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El mismo viernes por la tarde, tras regresar al hotel después de cinco meses de estancia en su casa, varios de sus asistentes aparecen en nuestra habitación cargando con todos nuestros enseres y ropa. Volumen ampliamente duplicado comparándolo al escaso equipaje con el que viajamos desde Charleston. No pensé que este juicio tomara el camino en el que ahora nos encontramos, ni que mi abuela tuviese tanto que contar, ni que yo encontraría el amor y el consiguiente fracaso sentimental. Tras contemplar la cantidad de maletas que llenan el salón decido organizarlas. Abro todas ellas y simplemente me limito a seleccionar lo que verdaderamente voy a utilizar. Dudo si colocar en las perchas dos o más vestidos, o cuánta ropa interior meter en los cajones de las mesitas de noche. Con la desazón de no saber cuánto tiempo queda para terminar, tomo una rotunda decisión: hablaré con mi abuela este fin de semana. Buscaré el momento en el que encuentre su mente más descansada, y le preguntaré, intentaré descubrir: «¿Cuánto tiempo más nos queda?» La noche la paso angustiada, pensando en todo lo que contó: en el sufrimiento que le causó perder a los soportes más importantes en los que se había apoyado para sobrevivir en aquellas circunstancias. Cómo se topó de bruces con la realidad, descubrir que su amante era una verdadera malvada, una asesina que le arrebató de golpe varias cosas vitales: el amor que la mantenía con ganas de vivir, y a su entrañable Alina, eternamente vinculadas por el lazo desinteresado de la amistad. Hasta yo misma me siento salpicada por una doble traición, la que soportó Rebecca y aquella que he vivido directamente en mis propias carnes, al descubrir a un Gael manipulador que quería aprovecharse de nosotras y llevarnos a terreno farragoso.

Muy temprano me levanto, y aprovechando que ella aún duerme, me visto rápidamente con la intención de bajar a la cafetería del hotel. —¿Qué desea la señora? —irrumpe el camarero nada más sentarme delante de una de las mesas. —Un café sólo por favor —hablo con dificultad esforzándome a ser entendida con mi pobre francés. A la vez que mis ojos miran hacia el camarero mi vista se topa con una repisa llena de periódicos. —¿Desea que le traiga la prensa? —pregunta tras comprobar que miro hacia la colmada estantería. —Sí. Gracias —contesto escueta.

En minutos el café está servido y la mesa queda rebosante por multitud de periódicos del día, imagino que el chico al comprobar que aparezco retratada en las portadas, intuye que me interesan todos ellos.

Los titulares anuncian; “Elena nuevamente culpable”; “Escritor famoso condenado por su propia madre”; “¿Querían engañarnos a todos?”; “Nuevo testigo confirma lo que ya se sabía: Elena fue una asesina de masas”…

Con el corazón encogido, cojo uno de ellos y avanzo hojas hasta encontrar la noticia. Leo el artículo con ansiedad.

El segundo juicio del caso que juzga a la ya fallecida Elena Von Schuller, “la Tétrica Elena” como le denominaban todos los prisioneros en la “fortaleza Dresden”, sigue ofreciendo el mismo veredicto que sesenta años atrás: culpable. No hubo nada ni nadie que apoyara su defensa, por lo que fue encarcelada a la espera de juicio en la propia Alemania. Aunque meses después fue extraditada a nuestro país, cuando las autoridades belgas la reclamaron al comprobar que varios compatriotas judíos habían muerto en manos de esta despiadada criminal de guerra. Nuestra penitenciaría acogería a la única nazi de la entonces recién concluida Segunda Guerra Mundial, motivo por el que se centró sobre ella toda la atención mediática del momento.

