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3.3 Data collection and descriptive analysis

3.3.1 Data collection procedure

Durante el regreso a casa, Gael, que conduce él mismo su propio coche, habla sin parar. Su monólogo parece nervioso, sin sentido, nunca le había visto así. Era un hombre prudente y de dialogo comedido, parecía atender a todo, escuchaba, observaba cada aspecto que le rodeaba, pero hoy noto cierta tensión nerviosa después de la última declaración de mi abuela. Era como si evitara recibir alguna pregunta comprometedora, como eludiéndola, ocultándose tras ese parloteo desmedido.

Me mantengo callada durante todo el viaje, por supuesto mi cabeza no actúa como mi boca discreta. Los pensamientos se agolpan con infinidad de preguntas; «¿Llegó a tener Elena a ese bebé?; ¿tienes un hermano mayor?; ¿qué fue de él? ».

Sabiendo que algún día tendría las respuestas a todas estas cuestiones, no tengo más remedio que esperar.

Nos desviamos de la carretera convencional, seguimos el camino que llega hasta su casa y traspasamos la enorme verja que acota la entrada. Bordeamos el estanque, paramos frente a la señorial entrada momento en el que la enfermera personal de mi abuela sale a recibirnos.

Desciendo del coche y abro la puerta delantera, donde siempre va sentada ella. Gael ya tiene preparada su silla y, con un movimiento delicado, aposenta el frágil cuerpecillo de Rebecca que, temerosa de sus fuerzas, agarra la muñeca de Gael asegurándose en el desplazamiento, buscando un punto de apoyo para ayudar a sus ya limitados movimientos.

Lo sorprendente llega tras ser colocada en la silla. Rebecca no suelta su mano, al revés, parece acercarlo hacia ella. Él, obligado por el gesto, arrima su cabeza y la posiciona paralela a su boca.

—Hijo…, cuéntame qué fue de ese niño.

Mi abuela habla poco, parece dejar sus pocas energías para ese juicio que le está desgastando poquito a poco. Pero hoy necesita una explicación a una pregunta que seguramente le habrá inquietado durante años.

Gael se incorpora realizando una mueca dubitativa con su rostro, aprieta sus labios y encoje sus cejas.

Rebecca le mira desde su silla, incluso también su cara exige una pronta respuesta.

Yo me mantengo al margen observando la tensión que se ha producido entre ambos. Aunque espero con ansiedad que recule en su decisión de no desvelar nada hasta finalizar el juicio. Creo que mi abuela se merece una aclaración a cualquier cuestión que le angustie, además, conociendo el talante de Gael pienso que le complacerá de la mejor forma posible.

—Loren —habla con la enfermera—, trae una manta para Rebecca, vamos a dar un paseo —termina diciendo.

—Enseguida señor —contesta mientras desaparece por la puerta en busca del encargo.

cariñosamente cubro sus costados para que la humedad del atardecer quede apartada de su endeble cuerpecillo. Me entrelazo a uno de los largos brazos de Gael, lo rodeo atrapándolo con mis dos manos a la vez que comenzamos la caminata por el sendero que nos llevará, supongo, a resolver la cuestión de la que ansía obtener respuesta mi abuela.

Andamos despacio por el margen del camino colindante al estanque. Después de bordearlo, una bifurcación nos aparta de la vía principal. Tomamos una pintoresca ruta que nos adentra por una frondosa arboleda que el atardecer ilumina con un tenue color rojizo. Hasta nuestros oídos llega el arrullo del sonido de un pequeño riachuelo, momento en el que las ramas de los árboles se abren impresionándonos con sus vistas. Desde ese lugar se aprecia en la lejanía su magnífica casa, el gran ventanal tras el que escribe. Panorámica que no se pierde aun sentándonos en el banco de madera con el que nos encontramos. Nos acomodamos en él.

Gael carraspea preparando su voz para hablar:

—Hacía tiempo que Rebecca ya no estaba en Dresden, ni vivió el nacimiento del pequeño Alfred. Los años pasaron y Alemania era evidente que perdía la guerra. Esa noche, la madrugada del año mil novecientos cuarenta y cinco, cercanas a la fortaleza cayeron las primeras bombas. Mi madre, alarmada, pensó que el objetivo sería esa exitosa fábrica que buscaban con afán los aliados. Su marido, entregado a la fanática causa nazi, obligó a todos a permanecer en los subterráneos, morirían por su país sin desvelar el secreto que escondía la poderosa “máquina enigma”. Pero Elena no dejaría que su pequeño fuera un mártir de aquello y, a hurtadillas, sacó a su hijo de aquel lugar. Bernard no dudó en jugarse su propia vida y, desobedeciendo órdenes superiores que le obligaban a continuar allí, consiguió sustraer uno de los coches oficiales y salvar al crío de una situación fatal.

Al final de la noche ninguna de las bombas dañó la “fortaleza Dresden” y sin embargo, la ciudad quedó desbastada. Habiendo salvado su vida, temió por el horrendo destino de su pequeño y el de su leal soldado Bernard. Desdichada por la decisión que tomó, nunca pudo olvidar a ese hijo al que lloró todos los días de su vida… —Se hace un breve silencio angustiante. —Pero, ¿qué fue de él? —pregunto acongojada pensando en la terrible incertidumbre de esa pobre madre. —Tras el asalto a la fortaleza, los aliados la hicieron prisionera. Elena no supo jamás el paradero de su hijo. Supuso muchas cosas, pensó que estaban escondidos, que se habían salvado ocultándose en algún refugio cercano. Para Elena el pequeño Alfred siempre estuvo vivo. —¿Y vive? —insisto por la desazón que me está causando la historia.

