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In document JavaScript Patterns Stoyan Stefanov (Page 145-148)

Para obtener el apoyo indispensable de los sans-culottes, no sólo tuvo que hacer la burguesía revolucionaria algunos sacrificios materiales. Previamente, tuvo que prescindir de parte de su personal político. La ruptura entre los miembros de la Montaña y la vanguardia popular solamente se pudo evitar a costa de una escisión entre los poseedores. Debemos examinar sus causas profundas, su carácter exacto, las condiciones en que se desarrolló. En caso contrario, resultaría imposible comprender el nuevo rumbo que se inició con la ascensión al poder de los miembros de la Montaña. ¿Fue la caída de los girondinos un conflicto de clases que acabó con el triunfo de una insurrección popular o una querella entre camarillas que derivó en una revolución de palacio? La verdad se sitúa entre esas interpretaciones contradictorias, debidas al carácter ambiguo del acontecimiento.

Los miembros de la Gironda y los de la Montaña pertenecían a misma clase. Entre ellos no había ninguna divergencia fundamental. Unos y otros eran defensores celosos de la propiedad privada. Robespierre, Danton, Marat, Hébert, Billaud-Varenne |88| proclamaron, en decenas de textos, su carácter intangible y sagrado, igual que Brissot, Vergniaud, Roland, Condorcet. Unos y otros denunciaron con el mismo horror la “ley agraria” y la comunidad de bienes. Sentían el mismo miedo a la democracia directa, a la intervención del pueblo soberano armado en la vida pública y al federalismo popular; el mismo apego a la ficción parlamentaria y a la legalidad, al centralismo político. Unos y otros eran partidarios convencidos del liberalismo económico. Elogiaban en términos idénticos las ventajas de la libertad con respecto a la imposición por la violencia. Desde el punto de vista de los principios, eran hostiles a cualquier clase de reglamentación, a cualquier clase de fijación de tarifas.

Sin embargo, el conflicto entre ellos no estalló por una simple cuestión de ambición, de amor propio, de rivalidad política. No enfrentó a dos clases, sino a dos fracciones de una misma clase: los unos no vacilaron a la hora de solicitar el apoyo de los descamisados para salvar la Revolución Francesa y continuar la guerra hasta la victoria; los otros prefirieron transigir con la contrarrevolución interior y exterior antes que pagar el precio y dar rienda suelta, siquiera temporalmente, a los sans-culottes.

Falta por esclarecer por qué una fracción de la burguesía revolucionaria se resignó a estrechar la ruda mano del pueblo, mientras que la otra se negó. Se ha dicho que los girondinos eran más finos, más refinados, que sentían una repugnancia instintiva del

pueblo “grosero e inculto”. ¡Nada de eso! Hombres como De Robespierre, De Saint-Just de Richebourg, Barère de Vieuzac, Hérault de Séchelle —por citar sólo a éstos—, con sus modales aristocráticos, su porte impecable, tenían tan poco temperamento plebeyo como los Brissot y los Vergniaud.

La actitud diferente de la Gironda y de la Montaña para con los descamisados derivaba de una diferencia de intereses. A los girondinos los sostenía la burguesía interesada en el comercio y en la exportación de bienes de consumo. Los principales centros de la |89| industria textil (Grenoble, Rouen, Montpellier, Montauban, etc.), la sedería lionesa, los grandes negociantes de Burdeos, de Marsella, de Nantes, especializados en el comercio con las colonias, constituían sus apoyos principales. La industria textil y la exportación habían conocido, en 1792, una gran prosperidad. Se habían beneficiado de aquella larga pausa política que separó la Revolución de 1789 de la del 10 de agosto de 1792. La inflación y la depreciación del asignado habían impreso a la producción una actividad ficticia. Los poseedores de signos monetarios, cada día más abundantes, se apresuraban a transformarlos en mercancías. Los fabricantes elevaban los precios a su antojo. Ninguna medida coactiva limitaba todavía sus beneficios. La mano de obra no se había encarecido todavía en proporción al alza de los precios. Las fábricas explotaban a mujeres, niños y enfermos por salarios ridículos. El extranjero, seducido por la baratura de las mercancías, hacía pedidos. No obstante, como hemos visto, no habían tardado en aparecer señales de malestar y la burguesía girondina había creído remediarlo desencadenando la guerra.

