacía del espacio agreste, victoria de lo rural sobre lo urbano, se desarrolla en el plano artístico el románico. La iglesia de San Martín de Frómista se sitúa en la plenitud del románico castellano-leonés. Los muros son sin adorno, las aberturas limitadas, columnas indispensables, interiores con pequeños espacios compartimentados por haces de columnas. Todos los elementos expresan introversión, oscuridad, aislamiento aristocrático, hermetismo equivalente a la cultura reservada y críptica del monasterio y la caballería. En los capiteles se observan temas religiosos y alegorías. Las plantas tiene forma de cruz latina, con proporciones muy nítidas. Los volúmenes traducen y encierran la «realidad» interior del edificio. Características semejantes pueden encontrarse en Santiago de Compostela y Santo Domingo de Silos. Las paredes son como murallas defensivas, con detenimiento decorativo sólo en las arquivoltas y en los dinteles. Los interiores son cavernosos, con fuerte sensación de aislamiento y prescindencia del mundo exterior. Los emplazamientos son generalmente marginales a la ciudad, o aislados en el campo.

De casas y de palacios

En el siglo X, en León, la casa rural es de adobe con techo de paja y barro o

césped. Comprende una cocina, cuya humareda se va por el techo, una cella o cámara donde están los lechos, y una suerte de despensa, con el horno. El palacio o corte conclusa, por su parte, está rodeado de una tapia de barro, con puertas de madera que dan a un patio o atrio, con un pozo en el centro. Los edificios son de una planta, con cantos rodados y argamasa de barro y teliatos (techumbre de armazón de madera recubierta de teja): son «casas» destinadas a habitación, cocina, establos, granero y demás servicios. Están divididas en cellas; las ventanas son pequeñas, cubiertas a veces con telas enceradas. Se llama palacio a la que sirve de habitación al dueño. La cocina, separada, se destaca por tener chimenea de campana. Las habitaciones se clasifican según el tipo de techumbre que tienen: teliatas (tejas), territas (césped), materacas (maderas). Las hay también descubiertas. Comprende silos y apotecas (bodegas), graneros o cellarios, lagares, establos, palomar, gallinero, almacén, cochiquera, cellas para criados y siervos, trístigas o letrinas, cellas con cubas para bañarse.

La vida de las clases pobres se desarrolla en general en interiores inconfortables, donde reina la oscuridad para defenderse del frío, el calor, la lluvia y la nieve.

Desde la irrupción de los moros y aproximadamente hasta el siglo XI, hay saqueos

de tesoros e industrias, despoblaciones, pobreza, visible todo esto en tiempos del último rey cristiano, don Rodrigo. El proceso de guerra y reconquista condiciona el carácter nómada de la nobleza y, por lo tanto, las residencias no son fijas y carecen de