C. Data Analysis
4.8. Deductive Analysis: Review of the Findings of the Field Study
¿A quién podremos decir debe estos adelantos gloriosos la Francia, y por ella, de un siglo a esta parte, algunos Reynos de la Europa? A ninguna otra causa, después del favor, se atribuyen estos felicismos efectos, sino al constante tesón, y al desvelo de sus sabios, que, olvidados de si mismos solo parecen han considerado por interés principal suyo, el hacer comunes las ciencias, hasta para el más bajo plebeyo (Nipho, 1758, 1° de Febrero, p. 9).
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En la esquina del Pilar, al costado oriental de la calzada, donde se cruza la calle de Lesmes con la del Fiscal, hay una pequeña cafetería con no más de cinco mesas, un par de vitrinas, una nevera y un cartel escrito a mano y con mala letra que anuncia el menú. Casi es medio día, el frío está de feria y el viento, como de costumbre, hace de los cerros un tobogán por el cual baja raudo trayendo las chispas heladas de una llovizna aburridora e incesante. La mujer que atiende dice que la taza de chocolate en leche cuesta mil quinientos pesos y que se acaba temprano; en cambio, ofrece tinto. Mientras tanto, al frente, en el costado occidental, un hombre lee el periódico del día. En la portada se destacan la suspensión del alcalde mayor y la corrupción de las empresas de salud, anuncia la muerte de Bin Laden y cuenta que luego de treinta y cuatro años el café marcó un precio histórico al llegar a los 3,32 dólares la libra (El Tiempo, 2011, 4 de mayo, p. 1). Ese hombre está sentado, precisamente, y quizás sin percatarse de la noticia, en el local que vende el producto estrella colombiano: el café de don Juan y Conchita. Mil quinientos pesos cuesta un expreso en vaso pequeño. Es lo más barato que se consigue allí, pues las otras presentaciones casi triplican el valor; pero aun así él lo pagará sin protestar.
Como ocurre en esos dos lugares, local tras local, una y otra vez sobre las tiras de andenes altos y angostos del viejo barrio de la Candelaria, el café demuestra que es el que manda, aunque ese placer amargo resulte costoso, ya que una libra en la tienda del barrio, en medio de frasquitos de aceite y bolsas de arroz, harina, frijol y lenteja, promedia los siete mil pesos, mientras que una libra de chocolate llega a costar la mitad; incluso, se pueden adquirir las pastillas de forma individual a sólo trescientos pesos, casi tan barato como la panela, cuya dulzura sigue siendo la
reina en la mesa de los pobres. Quizás, esa fue una de las razones por las cuales aquel día ya no había chocolate en la cafetería, pues su cálido encanto es hoy día el goce matutino de muchos. Pero eso no siempre fue así. Casi doscientos años atrás, en la misma casa esquinera donde se sirve el café acompañado por la sonrisa espumosa y galana de don Juan impresa en el vaso de icopor, se realizó una fiesta de la aristocracia santafereña donde el chocolate era más valioso que el vino y daba hasta para la exaltación lírica, tal como lo hizo en los años treinta de aquel siglo don Ignacio Gutiérrez Vergara al componer la Oda al cacao, la cual recitaba, según su herencia cantábrica, diferenciando el sonido de la S que se oye hoy día en el país, del que hay en la Z y la
C fricativas del castellano que suenan como la TH inglesa: “El cacao dilithiosu, / Que abundanti produthe nostru suelo, / Nutretivo y sabrosu, / De los jombres consuelu, / Y que los dioses usan en el thielo” (Ibáñez, 1891). Aquel era un tiempo que sonaba diferente y en el que, realmente, el chocolate era un privilegio de pocos.
