Muchas veces, y sin un auténtico conocimiento de causa, por "haber leído, oído o intuido", hemos menciondo los ya famosos mapas de Piri Reis, autentificando bastante a la ligera, que se trata de una prueba irrefutable de la existencia de civilizaciones superiores anterior a la nuestra.
Estábamos convencidos, sin embargo, de que la fuente o el origen de tales "pruebas" era auténtico, ya que, con tal argumento dejamos sin habla a más de un recalcitrante "adversario dialéctico" de la oposición.
No obstante, a medida que avanzamos en nuestra insaciable búsqueda de lo ignoto, nos encontramos con el hecho desalentador de que muchos de nuestros argumentos deben quedarse arrumbados en la cuneta, por inservibles, desfasados, anticuados o carentes de consistencia.
Y decimos esto, sin entretenemos mucho en especificar lo que hemos ido desechando, para revalorizar más, si cabe, los mapas que ahora volvemos a traer a colación, o sea los del Almirante turco Piri Reis, que empiezan a tener un valor "protohistórico" mucho mayor que cuando fueron estudiados en la década de los años 50 por Arlington H. Mallery y Mr. I. Walters, del Servicio Hidrográfico de la U.S. Navy.
Ahora hemos tenido ocasión de leer los trabajos que sobre estos mapas fantásticos y otros realizó el Profesor Charles H. Hapgood, de la Universidad de New Hampshire, publicado con el nombre de "Maps of the ancien Sea Kings", y, aunque nos consta que la temática ha sido ya ampliamente divulgada, hemos hallado facetas nuevas, importantes e incontrovertibles, lo que determina claramente que, en la antigüedad,
1.0 existieron unos geógrafos con técnicas similares o superiores a las nuestras actuales, y 2.0 que la Atlántida existió, tal y como aparece en dichos mapas.
Nunca habíamos hecho excesiva fuerza en los argumentos "arqueológicos" de los mencionados portulanos, porque, a decir verdad, la " Antilia" que en el Mapa de Piri Reis aparece entre Sudamérica y Africa no "encajaba" en el general concepto atlantídeo, que suponen la tierra de Poseidón al oeste de las Columnas de Hércules, y los restos del desaparecido continente eran las islas de Cabo Verde y no las Afortunadas, o sea las Islas Canarias.
Tampoco se dio la importancia que merecía al Mapa del padre Kircher (Siglo XVII), en el que se decía "Lugar donde se hallaba la isla de la Atlántida, ahora sumergida en el mar", porque, entre otras cosas disparatadas, Africa y España aparecen en el lugar correspondiente a América y ésta se halla en donde están aquéllas, ¡como si al mapa se le hubiera dado la vuelta, y el Norte fuese el Sur!
Nadie duda ya de que el misterio quedó resuelto gracias al Profesor Charles H. Hapgood y a su equipo, después de haber cambiado impresiones con Arlington H. Mallery, que fue el primero en estudiar los mapas hallados en el Museo Topkapi, por Malil Edhem, en 1929.
La historia, que ya es sobradamente conocida, parte del año 1513, cuando Piri Reis confeccionó el mapa, copiando de otros mapas más antiguos, y lo hizo con tanta exactitud, a veces, que desconcertó a los investigadores. En otras partes, sin embargo, Piri Reis cometió errores de bulto, que también fueron descubiertos por Hapgood, comparándolos con otros portulanos, como el de Dulcert, así como estudió al gran especialista Nordenskjold y, ¿cómo no? , al famoso geógrafo de Alejandría, Eratóstenes.
La tarea de Hapgood no fue, ciertamente, fácil. Duró años de intensa investigación, meticuloso cálculo y comprobaciones infinitas, como sólo un concienzudo norteamericano podía hacer, Pero su trabajo no puede ser más revelador y definitivo: alguien, en una remota antigüedad, era capaz de realizar mapas geográficos utilizando nada menos que la trigonometría esférica.
El propio Charles H. Hapgood escribió a este respecto: "Este mapa es una prueba de la existencia, en tiempos muy remotos, de una civilización mundial en la cual los cartógrafos trazan sus mapas del mundo con el mismo nivel de tecnología que nosotros".
