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Chapter!2 Work5Family!Theories!

5.2 Applying!Mixed!Methods!

5.3.1 Quantitative+study+design+

En una de las más subestimadas grandes obras de la antropología (o una de las más grandes entre las tristemente subestimadas obras de antropología), Victor W. Turner presenta dos formas dis­ tintas de convivialidad, de acuerdo con la moda que sugería, en­ marcaba y coordinaba la conducta de quienes estaban juntos (o a punto de estarlo).

Es como si hubiera dos «modelos» principales para la interrelación hu­ mana, yuxtapuestos y alternados. El primero es que la sociedad, en tanto sistema estructurado, diferenciado y a menudo jerárquico de posiciones políticas-legales-económicas con diferentes tipos de evaluación, separa a

los hombres en términos de «más» y «menos». El segundo... la sociedad como communitas no estructurada o tan sólo rudimentariamente estruc­ turada, y relativamente indiferenciada, una comunidad o incluso comu­ nión de individuos iguales, que se someten a la autoridad general de los ancianos encargados de los ritos.

A primera vista, la dualidad de los modelos sociales que men­ ciona Turner parecería una versión más de la distinción ideal típi­ ca entre G esellsch a ft y G em ein sch aft. Mas, a diferencia de Tón- nies, Turner sugiere no una sucesión histórica y exclusividad temporal de las dos formas, sino su coexistencia, interpenetración y alternancia, por cierto, perpetua y regular. Para diferenciar este modelo bipartito del par conceptual banalizado en el folklore científico social, Turner propone hablar de so cieta s y com m un itas. La segunda, según su parecer, se presenta regularmente de mane­ ra abierta, incluso en una sociedad firmemente estructurada, cuando un individuo o un grupo pasan, o son transportados, de un sitio de la estructura social a otro (la esencia del argumento de Turner, desarrollado a partir de su análisis de los rites d e passage, es que no hay una manera directa que lleve de un lugar socialmen­ te definido en la estructura social a otro; los viajeros deben prime­ ro pasar por la com m un itas, que, en términos de la so cieta s es un limbo, un vacío, una nada). Turner articuló en ocasiones la oposi­ ción de manera diferente, como de «estructura contra antiestruc­ tura»: la condición de co m m u n ita s es disipación, suspensión o cancelación temporal de los acuerdos estructurales que sustentan la vida de la so cieta s en «tiempos normales».

Las condiciones de so cieta s y co m m u n ita s son mutuamente opuestas prácticamente desde cualquier aspecto. No obstante, al­ gunos aspectos resultan de especial relevancia para el tema que es­ tamos tratando. Si la so cieta s se caracteriza por su heterogenei­ dad, desigualdad, diferenciación de estatus, por ser un sistema de nomenclatura, la com m u n ita s está marcada por la homogeneidad, la igualdad, la ausencia de estatus, el anonimato. Este grupo de

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diferencias relacionadas tiene su reflejo simbòlico en la ostentosa oposición entre, digamos, los distintos ropajes relacionados con el estatus, por una parte, y, por la otra, ropa uniforme (o desnudez; desnudarse en público es la afirmación antiestructural más enfáti­ ca); o entre sobresimbolización y subsimbolización de las diferen­ cias sexuales; o entre el cuidado por la apariencia personal y el pa­ sarla por alto. En otras palabras, la com m u n ita s funde lo que la so cieta s intenta a toda costa forjar y solidificar. Alternativamente, la so cieta s moldea y solidifica lo que al interior de la com m u n ita s es líquido y carece de forma.

Turner explica la presencia conjunta —abierta o encubierta— de las dos condiciones de manera funcional: la breve escala de cambios de estatus en la com m u n ita s entre dos lapsos de residen­ cia estable en la s o cie ta s ...

[...] tiene el significado social de convertirlas en una especie de materia prima humana, desprovistas de una forma específica y reducidas a una condición que, si bien sigue siendo social, se encuentra fuera o por deba­ jo de todas las formas de estatus aceptadas. Esto significa que para que un individuo ascienda en la escala de estatus, debe bajar más que la esca­ la de estatus9.