Aquello sucedió el 13 de mayo de 1813 en la casa del marqués de San Jorge, entre las ocho y las once de la noche, que era la hora en que solían cenar los capitalinos. Don José María Vergara y Vergara señala aquel suceso como la celebración del fin de la sociedad monárquica y cuenta que ese día cincuenta y cinco personalidades acudieron a la invitación de doña Tadea Lozano, hija del segundo marqués de San Jorge y esposa de su tío, don Jorge Tadeo Lozano, para agasajar al sobrino político de una de sus tías, don Antonio Nariño Álvarez, Presidente de Cundinamarca, quien partiría el 21 de septiembre de ese año hacia el sur del país a luchar contra las tropas españolas. (1936, p. 16). Era la época de lo que un historiador estadounidense llamó la “rosca criolla” (Phelan citado en Gutiérrez Ramos, 1998, p. 136). No obstante, esa fiesta no parecía la despedida de uno sino la de todo el grupo, quienes no imaginaban que ese sería su último día feliz.
Esa noche la algarabía rompía el silencio que parecía levitar sobre el suelo adoquinado y eternamente húmedo por las lluvias que gobernaban la ciudad y que aliviaban un poco el ambiente enrarecido por el estiércol y la orina ácida de los caballos que transitaban de día y la de los burros que se apoderaban libertinamente de las noches, así como el hedor que se elevaba con las miasmas que se abrían paso como ratas en medio de las basuras y los aires pestíferos que se escondían en las letrinas de los patios traseros de las casas, los andenes y locales comerciales, que eran, al mismo tiempo, “infectos e inadecuados cuartos de habitación, que por lo general sólo recibían luz y aire por una estrecha puerta; que carecían de servicio de agua y albañal;
donde se agrupaban numerosas familias, las cuales arrojaban al caño descubierto de las calles todos los desperdicios e inmundicias del servicio doméstico, aumentados con los del perro, el gato, las gallinas y palomas” (Ibáñez, 1891b). Nadie mejor para expresar tan molesta cotidianidad que don Francisco Javier Caro, quien en su Diario se quejaba de tener que compartir el retrete con otros funcionarios y soldados en el palacio de gobierno, mientras era virrey encargado: “No hay dónde poner los pies, porque son tan rematadamente puercos y tan cochinos que se ensucian en el suelo como las gallinas: y es tanta, y tal la hedentina, que por no ir allí, digo con toda verdad, que a ratos sería mucho más aseo cagarse un hombre en sus mismos calzones, que no ir a ejecutarlo en dicha secreta” (Iriarte, 1999, p. 54). Tal era el ambiente que se respiraba en una ciudad que por los días del convite de los Lozano superaba los treinta mil habitantes; es decir, un pueblo de mierda rodando por los suelos.
El evento de aquella noche tenía como particularidad que el chocolate, de visos dorados y azules, había sido guardado durante ocho años en grandes arcones de cedro. ¡Todo un tesoro! Vergara y Vergara contaba que el cacao iba mezclado con canela aromática y vino y que al prepararlo se disponían dos pastillas por taza y quedaba tan espeso y perfumado que “cada prócer de aquellos cerraba un poquillo los ojos, al poner la cucharita de plata llena de chocolate en la lengua: le paladeaba, le tragaba con majestad” (1936, p 18). Ese alimento había sido traído desde Cúcuta, región que junto a Pamplona y el Urabá era una de las de mayor producción cacaotera en el país y cuyo producto se exportaba hacia Europa o Veracruz, en Méjico, saliendo por Cartagena o por el puerto de Maracaibo en Venezuela, que era la mayor productora del virreinato (Patiño, 1990). Por eso, todos trataban de eternizar su sabor, tal como lo hacía un anciano con piel de porcelana que cerraba los ojos por unos segundos antes de tragar; fue él quien llamó la atención de don Jorge con un comentario en ese tono veloz y a veces enrevesado del andaluz seseado: “Ehto oviehe sio pone’ prato pa’ compone’ una memolia interesabre jace doce año’; ¿no cre’ uhté?”, a lo cual respondió el elegante anfitrión con una sonrisa que traslapaba algo que guardó para sí mismo con el cantado y suave acento del aragonés castellano: “¡Andaa, caroqueroo! Que shi os oviesheis shuscritoo i motivaoo á otrosh para shu coshtee, pueesh… Pero, sheguroo quee vuesha pershoná funa de lash quee losh criticó á lo’infortunaoosh papelésh”. No obstante, don Jorge concordaba con aquel hombre en que el cacao hubiera sido un buen tema para su ya olvidado semanario intitulado Correo curioso, erudito, comercial y
mercantil de Santafé de Bogotá. Y lo era, porque por esa época el agro se concebía como un asunto que valía la pena escribir, leer y conocer.
