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Chapter 1: Introduction and background

2.3 Methods

2.3.3 Data extraction and quality assessment

Leovigildo está considerado en general como uno de los reyes godos más eficientes, ya que reinstauró la autoridad real en la mayoría de las zonas de la Península, pero habría que señalar que la información de que disponemos en relación con su reinado es mucho mejor que la relativa a cualquiera de sus predecesores del siglo VI. Esto se debe casi por completo al hecho de que se conserva una breve crónica escrita por un monje godo que luego fue obispo de Gerona (desde aproximadamente 592 hasta alguna fecha posterior a 614), conocido como

Juan de Biclaro, porque fundó el monasterio que llevaba este nombre[ 126].

Según lo que posteriormente contó sobre él Isidoro de Sevilla en su obra De Viris

Illustribus («Sobre hombres ilustres»), Juan nació en Santarém, en lo que actualmente es

Portugal. Cuando aún era joven fue a Constantinopla[ 127]. Las razones de este viaje no están

durante el siglo VI. Sólo un poco antes, un monje de Panonia, al noroeste de los Balcanes, que

había viajado a Egipto, llegó a Galicia, donde más tarde se convirtió en el obispo de Braga[ 128].

En la misma época, los comerciantes y otros viajeros procedentes del Mediterráneo oriental llegaban todavía hasta Mérida, donde dos de los obispos de finales del siglo VI fueron de

origen griego[ 129].

Entre otras cosas que, casi con toda seguridad, trajo Juan de Biclaro de su visita a la capital imperial estaba una copia de la crónica que había escrito un obispo africano, Víctor de Tunnuna. Era continuación de una de las versiones de una crónica escrita por Próspero, un

autor galo de mediados del siglo V, y cubría los años comprendidos entre 444 y 565[ 130]. En su

obra Víctor de Tunnuna no daba información alguna sobre Hispania. Es bastante posible que, en un intento de rectificar esta falta de material sobre Hispania, Juan de Biclaro añadiera las entradas que forman la Consularia Caesaraugustana como notas marginales en su ejemplar de la crónica de Víctor de Tunnuna, aunque estas notas nunca llegaran a estar integradas

adecuadamente dentro de este texto[ 131]. Juan de Biclaro escribió su propia crónica como una

continuación de la de Víctor de Tunnuna durante la primera década del siglo VII y, a diferencia de su predecesor, dedicó gran parte de ella a los acontecimientos que se habían producido en Hispania.

En consecuencia, Juan de Biclaro menciona en su obra los fallecimientos del emperador Mauricio y del Papa Gregorio Magno, acaecidos en los años 602 y 604 respectivamente, lo cual sugiere que no escribió su crónica hasta después del último de estos sucesos. En realidad su relato no va más allá de 590, habiendo comenzado con el año 567, a causa de una confusión cronológica que aparecía en el texto de Víctor de Tunnuna. Por consiguiente, Juan de Biclaro está en situación de proporcionar una versión contemporánea de los reinados de Liuva y Leovigildo, así como de los años iniciales y decisivos del reinado de Recaredo, hijo de este último. Su relato de este período fue utilizado inmediatamente después por Isidoro de Sevilla en la versión, más extensa, de su propia crónica, escrita a mediados de la década de 620.

El propio Juan de Biclaro había estado en Constantinopla durante siete años a partir de 571-572 y, en consecuencia, incluyó en su crónica una cantidad bastante grande de información relativa a Italia, África y las provincias orientales del Imperio durante aquel período. Parte de esta información es única y no se encuentra en ninguna otra fuente. Desgraciadamente, en los casos en que la versión de Juan de Biclaro sobre los asuntos de Bizancio puede ser contrastada con otros textos históricos orientales contemporáneos, o casi

contemporáneos, se comprueba que este autor es confuso e impreciso en su cronología[ 132]. La

naturaleza de sus errores parecería excluir la posibilidad de que fueran el resultado de la transmisión subsiguiente de su obra, aunque ésta se conserva en un único manuscrito

medieval[ 133]. Parece más probable que, por el hecho de escribir treinta o más años después de

los acontecimientos mencionados, la memoria del autor hubiera podido fallar. Aunque no hay modo de comprobar la validez de su información relativa a Hispania, para la cual es él en muchos casos la única fuente, hay que tener en cuenta los puntos débiles de su versión, sobre todo porque el otro historiador casi contemporáneo, Isidoro de Sevilla, se basó en él al menos en parte.

