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Debt level and developments, analysis of below-the-line operations and stock-flow

3. Public Finance

3.1. General Government Budget Balance and Debt

3.1.4 Debt level and developments, analysis of below-the-line operations and stock-flow

a) La universidad tradicional

Resulta difícil hablar de un concepto único de universidad, ya que este ha variado desde sus orígenes hasta nuestros días a causa de las incontables transformaciones que ha sufrido la institución en sus objetivos, en sus funciones sociales y en los actores que orientan su cambio. Inicialmente la educación no surge como una institución social tal como hoy es definida, sino que se genera gracias a la curiosidad del ser humano por conocer el mundo circundante y su papel en la vida. A partir de esa necesidad de conocimiento, la cultura griega desarrolló una concepción de la educación en la cual se capacitaba tanto a los grupos dirigentes como a los ciudadanos a través de la academia platónica y del liceo aristotélico, antecedentes directos de la universidad. Por tanto, esta

cultura se fincó sobre la idea de que la formación académica entrañaba la unidad y la universalidad del conocimiento a fin de enaltecer la vida y lograr de esta manera la dignificación de la humanidad (Mendieta, 1980: 9). Así pues, en la concepción de la cultura griega la academia y el liceo tenían como principal objetivo la formación de sabios o filósofos para poder enaltecer y cultivar el espíritu humano.

Años más tarde, después del declive de la cultura grecolatina debido a la invasión de los bárbaros, el espíritu de conocer y enaltecer la vida renació durante la época medieval bajo el amparo y auspicio ya no de los filósofos griegos, como en el esclavismo, sino de la Iglesia católica que era la encargada de resaltar el ideal de formación intelectual de los individuos. Para ello, el clero se encargó de acumular y controlar las obras de los filósofos griegos y de los juristas de la antigua Roma, además de recopilar las obras de sus antecesores y traducir los libros escritos en latín. Así es como la Iglesia empezó a tener un papel protagónico en el control y dominio sobre la educación, para lo cual creó centros de capacitación y formación de individuos que atendieran sus necesidades e intereses. Lo anterior se reflejó, por un lado, en el hecho de otorgar licencias para enseñar, y por otro lado, en la formación de profesionales en las especialidades de la época (derecho, teología y medicina), así como en las siete artes liberales de la Edad Media (gramática, lógica, retórica, aritmética, geometría, música y astronomía), a fin de preparar y entrenar tanto al clero profesional como al civil (Brunner, 1990). Esta capacitación se llevaba a cabo en las catedrales que se convirtieron en recintos del saber, pero debido a la creciente demanda, las iglesias catedralicias no pudieron dar atención a la comunidad estudiantil, razón por la cual se crearon espacios cercanos a las iglesias a los cuales se les denominó universidades.

Así pues, es en la Edad Media, bajo el amparo y aprobación de las autoridades de la época papas y reyes), cuando la universidad surge como una institución social propiamente dicha, una vez que logra precisar sus objetivos sociales, establecer espacios para la impartición de las cátedras y delimitar sus reglamentos y normas de

funcionamiento.1 Es también en este momento cuando la universidad empieza a conformarse como un espacio de desarrollo del conocimiento para atender las necesidades de la sociedad medieval.

La esencia de esta institución que surge en la Europa occidental del siglo XII parece estar contenida en su misma raíz etimológica. En efecto, el término universidad proviene del vocablo universitas, el cual hace referencia a una comunidad de individuos dedicada a enseñar y educar, cohesionada por intereses comunes y regida por un estatuto legal específico. La universidad surge entonces, en un primer momento, como una asociación de maestros e intelectuales que se reunían con la intención de dedicarse a la enseñanza. Posteriormente, desde el siglo XIII hasta el XVI, las asociaciones gremiales se extendieron y su forma de organización fue adoptada por diversos grupos sociales. Tales asociaciones cumplían la función de atender los requerimientos profesionales, eclesiásticos y gubernamentales de la sociedad. En ellas estaban agrupados y organizados los intelectuales de la época, quienes gozaban de una licencia para poder transmitir los conocimientos en los cuales eran doctos. Con ciertas diferenciaciones, se puede observar que tanto en la antigua Grecia como en la Europa medieval las funciones que asumían primero la academia y el liceo y después la universidad eran las de educar, enseñar, enaltecer el espíritu humano y cultivar al hombre. Podría decirse que el concepto de universidad en estos periodos estaba relacionado directamente con el conocimiento y los saberes.

b) La universidad contemporánea

A principios del siglo XIX, entre fines de los 1700 y principios de los 1800 es importante resaltar la visión humanista de la universidad bajo la figura de Wilhelm Von

1 Al respecto, Mendieta (1980) señala que la universidad se consolida como institución social porque concentra una serie de factores psicológicos, históricos, políticos, económicos, religiosos y culturales de la época que configuran una institución en la medida que integra elementos tales como: la definición de objetivos claros y explícitos en la formación y capacitación de profesionales para atender las necesidades del clero; la aparición de un interés social en la formación de profesionales y científicos; la utilización de espacios específicos para la impartición de las cátedras; el reconocimiento y la autorización de las máximas autoridades espirituales, como los papas y los reyes, y la conformación de una estructura organizativa en el diseño y elaboración de los planes de estudio. Además, se establece una serie de códigos y normas que regulan su funcionamiento.