El cacao era un alimento apetecido en el mercado del viejo continente; por eso, sólo una familia como la Lozano podía darse tal gusto en una reunión donde el oro y la seda se llevaban en las ropas y se bailaba alegremente la contradanza, yendo y viniendo, dibujando el cuadrilongo del salón con figuras de “paseo, cadena y triunfo en la primera parte; y en la segunda alas cruzadas, paso de Venus y ruedas combinadas” (Vergara y Vergara, 1936, p. 19). Y mientras unos bailaban, otros se agolpaban afuera, en un área de recibo que empezaba luego de subir veinticuatro pasos rojos del primero al segundo piso. Aquel espacio, de unos tres metros de ancho por unos ocho de largo, limitaba por un lado con el salón y por el otro, con una barandilla de madera que a modo de balcón permitía no sólo extender la mirada hacia el patio central de la casa sino admirar los extensos y ostentosos murales que decoraban las paredes del lugar y que recordaban los paisajes de las bastas posesiones familiares, forjadas con el esfuerzo y visión empresarial de don Jorge Miguel Lozano de Peralta, el patriarca y primer Marqués de San Jorge. Un pequeño grupo se reunió allí con don Jorge Tadeo. Sonreían y memoraban sus días en la Expedición Botánica, animados por los dibujos en tono naranja de los girasoles, las frutas brillantes y las aves de picos afilados que parecían moverse en la pared cada vez que el destello de las velas danzaba sobre ellas. El recuerdo del periódico envolvió a don Jorge con nostalgia. Recargado sobre la baranda, y con los ojos puestos sobre la piel insondable de la noche derretida sobre el tejado rojizo, se devolvió en el tiempo hasta su infancia, a la época cuando acompañaba a su padre por las cerca de veinte mil hectáreas que poseía. Se preguntaba el por qué había llegado hasta ese punto y qué tenía que ver aquello con el periódico. De repente, se encontró frente a su padre el día que este le contó que a los dieciocho años, y sin estudios concluidos, había decidido emprender su aventura en los negocios: “Me propushoo el ditchó mi cuñaoo Athuolaa que podíaa llevalé algunosh génerosh (telash, ropash, hilosh, etc.) pa’ cambiáshelosh á ganaosh mayoresh i menoresh, en que negothiabaa entonthes, o en platá pa’ reducilaa á ganaoo, proponiéndome también, que de la’utilidadesh tomaríaa yó partee” (Citado en Gutiérrez Ramos, 1998, p. 71). Don Jorge veía a su padre amo y señor de sus seis haciendas en tierras de la sabana de Bogotá, en cabezadas por la dehesa del Novillero, lugar que con sus ojos de niño veía tan grande que llegó a imaginar que el marqués era el dueño del mundo. Eran terrenos que abarcaban lo que hoy es Soacha, Bosa, Techo, Facatativá, Mosquera, El Rosal y Subachoque, y cuya
frontera se extendía al occidente sobre los ríos Balsillas, Serrezuela y Subachoque. Además, el marqués tenía otras cuatro haciendas en el Valle de Mátima, donde hoy queda Anolaima, y tres en la Villa de Tarazona, en España (Gutiérrez Ramos, 1998, p. 81). Estas últimas, heredadas por parte de su abuelo materno.