La propia existencia de la crónica de Juan de Biclaro influye en la perspectiva que podemos tener con respecto a la segunda mitad del siglo VI. Dado que no existe otra versión con la que podamos cotejar la suya, parece como si en el reinado de Atanagildo no hubiera acontecimientos importantes y no se pudieran atribuir a este rey logros significativos. Por otro lado, a partir del acceso de Leovigildo al trono hemos conocido, gracias a Juan de Biclaro, una pauta de campañas prácticamente anuales que, en diversas ocasiones, tuvieron como resultado triunfos militares y diplomáticos importantes. Leovigildo da la imagen de un personaje activo y con éxito, mientras que sus predecesores aparecen como reyes letárgicos o incompetentes, pero es posible que todo sea debido a la relativa falta de información sobre ellos.

Una vez hechas estas matizaciones, hay que reconocer que las guerras de Leovigildo produjeron claramente unos resultados. Siguiendo el relato de Juan de Biclaro, surge algo parecido a una pauta. La primera campaña de Leovigildo se sitúa probablemente en el año 570 y en ella se incluye una incursión en la región de «Bastania» (la Bastitania [Zona de la antigua Basti, que luego se llamó Baza, en la provincia de Granada.] de los clásicos) y la derrota de las

fuerzas imperiales procedentes de Málaga que intentaron frenar su avance. En el año 571, una expedición similar dirigida hacia el sur terminó con la reconquista de Assidona (la Medina- Sidonia actual), tras la derrota de la guarnición imperial, que al parecer fue exterminada en una

horrible matanza[ 134]. El año siguiente corresponde a la reconquista de Córdoba, que no había

estado en manos de los godos desde los tiempos de Agila. Juan de Biclaro añade que Leovigildo tomó además muchas otras ciudades y fortalezas, quizá en el valle del Guadalquivir.

También señala que «se dio muerte a una gran cantidad de campesinos»[ 135]. No se da

explicación alguna sobre este hecho, pero es obvio que se trataba de una característica lo suficientemente importante como para que valiera la pena incluirla en el informe, por otra parte muy condensado, de Juan de Biclaro. Aunque esto pudo ser un acto de intimidación destinado a persuadir a otras comunidades rurales para que no ofrecieran apoyo alguno a las fuerzas imperiales, también es interesante contemplar la posibilidad de que los campesinos de Juan de Biclaro fueran lo que las fuentes del siglo V hubieran llamado bagaudas. En otras palabras, eran elementos de la población rural que, por la penuria económica o las condiciones de desorden que generó la guerra entre los visigodos y el Imperio, se hubieran visto impelidos a formar bandas armadas que saqueaban las propiedades de los grandes terratenientes y los asentamientos urbanos.

Juan de Biclaro sitúa en el año 573 la conquista de la región de Sabaria por los ejércitos de Leovigildo, un suceso en el que de nuevo se menciona que hubo devastación. A los dos hijos que tenía de un matrimonio anterior, Hermenegildo y Recaredo, Leovigildo los nombró

consortes regni o «copartícipes en el reino», un asunto sobre el que volveremos más adelante.

La ubicación de Sabaria siempre ha sido una cuestión controvertida, pero el hecho de que Juan de Biclaro llame a sus habitantes la tribu de los sappo hace plausible la idea de que esta región pudiera estar entre las ciudades romanas de Caprara y Salmantica (la actual

Salamanca)[ 136]. Esto implicaría que Leovigildo comenzaba a dejar de centrar su atención en el

sur, al menos por el momento.

El año siguiente fue el de la primera expedición definitiva del rey al norte de la Península, donde invadió Cantabria y «mató a los [anteriores] invasores (pervasores) de la provincia». A partir de diversas referencias de la Alta Edad Media, parece claro que en aquel tiempo Cantabria tenía una extensión superior a la que tiene el territorio actual del mismo nombre. Se extendía desde la costa de Vizcaya, cerca de lo que hoy en día es Santander, con una amplia

franja hacia el sureste, hasta entrar en el valle del curso alto del Ebro y en la Rioja[ 137]. En la Vida

del ermitaño riojano Hemiliano (o Millán), que fue escrita por Braulio, obispo de Zaragoza, probablemente durante la década de 620 o la de 630, este episodio parece que se presagia (aunque retrospectivamente) cuando el santo advierte a los miembros del «Senado de Cantabria» sobre su inminente destrucción, si se resisten a atender su exhortación al

arrepentimiento[ 138].