Pero la guerra no había satisfecho su esperanza: ni Bélgica ni Holanda habían sido conquistadas. Por dos veces seguidas, los ejércitos franceses fueron rechazados hasta su propio territorio. El bloqueo inglés, a partir de 1793, dificultó mucho las relaciones entre la República y sus mercados lejanos. Los bancos extranjeros se cerraron para Francia. El comercio exterior quedó paralizado. En el interior, la disminución de la mano de obra — consecuencia sobre todo del reclutamiento de voluntarios—, y su encarecimiento, la penuria de materias primas, la prioridad concedida a las industrias de guerra, la paralización de los intercambios consiguiente a las medidas coactivas, el descenso del consumo —debido a la vez al empobrecimiento de las masas y a la abstención de los ricos (que atesoraban o exportaban sus capitales)—, la desaparición del lujo, todos esos factores colocaron las industrias de consumo en una situación crítica. Ya en el otoño de 1792, había 30.000 tejedores |90| parados en Lyon. En julio de 1793, el número de obreros había quedado reducido a 8.000 o 10.000, en lugar de los 40.000 de antes. En 1793, la mayoría de los capitalistas, cuyos haberes estaban invertidos en las industrias de bienes de consumo o en el comercio exterior, se encontraron al borde de la ruina.

La burguesía girondina perdía dinero y su margen de beneficios había quedado reducido a cero. Por lo tanto, se negaba a hacer la más mínima concesión a las masas, se oponía a cualquier medida encaminada a hacer que la carga de los gastos de guerra pasase de los hombros del pueblo a los de los poseedores.

Por el contrario, los miembros de la Montaña representaban la fracción de la burguesía a la que la inflación, la adquisición de los bienes nacionales, los suministros de armas y, posteriormente, la fabricación de armas proporcionaron beneficios enormes. Por lo demás, no había una separación absoluta entre las dos fracciones, muy al contrario.

Gran parte de la burguesía pasó de la Gironda a la Montaña, a medida que iba abandonando sus antiguas actividades, sus antiguas inversiones por las nuevas fuentes de beneficios. La burguesía revolucionaria ganó bastante dinero para poder ceder las migajas del festín a los descamisados. Se resignó a sufrir algunas medidas coactivas, ya que sus provechosas operaciones sólo podían continuar a aquel precio.

La situación de la otra fracción era diferente. Como no quería cargar con los gastos de la guerra, los girondinos se mostraron hostiles al impuesto progresivo y obstaculizaron violentamente los proyectos de empréstito forzoso. Los sederos lioneses desencadenaron la insurrección del 29 de mayo para no tener que pagar el impuesto de seis millones decretado por la municipalidad lionesa, en total acuerdo con los representantes del pueblo en aquella ciudad. Para librarse de pagar el empréstito, los grandes comerciantes marselleses pasaron al extranjero fondos enormes.

Como no querían aceptar ningún sacrificio, los girondinos no se mostraban menos opuestos a cualquier medida que pudiese |91| aliviar las condiciones de existencia de las masas. La Comuna parisiense había puesto en marcha, a partir del 10 de agosto, grandes obras de interés público para remediar el paro. El gobierno girondino no encontró mejor solución que la de reducir los salarios (26 de septiembre de 1792) y después despedir a los obreros (18 de octubre).

Los girondinos no querían oír hablar siquiera de medida alguna que tendiese a consolidar el valor del papel moneda. Opusieron una resistencia encarnizada al plan presentado por Cambon, encaminado a fijar el curso del asignado. La prohibición de la venta del oro y de la plata y la suspensión de las operaciones de cambio con el extranjero comprometían las especulaciones monetarias a que se entregaban los íntimos de Clavière, ministro de Hacienda de la Gironda.

Los ministros girondinos se mostraban irreductiblemente hostiles a la fijación del precio de los productos de primera necesidad. Se obstinaban en sostener que la libre competencia es una panacea suprema. Brissot atribuía la carestía de la vida a las “eternas declamaciones de los anarquistas contra los propietarios o los comerciantes”, que detenían la circulación de los cereales. Una de las primeras preocupaciones de los federalistas insurrectos, en los lugares donde se adueñaron del poder, fue la de suprimir el precio máximo de los cereales.

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