Durante el primer juicio se presentó la declaración de varios testigos que reconocieron a Elena como la causante de la muerte de prisioneros. Uno de ellos llegó a declarar que delante de sus propios ojos y una vez que la acusada apuntó con su mano a uno de los compañeros de celda (gesto con el que seleccionaba quien moría en aquel lugar), y tras un forcejeo con sus sicarios, fue asesinado mediante un tiro en la cabeza delante de todos. Forma de morir que proclamó era común en aquel lugar. Por todo lo expuesto fue sentenciada a permanecer de por vida en una cárcel de máxima seguridad en nuestro territorio.

Pasadas dos décadas de su encarcelamiento siguió proclamando su inocencia, nunca reconoció su implicación en dichos dantescos episodios. Y tras su insistencia, el ya fallecido y recordado famoso historiador “Louis Brown”, célebre por la multitud de investigaciones sobre el régimen nazi en las que destapó las atrocidades del Doctor Josef Menguele, también conocido con el sobrenombre del “Ángel de la muerte”, se centró en su caso.

Realizó varios viajes por Alemania siguiendo las pistas a supervivientes de la terrible “fortaleza Dresden”, no sólo de aquéllos que fueron liberados por las fuerzas aliadas, el quince de febrero de mil novecientos cuarenta y cinco tras un cruento enfrentamiento en el que murió gran parte de los soldados atrincherados tras sus vastas paredes de piedra, incluyendo entre los fallecidos al comandante Alfred (máxima autoridad de aquel lugar y marido de la susodicha), sino que, tras viajar hasta Estados Unidos, consiguió, con mucha dedicación, localizar a víctimas que habían escapado de allí con vida, mucho antes del célebre asalto que rescató a esos moribundos prisioneros. No halló ninguna prueba consistente, aunque algunos datos de su investigación unidos al embarazo de Elena en prisión, le abrió a ésta una vía de escape que no dudó en utilizar para conseguir su libertad. Se creyó que “Louis Brown” fue seducido por la belleza deslumbrante de la “tétrica”. Aun contando con una edad madura, cuarenta y cuatro años, se decía de Elena que era “lucifer”, el bello ángel caído. Nuevo apodo asignado a esta mujer en los años que permaneció en la cárcel. Muchos afirmaron que sus perfectos rasgos faciales endurecidos por el paso del tiempo le otorgó aún más belleza. La fuerza de su mirada, de un azul claro intenso, era capaz de cautivar a cualquiera de los celadores que la custodiaban, hasta su elegancia embaucó a todos ellos. Trampas en las que cayeron muchos y por lo que fueron relegados de sus funciones al sucumbir enamorados a sus encantos.

Tras el nacimiento en prisión de “Gael Brown” —que más tarde se convertiría en un afamado escritor, como bien todos conocen— su padre, después de años de lucha en los juzgados de todo el país e incluso de apelar ante el Tribunal Europeo de derechos humanos, consiguió una amnistía que les sacó de prisión.

Siempre se supo de la culpabilidad de Elena aun estando en libertad.

Al niño se le intentó apartar del interés mediático que siempre causó esta historia, aunque hasta su hogareña vida dio portadas en todos los ámbitos informativos, acrecentando su fama años después tras

convertirse en uno de los escritores belgas de mayor prestigio mundial y engrosar las primeras posiciones de las listas más dispares del país: de los más atractivos, de los más ricos, de los más deseados… Su vida siguió dando de qué hablar por varios motivos; por su fracaso matrimonial con una conocida presentadora de televisión pillada infraganti en actitud cariñosa con el Vicepresidente de la Nación, Tomás Stevens, episodio que precipitó el fulminante divorcio de la pareja y la dimisión de éste, por motivos personales; y por reabrir el caso de su madre aportando a un nuevo testigo “definitivo”, palabra que utilizó para referirse a Rebecca, de la que dijo ser la única prueba viviente de la inocencia de Elena Von Schuller.

Todo apunta a que Gael, siguiendo los pasos cautivadores heredados de su madre, ha seducido a la nieta de la señora Bloon Dötzel, esa única testigo superviviente que ahora sólo reafirma lo que todos sabíamos: “Elena, fuiste una asesina”.

