Presentaremos cinco casos clínicos seleccionados entre los numerosos estudiados en nuestros seminarios.
Primer caso
La luz que aporta a la cuestión del neodesencadenamiento responde a una doble coyuntura: una dificultad para establecer el diagnóstico entre neurosis y psicosis, y la precocidad del desencadenamiento. Esta precocidad se encuentra aquí en diferentes niveles: primero el del desencadenamiento, pero también el del tratamiento, ya que se trata de la cura de un niño retomada luego de la interrupción de una primera, ocasionada por un cambio en la situación profesional del padre.
Este caso clínico de desencadenamiento precoz subraya cómo, ante lo real hallado por el sujeto, un real intrusivo, fraternal, y no disponiendo del apoyo significante del Nombre del Padre, se intenta suplir su ausencia mediante una identificación imaginaria marcada por el sello de la rivalidad, de los celos. Esta identificación asegura la presentación de partida que ilusiona con un recubrimiento que no asegura al sujeto contra el vértigo de la delicuescencia de su ser en los alrededores del agujero. En ese punto, el sujeto se precipita de equívoco en equívoco, en lo real, del consultorio al baño, a dibujar baños, e indica de este modo con qué estatuto del significante se relaciona: el significante solo, el significante en lo real.
En algún momento pareció que el desencadenamiento precoz perjudicaba la teoría clásica del desencadenamiento o, al menos, era su límite. Con la consideración de la relación traumática con lalengua tenemos una presentación que le permite conservar todo su valor a la noción de desencadenamiento: Jacques-Alain Miller30 explica que el destino se anuda a partir de la
contingencia de los encuentros.
Segundo caso
Aquí se destaca la presencia, desde el principio, de la relación imaginaria con el otro, que no se sostiene por el registro especular sino por el del objeto.
No hay, para este sujeto, el objeto, sino cierto número de objetos, una variedad de objetos que permite efectuar un anudamiento. Esta sucesión de objetos no forma una serie en el sentido de una convergencia de la que podría deducirse la constitución de una articulación.
De este modo, este caso clínico muestra una sucesión de enganches respecto del objeto, a partir de los cuales se constituye una alteridad. La serie de diferentes tratamientos del objeto no produce un dibujo acabado, un estrechamiento, un franqueamiento, un pasaje que delimita un antes y un después. Este sujeto se halla más bien en una perpetua invención.
La estabilización que se opera, y cuyos efectos son notables en el comportamiento, particularmente en lo que se refiere al apaciguamiento y a la relación con el semejante, no proviene de una estasis en un punto de equilibrio, sino que necesita una invención continua de su parte. Los objetos se dejan sin que se establezca la dimensión de la pérdida. Esta pasa de una forma a otra en una preocupación estética, que hay que tener muy en cuenta en la psicosis31,como instauración de un lazo.
Finalmente debe destacarse que este tratamiento pasa por el ,otro, el otro que construye el caso, que lo escribe, le da forma. Esta invención no se produce sin la puesta en acto de un deseo que permite que se efectúe el anudamiento.
Cabe agregar que ese otro cambio es plural, múltiple. Y a partir de ese mismo plural algo cesa de no escribirse o, mejor, no cesa de escribirse.
Este caso es ciertamente ejemplo de una clínica de «el Otro que no existe», pero sobre todo de un tratamiento a partir de «el Otro que no existe».
Aquí tenemos a alguien que no se molesta por sus construcciones, porque lo que cuenta es el uso que hace de eso.
Tercer caso Pág. 53
Un joven de dieciocho años, en su último año de secundario, es derivado de urgencia por su médico de cabecera. El paciente concurre a su primera cita acompañado por su padre y su madre, quienes están muy preocupados por la salud de su hijo.
Durante la primera entrevista, sus padres exponen la situación en un relato que él sigue atentamente, con la mirada clavada en el piso, e interviniendo cada tanto para rectificar, para ofrecer una precisión al discurso de los padres, aparentemente oportuna o, en todo caso, nunca cuestionada por ellos. En cuanto sus padres dejan el consultorio, el, paciente se preocupa por hacer una exposición rigurosa. Su discurso empieza así: «Todo andaba relativamente bien, pero de hecho no».
El sujeto se muestra desbordado en su cálculo, en su apreciación de sí mismo, en primer lugar, por lo que constituye aquí la urgencia subjetiva; a saber, la aparición de pensamientos compulsivos sobre los que se pregunta si lo conducirán a su realización en el acto. Esos pensamientos compasivos asumen varias formas: cortarse el pelo, afeitarse la cabeza, cortarse la garganta, atravesarse el corazón, pincharse los ojos.
