• No results found

C. Data Analysis

5.2. Hypotheses Development

“Las operaciones de agricultura, bien ó mal manejadas, deciden de la riqueza ó pobreza de los ciudadanos” (Duhamel citado en el Eco del Tequenthama, 1829, 29 de noviembre, p. 67).

1

El primero de mayo de 1832 cayó en domingo; por ende, la mujer se levantó temprano y como lo hacía cada ocho días se vistió de azul. Era su forma de honrar la muerte de Policarpa Salavarrieta, la heroína fusilada por los españoles durante la guerra de independencia. Luego, abrió una ventanita de madera por la que apenas podía asomar la cabeza y vio las nubes aun bajas, vestigio de una noche lluviosa; no obstante, al notar con extrañeza que no se movían, tuvo la sensación de que algo malo ocurriría. También era día de descanso obligado; así lo exigía el gobierno, que castigaba con cincuenta pesos a la persona “irreligiosa i avara” que abriera su negocio o trabajase en día festivo atentando contra la fe y la patria (Constitucional de Cundinamarca, 1831, 4 de diciembre, p. 44). Pero eso a ella no le importaba, ya que al cruzar la desvencijada puerta de madera de aquella rústica casa un mundo ajeno a la fe y a las leyes esperaba el paso de sus pies anchos y el brillo de sus manos callosas y ajadas. “Á deshpertar mothetash; haii quee ponerosh elegantesh i compueshtash comoo printheshash”, les decía a sus hortalizas, mientras las regaba alegremente y les silbaba cualquier tonada que se le viniera a la cabeza. Ella conocía bien su responsabilidad, pues, como aun sucede, un trabajador del campo no tenía derecho al mínimo de solaz y mucho menos si tenía que cargar a cuestas el costal de la pobreza y el alma debajo del brazo para feriarla por caminos de soledad y miseria. Por eso, sabía que cualquier descuido le impediría salvar tanto a sus plantas como a sus gallinas enjutas y evitar así su propio desastre, ya que su situación, como la de muchos otros, no era la mejor.

Quienes la conocían la llamaban doña Sagrario, otros le decían la coja y los más abusivos la desportillada. Pero ella les hacía caso omiso, como si nadie existiera a su alrededor, en especial cuando iba hasta la Villa de San Miguel de las Guaduas a trabajar o asistir a la eucaristía en la catedral de San Miguel Arcángel para escuchar el sermón del padre Justiniano Gutiérrez, guía

espiritual de aquel pueblo desde 1809 cuando el destino puso en sus manos la cordura de un lugar que sería clave en la independencia del país (Rubio, 2009). A él todos lo admiraban no sólo por ser el tío del prócer Joaquín Posada Gutiérrez sino por su carácter aguerrido y frentero que lo llevó a ser reo del gobierno español desde el día que se atrevió a decir: “Os afirmo: que la independencia que solicitamos es justa, importante y necesaria; que es más conforme a nuestra santa religión que la dependencia de los reyes” (Citado en Agudelo et al., 2010, p. 158). Sin embargo, Sagrario lo veía con otros ojos y le parecía un ser noble y caritativo y, por ende, el mejor representante de Dios sobre la tierra; además, era su único amigo y el principal motivo de su viaje al pueblo.

El padre Justiniano hablaba con tal pasión que a veces olvidaba hasta parpadear. Pero ella no lo percibía, pues siempre lo escuchaba de rodillas, con los ojos cerrados y dándose golpecitos de pecho. Sagrario tenía motivos para arrepentirse, pero prefería dar gracias al empíreo, ya que superaba los cuarenta años y aun seguía con vida, todo un logro para la época y su condición social. También, asistía para orar por el alma de su hijo mayor, a quien había perdido diez años atrás, y por Antonio, su segundo hijo, quien iba por los cinco años y medio de edad. Ella sabía que orando podía enfrentar la angustia de los días impasibles y ayudaba para que no faltara la comida, para que sus siembras dieran algo que sirviera y para apaciguar el terror que le ocasionaban las noches, porque de un tiempo para acá no había vuelto a ver estrellas en el cielo y la oscuridad que la rodeaba le dejaba un eco extraño de voces que la perseguían sin descanso. Sagrario oraba, y había que hacerlo, porque ya no estaba el Libertador Simón Bolívar para liderar o enredar la patria y con él la Gran Colombia también había muerto; oraba porque el tiempo parecía retroceder, ya que de un día para otro la hermosa tierra emancipada volvía a llamarse Nueva Granada y muchos vivían confundidos y aun llamaban amo al empleador y al terrateniente; Sagrario oraba intentando comprender por qué la opresión y la servidumbre proveían techo y alimento, mientras la libertad significaba hambre; oraba, aunque no entendiera mucho de política, para poder creer en el señalado general Francisco de Paula Santander y en don José Ignacio de Márquez, quienes asumieron el poder tremolando banderas que anunciaban un mejor futuro para un agro que yacía postrado y lastimero como ese perro de mirada triste que exhibe el relieve magro de sus costillas para repudiar su suerte. Sagrario oraba añorando el esplendor de otros tiempos y a veces lloraba desconsolada ante la mirada escrutadora e inocente de su hijo, mientras luchaba, derrumbada sobre la tierra, intentando comprender un mundo sin

