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3.3 Results

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LA ARQUEOLOGÍA

El análisis y estudio de los petroglifos, salvo las manifestaciones evi-dentemente humanas porque representan figuras u objetos (caso del Arabí en Yecla; El cenajo de Hellín; Galicia), requiere, sin duda, la cola-boración y la opinión de los geólogos a causa de la dificultad para

Petroglifos en el Molino de Benizar (Moratalla, Murcia) y en la Cresta del Gallo

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Figura 6. Ser sobrenatural con tocado de flecos en el abrigo de La Fuente. Calco de Miguel Ángel Mateo Saura.

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discernir entre las cazoletas originadas por la erosión y las creadas por la mano humana. Dicho problema ya lo encontramos en los petro-glifos del Canalizo del Rayo en Hellín y, en mayor medida, en la cima del Monte Arabí de Yecla; si bien la disposición geométrica de varias decenas de ellas y su distribución ordenada, no caótica, lógicamente inducen a pensar en una mente humana. Es cierto, sin embargo, que determinadas oquedades naturales, ocasionadas por el viento o por las lluvias, pudieron motivar o excitar sentimientos religiosos o mágicos en las poblaciones prehistóricas, sin que necesariamente las hubieran tallado ellas en las rocas. Pero tal circunstancia en sí es indemostrable. Cuando ascendimos a la cima de Columbares, al sur de la ciudad de Murcia, observamos la presencia de cientos de cazo-letas abiertas en la roca en disposiciones caóticas; mas no había yacimiento arqueológico que pudiera refrendar un uso cultual de aquellos receptáculos naturales. En cambio, cuando visitamos el Cabezo de la Virgen de las Virtudes en Villena (Alicante) (Soler, 2002), ocupado por un enorme poblado del Bronce, observamos también cazoletas, un podomorfo y otros “grabados” naturales, tallados por la Geología. Aquí, sí podría existir una vinculación entre lo numinoso y la instalación de un asentamiento humano, al margen de que el emplazamiento fue elegido por el extraordinario y fantástico dominio que del paisaje y de dos rutas naturales se ejerce desde aquel monte, alcanzando horizontes y fronteras visuales realmente espectaculares, amén del control de una extensa laguna existente hacia el este, hoy desaparecida. En el Tolmo de Minateda (Hellín) o en Monte Azul (Férez), la distribución ordenada y reiterada de las cazoletas eviden-cia que ha intervenido la voluntad humana porque además las inscul-turas se asocian a yacimientos prehistóricos.

Regresamos a Murcia. En una falla con dirección este-oeste que exis-te en la Cresta del Gallo o Panocha (Arana et alii, 1999), con una anchura de unos 5 m y una longitud de 30 m, configurando así un diminuto cenajo capaz de albergar, por el microclima que se crea, los últimos restos de la vegetación mediterránea autóctona (encinas, acebuches y madreselvas), aparecen dos formaciones que sospe-chamos de factura humana, situadas ambas en la entrada oriental de la falla. No obstante, será necesaria la opinión de los geólogos para determinar su origen natural o humano (láms. 9 y 10).

La primera oquedad es una mediana cazoleta que se encuentra en la primera peana de descenso hacia el tajo y que mide 17 cm de diámetro por 12 de profundidad. La segunda, a unos 3 m de distancia de la ante-rior, en la segunda línea de peldaños, es una gran tinaja natural, muy bien labrada, creemos que por mano del hombre, de 40 cm de diáme-tro por odiáme-tros tantos de profundidad, y con una repisa o rebaje que rodea toda la abertura superior y cuya anchura oscila entre los 9 y los 11 cm. El paraje donde se hallan ambas cazoletas o cúpulas es lo que los cam-pesinos y pastores llaman en la serranía un sesteadero, es decir un lugar donde pasta y reposa el ganado trashumante o local. En efecto, aquel espacio permanece en sombras, por las crestas y agujas rocosas del

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Petroglifos en el Molino de Benizar (Moratalla, Murcia) y en la Cresta del Gallo

sitio, gran parte del día, incluso en pleno inicio del solsticio de verano. Por ello, es capaz de conservar diferentes especies vegetales que requieren cierto grado de humedad y de penumbra. Una segunda pla-taforma, rodeada de farallones rocosos, se abre en la parte superior y al norte del cenajo que hemos descrito. Ambos reductos de humedad y recogimiento están en contacto por medio de un sendero que trepa y escala a través de unos peldaños rocosos. Desde el segundo espa-cio, más amplio todavía que la falla citada, se contempla la sierra de Columbares y la vista alcanza hasta el mar Mediterráneo, siendo ata-laya natural de todo el puerto del Garruchal.