El sujeto describe, con un sentido cierto del detalle, sus fobias a los cuchillos, los cortapapeles, lapiceras, y otros objetos con punta, cuya presencia a su alrededor desencadena crisis de angustia de las que solo puede defenderse tirando estos objetos frecuentemente encontrados en ese ambiente escolar que era suyo hasta el momento en que se ve obligado a interrumpir su escolaridad por la presión de las crisis.
Estos pensamientos, aunque muy desagradables, eran soportables mientras lo enfocaran al él como objeto. Solo cuando apuntaron como objeto a sus compañeros de clase, a su madre y también a otros miembros de la familia, se volvieron insoportables y consultó.
La primera entrevista termina con esta conclusión: «¡Es como si la idea de ser criminal de mí mismo me resultara más soportable que la idea de ser criminal de otro!», dice.
Frente a la angustia, pasa a primer plano la demanda de medicamentos «para detener esto», que sus padres apoyan. Sin embargo, el analista apuesta al rigor que demuestra el sujeto y le propone la idea, que termina por aceptar, de un tratamiento de prueba mediante la palabra durante algunas semanas. Le concede, por su parte, una prescripción de ansiolíticos, y después se entera de que el paciente solo toma la mitad.
Durante las siguientes entrevistas, las angustias se desplazan, una forma gana terreno sobre la otra. Rápidamente desaparece la angustia de cortarse el pelo, de afeitarse la cabeza, punto que se le interpreta al paciente como una señal de que sus síntomas son sensibles al tratamiento por la palabra.
La situación parece encuadrarse. Domina la angustia hasta tal punto que puede retomar la escuela. El sujeto se presenta regularmente a sus entrevistas.
Sorprende el uso que hace del dispositivo. Este sujeto poco propenso a poner en manos de Otro la causa de sus síntomas es, sin embargo, capaz de utilizar rápidamente las entrevistas para iniciar, en presencia del analista, un trabajo fuera del sentido, del pensamiento.
Durante las entrevistas, impresiona en este sujeto cierta fijeza de la mirada, y una exagerada atención por lo que ocurre delante de él y que describe con gran precisión. Esta posición de espectador, a distancia, del autómaton de sus pensamientos compasivos es lo que más caracteriza al paciente, por supuesto en un trance, pero muy diferente del Hombre de las Ratas de Freud, que se presenta como un seudodelirio.
Aquí no ocurre nada de eso. Contrariamente a un delirio, es una descripción a distancia del proceso que lo invade y de sus variaciones, una atención
sostenida, una actitud de verdadera búsqueda de los medios que hay que movilizar para limitar esta invasión.
Aunque los pensamientos relativos al cabello cedieron rápidamente, los referidos a los ojos, la garganta y el corazón, siguen dando guerra, pero permiten, por su evolución rebelde, una actitud experimental por parte del paciente. El medio de defensa que encuentra este sujeto recuerda el procedimiento schreberiano: «Puedo combatir mis ideas ocupándome de la mente», dice.
Teme a los períodos de inactividad, de vacaciones, o simplemente a su regreso a casa después de clase. La presencia de sus compañeros, el ruido que hacen alrededor de él, llenan de manera defensiva un silencio que, de otro modo, invadiría con el surgimiento de sus pensamientos compulsivos.
También encuentra soluciones: ruido ambiente, radio, fuente sonora que coloca tras de sí; o bien una actividad automática: algún trabajito para sus padres, leer -con la condición de no seguir en absoluto la significación. En resumen, una actividad de defensa, sin sentido, para poder bordear el agujero con un manejo, en lo real, de la letra.
De este modo el sujeto deja absolutamente de lado la vertiente de la significación para tratar lo que lo invade. Esta vertiente no le impide, sin embargo, aportar elementos consecuentes de determinación, en la anamnesis. No obstante, no es lo destacaba de este caso.
La cuestión de la psicosis se plantea para este sujeto con relación a la fijeza de la mirada, con relación a la búsqueda de una castración en lo real, con relación a la posición del sujeto como espectador, a distancia, del autómaton de sus pensamientos compulsivos, en un contexto diferente del Hombre de las Ratas, que da lugar a una descripción del proceso invasor y de sus variantes; finalmente, por un ponerse a trabajar para bordear el agujero central, a la manera de Schreber, movilizando una actividad de pensamiento sin sentido, efectos sonoros, un ruido confuso en lo real.