Cuando don Jorge nació, el 30 de enero de 1771, las empresas agropecuarias de su padre rentaban cerca de dos mil quinientos pesos anualmente, una cifra muy alta para la época. El niño fue bautizado cuatro días después de su nacimiento con el nombre de Jorge Tadeo Pedro José Ignacio Lozano de Peralta González Manrique (Cáceres, 1987, p. 13). Fue el antepenúltimo entre nueve, siete de ellos mujeres, razón por la cual creció rodeado de riqueza pero también de afecto femenino. Sin embargo, toda la atención era para su hermano José María, catorce años mayor que él, quien heredaría el mayorazgo y el título como futuro segundo marqués de San Jorge. Eso no lo amilanó y, por el contrario, le dio valor para sobresalir y llegar a convertirse en el presidente de una tierra libre.
En su padre pensaba, mientras divisaba a lo lejos, en el costado norte de la casa, un mural que dejaba ver la labor de algunos trabajadores del campo en medio de un paisaje de tonos verdes y azules. En el salón suena el capitusé, “un baile mestizo con tonada de bambuco” que le gustaba escuchar más que bailar (Tolima Cafetero, 2010, mayo, p. 4). Al ingresar, doña Tadea le sonríe con disimulo, pero una presencia lo distrae y lo obliga a girar con vehemencia. Era su padre, vestido de blanco y dorado, magnífico, con el estilo afrancesado que ya no se usaba para denotar “alcurnia e hidalguía sino más bien de autopromoción de sí mismo a través de la construcción de una imagen de cuerpo altamente atrayente, esplendorosa y ostentosa” (León, 2011). Aquel retrato, hecho por don Joaquín Gutiérrez, estaba colgado junto al de don José María y algunos otros del linaje (Gutiérrez, 2011). Sin embargo, era el marqués el que le robaba la mirada y parecía decirle, como cuando era niño, que estaba orgulloso de él. Eso le daba una paz infinita. Don Jorge suspira en medio del bullicio y observa en una esquina a don Antonio Nariño dialogando muy animadamente con el abogado payanés Camilo Torres. Nariño se percata y le sonríe haciendo una leve reverencia con la cabeza. “¡Hala!, la cruth en losh petchosh i el diabloo en lo’jetchosh”, musita don Jorge, honrando la costumbre española de hablar con refranes, para recordar la hipocresía de aquel que un par de años atrás lo había derrocado del poder con argucias poco leales y usando la fuerza de ese novísimo y peligroso juguete político de la sociedad neogranadina: el papel periódico. Él sabía que no había nadie tan firme y leal como su
padre; por eso, regresa la mirada sobre el óleo y se fija en sus manos sosteniendo los símbolos del poder y la distinción: en la izquierda, unos guantes; en la derecha, un bastón. Así lucía mientras recorrían juntos las haciendas cuando él era apenas un niño y se sorprendía con las hojas afiladas de la caña de azúcar o con el rumor de los trigales antes de la cosecha o con la suavidad nívea de la harina después del paso por el molino. Seguramente, todo era una invitación a jugar y descubrir, situación que también le permitió explorar el principal negocio de la familia, que era la ganadería, y conocer de cerca la nobleza del Blanco Orejinegro y la belleza rojiza del San Martinero, a los que quizás llegó a comparar con la figura menuda del Casanareño y el Hartón del Valle, que eran razas criollas vacunas, o ganados mayores, como se les decía, los cuales recorrían las tierras de cordillera y las llanuras de pasturas amarillentas en el centro oriente y el occidente del país. Igualmente, padre e hijo, como en una obra de Roberto Ayzenberg, solían contemplar las tierras de labranza en medio del frío y la neblina o ampararse del sol y el sofoco pegajoso de tierra caliente bajo las palmas de plátano, animados muchas veces por las carreritas de las sargantanas entre la hojarasca. Desde esos días, don Jorge abrazó los colores y el aroma de la vida, los cuales lo acompañaron hasta el final de sus días cuando murió, paradójicamente, en una huerta.
