Chapter 1: Introduction and background
1.5 Theoretical models of behaviour change
El estudio del argumento leibniciano de la existencia de Dios a través de la armonía preestablecida requiere dos consideraciones previas: qué lugar ocupa dentro de la historia de la teodicea, y qué papel desempeña en el conjunto de la obra de Leibniz1. Con otras palabras, hay que determinar,
1. Citaremos las obras de Leibniz por las siguientes ediciones:
PREUSSISCHEN AKADEMIE DER WISSENSCHAFTEN, Sämtliche Schriften und Briefe Leibniz’s, Darmstadt 1923 ss. Abreviatura: B, seguida del número de la serie (1-8), del volumen y de la página.— GERHARDT, C. J.: Philosophischen Schriften von G. W. Leibniz, Berlín 1875-1890. Abreviatura: G, seguida del número del volumen (I-II), y de la página.— COUTURAT, L.: Opuscules
et fragments inédits de Leibniz, París 1857. Abreviatura: Cout. Op., seguida del número de la
página.— GRUA, G.: Leibniz, Textes inédits, París 1948. Abreviatura: Gr. inéd., seguida de la página. El título de las obras citadas más frecuentemente se abrevia del siguiente modo: Disc. Met.:
Discurso de Metafísica. N. E.: Nouveaux Essais sur l’entendement par l’auteur de l’harmonie préétablie; Syst. Nouv.: Système nouveau de la nature et de la communication des substances, aussi
por una parte, los antecedentes y los rasgos de originalidad de este argu- mento; y por otra, es preciso situar el argumento como parte del conjunto orgánico de la filosofía de Leibniz.
En primer lugar, destaca la relativa originalidad del argumento, sobre todo si nos remitimos a los antecedentes inmediatos. En efecto, Leibniz pretende acceder a Dios a partir de la multiplicidad y de la variedad. En su entorno filosófico más próximo este intento resultaba, por lo menos, extraño.
Descartes, por ejemplo, nunca habría admitido una demostración de la existencia de Dios por la armonía preestablecida. La armonía —que Leibniz define como unitas in multa2— requiere una multiplicidad
que en la filosofía cartesiana sólo aparece a posteriori, después de haber demostrado la existencia de Dios.
La raíz de esta oposición se encuentra en la teoría del conocimiento. Mientras que Descartes se guía por el criterio de claridad y distinción, Leibniz recurre a la lógica y fundamenta su argumentación en el principio de no-contradicción. Esta diferencia metodológica tiene importantes con- secuencias al afrontar el problema filosófico de la relación entre Dios y su idea en nosotros, que en último término se remite a la vieja cuestión de la relación entre lo uno y lo múltiple. Para Descartes, la intuición de la in- finita perfección de Dios se alcanza a través de nuestras perfecciones par- ticulares; la perfección subsistente se difunde en perfecciones particulares.
El análisis de Leibniz —regido por las leyes de la lógica— supone la descomposición de una idea en sus elementos. El problema de lo múltiple en Dios se resuelve mediante un recurso muy típico de la filosofía de Leibniz: los puntos de vista3. Mientras que Descartes parte de la unidad
substancial del yo para concluir en las otras substancias: Dios y el mundo,
bien que de l’union qu’il y a entre l’ame et le corps.— Monad.: Monadología.—Théod.: Theodicée.— Princ. Nat. et Gr.: Principes de la Nature et de la grace fondées en raison.— De
rer. orig.: De rerum originatione radicali.— Addit. Syst. Nouv.: Addition à l’explication du
système nouveau touchant l’union de l’âme et du corps, envoyée à Paris a l’occasion d’un livre intitulé Connaissance de soy même.— Cons. Princ. Vie: Considerations sur les principes de la vie et sur les natures plastiques, par l’auteur de l’harmonie préétablie.— Eclairc. Nat. Plast.: Eclaircissement sur les natures plastiques et les principes de la vie et du mouvement, par l’auteur de l’harmonie préétablie.