La historia de la investigación de Charles H. Hapgood es el símbolo de la obstinación incansable de quien, creyéndose en posesión de la verdad, pugna, lucha y se debate para lograr su demostración irrefutable y que no superviva la más mínima duda. Necesitaríamos, no obstante, repetir paso por paso todos los movimientos y actos de Hapgood para llegar a esta demostración, y ésa no es tarea nuestra, primero porque ya lo hizo él en el libro que hemos comentado y segundo que necesitaríamos varios años y un libro mayor que éste.
Pero la investigación se ha realizado en New Hampshire y los resultados los podemos exponer aquí de modo extractado, reduciéndolo todo a una simple frase categórica y definitiva: Hace muchos años, tres, cinco o veinte mil años antes de Jesucristo, ¡ya que no ha sido posible precisar exactamente cuándo!, hubieron unos navegantes o geógrafos que trazaron mapas muy precisos de nuestro mundo.
Si nos centramos particularmente al detalle de la Antártida, que aparece diferente en el mapa de Piri Reis a como la han situado nuestros geógrafos contemporáneos, se ha podido demostrar, ¡también de modo irrefutable! que los antiguos cartógrafos conocieron aquellas tierras cuando estaban desprovistas de la masa de hielo que ahora las cubre. Y esto podría, y de hecho nos lleva a considerar que los mapas se trazaron antes de la última glaciación, supuestamente ocurrida hace más de diez mil años. Pero nos meteríamos en un atolladero sin salida y daríamos pie a interminables discusiones que nos apartarían del meollo de la cuestión, y no es ese nuestro propósito.
Aquí sólo queremos remarcar un hecho sobresaliente: muchísimo antes de los grandes descubrimientos geográficos de Cristóbal Colón, Magallanes, Vasco de Gama, los vikingos, antes que los fenicios o los griegos surcaran los mares, ¡antes incluso de lo que consideramos como prehistoria!, hubieron hombres que surcaban los mares por todos sus confines.
Esto es lo que Charles H. Hapgood considera como cierto, incuestionable y auténtico. Y de aquí hemos de partir, habida cuenta de que, ante los hechos irrecusables y fehacientes, sólo nos queda la aceptación e iniciar una revisión de la Historia, aunque a muchos conservadores o racionalistas les parezca un sacrilegio.
Mucho hemos hablado, en hipótesis casi siempre, de las posibles civilizaciones técnicas superiores. Hemos visto, aquí y allá, pruebas innegables de que hubieron hombres, seres humanos, que construyeron edificios impresionantes. Se nos ha dicho que Catal Hüyuk, en la actual Turquía, tiene más de 10.000 años, como también se nos dijo, no hace mucho, que Sumer fue creada hace 7.000 años, y los hay que están empecinados en que las Pirámides de Gizeh se construyeron 2.700 años antes de J.C. (aunque otros han dilatado algo más las fechas, remontándolas a 4.800 años antes de J.C.).
Nosotros suponemos que el hombre se hizo "civilizado", no en una fecha determinada, sino cuando se despertó su conciencia sedentaria y renunció al nomadismo de recolector de frutos y cazador de animales, ya porque viese así un modo de superar las dificultades de su azarosa y cruel existencia, o porque alguien le aconsejó establecerse, cultivar la tierra, domesticar el ganado y construirse un techo. En aquel instante, que bien pudo ser un período de bastantes miles de años, el hombre salió de la animalidad migratoria y se transformó en "civilizado", ya que "ciudad" y "civilización" tienen la misma raíz, y el término más reciente es el vocablo latino "civis", aunque otros filólogos van más allá y relacionan "ciudad" con la palabra griega "keitai", que significa estar acostado.
Existen, además, enconadas dialécticas y controversias que persiguen la finalidad de demostrar que determinadas regiones son más antiguas que otras, buscando, sin quizás, que se reconozcan los méritos de determinados sitios de ser la cuna de la civilización, como si esto fuera un galardón o un trofeo que todos quieren exhibir.
