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La fisiografía de un territorio es un factor fundamental condicionante del desarrollo y distribución de las masas forestales. La altitud, la pendiente y la orientación son características topográficas que definen un territorio y le confieren unas determinadas propiedades para el desarrollo de la vegetación. Pero el papel del relieve va mucho más allá, ya que influye directamente en la configuración de topoclimas al modificar elementos como las temperaturas, las precipitaciones y los vientos, además de otras características derivadas de éstos (iluminación, humedad, aridez...). Por su parte, la naturaleza litológica del sustrato condiciona en gran medida el tipo de suelo, si bien la formación final de éste depende de una gran cantidad de agentes que intervienen en la edafogénesis (clima,

Capitulo 1: Antecedentes, objetivos, metodología y área de estudio

cubierta vegetal, pendiente...). El suelo es un factor ecológico de primer orden para la actividad vegetal, siendo a la vez sujeto agente y paciente de la misma.

La provincia de Teruel queda enmarcada casi en su totalidad en el sector centroriental de la Cordillera Ibérica, situándose solamente fuera de él su parte más septentrional, que forma parte de la Depresión del Ebro. Además, también en la parte norte, en la zona de los Puertos de Beceite, se produce el enlace con las alineaciones orográficas de la Cordillera Costero-Catalana (Gutiérrez y Peña, 1990).

Esta localización en la zona central del Sistema Ibérico explica sus rasgos topográficos: un terreno bastante accidentado que se sitúa a una elevada altitud media, con el 60% de su territorio por encima de los 1000 m de altitud sobre el nivel del mar. A pesar de esto, la energía del relieve no es muy importante y el aspecto general es macizo y pesado, rasgo agudizado por la planitud de sus cumbres. Estas características dotan al relieve de la provincia un carácter de altiplano que sólo se rompe por algunas incisiones fluviales, generándose en ellas los mayores valores de pendiente (Lozano, 2005a).

Atendiendo a su fisiografía, la provincia puede dividirse en tres sectores (Figura 1.13): - Sector meridional. En esta zona se localizan las principales elevaciones

montañosas: la Sierra de Javalambre (2.020 m), situada en el extremo sur, y la Sierra de Gúdar (2.019 m), emplazada en el sureste, estando separadas ambas por la Depresión del Mijares. Estos dos conjuntos montañosos se encuentran caracterizados por presentar un relieve masivo y alomado, obedeciendo sus contrastes al fuerte encajamiento de los ríos que las rodean. La Sierra de Gúdar se prolonga al oeste en la Sierra del Pobo, cuya cima se sitúa por encima de los 1.700 m. Finalmente, en el extremo sureste, separado de la Sierra del Pobo por la depresión del Alfambra-Turia, aparece el conjunto de la Sierra de Albarracín, cuya cima se sitúa en los 1920 m., siendo su relieve más enérgico que el de los anteriores conjuntos montañosos (Gutiérrez y Peña, 1990; Querol, 1995; González et al., 2001).

- Sector central. Esta zona está caracterizada por la presencia de relieves amesetados que apenas producen la sensación de relieve, a pesar de que el rango altitudinal se sitúa entre los 1000 y los 1.500 m (Gutiérrez y Peña, 1990). Las formaciones montañosas que aparecen en esta área son, de oeste a este: Sierra Menera, Sierra de Cucalón, Sierra Palomera y Sierra de San

Just. Estas sierras aparecen individualizadas por los ríos que forman las cuencas del Jiloca, Alfambra, Martín y Guadalope.

- Sector nororiental. El relieve está compuesto por las sierras ibéricas más marginales, de menor altitud que las nombradas anteriormente e intersectadas por los ríos Martín, Guadalope, Matarraña y sus afluentes, formándose depresiones de menor entidad que en el sector central y meridional. Paulatinamente, el relieve va disminuyendo hacia el norte, hasta alcanzar la Depresión del Ebro, que presenta en esta zona altitudes inferiores a los 400 m (Gutiérrez y Peña, 1990).

Figura 1.13. Mapa fisiográfico de la provincia de Teruel

Este territorio se constituye como un nudo hidrográfico de primer orden en la Península Ibérica, ya que en él se localiza la cabecera del río Tajo que establece la divisoria entre la vertiente atlántica y mediterránea. Además, dentro de esta última se distinguen los límites de la Cuenca del Ebro (ríos Jiloca, Huerva, Aguasvivas, Martín, Guadalope, Matarraña y Algás) y los de las cuencas de pequeños ríos que vierten directamente al Mediterráneo (Cabriel-Júcar, Guadalaviar-Turia y Mijares). Todos estos ríos se caracterizan por tener un escaso caudal, marcados contrastes estacionales y una

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importante irregularidad interanual producto de un régimen pluvial mediterráneo. Otro hecho destacable es la presencia de zonas endorreicas, como las saladas de Alcañiz, en el Bajo Aragón, y la Laguna de Gallocanta, cerca de la depresión del Jiloca (Lozano, 2005a).

El sustrato geológico se caracteriza por su variedad litológica y cronoestratigráfica. Existen diversos afloramientos paleozoicos de cuarcitas y pizarras que se localizan en la mitad occidental (Sierra de Carbonera, Sierra de Tremedal, Sierra Menera, Sierra de Cucalón), aunque los materiales más representativos pertenecen al Mesozoico. De este grupo de materiales destacan, dentro del Triásico, las areniscas y conglomerados del Rodeno y las barras dolomíticas y de arcillas yesíferas que orlan los macizos paleozoicos o afloran en núcleos anticlinales; por su parte, el Jurásico está ampliamente representado en la Sierra de Albarracín, Javalambre y en las sierras del Bajo Aragón; por último, los materiales cretácicos están bien representados en el área de Gúdar-Maestrazgo. Todos estos afloramientos están afectados por la tectónica Alpina en varias fases, adaptándose a dos direcciones dominantes: NO-SE (dirección ibérica) y la NE-SO (dirección catalana). Las depresiones tectónicas que se generaron durante las fases distensivas (Depresión del Ebro, Alfambra-Teruel, etc.) se rellenaron principalmente de materiales terciarios de carácter detrítico y lacustre, la mayoría de ellos neógenos. Estas cuencas y otras más recientes -como las del Jiloca, Mijares y Gallocanta- presentan también formaciones de edad pliocuaternaria y cuaternaria (Gutiérrez y Peña, 1990; Lozano, 2005a).

En cuanto a la geomorfología, es de destacar la variedad de formas presentes en sus paisajes como fruto de la diversidad estructural y del modelado de los agentes erosivos, que se han dado en situaciones muy contrastadas a lo largo de su historia geológica, destacando la huella de los climas cálidos que se dieron en el Terciario y las fases frías del Cuaternario. Entre las distintas geoformas destacan tres: (i) las superficies de erosión de edad terciaria, responsables de las altiplanicies ya comentadas; (ii) los paisajes kársticos, modelados principalmente en época pliocena sobre las planicies de rocas carbonatadas; y (iii) el modelado cuaternario presente en las zonas de depresión (mantos aluviales modelados en glacis, glacis de acumulación, sistemas de terrazas…) y en las zonas de sierra (procesos periglaciares en las zonas más elevadas y presencia de estrechas gargantas modeladas por la erosión fluvial). En la actualidad los procesos geomorfológicos presentes son los propios de medios semiáridos en la mayor parte de la provincia, manifestándose procesos periglaciares en los macizos más elevados durante los meses más fríos (Gutiérrez y Peña, 1990; Peña et al., 2002a; Lozano, 2005a).