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autoritaria. Intentaron imponer, por medio del Terror, un valor ficticio al asignado. En abril de 1793, se decretó que en adelante todos los pagos de transacciones comerciales se harían en asignados y que el numerario no podría darse ni recibirse como pago a otro precio que al de los asignados. La venta del asignado estaba prohibida bajo pena de seis años de prisión. A toda persona que rechazase asignados como pago se la condenaría a una multa igual a la suma rechazada. Semejantes medidas eran difícilmente aplicables dentro del marco de la economía liberal capitalista. El comercio del dinero siguió en la clandestinidad.

Por lo demás, la propia Tesorería seguía vendiendo asignados a cambio de numerario, de acuerdo con cotizaciones cada vez más alejadas de la paridad. Se veía obligada a ello por la necesidad de pagar en oro o en divisas una parte de las compras

hechas al |120| extranjero. Los ejércitos, especialmente, se resistieron a pagar en numerario las subsistencias que necesitaban.

Para imponer en el interior la paridad del asignado y del numerario, hubo que recurrir, por tanto, a poderosos medios de coacción. Sólo el Terror, el temor al Tribunal Revolucionario y a la guillotina podían conseguir que se aceptase el papel moneda por oro. Por eso, la Convención tuvo que avanzar aún más por el camino de la coacción. El 5 de septiembre sancionó el rechazo de los asignados con penas que podían llegar hasta la muerte y la confiscación de todos los bienes.

Sin embargo, los poseedores siguieron deshaciéndose de los paquetes de asignados que afluían entre sus manos y cambiándolos por metales preciosos que enterraban en escondrijos. De forma que la Convención tuvo que dar un paso más y desalojar los escudos de los lugares donde estaban escondidos. El 13 de noviembre decretó que todo metal de oro o plata, amonedado o no, diamantes, joyas, etc., que se hubieran descubierto y se descubriesen enterrados o escondidos en sótanos, en el interior de las paredes, etc., se recogerían y quedarían confiscados en provecho de la República. Todo denunciante que ayudase al descubrimiento de semejantes objetos recibiría la vigésima parte de su valor en asignados. Los descamisados de los comités revolucionarios obtenían licencia plena para allanar las casas de los ricos. Se entregaron a ellos con el mayor entusiasmo. Aquel decreto, uno de los más revolucionarios promulgados por la Convención, provocó un auténtico pánico. Harpagón soltó sus tesoros, se apresuró a llevarlos a las arcas del Estado y se resignó a cambiarlos por papel moneda.

Algunos representantes no se contentaron con dejar que los poseedores de numerario cambiasen “espontáneamente” su oro por asignados a la par. Les obligaron a ello. Así, por ejemplo, el 29 de septiembre, Fouché ordenó a la Administración del Departamento de Alliet establecer que todos los ciudadanos que poseyesen oro o plata amonedados, plata en lingotes, vajilla o joyas estaban |121| obligados a llevarlos al Comité de Vigilancia del distrito. En muchos distritos se dictó la pena de muerte contra quienes no obedecieran dichos decretos.

Las medidas draconianas adoptadas en otoño de 1793 produjeron efectos radicales. Como el Terror desalojaba las especies metálicas de sus escondrijos, muchos particulares tuvieron que aceptar el cambio del numerario por asignados a la par. El 21 de noviembre, Cambon anunció la noticia a la Convención en un discurso trunfal.

Aquel éxito impresionó vivamente al extranjero. El representante de Estados Unidos en París, gobernador Morris, anunció el 14 de noviembre a Jefferson que el asignado había ido subiendo gradualmente hasta la paridad y se extrañaba del “fenómeno de un papel moneda que sube, mientras que el volumen de su emisión aumenta”. Pero, al mismo tiempo, revelaba la explicación de aquella sensacional infracción a las sacrosantas leyes de la economía liberal era el resultado de la coacción, del Terror. Los mismos medios produjeron los mismos resultados en lo referente al cambio con el extranjero. “Desde hace unos días —escribía (al mismo funcionario) el 26 de noviembre— no ha habido cambio con el extranjero. Los compradores no se presentan, porque al individuo que acepta un billete se lo considera sospechoso y a los sospechosos los encarcelan”. ¡Qué audacia tenía aquella República Francesa! Los businessmen de la joven América no salían de su asombro.

No obstante, la brillante recuperación del asignado fue sólo temporal; el papel moneda corría el riesgo de reanudar pronto su marcha descendente, si no se colocaban, de una vez por todas, fuera de circulación el oro y la plata. Muchas personas, a consecuencia del Terror, se habían resignado a cambiar numerario por asignados a la par, pero no ocurría lo mismo con las transacciones libres, que no habían cesado totalmente. En el mercado del asignado, el papel moneda se recuperó sensiblemente, pero sin alcanzar la paridad. No dejaba de ser un resultado espléndido. Y, de forma completamente |122| natural, surgió la idea en las mentes populares: ¿por qué no prevenir una posible recaída del asignado? ¿Por qué no asignarle un valor estable devaluando el numerario pura y simplemente? ¿Por qué no derribar, de una vez por todas, el ídolo Oro? La idea estaba en el aire desde hacía algún tiempo.

El 14 de octubre, Chaumette propuso audazmente en la Comuna la sustitución del oro por el trabajo como patrón de valor: “Brazos y no oro es lo que se necesita para impulsar las fábricas y las manufacturas”. El pensamiento de los sans-culottes coincidía, en cierta medida, con el de Cambon. A decir verdad, unos y otros partían de preocupaciones diferentes. Los sans-culottes deseaban prevenir una nueva depreciación del asignado eliminando la competencia del oro y de la plata. Cambon, tranquilizado con respecto a la paridad del asignado con el metal, temía multiplicar los signos monetarios mediante el flujo a la Tesorería de cantidades masivas de oro y plata —que antes no circulaban como moneda—, y mediante su cambio por asignados.

El 1 de diciembre de 1793 intentó conseguir que la Convención adoptara la decisión de que en adelante se cambiaría el numerario, no ya por asignados, sino por simples recibos, que serían válidos para el pago de los impuestos, del empréstito forzoso, de las compras de bienes nacionales, para satisfacer todos los pagos debidos a la República. Las existencias de oro y plata aportadas a las arcas del Tesoro quedarían pura y simplemente desmonetizadas.

Con esto llegamos a uno de los puntos culminantes de la Revolución, al límite que la burguesía de aquella época no podía traspasar. En aquel tiempo, el sistema del crédito todavía estaba en estado embrionario, la riqueza adquirida no disponía de las inmensas posibilidades de inversión que se le ofrecen hoy. Se conservaba, en gran parte, en forma de numerario. Riqueza y oro eran, en cierto sentido, sinónimos. Tocar el oro equivalía a agitar ante los poseedores el espectro de la expropiación. La burguesía no sabía aún — aunque el propio Cambon estaba empezando a presentirlo— que la |123| abolición del oro no es incompatible con la salvaguardia de los privilegios de los poseedores, con el mantenimiento del sistema capitalista. No podía sospechar que un día los regímenes totalitarios conseguirían prescindir del oro. A los burgueses de la Convención la idea de tocar el oro les parecía un atentado contra la propiedad, contra el santo de los santos capitalistas. Cambon, cuyo lenguaje revelaba, por cierto, vacilación y confusión, había ido demasiado lejos. La Convención, “estupefacta” ante lo que acababa de oír, decidió aplazar su informe. Por lo que, se adoptaron las medidas que proponía.

5. LA BURGUESÍA SE RESIGNÓ A ENTRAR EN EL CAMINO DE LA

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