2. BELAVAL, Y.: Études leibniziennes, París, 1975, p. 88. 3. JALABERT, J.: Le Dieu de Leibniz, París, 1960, p. 64.
Leibniz —fiel en este punto a la filosofía precartesiana— admite lo múltiple como un dato4.
Tampoco Spinoza admitiría la diversidad como principio de una vía de acceso a Dios, pues este modo de proceder es incompatible con su definición de la substancia como aquello que es inteligible por sí y existe por sí. Las demostraciones de la existencia de Dios, a su juicio, se deducen de la idea misma de Dios.
Leibniz objeta que, en primer lugar, es preciso demostrar que la idea de Dios no sea contradictoria. Además —y esto tiene mayor interés para nuestro tema— afirma que no basta con establecer la posibilidad de una idea, sea cual sea su contenido, para afirmar su existencia. Toda idea posible en la mente de Dios tiene una pretensión a la existencia: la
vis existendi. Esta pretensión es condición necesaria de la existencia real
de un ser. Sin embargo, la existencia real está determinada por el principio de razón suficiente, variante en el ámbito lógico del principio de causa- lidad. Y este principio de razón suficiente, aplicado a la existencia, se en- cuentra en estrecha relación con la doctrina de la armonía preestablecida:
Esse nihil aliud est quam harmonicum esse5.
Respecto a los antecedentes más remotos, hay una cierta similitud entre el argumento leibniciano por la armonía preestablecida y otras demostraciones de la existencia de Dios. Leibniz, en efecto, tenía un am- plio conocimiento del status quæstionis, al que se remite con frecuencia. En los Nuevos Ensayos leemos: “Creo, sin embargo, que casi todos los medios que se han empleado para demostrar la existencia de Dios son buenos”6. Lógicamente, la lectura que Leibniz hace de esos argumentos se
verifica desde los principios mismos de su sistema; no se trata de una aceptación sin paliativos. Dichos argumentos “podrían servir si se los perfeccionara”7.
Respecto al argumento que nos ocupa, el propio Leibniz advierte que entronca de algún modo con las demostraciones de la existencia de Dios a partir del orden del mundo. De hecho, una de las formulaciones con las que Leibniz expone su demostración de la existencia de Dios por la armonía preestablecida está precedida por la siguiente observación: “y no
4. Cfr. BELAVAL, Y.: Études leibniziennes, París, 1975, pp. 87-88.
5. JAGODINSKI, I.: Leibnitiana. Elementa Philosophiae arcanae de summa rerum, Kazan 1913, p. 36.
6. G. V, 420. 7. Ibidem.
estoy en absoluto de acuerdo en que se deba olvidar el argumento que se sigue del orden del mundo”8. Sin embargo, no cabe duda de que nos
encontramos ante el argumento más original y personal de Leibniz9. Como
él mismo advierte, “este argumento aporta una nueva prueba, desconocida hasta ahora, de la existencia de Dios”10.
Hay que precisar que la novedad no está tanto en el punto de partida de la prueba, como en su desarrollo y alcance. En este sentido, Jalabert afirma: “Leibniz recoge a su manera el viejo argumento por la finalidad, el más viejo de todos, que Platón y tantos otros después de él han invocado”11. Y más adelante, citando a Leibniz: “Pero este argumento, que
no parecía tener más que una certeza moral, es elevado a una necesidad metafísica por la nueva especie de armonía que yo he introducido, que es la armonía preestablecida”12.
El tema de la relación entre Dios y el orden o armonía del universo no era nuevo en la historia de la filosofía. Y Leibniz no ignoraba estos antecedentes. Se ha subrayado, por ejemplo, la relación de la filosofía de Leibniz con el Timeo de Platón13. La filosofía estoica, que también
dedica una especial atención a la armonía del universo, influye en el pen- samiento de Leibniz a través de autores renacentistas como J. Thomasius y J. A. Bose, maestros de Leibniz, y que son a su vez discípulos de J. Lipse, renovador del estoicismo14.