Los individuos necesitan humillarse para elevarse; despojarse de parafernalia que anteriormente usaban, vinculada con el estatus, para vestir otra diferente; debido a esta necesidad, dictada princi­ palmente por los prerrequisitos de reproducción sistèmica, la pre­ sencia conjunta de los dos «estados» se vuelve funcionalmente in­ dispensable. Aun cuando no haya una intención consciente, sigue siendo necesario para el manejo de un sistema «explicar» la duali­ dad. Por ende, la posición de mando de la «estructura» sobre la «antiestructura» se reconfirma oblicuamente en la lógica de la ex­ plicación: en la explicación, la «antiestructura» aparece como la asistente de la «estructura». El que las «explicaciones» funciona­ les no sean mucho más que narrativas de dominación —domina­ ción narrada como historia— se debe a que sus suposiciones ya se

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M Á S ALLÁ DEL G RUPO M ORAL

dieron anticipadamente, y los papeles de amo y sirviente estaban asignados antes de que se iniciara el esfuerzo por explicarlo. El tema de la funcionalidad debe, por consiguiente, eliminarse del análisis de Turner, a menos que ésta sea, una vez más, confundida con un recurso.

Otro aspecto del análisis de Turner que debe repensarse y re­ visarse es la tendencia principalmente subconsciente a pensar la «antiestructura» conforme al patrón de la «estructura», tratarlo como una estructura más, una estructura con un signo de menos. Ya sea como otra realidad de la sociedad —temporalmente confi­ nada— o como parte de la sociedad, o como un modelo analítico, la antiestructura aparece como un «estado» de la realidad social. A su vez, la estructura —aun cuando sabemos que es un proceso, una actividad de autorreproducción constante y nunca totalmente repetitiva— tiende a pensarse en términos de su «objetivo»; esto es, de un estado estable, cuya estabilidad lucha por lograr y perpe­ tuar. Esta manera de pensar ha dado un vuelco al descubrimiento revolucionario de antiestructura de Turner, manifestándose como un retrato esencialmente estático de la «estructura no estructu­ ral». El precipitado de tal pensamiento inducido por la estructura también debe eliminarse de la visión teórica de Turner, si es que se utilizara en el análisis de las formas en que se logra la conviviali- dad humana cuando los impulsos morales han dejado de ser sufi­ cientes para guiar la acción.

Me parece que pensar en términos de dos p r o ce s o s sociales, más que de esta d o s de la sociedad resulta de gran ayuda; y más que pensar que uno es un «complemento funcional» del otro, es mejor pensar que cada uno es un fenómeno por su propio dere­ cho y su importancia autotélica; y que ambos procesos podrían concebirse como «datos brutos» de la condición humana, de manera que las preguntas «¿por qué?» y «¿para qué?» resultan redundantes mientras la interpretación se enfoca en la manera como funciona cada proceso y en las formas que produce en el curso del trabajo.

Los dos procesos —ambos procesos de estru ctu ra ció n , de acuerdo con el criterio de Giddens— son socialización y socia b ili­ dad. Al referirse a la metáfora del espacio social —cuya imaginería apuesta desde el inicio a que la «estructura» favorece la domina­ ción exclusiva— , podemos hablar de procesos que proceden, res­ pectivamente, «de arriba hacia abajo» y «de abajo hacia arriba». O, de manera alternativa, podemos pensar en la diferencia entre los dos procesos en términos de «m anejo» y «espontaneidad». Dicho de otra manera, podemos expresar la oposición entre sus­ tituir la moralidad por regla s d iscu rsiva s y sustituir la moralidad por la estética. La socialización —al menos en la sociedad moder­ na— pretende crear un entorno de acción formado por elecciones que pueden ser «redimidas discursivamente», esto es, que permi­ ten calcular racionalmente pérdidas y ganancias. La sociabilidad coloca la unicidad por encima de la regularidad, y lo sublime so­ bre lo racional; de ahí que generalmente resulte inhóspita a las re­ glas, complique la interpretación de la redención discursiva de reglas y cancele el significado instrumental de la acción.

Los dos procesos se contraponen y se encuentran en un estado de competencia constante; en ocasiones se desbordan en una lu­ cha abierta, aun cuando sólo el primero se encuentra abierta y cla­ ramente en un estado de guerra de agotamiento frente al segundo. Como señaló Sorel: «Existe la tendencia a sustituir la vieja feroci­ dad por la astucia, y muchos sociólogos consideran esto como un avance»10. De hecho, durante la época moderna, muchos sociólo­ gos (la mayoría), al tomar las ideas de los fuertes por ideas fuertes, y los sedimentos de la larga coerción e indoctrinación por leyes de la historia, tendieron a alinearse con los dirigentes y mostraron empatia con su preocupación respecto de los obstáculos en el ca­ mino de la armonía y el orden. Gracias a un consentimiento vir­ tualmente unánime, el futuro pertenecía a los dirigentes; el futuro debía ser una sociedad manejada. Por ende, las anomalías que no encajaban en la imagen de progreso lucharon en vano por ocupar un sitio legal dentro de la visión sociológica del mundo. Si se les

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admitía, sería únicamente en calidad —calificada a p r io r i— de delincuente.

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