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6.2 Using*Secondary*Data*

6.3.1 Data+and+sampling+

La otra manera de expropiar a los yos morales su capacidad moral es casi exactamente lo opuesto de lo primero. Si bien la socializa­ ción anticipa el Estado futuro, y lo supervisa y reinterpreta con­

forme avanza, la sociabilidad no tiene dirección ni sentido. Si la socialización se traza en el tiempo —siempre dirigida a un tiempo por venir—, la sociabilidad vive totalmente en el presente, al mar­ gen de la duración que tengan las formas que origina. Si la sociali­ zación es un proceso acumulativo — depende de los logros del ayer para alcanzar las metas del mañana— la sociabilidad es plana, de un solo nivel; se mueve sin cambiar de lugar y recomienza a cada instante. A diferencia de la socialización, la sociabilidad no tiene biografía e interrumpe la historia, más que «hacerla». Si la socialización recorta a cada paso el número de opciones aún abiertas, las posibilidades vivas se multiplican con el surgimiento de la sociabilidad, y las muertas resucitan. En tanto que la sociali­ zación puede ser analizada, diferenciada en etapas y acciones constitutivas, en desempeños parciales y funciones complementa­ rias, la sociabilidad está cortada como un solo bloque y únicamen­ te puede existir en su totalidad. Si la socialización sirve como pa­ radigma de una narrativa significativa y articulada, con un inicio, una trama y un desenlace, la sociabilidad es estruendosa al hacer erupción aunque es imposible redescribirla en su verdad original. De manera consciente, o cuando se le examina en retrospectiva, la socialización es o parece ser un medio para lograr un fin. La socia­ bilidad no tiene objetivo, y no es instrumento de nada salvo de sí; ésta es, quizá, la razón por la que la sociabilidad sólo vive a saltos y trompicones, en espasmos y explosiones; alcanza su fin al momen­ to de hacer erupción.

La diferencia más notoria radica entre el propósito de la socia­ lización y el desinterés de la sociabilidad. La socialización carece de significado con otro propósito que no sea ella misma, aunque dicho propósito le da vida en cada paso que da. Es la presencia del propósito —construcción o protección de cierto orden, que abar­ ca ciertas situaciones— lo que le permite a la socialización ser un proceso calculado, comparar el valor relativo de los pasos que deberán o no darse, comparar ganancias y pérdidas, distinguir entre el éxito y el fracaso, sumar el «valor del dinero», calificar la

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eficiencia del desempeño. No hay, empero, parámetros para medir y evaluar las manifestaciones de sociabilidad, ya que no pretende lograr nada y sus costos sólo pueden evaluarse una vez que termi­ na, en tanto que las ganancias se disipan en cuanto la explosión de sociabilidad se agota. Como la sociabilidad no puede pensarse en términos de medios y fines, no pertenece —según los estándares de Weber— a la familia de acciones racionales.

La sociabilidad —esa estructuración contraestructural— más bien podría considerarse un fenómeno estético : desinteresado, sin un propósito específico y autotélico (esto es, como su propio fin). Su único modo de ser es la sincronización momentánea de senti­ mientos. Se comparten los sentimientos, pero an tes de ser articula­ dos y en vez d e definirse; en sí, com partir es fundamental entre los sentimientos compartidos, el más arrollador, el que supera a todos los demás, el que no deja espacio ni tiempo para el escrutinio de otros sentimientos. El posible camino tortuoso de la coordinación de afectos, que serpentean sin fin a través de la agonía del escruti­ nio propio, la ineptitud de expresión, la carencia de palabras, se corta de tajo. No hay necesidad de prolegómenos: se comparte aquí, ahora y al instante. Antes el camino del Uno al Otro era largo, pero ahora ya no hay distancia; no hay resquicios ni agujeros en el universo del «nosotros», ese «nosotros» que no es sino el plural de «yo»; tampoco hay necesidad de construir puentes.

¿Proximidad? Tal vez, pero de un tipo muy distinto del que encontramos en el «grupo m ora l de dos». Sí, al igual que la proxi­ midad moral, ésta no conoce de derechos, obligaciones, contratos ni títulos legales. Tal como la proximidad moral, no admite espa­ cio para el razonamiento y no comprendería exigencias para ex­ plicarse y disculparse. Asimismo, como la proximidad moral, esta proximidad de fusión emocional se da «antes» del ser: antes de conocimiento, argumento, acuerdo o consenso alguno. Pero hasta aquí la similitud. La proximidad moral era la cercanía del Rostro. Esta, la proximidad estética, es la cercanía con la multitud, y mul­ titud significa anonimato.

ÉTICA POSMODERNA

El Rostro es la otredad del Otro, y la moralidad es la responsa­ bilidad de esa otredad. La multitud es la asfixia de la otredad, la abolición de la diferencia, la extinción de la otredad en el Otro. La responsabilidad moral se nutre de la diferencia; la multitud vive de la similitud. La multitud suspende y hace a un lado a la sociedad con sus estructuras, clasificaciones, categorías y papeles. Pero tam­ bién elimina, por un tiempo, la moralidad. Estar en la multitud no es estar para; es estar con, y quizá ni siquiera esto, sino estar en.