Aunque el breve texto de Braulio retrasa el acontecimiento, dándole una fecha posterior a la verdadera en medio siglo o más, es muy posible que hubiera registrado tradiciones genuinas relativas a una aristocracia local mayoritariamente hispano-romana que se había situado como élite gobernante en Cantabria, ignorando a la monarquía visigoda. No se puede saber si esto fue el resultado de los períodos de debilidad por los que pasó el poder real después de 507 o a continuación de la guerra civil entre Agila y Atanagildo a principios de la década de 550, o si de hecho los reyes visigodos nunca habían impuesto su autoridad en la región ningún momento anterior. Resulta al menos interesante especular sobre la posibilidad de que este senado local fuera en realidad una reacción frente al hundimiento del poder imperial que se había producido en la Península alrededor del año 409. Que este poder no sobrevivió a los acontecimientos del año 574 es un hecho que queda bien explicado tanto en el texto de Juan de Biclaro como en el de Braulio, y este último indica que muchos de sus miembros fueron masacrados.

En el año 575 se extinguió otro régimen independiente al invadir Leovigildo los montes

Aregenses y capturar al gobernante de esta región, Aspidio, junto con su familia. Aunque no es

posible situar esta zona con exactitud, el hecho de que esta campaña se llevara a cabo entre una realizada en Cantabria y otra que se hizo al año siguiente contra el reino suevo, induce a considerar como bastante probable que estuviera en algún lugar de la frontera oriental de lo

poder de Aspidio se había establecido largo tiempo atrás o si sólo fue una respuesta al debilitamiento de la autoridad de los reyes visigodos en el siglo VI. Aunque está escrito que Leovigildo tomó las riquezas de la región y capturó a su gobernante, por una vez no se dice ni una palabra sobre masacre o mutilaciones. En relación con la campaña del año 576 contra el rey suevo Miro, Juan de Biclaro no da detalles, salvo el dato de que este rey firmó un tratado de paz con Leovigildo, comprometiéndose a pagarle un tributo, aunque sólo «durante un breve

período de tiempo»[ 140].

En el año 577 una expedición invadió la región de Orospeda, donde se capturaron las poblaciones y fortalezas, y muy poco después «los campesinos rebeldes» fueron «aplastados» por los godos, que así se hicieron los amos de la provincia. Se han hecho diversas sugerencias sobre las posibles ubicaciones de esta región, sin que ninguna de ellas

haya conseguido un apoyo general[ 141]. Lo que puede ser significativo es la falta de referencias

a cualquier liderazgo local y a su eliminación, lo cual puede indicar que se trataba de una zona bajo control bizantino. La referencia que se hace aquí a rustuci rebellantes, que recuerda la mención de la masacre de campesinos en el Guadalquivir en 572, puede reforzar la idea de que éstos eran el equivalente de los bagaudas del siglo V, pero trasladados al siglo VI, por lo que se podría pensar que el bandidaje a gran escala era endémico en muchas zonas de la Península en aquella época.

La idea de que éste era un territorio que habían ocupado previamente las fuerzas imperiales no posibilita una ubicación de Orospeda más precisa que decir que se encontraba en algún lugar dentro de una franja ancha de territorio que se extendía desde el bajo Guadalquivir hasta una zona costera situada al norte de Cartagena, pero hay que señalar que ciertas excavaciones arqueológicas recientes realizadas en el sureste empiezan a hacer que nuestros conocimientos sobre la presencia bizantina sean algo más profundos. En concreto, entre las «ciudades y fortalezas» que Juan de Biclaro menciona más de una vez, podrían estar incluidas algunas de aquellas para las cuales se puede demostrar que estuvieron dotadas de características defensivas específicamente bizantinas. Excavaciones recientes realizadas en Tolmo de Minateda, cerca de Hellín, en la provincia de Albacete, han hallado lo que parece ser una fase de refortificación bizantina de parte del muro que rodea el perímetro del asentamiento, siendo esto un ejemplo del tipo de fortaleza imperial a la que se refería Juan de

Biclaro[ 142]. Es de esperar que se encontrarán otros ejemplos de lo mismo.

A lo largo de seis años la monarquía visigoda había recuperado parte del territorio perdido por sus predecesores en el sur y había vuelto a imponer la autoridad real sobre una ancha franja de territorio en el oeste y en el norte, que se extendía desde la Rioja hasta Galicia y

Sabaria, eliminando al mismo tiempo varias formas de autogobierno regional, así como bandas

de bagaudas, mientras conseguía también someter a la monarquía sueva a una relación tributaria. Por lo tanto, quizá no sea sorprendente descubrir que en 578 Leovigildo se tomara un descanso en sus campañas para dedicarse a la fundación de una nueva ciudad, a la que

llamó Recópolis, aparentemente en honor de su hijo Recaredo[ 143]. Esto último, que es una

interpretación de Juan de Biclaro, puede ser una racionalización y no tiene mucho sentido desde un punta de vista lingüístico. Recaredópolis habría sido perfectamente viable ya que todos los demás ejemplos clásicos y de finales de la Antigüedad en los que se dedica la ciudad a una persona indican que se debería haber utilizado el nombre completo; si no hubiera sido así, ¿por qué no Constó polis en vez de Constantinopolis? Tampoco es fácil explicar por qué Leovigildo quiso honrar a su segundo hijo en vez de al mayor, que era Hermenegildo. En vez de esto, se podría sugerir que lo que intentaba decir era Rex-opolis, «la ciudad del rey», y no

Reccopolis, «la ciudad de Rece».