Cuarto caso ... (PÁG. 55)
«El idólatra» es un hombre de veinticinco años que realiza su cuarto año como seminarista, quien se convirtió recientemente al catolicismo, y que quería entrevistarse con un psicoanalista católico para hablar del acontecimiento que había dado un nuevo giro a su vida.
Una advertencia sobre el hecho de saber si Dios estaba obligado a ocuparse de tantas cosas le permite emprender un trabajo separándose de un Otro en las cosas del mundo.
A los diecisiete años tuvo un sueño donde Dios lo invitaba a su Iglesia, cuando él había sido bautizado en la religión ortodoxa porque su madre, católica, quería que un día él pudiera realmente elegir. El padre, indiferente a las cuestiones religiosas, no había intervenido.
Quiere ser cara, pero surgen dificultades que habían sido aplacadas durante un tiempo por su conversión. Haciendo un examen de su vida, quiere verificar que no dañará la causa a la que pretende servir. No está seguro de que Dios espere de él que se convierta en religioso de oficio.
Dice que es incapaz de escribir desde que era niño. No puede ir a clase. Se siente agredido por los demás, y a la vez le dan miedo. Tiene una estatura imponente y voz gruesa. Un elemento discreto marca el estilo de su relación con otros: se siente obligado a decir en sus conversaciones que siempre hay malentendido entre los seres. La materialidad de las palabras lo hiere como si estas lo penetraran.
Esta intrusión del lenguaje se opera en los momentos en que la mirada se despega como órgano. Al examinar su vida, hace remontar su exclusión de la comunidad de los hombres a los seis años: «Hubiera podido ser un autista».
El desencadenamiento tiene lugar en la época del curso preparatorio, cuando su padre, quien por lo general se dirige con más facilidad a su hermana o al perro, le pide que recite el. verbo «ser»: incapaz de responder, tiene allí la prueba de su locura y se derrumba. «Ser fundado es lo que me falta.» Encuentra una solución en un dibujo animado que le aporta el modelo: se veían hombres guerreros que enfrentaban a mujeres guerreras. Cuando los hombres eran alcanzados, morían, mientras que los cuerpos de las mujeres desaparecían, dando lugar al vacío que envolvía la ropa.
Toma prestada de su madre ropa como envoltorio; una media de mujer lo ayuda a deslizar su ser.
En la adolescencia, las medias de mujer que compraba le daban un aspecto seudoperverso a sus prácticas masturbatorias. El carácter autocentrado de este goce unía su cuerpo a partir del objeto, que lo concentraba, a cambio, alrededor de su pene. Esos momentos daban un respiro a su dolor, pero poco a poco la media dejaba de rodear ese goce invasor que el despertar de la primavera había hecho resurgir.
A los quince años quiso morir porque, como ser que existe, no tenía ninguna razón de ser. Desalojado de su aislamiento por el ritual familiar de la comida, hizo de los alimentos una fuente de horror, equivalente al verbo cuya conjugación había visto, extraña, en la página del libro de sus seis años.
Para protegerse de ese real, consumió un producto compuesto por él, fabricado con productos caseros que utilizaba su madre. Se acostó a dormir. Al día siguiente, el vaso estaba vacío, no había pasado nada, y se fue a comer.
El efecto calmante de la conversión se relacionaba con un significante nuevo, una significación puesta sobre el goce, que le había permitido abandonar la media: había sido un idólatra. Era lo que decía haber sido, un idólatra, lo que podía representarlo a los ojos de los cristianos, y se sentía para siempre a cargo de esta marca. «Quiero creer que el día de mi bautismo se metió en mí para no dejarme librado a la muerte y a mi familia.»
De este modo, presentó al obispo su pedido de ser admitido en el seminario. Pero estaba expuesto a la tentación de volver a lo de antes. Hacía de esto la marca singular de su compromiso religioso, lo que también le permitía aplazar el compromiso de votos perpetuos, mantenerse alejado del sacerdocio.
... dos momentos Pág. 57
Durante un viaje al Sinaí, ante el peligro de que Dios hablara, había podido hablar con una niña que no oía. Lejos de hacer de esto un milagro, pudo «reengancharse» y llegar a la conclusión de que era un idólatra, como todos los adoradores del becerro de oro, pero que debía construir su humanidad a partir de este objeto singular que era la media. Para los demás se trataba de algo ya adquirido, pero él había tenido que construir su humanidad a partir de la media, por lo tanto de la mujer. Por eso no estaba obligado a ocupar la posición de Moisés, de hacerse cura. Pero no era casto, porque, a pesar de su renuncia a la media, seguía adorando esta otra cara de Dios, su goce mudo, ese que san Ignacio invitaba al penitente a declinar como goce del cuerpo en unión con la plegaria. Ese es su argumento para aplazar los votos.