Humboldt, con su ideal humanista y su firme convicción de que el compromiso del género humano es el perfeccionamiento progresivo de la forma humana ideal. Para este pensador alemán, lo más importante era el desarrollo de la ciencia, de la cultura y el arte para enaltecer la vida espiritual de los hombres.

Ello significaba la limitación de la participación del Estado en la definición de las políticas de docencia e investigación. Para Von Humboldt, el Estado no debería tomar a sus propias universidades como gimnasios, ni como escuelas especializadas, ni utilizar a la academia como si fuera una comisión técnico-científica. Su papel debería ser sólo para organizar las instituciones educativas y proporcionar la preparación previa para los establecimientos de educación superior (Bonvecchio, 1998). Por lo que las universidades deberían tener como objetivo el desarrollo de la ciencia en sí misma, que requiere de un trabajo constante y permanente.

Siete siglos después de su surgimiento, si bien la universidad sigue teniendo los objetivos de educar, enseñar y cultivar los saberes, a partir de la estrecha vinculación del Estado con la universidad, a diferencia del sueño de Von Humboldt, las universidades empiezan a estrechar más sus vínculos con éste actor quien juega un papel decisivo en la orientación y definición del quehacer universitario. Así, la universidad contemporánea se desarrolla más en la perspectiva de vincularse con la sociedad, bajo el principio de satisfacer sus demandas (Mendoza, 1990: 283). Esto significa que el desarrollo del conocimiento ya no sólo tiene como finalidad enaltecer el espíritu, sino que busca también que esos conocimientos reditúen o proporcionen beneficios a la sociedad. Esta visión surge en la primera mitad del siglo XX, cuando se empieza a concebir la universidad como una institución donde se integraba y se evidenciaba el conflicto entre elementos pedagógicos, jurídicos, técnicos, económicos y de toda índole social. Y no puede ser de otra forma, ya que la universidad, en tanto que institución social, está impregnada de ideas, nociones, doctrinas, valores e intereses propias de la sociedad que la alberga, proporcionando de esta manera herramientas útiles o necesarias a los miembros de la misma (Sherz, 1969: 30).

En décadas posteriores el concepto de universidad se fue enriqueciendo, pues además de ser considerada como una institución social compleja, también se caracterizó como necesaria para el desarrollo de un pensamiento crítico y creativo. Considerada como un espacio donde se lleva a cabo el proceso de enseñanza y aprendizaje, finalmente es el reflejo de una sociedad que tiene un espíritu de creatividad, civilización y humanismo. La universidad es, como bien lo define Jorge Padua (1994) , “... el lugar sine

qua non de una sociedad creativa, eficiente, civilizada, humana, donde confluyen

pensamiento y razón que se aplican sobre el conocimiento” (Padua, 1994: 114). Es un espacio diverso en el que se desarrollan diferentes funciones de carácter socio- económico, político-ideológico y científico-tecnológico, porque además de promover el conocimiento y la formación de capital humano, también enseña a los individuos a aprender, implementa mecanismos para abrirse a la cultura y al arte, así como a la ciencia y a la tecnología. Es también un espacio donde el actor aprende a ser tolerante, pero cuestionador y razonable, no conformista; en otras palabras, un espacio donde la duda ocupa un lugar central (ídem). Así, durante la primera mitad del siglo XX la universidad fue concebida como una institución donde se desarrollaba el pensamiento crítico y el conocimiento, así como la capacitación de los individuos.

A partir de la segunda mitad de este siglo, la universidad tuvo que adecuarse al nuevo contexto económico, político y social generado por los vertiginosos cambios que se desencadenaron después de la Segunda Guerra Mundial. La posguerra marcó un precedente importante en la nueva visión de la universidad a nivel mundial y particularmente en América Latina, porque a partir de entonces la educación se vinculó con la teoría del desarrollo económico y político de las sociedades cambiantes (Varela, 1994). Esta visión tuvo auge en la década de los sesenta, cuando la educación en general, y especialmente la educación superior, empezó a ser el foco de atención en las proyecciones de las sociedades industrializadas. Desde ese momento, el objetivo central de las universidades fue la capacitación y formación de cuadros necesarios para la producción y la productividad.

En este contexto, la universidad de finales de siglo se considera como una de las instituciones sociales más dinámicas porque constantemente enfrenta procesos de cambio, tanto endógenos como exógenos. Es dinámica en la medida que conserva un espíritu creativo y crítico frente a los conocimientos que demandan las necesidades del neoliberalismo y la globalización, cuyo principal objetivo es la formación de recursos humanos que atiendan los requerimientos del capital. Como centro de capacitación y formación de capital humano, se ha convertido en el canal de desarrollo de las ofertas y de los productos educativos que proporcionan los cuadros y la mano de obra calificada requeridos por la producción y el mercado. Por eso es que la universidad transita en la actualidad por un proceso permanente de cambio, tanto en sus objetivos como en sus funciones.

Se torna por tanto necesario emprender un análisis de las distintas funciones que ha asumido la universidad a lo largo del siglo XX. En otras palabras, se trata de evidenciar las razones o motivos de su existencia, así como el significado que ha tenido para la sociedad contemporánea. Un análisis así planteado implica abordar la relación universidad- sociedad en los dos sentidos, es decir, estudiar la forma en que la universidad contribuye a la reproducción de las estructuras sociales, así como la manera en que es determinada, a su vez, por estas últimas.