—Le busqué durante años, volví a la ciudad, recorrí infinidad de veces el último trayecto que mi madre me aseguró que planeó con Bernard. Hasta que un día, cuando ella aún vivía, lo descubrí. La casualidad hizo que en el trayecto que todos los años me obligué a realizar, coincidí con un individuo que observaba un lugar. Sus ojos enfocaban hacia una vieja granja abandonada. Pensé que sería propiedad de algún antepasado, ya que entre sus manos sujetaba una enorme llave que posiblemente abriría aquel caserón despoblado.

Me paré a charlar con él. Me contó que se había criado allí con sus padres, pero que tras la guerra emigraron hacia un país colindante. Siendo muy niño vivió el día en el que destruyeron la ciudad e, incluso, me relató cómo una bomba cercana cayó sobre un imponente coche oficial que en ese momento circulaba a gran velocidad por allí. Mis ojos se abrieron de par en par a la vez que mi boca quedó deshidratada. «¿Tal vez esa era la pista que llevaba años buscando?»

Sin poder ocultar la emoción le conté mi historia; la búsqueda de ese hermano desaparecido. Sorprendentemente me desveló que una pieza de ese vehículo, que quedó destrozado, podría permanecer

guardada aún en el desván. Y sin pedirlo, contagiado por mi desazón, avanzó raudo en su búsqueda. Abrió ese oscuro y polvoriento trastero, entró hacia dentro y se dirigió hacia una deteriorada estantería, estuvo minutos rebuscando: alzando cosas, apartando herramientas, abriendo cajones…, hasta que… detuvo el alboroto del registro.

—¡Aquí está! —exclamó el señor victorioso.

Entré hacia el fondo presuroso por comprobar qué era lo que ese hombre podía aportar a mi búsqueda. Y allí estaba, sujetando con una de sus manos aquel mástil pesado que lucía una rígida bandera de hierro forjado, que abanderaba una insignia conocida, una esvástica peculiar que lucía el tipo de coche que yo andaba años buscando. Lo siguiente era plantearle una pregunta que me aterraba, yo me había acostumbrado a la ausencia del hermano que nunca conocí, pero mi madre anhelaba la existencia de ese hijo al que siempre sintió. Me horrorizaba hacerle daño con mi devastador descubrimiento. —¿Recuerdas qué ocurrió con los ocupantes? Y…, sabes si… ¿había un niño? —Murieron, pero no sé decirte…, éramos pequeños y mi padre se encargó de todo. Los enterró. —¿Cerca de aquí? —pregunté acongojado. El señor levantó despacio su dedo índice y señaló una zona. Acotó el lugar de la tumba. —¡Buf!, ¿le encontraste Gael? —Tras mi pregunta detiene sus palabras, silencio que confirman mis sospechas. Aunque no sigue hablando del tema es fácil intuir que ocurrió después; búsqueda del lugar exacto, exhumación, análisis del ADN...

Queda relajado después de su relato, reposa su largo brazo por detrás de mis hombros más tranquilo, como descargado de un peso que mantenía lastrado su cuerpo. Ese momento de sosiego y silencio es alterado por los aleteos del vuelo de los pajarillos volviendo a sus nidos al anochecer.

Se levanta enérgico.

—Volvamos a casa…, se hizo tarde —dice recobrando la compostura.

Pero como siempre que me desvela algo de esta tremenda historia, quedo con ganas de más. Y aprovechando su momento de confesión le lanzo una última pregunta.

—¿Lo supo Elena? —Dudo si responderá a ésta última petición.

—No pude contárselo —exhala—. Vivía con esa esperanza que no quise apagar. Lo único que me quedó fue juntarles en su lugar favorito —su mirada queda fijada sobre el pequeño arroyo—. Se sentaba en el banco y leía alguno de mis libros, si alzaba su vista podía contemplarme a lo lejos tras el gran ventanal que desde aquí se ve. En verano, a veces sus piececillos rozaban con la orilla del riachuelo donde, a escondidas, esparcí las cenizas de mi hermano. En este sitio, sin saberlo, se reencontraba con sus dos hijos. Ella creo que lo sentía, su paseo diario le atraía siempre hasta aquí, y volvía a casa sosegada. Acuesto a mi abuela nerviosa, también afectada por el relato de Gael y, para relajarla, toco mi saxo para ella. Pero…, ya no estábamos en Charleston, ni en el hotel, ya no tengo que silenciar mi música, ni

controlar la entrada del fino hilo de aire con el que sólo se escucha el traqueteo de las llaves abriéndose y cerrándose, esta vez la contundente tonalidad de este instrumento, su sonido profundo y metálico, es la melodía que nos da la calma a todos en este intenso día que ahora llega a su fin.

Tras el desahogo de mi concierto regreso al dormitorio principal. Al abrir la puerta contemplo el cuerpo desnudo de Gael frente al gran ventanal, sus brazos están estirados, abiertos en cruz, sus dedos se apoyan sobre el cristal sujetando su cuerpo, su cabeza aparece inclinada, cae hacia el suelo derrotada. Al contemplar su decaída postura corro hacia él. Me abrazo por detrás de su espalda, entrelazando mis manos por debajo de su pecho, y apoyo la mejilla sobre su espalda. Él se agarra a mis dedos, los aprieta con ímpetu contra su cuerpo mientras desolado me habla.

—Prepárate para lo peor —emana acongojado.

—Me estás asustando Gael.., ¡no me digas que Alina muere! —Me quedo sin fuerzas y aflojo mi abrazo.

CAPÍTULO XIII. Bruselas (Bélgica)