Aunque Juan de Biclaro se limita a situar esta nueva ciudad, de una manera más bien general, en la región de Celtiberia, que incluiría las zonas centrales de la Península, su ubicación se ha deducido de manera más precisa a partir de la identificación de un lugar llamado Recupel con la fortaleza de Zorita en la obra histórica y geográfica de al-Razi, un autor árabe del siglo IX. El descubrimiento en ese lugar de un pequeño tesoro de monedas acuñadas en Reccopolis parece confirmar esta identificación y, además, se han llevado a cabo diversas excavaciones en el mismo yacimiento, una pequeña meseta situada en una curva del Tajo a poco más de kilómetro y medio de Zorita de los Canes, en la provincia de Guadalajara. Las primeras excavaciones, realizadas en 1944-1945 descubrieron los cimientos de un edificio

largo y estrecho, de 133 metros de longitud y entre nueve y 13,5 metros de anchura, que estaba situado en paralelo con el borde de un barranco que cae abruptamente sobre el río, mirando hacia el sur. Este edificio se identificó como un palacio, aunque no existen casos obviamente similares a él en otros emplazamientos palaciegos de la Antigüedad y la Edad Media. Desgraciadamente la muerte prematura del director de las excavaciones y la pérdida aparente de todas sus anotaciones relativas a este trabajo hizo que los datos de la excavación no se publicaran y ya no puedan publicarse nunca, dejando a la generación siguiente de arqueólogos sólo la posibilidad de trabajar en una pequeña parte de este

yacimiento tan especial[ 144]. En consecuencia, no se sabe por qué se identifico como un palacio,

ni si puede ser fechado con seguridad en el periodo de Leovigildo.

El año 579 marcó el comienzo de uno de los episodios más dramáticos del reinado de Leovigildo, la rebelión de Hermenegildo, hijo mayor del rey, en Sevilla. Juan de Biclaro se refiere a este episodio llamándolo domestica rixa o «riña doméstica», ya que lo atribuye a la influencia

de lo que llama factione Gosuinthae, «por instigación de Gosvinta»[ 145]. Aunque está claro que

carga con la responsabilidad a la esposa de Leovigildo por inducir a su hijastro a la rebelión, la naturaleza de la influencia de Gosvinta nunca ha dejado de ser una cuestión ambigua. ¿Le animó ella a rebelarse o se vio él impulsado a hacerlo como reacción contra la influencia de la reina o por algo que ella había hecho? Gregorio de Tours dice que Gosvinta había tratado mal a la esposa de Hermenegildo, Ingunda, que era su propia nieta, porque ésta se había negado a

aceptar las doctrinas arrianas[ 146]. Esto reforzaría la hipótesis de que fue la hostilidad de la reina

lo que empujó a Hermenegildo a rebelarse, y que la motivación de éste era religiosa, al menos en parte. Esta última interpretación parece quedar confirmada por el modo en que, al cabo de poco más de una década, este príncipe visigodo llegó a ser ensalzado por el Papa Gregorio

Magno (590-604) como mártir católico[ 147].

Por otra parte, dado que Ingunda era hija del rey franco Sigeberto y de Brunequilda, que a su vez era hija del anterior rey visigodo Atanagildo, cuyo nombre llevaría el hijo de Ingunda y Hermenegildo, se ha sugerido también que lo que Gosvinta intentaba era fundar una monarquía independiente en el sur para los herederos de su primer marido. Según esta hipótesis, Hermenegildo se rebeló incitado por ella. Sin embargo, hay que admitir que esta teoría no es del todo convincente: ¿qué necesidad tenía Hermenegildo de rebelarse, si él ya estaba gobernando en el sur, subordinado a su padre, y era probable que, en un futuro no muy lejano, heredara la autoridad plena en aquella zona?

Por otro lado, también plantea problemas la hipótesis de que la rebelión fuera producto de una reacción del sur, fuertemente romanizado y, por lo tanto, católico, contra los cada vez más frecuentes intentos de Leovigildo de imponer una forma modificada de arrianismo como base para la unidad eclesiástica de su reino. En primer lugar, no hay pruebas claras de que entonces se estuviera aplicando tal política. Fue en el año 580 cuando en un sínodo celebrado en Toledo se elaboró por primera vez una formulación revisada de la doctrina trinitaria arriana, con