respuestas; entonces, llegaban la ira, los cuestionamientos y las imprecaciones contra los que se fueron o nunca estuvieron, y sufría, y la cabeza le pesaba, el escalofrío la hacía palidecer y, sin fuerzas, sólo le quedaban ganas de dormir, quizás de morir. Allí, tirada sobre el suelo, parecía un montón de tierra que se iba llevando lentamente el viento.

Cada vez que se sentía así, Sagrario miraba a su alrededor y descubría que estaba lejos de todo y de todos. En medio de su soledad, el silencio del campo la asustaba y pensaba en Huitaca, la diosa Chibcha de la noche; estaba segura que ese ser con cuerpo de mujer y cara de lechuza andaba por ahí sacudiendo los árboles y regando en sus cultivos cuanto bicho encontraba para atormentarla por sus andanzas pasadas. Por eso, aquel domingo de nubes quietas, no se inmutó al encontrar desfoliadas las albahacas que iba a vender en el mercado del pueblo, como ya le había ocurrido antes con unos tomates rastreros, víctimas del hongo y las hormigas. Esta vez, la culpable era la babosa; ella lo sabía, ya las había visto, lechosas y untuosas, durmiendo bajo la tierra. Esa mañana, comprendió que la desgracia era parte de un hado, un sino del que no podía escapar.

Y es que tras la guerra de independencia la campiña nacional había ido recuperando su semblante silvestre y sólo se salvaban de la furia colonizadora de los grandes y pequeños arvenses aquellos lugares en los que se producía apenas lo necesario para comer o sobrevivir, como lo escribió don José Antonio Cualla, el insigne impresor colonial: “Es notorio que en varios lugares de tierra caliente, la indolencia de sus pobladores, es tal, que teniendo á la mano todos los recursos de la naturaleza, apenas cosechan una porción de frutos vejetales suficientes á sus necesidades” (1831, p.10). Ese hombre, por cuyas manos circularon los genes del periodismo colombiano, caminaba entre sus máquinas, con su rostro amable y su cuerpo menudo enfundado en un chaquetón de grandes bolsillos en los que cabía, como en un “armario” de tela, el país que había visto crecer y derrumbarse a través de montones de letras y papel (Samper, 2004). Por eso, cavilaba y estructuraba en su cabeza chata un texto con el cual pudiese abrirle los ojos a una sociedad totalmente politizada y ajena a la labor agropecuaria.

Sucedió la tarde de un día frío de 1831. Don José Antonio divagaba, anclado en una reflexión que pesaba más que su vieja imprenta. “La agricultura es la madre de la prosperidad pública”, pensó (1831, p. 11). Pero el frío estribillo de sus tripas lo rebatía al recordarle que en Santafé de Bogotá, otrora virreinal y pomposa, había personas que no tenían derecho a un pan por el costo de la harina: “Con dolor nos vemos en la necesidad de confesar que este abastecimiento

pudiéndose sacar de nuestra propia industria, se importa de fuera mientras que los subidos precios causados por los derechos que se pagan en los puertos por este renglón, ponen á las dos terceras partes de la población, en la dura alternativa de privarse de un artículo de primer consumo” (1831, p. 11). Además, el anciano era consciente que el polvillo, enfermedad que había campeado durante tres décadas por las pálidas praderas de la sabana, destruía los cultivos y las rentas de los valientes trigueros debido al pobre empeño que ellos ponían para enfrentar el problema. Parecía que les gustaba vivir así y tampoco nadie se preocupaba por sacarlos del letargo.

Igual sucedía con el tabaco, el producto estrella de la época y de cuyas rentas dependía el estado. Sin embargo, como el estanco sólo recibía la cosecha durante seis meses el resto del año se perdía productivamente, con lo cual se reducía el ingreso del tabacalero y le dejaba como única salida la poco rentable vía del contrabando. “El infeliz cosechero se vé en la dura necesidad de sacrificar su tabaco, á fin de cubrir su primeras necesidades”, pensó don José Antonio, mientras observaba su reflejo en un espejo curtido por el tiempo. Allí, escudriñando sus ojos, llegó a otra reflexión que apuntó con prontitud, tomando como ejemplo la falta de unión del gremio impresor: “El tabaco carece de hombres de propiedad ó á lo menos de respetabilidad y educación. Como lo son otros países, y no pobres jornaleros los que apenas cultivan un pequeño espacio sin recursos, sin arbitrios, viéndose por lo mismo obligados á dar con frecuencia sus cosechas para pagarés, en lugar de dinero” (1831, p. 15). El viejo impresor pensaba en las casi veinte mil arrobas que se producían anualmente frente al millón que requería la Gran Bretaña. Se le hacía agua la boca: “!!! Cuan vasto campo para nuestra industria !!! y hoy dia cuan desierto, cuan descuidado, cuan dejado en el estado mas completo de abandono”, escribió (1831, p. 17). Su cara, aun en el espejo, lo asustaba. El hombre que veía allí se parecía a los que había visto deambulando por las calles bogotanas sin ilusiones, sin oportunidades, casi sin vida.