La Arqueología que era una ciencia retribuida por los Museos de la especialidad, trató de hallar pruebas "irrefutables" de que este o aquel esforzado y sufrido buscador de vestigios antiguos había encontrado el "habitat" más remoto. Ello daba gran prestigio al Museo patrocinador y, de rebote, atesoraban fortunas gracias al taquillaje de los visitantes, ya que merece más la pena visitar el Museo del Louvre que el de Villa- no-sé-qué, donde sólo se exhibe un dudoso capitel romano que puede ser imitación.
Pero en la pugna sobre los pueblos primitivos, su antigüedad, origen y hasta tránsito del pitecántropo en "homo sapiens", se ha creado otra ciencia, la Paleontología, que ha dejado en mantillas, en cuanto a contar el pasado, no en años histórico-arqueológicos, sino en épocas arqueológicas de concepto geológico. Y así, los paleontólogos, por el lugar y aspecto geológico del terreno, han llamado a sus hallazgos como precámbrico, paleozoico, mesozoico, cenozoico o pleistocénico, a lo que los esforzados arqueólogos no podían llegar.
Y por estas causas, los líderes de las ciencias Antro-paleontológicas, en sus simposiums, congresos y asambleas, se han puesto de acuerdo en situar el origen de todo lo antiguo, basándose en esta clasificación:
En el Precámbrico o era más primitiva, se creó la Tierra. De esto hace la friolera de 4..500 millones de años.. Hace 4.000 millones se formó el mar primitivo, donde empezó a crearse la vida en forma de algas unicelulares y bacterias. Tres mil millones de años
después, o sea hace mil millones de años, surgen, nadie explica muy bien cómo, los primeros animales que respiran oxígeno.
Llegamos así al período Paleozoico, que va desde los 1.000 hasta los 400 millones de años, y es cuando se desarrollan todos esos organismos multicelulares, peces, anfibios, reptiles, insectos, etc.
En el Mesozoico, aparecen los dinosaurios y las aves. Luego, sin explicación lógica, aparecen los mamíferos. y llegamos al Cenozoico, o sea hace unos 80 millones de años, donde surgen los prosimios o primates primitivos, que se desarrollan saltando entre las ramas de los árboles.
Como se puede apreciar a simple vista, los sabios del estudio de la más remota antigüedad, no se quebraron mucho la cabeza en las eras precámbricas, paleozoicas, mesozoicas o cenozoicas, porque allí había campo más que suficiente para contar los años por millones o por miles de millones. La Ciencia hizo un estudio lógico y lo apoyó en teorías más o menos rebuscadas, de tipo geológico.
Pero la discusión surge cuando paleontólogo! y arqueólogos se encuentran en eras posteriores, como en el Pleistoceno inferior, al que los arqueólogos llaman Paleolítico inferior, o sea el "período más antiguo de la Edad de Piedra Antigua". ¿Nos siguen aún o empiezan a sentirse aturdidos?
Aquí empieza la Historia, con mayúscula. Hay quien afirma que esto sucedió hace dos millones de años y fue en Africa donde los primeros "homínidos" -¡que ni siquiera son hombres como nosotros!- crearon sus primeras herramientas de piedra.
Desde que se formó La Tierra, sin discusión de ninguna especie, hasta ese Paleolítico- Pleistoceno inferior, habían transcurrido 4.498 millones de años que debieron ser de una paz idilica, paradisíaca, bucólica o "celestial". Con la primera herramienta, un hacha de silex, ¡para atacar!, se armó la guerra.
¡Guerra que todavía continúa, aunque se haya vuelto más sofisticada, sutil y mortífera! La Ciencia nos dice que hace 800 millones de años surgió la primera célula. Hace sólo 800 mil años, el hombre aprendió a controlar el fuego y 80 mil años antes de J.C., a juzgar por vestigios funerarios, se supone que el hombre empezó a creer en la supervivencia del alma. Luego, los acontecimientos se precipitan. Hace 250 mil años surge en Europa el Hombre de Neanderthal y 210 mil años después, el de Cro-Magnon.