Fue durante esa época cuando, seguramente, conoció a su primo, don José Luis de Azuola y Lozano, quien era hijo del hombre que había administrado las propiedades del marqués, mientras este alcanzaba la edad necesaria para asumir sus responsabilidades, y el que lo apoyó e impulsó en el mundo de los negocios. Por lo tanto, había una estrecha relación entre las dos familias. Y aunque existía una brecha generacional de diecisiete años e iban por caminos diferentes, a los dos primos los unía la fe ciega por un sabio gaditano que hacía alquimia con las palabras para que aquel que lo oyera una vez jamás dejara de escucharlo. Ese hombre, con rostro de abuelo bonachón, era don José Celestino Bruno Mutis y Bosio. Lo llamaban doctor Mutis, pero más que médico fue un profesor que desde el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario creó una generación espléndida de científicos, a los que educó sin imaginar que sus enseñanzas los llevarían a un infortunado final. Don Jorge fue uno de sus alumnos. Él llegó al Rosario el 14 de octubre de 1781 junto a otros noventa y cuatro niños y “con beneplácito y regocijo de todos los individuos, se le confirió la beca e insignias de él, precediendo el juramento que hizo en debida forma tocando los sagrados evangelios ante el señor rector, según es costumbre” (Cáceres, 1987, p. 14). Seis días después, recibió su primera clase.
Para un niño rodeado de tanto cariño, la severidad y disciplina de aquel claustro frío fueron un paso difícil de asumir. Quizás, porque adentro de la beca blanca que lo distinguía como rosarista, cargaba la negra y triste niebla mortuoria de su recién fallecida madre, doña María Thadea González Manrique del Frago Bonis, primera marquesa de San Jorge de Bogotá. Tal vez, resentía la lucha del marqués contra el gobierno español por el monopolio en el negocio de abastecimiento de carne proveniente del Novillero (Afanador, 2007, julio-diciembre); además, sufría la pugna que su padre desató para hacer valer el título de marqués que le había sido concedido en 1772 por el virrey Messía de la Zerda, gracias al rey Carlos III, quien en honor al “feliz parto” de la princesa de Asturias le había enviado dos Cédulas Reales en blanco para ser distribuidas entre personas con distinción, “antigüedad de sus casas, buena conducta y señalados servicios” (Gutiérrez Ramos, 1998, p. 124). El marqués reunía todas las condiciones; sin embargo, resultó que debía pagar el regalo y él como se negó, el título le fue revocado.
Desde ese día, el marqués, quien también resultó involucrado en la revolución de los comuneros, tenía que vivir con la guardia en alto frente al cotilleo de esquina y a un gobierno hostil encabezado por el arzobispo virrey don Antonio Caballero y Góngora, hecho que lo obligó a quejarse ante el rey denunciando no sólo al virrey sino a su asesor, su secretario y los fiscales: “Son sujetos que por lo general son de muy mala condición, soberbia y despotismo, tan violento, que parece enferman el día que no causan algún daño al vecino o pesadumbre al prójimo, y del consenso de éstos son meros ejecutores los virreyes: En fin Señor, los tristes Españoles Americanos, cuanto más distinguidos tanto más padecen” (Gutiérrez Ramos, 1998, p. 134). Paradójicamente, la educación de don Jorge se vio beneficiada por el enemigo de su padre, pues al margen de las clases de latinidad, retórica, humanidades y filosofía, el virrey impulsó la formación científica, llevando a más de un estudiante a la “pérdida de vocación jurídica” (Afanador, 2007, julio-diciembre). Incluso, por esos días, aun retumbaban, como el tañido de los campanarios de las diecinueve iglesias y los quince conventos de la pequeña ciudad, las palabras