Me niego a seguir leyendo más y, tras apenas dar un par de sorbos al café, cierro enérgica el periódico a la vez que lo lanzo sobre la mesa donde sus endebles hojas quedan esparramadas por toda ella. Salgo de allí desquiciada, alterada y con más ganas que nunca de volver a mi añorada vida anterior, apartarme de este lugar cuanto antes.

Abro con vigor la puerta de la suite, cerrándola desmesurada tras rebasarla, sin controlar esa fuerza con la que la adrenalina te hace actuar a veces. Apoyo mi espalda derrotada sobre la pared, recostándome en ella, y lloro, sollozo sin control por la rabia acumulada. El gimoteo no pasa desapercibido para mi abuela ya despierta.

—¡Caly! —escucho su suave llamada.

Respiro profundamente intentando frenar este arranque de sentimientos contradictorios que me invade al encontrarme atrapada en un país, en una situación de la que quiero huir inmediatamente y en la que tengo que permanecer obligada por las circunstancias.

Avanzo hacia su habitación despacio, intentando recobrar la compostura a cada paso para evitar que me note invadida por esta pesadumbre.

—Mamá ¿ya despertaste? —hablo en tono acongojado sin haber tenido el tiempo necesario para aplacar el disgusto—, hace un día precioso —disimulo intentando desviar su atención hacia el ventanal por el que entra un tímido haz de luz. —Necesito que hagas algo. Intrigada, súbitamente giro mi cabeza haciendo chocar nuestros ojos (los míos continúan con aspecto llorosos). —Lo que sea preciosa… —contesto cariñosa atenta a sus indicaciones. —Habla con el juez —alzo las cejas hacia arriba, gesto que se produce inconsciente por la sorpresa de su petición—, dile que en la próxima sesión llene la sala. Quiero hacer mi última declaración y necesito que todos la oigan. Estamos cansadas… —exhala tras su inesperado encargo. —Está bien madre, no te preocupes, haré lo que pides. Inmediatamente y sin demora, llamo al teléfono móvil de Margot que, tras identificar mi número, es la primera en hablar: —¡Por fin te decides a llamarme…! —me recrimina— tienes el móvil apagado desde ayer y en tu habitación no contesta nadie. ¿No pensabas decirme nada…? —aunque la parlanchina Margot tiene intención de seguir refunfuñando, corto su sermón bruscamente.

—Tengo que llamar al juez.

—¿Cómo?, ¿al juez? —repite extrañada.

—Margot, no me preguntes el por qué, pero Rebecca quiere llenar la sala el lunes. Dice que está cansada, que quiere terminar. Necesita que todos la oigan —repito literalmente las palabras que dijo. Se hace una rara pausa, hasta pienso que se cortó la comunicación. —¡Margot! —la nombro comprobando que sigue en línea. —Estoy aquí…, yo me encargo —contesta con tono rotundo—. Contactaré lo antes posible con su señoría. —Su típica voz risueña queda entristecida. —Quiero pedirte algo más… —Dime Caly, ¿qué puedo hacer por ti? —pregunta expectante. —Necesito regresar a Charleston, ¿puedes conseguirme dos billetes de avión para el mismo lunes por la noche?

—No te vayas por favor, no dejes a Gael así, te necesi… —la corto antes de que pueda terminar la palabra.

—Lo tengo decidido. Quiero regresar a casa cuanto antes. ¡Esto me sobrepasa, necesito marcharme ya! —elevo mi voz agobiada.

—Espero que no te equivoques amiga mía…, haré lo que me pides. —Corta la comunicación colgando sin más.

Concluida la llamada, deposito el teléfono en la mesa contigua y me recuesto sobre el respaldo de la silla en la que estoy sentada, mi cabeza empieza a ronronear perturbada; «¿qué tienen que escuchar todos?..., ¿puedo estar equivocada ante lo evidente?...»

CAPÍTULO XV. Bruselas (Bélgica)