Por ahora, Catal Hüyuk, con 10.000 años de antigüedad, parece ser la población más antigua actualmente rescatada del subsuelo prehistórico por el infatigable, misterioso y enigmático James Mellaart, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres, que goza fama de ser una especie de zahorí arqueológico, y que la emprendió, en 1957, con una meseta en Anatolia, donde halló una "civilización perdida", con dos niveles distintos y separados por un considerable período de tiempo. Hacia el 7.000 antes de J.C., de una primitiva aldea agrícola, y un segundo período, de hacia 5.700 años antes de J.C., donde la primitiva aldea había alcanzado un mayor desarrollo.
¿Y en el resto del mundo? ¿Y en el fondo de los mares, que cubren las tres cuartas partes de La Tierra, y que si mucha parte de nuestro suelo estuvo otrora cubierto por las aguas lógico es suponer que mucho lecho submarino pudo estar al aire libre? Catal Hüyuk, Jericó, Sumer, Babilonia, Acad, Biblos, Troya, etc., en el Viejo Mundo, y Tiahuanaco, Machu- Pichu, Chichén-Itzá, Uxmal, Palenque, Teotihuacan, etc. en el Nuevo mundo, prueban sólo una cosa: sea cierto o no que esas poblaciones cobijaron al hombre en las fechas que suponen los arqueólogos, la verdad es que no fueron las únicas, ¡aunque sí lo sean las que hemos encontrado!, y confirman que, de seguirse buscando, aparecerán muchas más,
anteriores y posteriores a las halladas, y se dilatará el período prehistórico hasta fechas todavía no admitidas.
Parece existir como una barrera periódica que se sitúa en los 12.000 años. ¿Se han fijado? Por antiguas que sean las poblaciones o "habitat" descubiertos, nadie las remonta a más de esa fecha crítica, como si en aquella época se hubiera detenido el retroceso del tiempo, ¡O hubiese acaecido algo capaz de borrar todo vestigio anterior!
Los Mapas de Piri Reis, cuyo origen se supone muy anterior, son restos "recompuestos" de ese pasado ignoto situado más allá de la barrera de los 12.000 años. ¡Y las Pirámides dé Gizeh también han sobrevivido al obstáculo cíclico, pese a quien se obstina en darle 4.800 años antes de J.C.!
Ahora bien, son muchos los autores clásicos, las leyendas, mitos, escrituras sagradas, incluyendo el Génesis, que hablan de un Diluvio Universal y que pudo tener lugar allá por los tiempos que nosotros situamos en 10.500 antes de J.C., como si entonces hubiera ocurrido algo catastrófico y de una gran magnitud que sacudiera el suelo, elevase las aguas, hundiera continentes enteros y hasta elevase el Himalaya y los Andes a las alturas en que ahora se encuentran. ¿O no?
Es por todo lo expuesto hasta ahora que consideramos los Mapas de Piri Reis como la prueba "irrefutable" de la existencia de una civilización técnica superior... O, en su defecto, que hubo alguien, en alguna parte de nuestro mundo, que sabía tanto como nosotros sabemos ahora de geografía.
Y la otra prueba irrefutable, en base a lo cual fundamentamos nuestra tesis, es que, por idéntica razón, también hubo alguien que sabía de geometría tanto o más de lo que nosotros sabemos, aunque no descartamos en absoluto que ahora haya alguien que sepa todavía más de lo que la Ciencia oficial está dispuesta a reconocer, porque una cosa es lo que se enseña en colegios y universidades y otra muy distinta es lo que algunos hombres saben y que sólo divulgan dentro de una élite muy reducida, como si el saber mucho fuese un especialísimo secreto de estado.
Y no hablamos a humo de pajas.
Ya apuntamos, al iniciar esta obra, que los años pudieron tener en otro tiempo menos días que ahora. Señalamos que pudo haber un tiempo en que nuestro planeta giraba en tomo al Sol en 360 días y que de ahí, al aplicar el movimiento astronómico de La Tierra a la ciencia geométrica-astrológica, la circunferencia, que es el principal símbolo de la Geometría, se dividiera en 360 grados.
