4. Chapter 4 – Methodology
4.8. Data Analysis
Como vemos, esta interpretación de la política como fundada a partir del desacuerdo, se sitúa en un caso límite visto desde el reverso de la perspectiva cratoscéntrica del poder soberano. El desacuerdo expresa la irrupción intempestiva de la vida excluida distorsionando el orden de los repartos del poder y la palabra, reclamando una nueva partición de lo sensible. Desplazando radicalmente la perspectiva desde arriba hacia abajo, desde el punto de vista del poder a una mirada ex parte populi.
Esta lógica de desacuerdo, de establecimiento de la parte litigiosa de los que no tienen parte, de la innovación en el reparto de lo común y de lo propio que es inherente a la política, narra Rancière (1993), se radicaliza en el movimiento social moderno, en sus diversas expre- siones surgidas de las relaciones de clases sociales, de género.
Basta citar dos ejemplos referidos por este autor, el primero es el narrado por Edward P. Thompson, en La formación de la clase obre- ra inglesa, se trata del simple acto de constitución de la Sociedad de Correspondencia en 1792, en Londres, en la taberna de La Campana, en Exeter Street, fundada por nueve trabajadores: Thomas Hardy y sus amigos «bienintencionados, juiciosos y laboriosos» que, entre el humo de las pipas y el entrechocar de las jarras de cerveza, compar- tían la convicción de que toda persona adulta en posesión de la razón, tenía el derecho, como cualquier otro, de elegir a sus representantes al Parlamento.
¿Tenemos derecho nosotros, hombres de oficio, tenderos y tra- bajadores manuales a conseguir una reforma parlamentaria que permita a toda persona adulta, en posesión de sus facultades mentales, y que no esté incapacitada por delitos, tener derecho de votar para escoger a miembros del parlamento?34
Después de un prolongado debate decidieron que tenían derecho. Nada de esto parece demasiado inusual visto desde nuestra perspecti- va actual. Sin embargo, dice Rancière, es la herejía del movimiento social y democrático moderno la que se estaba declarando. La ruptura de las referencias simbólicas del orden político se produce al mismo tiempo que se constituye este nuevo sujeto social, que como sabe- mos, será conocido como el cartismo, antecedente fundamental de la organización política de la clase trabajadora en Inglaterra y referente de la lucha por la universalidad del sufragio y la dignidad humana en la relación de trabajo.
Esa ruptura se explica por tres proposiciones fundamentales: en primer lugar, la igualdad: un hombre cuenta tanto como otro, el orden de los seres hablantes es exclusivo de toda exclusión, dada la igual- dad de cualquiera con cualquiera. En segundo lugar, la ilimitación del número de miembros de la «Sociedad» recién constituida. Es pura negación de la exclusión. En tercer lugar, el medio adoptado, la for- ma de la palabra y el vínculo elegido, la correspondencia para comu- nicar y multiplicar el reclamo, dirigida a cualquiera, que establece la comunidad entre los presentes y los ausentes. Un nuevo sujeto enton- ces, que al constituirse altera, dadas su igualdad e ilimitación, el or- den de los repartos de lo común y de lo propio, planteando la parte litigiosa de los que no tienen parte (1993: 113-114). Y debemos agre- gar, por último pero en absoluto menos importante, que lo hace en la forma del discurso que exige derechos.
Otro ejemplo que nos propone Rancière de los orígenes del «mo- vimiento democrático y social moderno», esta vez en su vertiente fe-
34 Esta versión de la célebre introducción de E. P. Thompson a su Historia de la Clase
Obrera en Inglaterra, la tomamos del libro de Herrera Flores, El proceso cultural. Ma- teriales para la creatividad humana, 2005, p. 29.4
minista, es el de Olympe de Gouges y sus compañeras.35 Luchaban,
en plena revolución francesa y disolución del orden monárquico ab- solutista, contra la tendencia patriarcal que las confinaba al espacio privado doméstico, de cuidado de los maridos y los hijos. En el anti- guo régimen, las mujeres estaban excluidas de todos los derechos. El título de «ciudadano» era privativo de los varones de las clases adine- radas. Las mujeres, las niñas y niños y los sirvientes, se identificaban por su pertenencia a la familia de un ciudadano.
Una vez producida la revolución, en la que las mujeres tuvieron un protagonismo importante en los acontecimientos de movilización popular, pelearon por la abolición de la esclavitud, por la inclusión de las mujeres en los procesos de decisión políticos, por el derecho al divorcio que posibilitara salidas decentes a las uniones insatisfacto- rias entre mujeres y hombres, y por los derechos de los niños.
Su obra más conocida es la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana, redactada por Olympe, reverso crítico de la célebre Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, en el que se exige el reconocimiento de la situación específica de las mujeres en el nuevo orden republicano, su derecho a la propiedad de sí mismas y a la búsqueda de su felicidad, a la igual garantía de los derechos de las mujeres solteras, e incluso el derecho de resistencia femenino contra la opresión patriarcal.
35 La Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, aprobada hace 220 años
en plena efervescencia revolucionaria en Francia, llevó a la francesa Olympe De Gouges a redactar la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana, al considerar que la primera excluía a las mujeres. «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos». Este enunciado, que encabeza el texto redactado por De Gouges en 1791, resume en gran medida las nacientes ideas y luchas de las mujeres durante la Revolu- ción de 1789. Es una réplica al primer enunciado de la Carta de 1789, que consagra los principios de igualdad de todos los varones y sus derechos políticos. Olympe de Gouges nació el 7 de mayo de 1748, y al quedar viuda en 1765, se dedicó a la literatura. Fue actriz y dramaturga. Esta apasionada activista que abrazó la causa de la Revolución, y que defendió los derechos de las mujeres, no dudó en hacer públicas sus diferencias con muchos de los actos de los jacobinos en el poder. Rechazada y calumniada, su osadía de criticar abiertamente el carácter patriarcal de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, constituyó el primer peldaño a la guillotina en 1793. Ver De Gouges, Olympe, Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana. En: www.cimacnoticias.com. Consulta: 31 de julio de 2007.
Su muerte fue premonitoria. El célebre artículo X de la Declaración
de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, dice claramente: «la mujer tiene derecho de subir al patíbulo; igualmente debe tener el dere- cho de subir a la tribuna». Más allá del trágico destino de Olympe, este silogismo muestra que la oposición de la vida desnuda al poder, es ella misma, dice Rancière, en tanto expresión del desacuerdo, politizable.36
Aquí se muestra el reverso simétrico a la estructura de la excepción soberana de Agamben, se trata de un caso límite que sin embargo se produce desde la irrupción de una vida desnuda que lucha por el reco- nocimiento de su especificidad, de su corporalidad en situación.
La reivindicación de pertenencia a la esfera pública de las mujeres, irrumpe distorsionando la relación entre vida desnuda y ciudadanía, ya que las mujeres fueron excluidas de los derechos del ciudadano en nom- bre de la división entre la esfera pública y la privada: Olympe de Gouges da vuelta el argumento basándose en la tesis, no exenta de crítica iro- nía, que hace del castigo un «derecho» del culpable: si las mujeres «tienenel derecho de subir al cadalso», si un poder revolucionario pue- de condenarlas a morir, «es porque su vida desnuda misma es política. La igualdad de la sentencia de muerte revoca la evidencia de la distin- ción entre vida doméstica y vida política» (2006: 88).