Asimismo Leibniz —a pesar de ser un pluralista convencido— es deudor, en su concepción del cosmos como orden armónico, de Nicolás de Cusa y Giordano Bruno. Una obra de este último tiene un título muy significativo: De Monade. En el ámbito científico, Leibniz pudo encontrar una confirmación de su doctrina sobre la armonía preestablecida en Leonardo da Vinci y Kepler. La idea de cosmos como una armonía uni- versal también había sido puesta de relieve por J. H. Bisterfield, a quien Leibniz cita elogiosamente en su De Arte Combinatoria.
Entre los autores medievales que se ocuparon de este tema, se debe mencionar a Tomás de Aquino. Su quinta vía es un argumento por la
8. Ibidem.
9. Cfr., por ejemplo, CIONE, E.: Leibniz, Nápoles, 1964, p. 338. 10. G. VI, 541.
11. JALABERT, J.: o. c., p. 111. 12. G. V, 421.
13. SCHRECKER, P.: Leibniz and the Timaeus, en “Review of Metaphysics” 4 (1951). 14. Cfr. BELAVAL, Y.: o. c., p. 87.
finalidad, y en sus distintas formulaciones hace alguna referencia explícita al orden y la armonía. En la Summa Theologiae15 describe la ordenación
de las cosas naturales hacia un fin predispuesto. En la Summa contra
Gentes16 habla ya directamente del orden mismo del cosmos. Leibniz, al
igual que Tomás de Aquino, no pretende en su argumento demostrar la existencia de Dios como fin al que se dirige el ordenamiento armónico del cosmos, sino como causa de ese ordenamiento finalísticamente esta- blecido.
Sin embargo, las diferencias entre ambos argumentos son funda- mentales. Aunque este es un tema sobre el que volveremos más adelante, se puede adelantar que sus concepciones de la causalidad son muy diversas. Jalabert encuentra divergencias de tipo metafísico entre los dos planteamientos. Afirma que Leibniz define el ser en términos de lógica analítica, y por tanto “es el principio de razón el que, prohibiendo la interacción de las substancias, transforma la prueba por la finalidad en prueba por la armonía preestablecida”17.
La originalidad del argumento leibniciano no consiste en que haya sido el primero en establecer una relación entre Dios y el orden del mun- do, ni siquiera en fundar sobre dicha relación un argumento demostrativo de la existencia de Dios. La verdadera novedad está en considerar ese orden armónico sobre el que se construye la prueba como una armonía preestablecida, es decir, una armonía apriorística, universal y necesaria.
Estas características que Leibniz atribuye a la armonía del universo son uno de los motivos por los que se suele descalificar el valor demos- trativo del argumento18. Pero, al mismo tiempo, ponen de manifiesto la
capital importancia que la armonía preestablecida tiene dentro del sistema leibniciano. De hecho, algunos comentaristas consideran que se trata de su intuición fundamental19.
En definitiva, el argumento por la armonía preestablecida aporta co- mo novedad en la historia de la filosofía una inédita relación entre armonía
15. TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, I, q. 2, a. 3. Vid. también In I Sententiarum, d. 35. 16. Idem, Summa contra gentes, I, 13, 35.
17. JALABERT, J.: o. c., pp. 117-118.
18. Cfr. CIONE, E.: o. c., p. 338. Cfr. también DEL BOCA, S.: Finalismo e necessitá in Leibniz, Florencia, 1936, p. 122.
19. Cfr. BELAVAL, Y.: o. c., p. 86. Cfr. también FRIEDMANN, G.: Leibniz et Spinoza, París 1946, p. 22.
y existencia: “existere nihil aliud est quam harmonicum esse”20. Es decir,
no estamos ante una reedición del antiguo argumento a partir del orden del universo, que en todas sus versiones alcanzaba la existencia de Dios a partir de la admirable ordenación que se puede observar entre los seres. En este caso, la existencia misma de todas las criaturas se deriva de su condición de realidad armónica.
B. RELACIONES ENTRE EL ARGUMENTO POR LA ARMONÍA