Cuando don José Antonio decidió sentarse miró sus manos y detalló una hilacha colgando de la manga de su chaquetón. La arrancó con cuidado, mientras maldecía la mala calidad de la manufactura criolla. Entonces, pensó en la situación del algodón, al que le iba peor que al tabaco y al trigo, pues carecía de grandes productores y se cultivaba muy poco, ya que el gremio había perdido credibilidad porque en algunas regiones, como en Girón, lo despepaban mal para hacerle aumentar el peso y cobrar más. “¡¡¡Fuyerosh!!!”, dice en voz alta, sacudiendo la hilacha, antes de escribir otra idea: “Su calidad no es de la mejor, debido principalmente al poco cuidado con que

se despepita, siendo su precio de tal naturaleza, que el exportador se vé casi siempre perjudicado por aquellos negociantes que lo han comprado en otros países á mejor precio y de superior calidad” (1831, p. 20). Eso lo llevó a imaginar los campos algodoneros del país usando las novísimas máquinas estadounidenses que limpiaban el algodón automáticamente, en menor tiempo y con mejor eficacia que el producido manualmente.

Allí, sentado en un butaca, buscando cómo contar sus ideas, si acaso en un periódico o mejor en un librillo, se acordó de don José Celestino Mutis y del olvido en que había caído la quina, por la cual el fallecido botánico había luchado tanto: “Yo sé que léjos de ser este el motivo la mezcla de la buena cantidad con la mala, fue la que la hizo despreciar en los mercados extranjeros” (1831, p. 24). Igual sucedía con el azúcar, ya que el atraso industrial en el proceso de trapiche la hacía inviable frente a los recursos y calidad del producto habanero, jamaiquino o estadounidense; por eso, anotó: “El actual método de sacar el azúcar, es tan malo y tan ineficaz, que no dudo que el primero que llegara á establecer un molino bajo estos principios, no solamente se enriquecería, sino que le haría un bien al país” (1831, p. 25). También pasaban por un mal momento el añil, la cochinilla, la vainilla y hasta el cacao, que casi ni se producía, puesto que requería sombrío y riego constante y, además, era un fruto de carácter tardío que tendía a perderse por su difícil relación con ciertos climas. Por todo eso, para don José Antonio lo único que se salvaba era la producción pecuaria, pues veía en ella una oportunidad tanto para el consumo interno como para exportar, principalmente en el ramo de los cueros.

Es claro que el panorama del agro colombiano no era muy alentador por aquellos días. Uno que pensaba igual era el vice presidente de la república, don José Ignacio de Márquez, quien veía la urgencia de disminuir la capacidad del ejército y liberar la gran cantidad de brazos ociosos que había en él para regresarlos al campo; además, se decía en voz baja que deseaba recuperar los terrenos que disfrutaba la iglesia y eliminar los días festivos para fomentar la agricultura y el comercio (Arboleda, 1933, p. 135). “La falta de un buen tabaco es demasiado notoria aun en esta capital, donde apenas se encuentra un buen cigarro”, apuntó el impresor tras encender un puro (1831, p. 15). Le da una chupada y suelta una bocanada de humo que sale a remolinos como un alma que se niega a abandonar el cuerpo; entonces, con pluma en mano, escribe que es necesario capacitar al trabajador del agro: “Se podría lograr este fin mientras que al mismo tiempo se conseguirían los conocimientos necesarios para el cultivo de la planta un gran número de brazos, que hoy día no están acostumbrados á esta industria, y que necesitan siquiera un corto tiempo

para que se instruyan en ella” (1831, p. 33). Todo este análisis se convirtió en un libro titulado Observaciones sobre el comercio de la Nueva Granada, publicado en un tiempo en el que pululaban periódicos de vida fugaz junto a cartillas en las que se exaltaban los valores republicanos y en las que “civilizar las costumbres de la población colombiana se constituyó en el objetivo fundamental de los escritores sin ninguna clase de distingos políticos” (Alarcón, 2005, p. 192). Por lo tanto, desde allí se perpetraba la idea de que la patria se construía en la escuela, aludiendo a la ilustración como detonante de la libertad. Por eso, el llamado de don José Antonio era válido, pues ningún ideal tenía sentido si una parte de la población seguía en la pobreza o en el olvido.