Convertido en excelente especialista en informática, el tratamiento de texto había regulado su problema con el escrito. Su relación con la lengua vacila cuando viaja un año a los Estados Unidos para aprender inglés: surgen fenómenos elementales, está tentado de aislarse en el ruido confuso de una lengua desconocida. «Al principio era terrible, las palabras se despegaban, extrañas. Comencé a autosatisfacerme. Era cerebral.» Gracias al afecto de su tía, que se convirtió en norteamericana después de casarse con un norteamericano, este sujeto pudo entrar en una nueva lengua, una nueva familia. Hoy dice ya no tener una relación constante con el cuerpo. Le encantan el inglés y la informática, lo que le permite rectificar, según sus palabras, sus pulsiones y sentidos.
Pero el regreso es difícil. Su comunidad tolera su estado de confusión y acepta que siga como especialista en informática, que ,viva como religioso y que aplace la ordenación. Puede transmitir lo que sabe pero no debe esperarse mucho de él.
Se comunica en inglés con otros interlocutores pero sin que lo vean. Difunde el consejo «rápido, no lentamente» en lo escrito en Internet. Gnouff (nombre compuesto con las letras del nombre de su perro, al que se dirigía su padre) es su nombre en el ciberespacio. Reemplazó al de idólatra. La solución no está por el lado de la metáfora delirante, más bien escribe un punto de sinsentido donde su ser encuentra con qué identificarse. La idolatría sigue siendo su problema, la marca de lo que fue y que aún hoy le permite nombrar las sensaciones corporales qué lo invaden.
Visita al analista una o dos veces por año y considera que este lo acompaña. Encuentra soluciones particulares para inscribir una falta en el campo del Otro sin tener que hacerse su garante.
Por el momento, se aleja de la tentación de reconstruir el mundo y utiliza la religión para fabricarse una nueva relación con lalengua, lo que tiene consecuencias en su goce transexual, que logra de este modo limitar.
Quinto caso: un momento de desenganche Pág. 58
En cuanto a jean, el desencadenamiento se realizó hace mucho tiempo. Ahora tiene treinta y tres años, y acude a lo del analista desde hace diez. Su familia vive en Luxemburgo, donde nació.
Habla corrientemente francés y alemán, y considera el luxemburgués como un dialecto.
Después de una intervención desafortunada que volvió inoperante el uso de la gramática que se inventó y que le permite mantenerse en lalengua, Jean es empujado, obligado a una respuesta en lo real que intenta poner en acto así: tiene que fotografiarse completamente desnudo, luego afeitarse el cuerpo completamente, fotografiarse de nuevo, y exponer esas fotos como una hazaña. Durante la sesión en la que habla de ese «proyecto» se expresa tanto en alemán como en francés. La fórmula «yo nackt» detiene al analista, que no sabe si debe entender esa palabra en francés o en alemán -el verbo actor (tomar nota, actuar] es un verbo que Jean utiliza.
Al preparar este trabajo, el analista se dio cuenta de que nunca preguntaba, en qué idioma le hablaba el paciente, sino solamente cómo escribe lo que dice. El sujeto despliega el conjunto e significantes convocados para su descubrimiento, cuya clave solo él tendrá. Nacken es un verbo alemán que significa «deslomarse», que Jean ya había usado porque es muy cercano a die
Nacke (la nuca).
El adjetivo nackt significa «desnudo», «en cueros», «despojado». Akt significa un «desnudo», en el sentido académico, y es también un «acto» de teatro. Diferentes traducciones se superponen entre «desnudo» y «Akt»,
«nackt» y «acto». Podríamos establecer un continuum de significaciones entre
estos significantes.
El hallazgo gramatical de jean es chapucear una palabra utilizada entre las dos lenguas que quiera decir «acto» y «desnudo» al mismo tiempo en ambas lenguas. Frena de una manera singular el espiral de la metonimia. Vectorializa las lenguas para encontrar la palabra justa que lo separe de la obligación de poner en juego realmente su cuerpo. ¿Se trata de un intento de inventar «un Otro de la gramáticas, como proponía Jacques-Alain Miller en Angers, para que lo real de la lengua ya no le haga serias, y forjar así la palabra que cura, lo que lo libera de pasar al acto?
Concibe el análisis como un lugar para elaborar algo de lo irreconciliable que sitúa entre «marca y orgánico». Este sujeto intenta encontrar en el análisis