Superar la distancia —mejor aún, no permitir que la proximi­ dad se disipe en distancia— es una lucha cuesta arriba, la prueba sin fin del yo moral. La multitud borra la distancia sin esfuerzo y de manera instantánea. Como dijo Elias Canetti, en un solo acto de descarga.

El acontecimiento más importante en la multitud es la descarga. Antes de esto, la multitud no existe; es la descarga lo que la crea. Éste es el mo­ mento cuando todos los que pertenecen a la multitud se deshacen de sus diferencias y se sienten iguales.

Un hombre se pone de pie sin ayuda en un punto seguro y bien de­ finido, y su gesto afirma su derecho de mantener a los otros a la distan­ cia [...]. Toda la vida, tal como la ha conocido, está trazada en distancias: la casa donde se encierra junto con sus posesiones; el puesto que ocupa, el rango que desea, todo ello sirve para crear distancias, confirmarlas y extenderlas [...]. Ningún hombre puede acercarse a otro ni alcanzar su altura [...].

Sólo juntos pueden los hombres liberarse de su carga de distancia y esto, precisamente, es lo que sucede en una multitud [...] a lo que sigue una inmensa sensación de alivio. Es a causa de este bendito momento, cuando nadie es más grande o mejor que otro, que las personas se con­ vierten en multitud17.

La sociabilidad instantánea de la multitud es una contraes­ tructura a la estructura de la socialización. En un momento glorio­ so de «descarga», anula años —tal vez incluso siglos— de pacien­ te labor. Como carece de estructura propia, rumia los restos de la

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estructura que recién explotó, la única estructura que conoce la «sociedad». La estructura y la historia se unen, y unidas desapare­ cen, y la multitud no tiene historia, únicamente un «presente que se vive de manera colectiva»18. Una vez reunida, la multitud ha al­ canzado todo lo que podía lograr; puede embriagarse con imáge­ nes de otro mundo, aunque no se propone esa imagen como meta, tarea o trabajo (de cualquier manera, en tanto multitud, no es ca­ paz de «hacer trabajo» alguno). Por ello, cancela su propio futuro. Tal circunstancia sólo se agrega a la maldición congènita de la multitud: su innata fragilidad. Pensándolo bien, quizá no sea una maldición, pues sin lo efímero, sin olvidar el pasado y sacudirse el futuro, sin extemporalizar el momento presente, la gran simplifi­ cación —la mayor seducción de la multitud— no sería posible. No obstante, la multitud es frágil y efímera: sus momentos de glo­ ria son pasajeros. La estructura queda suspendida, no se desman­ tela. La multitud es un alto en la estructura, pero sólo puede vol­ ver a la estructura una vez que termina el alto.

La socialización ofrecía un paso seguro al «mundo del Terce­ ro», el mundo fuera del grupo moral. La explosiva sociabilidad de la multitud ofrece otro paso, más emocionante aunque mucho menos seguro. La socialización volvió el mundo exterior habitable mediante normas y reglas que debían memorizarse y ser obede­ cidas. En el mundo, creado en un instante por la sociabilidad de la multitud, no hay normas ni reglas que constriñan; tan sólo la mano extendida que espera asir otras manos cercanas. «Todos es­ tamos en esto». Las normas diferencian; la falta de normas disuel­ ve las diferencias. En la multitud, todos somos iguales: caminamos juntos, bailamos juntos, nos golpeamos juntos, nos quemamos juntos, nos matamos juntos; «lo que importa, en última instancia, es que todos se sumerjan en ese ambiente de afecto» 19. «¿Q ué hacer?» deja de ser un prob lem a . El objetivo es inmediatamente o b v io : claro, legible en los ojos, gestos y movimientos de tod os los que nos rodean. Haz lo que los demás, no porque sea sensato, útil, hermoso o correcto, sino porque ellos lo dicen, o porque tú así lo

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piensas, pero, sobre todo, porque ellos lo hacen. Existe la posibili­ dad de aglutinar lo que hasta hace un momento separaba y alejaba provocando tanta congoja, y de lograrlo con tan sólo una mueca, un gesto, un grito.

Si bien la socialización sustituye la responsabilidad moral por la obligación de obedecer reglas de procedimiento, en la multitud nunca surge la cuestión de la responsabilidad. La multitud repre­ senta el consuelo de no tener que tomar decisiones ni padecer in- certidumbre: todo se ha decidido de antemano, incluso antes de comenzar. La socialización elimina la responsabilidad de la agen­ da de quien toma las decisiones. La sociabilidad de la multitud eli­ mina de tajo la responsabilidad, junto con la agenda y la toma de decisiones.

Por cuanto a la moralidad, los dos resultados son muy simila­ res. La heteronomía —de reglas o de multitudes— ocupa el lugar de la autonomía del yo moral. Ni estructura ni contraestructura, ni socialización de la sociedad ni sociabilidad de la multitud, tole­ ran la independencia moral. Ambas refuerzan la obediencia, y la obtienen, una por decreto, la otra por omisión. Ninguna razón —al menos no la que reclama el derecho a este nombre: razón en­ carnada en las leyes de la sociedad, sustentadas en el poder— ni la pasión que bulle en la cercanía de la multitud, ayudan al yo a ser moral; para bien o para mal, sólo lo ayudan a sobrevivir en el an­ cho y extraño mundo donde la moralidad no tiene cabida.

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