Y es que la educación no era para todos, pues quedaba por fuera gran parte de una población que de acuerdo con la Constitución de 1832 tampoco tenía derecho al sufragio; es decir, resultaba inferior al ciudadano común (Arboleda, 1933, p 126). Esas personas eran los trabajadores rurales, vistos como sirvientes, quienes parecían no existir para una sociedad que no veía más allá de su cotidianidad y que vivía lo que Daniel Samper Pizano llama “el país irreal de centro comercial” (2012, 22 de enero, p. 7). Tristemente los citadinos acusan todavía una infame mezquindad por el terruño del que proceden y que es su seno, sordidez que en ciertos estratos es tan atrevida que pareciera que su única patria es aquella que cabe entre sus manos; en otras palabras, una irrealidad de smartphone. Esa tara cultural es atávica y ya llevaba una larga raíz cuando la Bogotá colonial era apenas una urbe con vestido provincial y donde tenía bastante asiento la agricultura urbana. Visitantes europeos como el sueco Carl August Gosselman, que parecía ser feliz anclando su mirada en las calles como una paloma rola, afirmaba que desde los balcones capitalinos se ofrecía “la verdadera Colombia” (Iriarte, 1999, p. 94). ¿Y dónde quedaba el resto? Pues esa concepción ejemplariza el pensamiento de muchos habitantes del país de principios del siglo XIX quienes, parafraseando a Samper, vivían una irrealidad de balcón, ya que sólo parecía existir lo que se pudiese contemplar desde allí. Por ende, el balcón los privilegiaba y distanciaba de los rústicos y salvajes.

Y aunque los trabajadores agropecuarios eran el cero a la izquierda, Luis Alfonso Alarcón anota que la prensa republicana y los espacios festivos cumplieron un papel importante como sustrato para alimentar e impulsar el discurso patriótico en los pueblos (2005, p. 177). Esa situación sirvió para sacar de la marginalidad a la comunidad campesina, que comenzó a ser visibilizada como objeto y sujeto de información, pues la hipocresía política pedía tenerlos como

aliados ante los fantasmas de una segunda reconquista española y frente al desencanto que muchos sentían del nuevo sistema de gobierno; por lo tanto, era importante mostrarles que ellos también estaban presentes en la bandera de la libertad. Por eso, los periódicos fueron usados como elementos de inclusión, donde el periodismo agropecuario jugó un papel importante como carnada, pues su contenido era ofrecido como el camino a la riqueza; no obstante, llevaba entre líneas un mensaje para que los terratenientes activaran sus terrenos en favor de la economía nacional, ya que, al fin y al cabo, ellos eran los dueños tanto del agro como de la población; además, cada texto acompañaba otro tipo de información que resultaba ser un remedo de cartilla política.

En esa conjunción de riqueza, ilustración y poder apareció un boyacense que creía en el intelecto y el arado como parte de una misma fuerza, que veía en los manuales y la prensa una salida a los problemas del país, que hizo un poco de lo uno y mucho de lo otro y, quizás, todo al mismo tiempo. Ese hombre fue gobernador de Cundinamarca, entonces provincia de Bogotá, entre 1831 y 1835; algunos de sus más cercanos le decían “Cuervito”, otros, “amigo Rufino”, y la gran mayoría lo llamaban “don Rufino”, el espléndido abogado que por apellidos tenía los de Cuervo Barreto y quien llegó a “plantear la necesidad de una educación para el mundo rural y otra para el mundo urbano, una enseñanza para las mujeres y otra para los hombres, de acuerdo con el rol y desempeño social de los sujetos”, (Alarcón, 2005, p. 194). Él pensaba que al especializar la educación se aprovechaba lo mejor de cada quien en beneficio de la nación; por eso, educó con sus Breves nociones de urbanidad, extractadas de varios autores y dispuestas en forma de catecismo, para la enseñanza de las señoritas de la Nueva Granada; también lo hizo con los Preceptos útiles sobre la conservación de la salud y la asistencia de los enfermos, donde profirió consejos bien vistos por la incipiente ciencia de la época, pero lejanos de la verdad a las luces de hogaño, como cuando escribió: “Los vegetales herbáceos son poco nutritivos. Las frutas lo son menos todavía; se debe abstenerse de ellas cuando no se estuvieren bien maduras” (1833, p. 2). Igualmente, y motivado por sus ideales cívicos, don Rufino decidió crear un vínculo especial con el periodismo, ya que le permitía formar algo más valioso: ciudadanos para su patria y patria para sus ciudadanos.

Uno de esos periódicos, dimanado de la conciencia social que empujaba los actos de don