No olvidamos la existencia de los denominados calderones, que los campesinos de la serranía de Murcia o de Albacete utilizan como reservorios de agua, para proporcionar líquido a los pastores, no a los animales. Es posible entonces considerar que ambas cazoletas o

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Láminas 9 y 10. Sendas vistas de los calderones de la Cresta del Gallo (Murcia).

cúpulas de la Cresta del Gallo, en especial la mayor, sirvieran como tinaja de piedra para conservar el preciado líquido para uso de los zagales mientras custodiaban el ganado que allí pacía o sesteaba. Realizamos una prospección visual del entorno en busca de restos cerámicos o líticos, pero no encontramos nada, salvo una grieta idó-nea para enterramientos por inhumación.

7. ¿LITERATURA O PERSPECTIVAS ANTROPOLÓGICAS PARA ANALIZAR EL ARTE RUPESTRE POSTPALEOLÍTICO?

En España, en el caso concreto del arte rupestre postpaleolítico, exis-te un dilema. Tras más de un siglo de excelenexis-tes investigaciones, inventarios exhaustivos, descripciones pormenorizadas, minuciosas medidas de cada figura, atentas y complejas observaciones sobre superposiciones (Ripoll, 1997; Sebastián, 1997), creemos que ha lle-gado el momento de atrevernos a “interpretar”, a iniciar una aproxi-mación, por leve que sea, a la mentalidad de aquellos cazadores y recolectores de las serranías próximas al Mediterráneo de la Península Ibérica. Y no se trata de realizar literatura o de escribir ensayos que ensalcen modos de vida primitivos.

Hemos indicado en numerosas ocasiones que el sistema que utilizamos, con todos sus defectos de aplicación (Clottes y Lewis-Williams, 2001, pp. 133 ss.), no garantiza el pleno éxito, ya que la etnografía comparada y las similitudes antropológicas, incluso las llamadas analogías, no siem-pre ofrecen sistemas válidos para entender el pensamiento de las pobla-ciones primitivas ya desaparecidas. No obstante, también es cierto que contar animales o figuras humanas, medir los tamaños de sus siluetas, analizar sus colores, describir sus posiciones corporales y desgajar o cer-cenar las figuras de sus escenas para presentarlas, una a una, separadas de tales composiciones y programas iconográficos, aparte de permitir-nos disponer de un espléndido catálogo, sirve de muy poco, ya que el descripcionismo rigorista y positivista es limitado y estéril cuando se extiende en sirtes que acumulan únicamente distancias y datos.

Por otra parte, creemos haber demostrado que ciertas escenas, tales como las del Cerro Barbatón de Letur (Albacete), la Cueva de la Vieja de Alpera (Albacete), Solana de las Covachas de Nerpio (Albacete), la del Milano en Mula, Los Grajos en Cieza (Murcia), Barranco Estercuel de Alcaine (Teruel), La Sarga de Alcoy, Barranc de l`Infern o del Racó dels Sorellets en Castell de Castells (Alicante), la Cova dels Rossegadors (Pobla de Benifassa, Castellón), la de Santa Elena en Despeñaperros (Jaén), Nuestra Señora del Castillo en Almadén (Ciudad Real), las del río Zumeta, etc., no son, en modo alguno, interpretables como escenas de vida cotidiana, de caza o de recolección. Hay algo más trascendente en esas pinturas citadas. Y no es intuición, como podrían afirmar los que adoptan la postura del enroque intelectual. Otra cuestión pendiente en la historia de la investigación española en el estudio del arte rupestre postpaleolítico es la prácticamente total

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ausencia de lecturas procedentes de la historia de las religiones o de la antropología, cuando en Sudáfrica, en Australia o en EE.UU., tal cir-cunstancia y carencia de lectura no es imaginable.

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