Examinemos la cuestión, cuya simpleza es notoria.
Parece ser que fue Fidón de Argos, VII siglos antes de J.C. quien introdujo el calendario de 365 días, al comienzo del período llamado por los griegos Historikon. Antes, y de acuerdo con los persas, existía el calendario de 360 días.
¿Imaginan a los persas de aquellos tiempos, mucho antes de Beroso, y tal vez de Zoroastro, contemplando en sus tablillas el punto cero (La Tierra) y la elíptica solar, que ellos imaginaban circular?
Es igual que hacemos nosotros cuando tenemos delante un papel, donde hemos trazado un círculo con ayuda del compás. ¿Giraba La Tierra en tomo al Sol o era éste el que giraba en torno a La Tierra? Pese a los subterfugios dialécticos de los ptolomeicos y a los sinuosos propósitos de San Agustín de Hipona, los persas sabían muy bien que era La Tierra la que giraba alrededor del Sol y se habían explicado los equinocios y solsticios, por lo cual dividieron la circunferencia en cuatro partes, ira que las estaciones son la mayor evidencia de esta traslación, ahora también irrefutable!
El círculo y la cruz daría qué pensar a los astrólogos persas. Sabemos que la inteligencia estaba ya muy desarrollada cuando aquellos filósofos establecieron la doctrina gnóstica. Pero, por si no fuese esto prueba suficiente, ahí tenemos a la Arqueología que, indirectamente, nos está facilitando datos de sobras para apoyar nuestros asertos.
Para bien o para mal, un científico ruso, nacido en Vitebsk,en 1895, y que colaboró con Albert Einstein en la publicación "Scripta Universitatis", escribió un libro titulado "mundos en colisión", donde sustenta la teoría de que el planeta Venus se "incrustó" en la órbita que hoy ocupa, no sin causar un gran tastorno a nuestro planeta.
La catástrofe, sin embargo, la sitúa Velikovsky allá por el siglo VII antes de J.C., y no coincide, pues, con las fechas de Platón sobre el hundimiento de la Atlántida, aunque... ¡Vaya usted a saber dónde está la fecha exacta!
Velikovsky asegura que las catástrofes producidas por Venus, que antes era un enorme cometa, tal vez procedente de Júpiter, hicieron desviarse a Marte y que el "intruso" llegó a rozar incluso a nuestro mundo.
Añade el sabio ruso que los acercamientos entre Venus y La Tierra se repitieron en varias ocasiones y en uno de ellos la Tierra invirtió completamente su eje polar, de suerte que el Sol salió por occidente y se ocultó por oriente... ¡Y hasta el año, que entonces tenía 360 días, pasó a tener 365 días y 1/4!
¿Verdad que se hace difícil creer a Velikovsky?
Y, sin embargo, de ser cierto lo que él explicó, encajarían muchos misterios del pasado que ahora andan por ahí, manga con hombro, desconcertando á tirios y troyanos y sirviendo de pretexto para que todos los que apetecen del "maná" histórico, metan su cuchara en el río revuelto de los mitos, las leyendas, las tablillas sumerias, el Génesis, el Popol Vuh y hasta en los libros védicos que ya empiezan a traducirse en nuestras lenguas, ¡por si fuese pequeño el embrollo!
Desconcierta el pensar que, después de Ptolomeo y el geocentrismo, razón y causa de tanta persecución medieval, en el año 1900, unos pescadores de esponjas del Dodecaneso, extrajeran una máquina de bronce de un lugar submarino próximo a la isla de Antikythera, y que en 1955, De Solla Price pudiera dictaminar que se trataba de un instrumento astronómico, similar a un astrolabio, por el que se podían seguir los movimientos de los planetas y del Sol.
Sin querer ahondar mucho en esta cuestión, que echa un barril de agua fría sobre muchos conceptos ridículos de nuestra historia más reciente, diremos que se comprobó perfectamente su procedencia, por haber sido hallado en una galera que se hundió alrededor