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Appendix B – Data sources

Chapter 4: Defendants

En la sala de la casa del barrio Buenos Aires, de la carrera 40 con calle 46, en pleno centro de Medellín, hay una mesita con un mantel bordado que soporta un cofre de madera con una cinta que dice Gustavo Adolfo Cardona Alzate. Al fondo, se ve colgado en la pared la imagen del Sagrado Corazón. Sentada, la familia reza un gloria al padre.

Nadie quiere pasar a almorzar, a pesar de que ya es tarde y la ceremonia de entrega de restos de víctimas del conlicto armado ya acabó. Están las tías de Gustavo, y sus primas. Están sus tíos, y los sobrinos que no conoció. Está el hermano mayor, Javier, quien sostiene una cámara y le pide a su papá que pose para una foto con Gustavo. Está Carmenza, sentada en la mesa de la cocina, lejos de tanto ruido. - “Ese no es mi hijo, yo lo sé”, contó.

El apetito se anula después de que Hernán abre el cofre y se ven los pliegos de papel cartón que cubren, y envuelven tras capas y capas, los huesos color café, miel seca de lo que fue Gustavo. Hay un cráneo que desafía la imaginación, pues su tamaño es más pequeño de lo que uno pensaría. Rodean la mesa Adriana, esposa de Hernán, quien está contanto huesos, Javier que en su mano toma el cráneo con un cuidado respetuoso, y está don Francisco y su sobrina, Amanda. Atrás el esposo de Amanda toma fotos con una cámara digital, y Adriana pasa el cofre de Gustavo atrás, como quien le quita la chaqueta a un invitado para que tome asiento y haga visita.

Sólo que esta vez Gustavo es pedazos desordenados, algu- nos largos y fuertes, otros que podrían quebrarse al tacto. Y hay una etiqueta que cuelga de uno de esos y dice N.N No 20. “Ah sí, él tenía eso pegado el día de la exhumación”, re- cordó el papá.

“Mire, aquí están las medias que dice mi mamá no eran de Gustavo, que por eso no es él”, comentó Javier.

“Y la cadena también, pero viene un pedacito no más, hay que buscar bien qué se hizo el resto”, respondió Hernán, y de pronto alguien saca del visitante otro trozo de cadena oxidada de la que cuelga un remedo de cruz.

Los dientes resaltan ante el color del papel cartón y los amarronados huesos. Y Hernán toma a su hermano menor por la cabeza y le encaja abajo la mandíbula. Luz Dary se acerca para verle la sonrisa en el aire. “Mi hermano no era tan dientón”, airmó. Y le pone sus dedos de uñas rojas justo encima y debajo de las encías, para imaginarse unos labios.

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Pasó doña Carmenza, y ahí sí que menos se lo creyó. “No no, esos no era los dientes. Eran pequeñitos, como los de Hernán”, y Luz Dary le dice a su hermano “muestre a ver, sonría”. Sí, era cierto, pero es que se veían más pequeños debajo de toda la carne, cuando había.

Dentro de las costillas se observan agujeros pequeños, como los de un coral del mar, sólo que secos, muertos. Y atrás de la cabeza, hay un hueco enorme, que agrieta. “Por ahí entro la bala”, pensó en alto Hernán. Lo cierto es que el oriicio de entrada siempre es mínimo, y el de salida es comparativamente grande. Por eso ese oriicio que señala Hernán es por donde salió la bala de quien le disparó al joven.

Hernán tomó la carta dental de su hermano y empezó a mirar los dientes. “No soy odontólogo, pero mire usted que entiendo los parecidos”, comentó. “Faltan las cuatro cordales, que no tiene él y a mi hermano se las sacaron. En el 37 hay un sellante, y mire este blanquito, mismo diente del dibujo. En el 34 y en el 35 hay un “Ionómero”, o sea una pigmenta- ción -aquí abajito lo explica- y vea las dos manchitas en los dientes”. Hernán fruncía el ceño mientras hacia cuentas con su hermano: “Gustavo tuvo braquets y no se lavó muy bien porque aquí dice que tuvo descaliicaciones en el 11 y el 21, que son estos manchaditos de adelante. El número 13 o el colmillo izquierdo de arriba estaba ves-ti-bu-la-rizado, ¿qué será eso?”, y corrieron a llamar a un odontólogo amigo que les dijo que eso era que estaba un poco salido hacia delante. “Mire que sí, sí lo está”, conirmó Hernán. Y entonces ese cráneo ya no era más un visitante, era alguien que volvía al hogar después de mucho tiempo y encontraba a su familia feliz, y mucho más que eso, de volverlo a ver.

Cuando por in tomaron algo, en la cocina, empezaron las preguntas y las hipótesis. ¿Por qué esas medias?, ¿Esa sí será la cadena que se colgaba Gustavo?, “El acta de defunción dice que mi hermano murió el 28 de julio, cuatro días después de que salió de Cartagena, ¿quién lo mataría?”, pregunta Her- nán. “¿Por qué la Fiscalía no nos quiere dejar ver las fotos del levantamiento de cadáver que hicieron de mi hermano

en el 98?, ¿Será que es que estaba vestido de militar?”, sigue cuestionándose. “Yo ya sé quién fue el comandante a cargo en ese tiempo, pero de qué me sirve irme para allá si también me van a matar”, aseguró Javier. “Da rabia ver a esos tipos tan campantes por ahí, y uno aquí sabiendo que no se puede hacer nada”, refunfuñó.

“Vamos a hacerle otra prueba a esos huesos, para que mi mamá esté tranquila. O más bien lo llevamos mañana donde el odontólogo para que él lo vea bien”, sugirió Hernán.

“Cómo se le ocurre, mañana vamos a llevar al osario a su hermano, y nadie le va a dar mas vueltas”, cortó don Francisco.

Y así se hizo, a día siguiente estaban todos vestidos de negro frente a la Iglesia del barrio Buenos Aires, ubicada justo al lado del hospital del Sangrado Corazón de Jesús. Puede que Gus- tavo haya sido sólo un joven más, con las mismas ambiciones y gustos que otros de su edad. Puede que comiera la mismo que todos, y no pensara muy diferente a sus compañeros uni- versitarios. Que preiriera ir a bailar donde sus amigos, tomar unas cervezas, no hacer nada extraordinario. Puede que su vida no valiera mucho para el Estado, o para las noticias, o para un país. Pero para los Cardona, era la hora de decirle adiós a un hijo especial, un hermano respetuoso, un estudiante serio, un fanático del fútbol, un vecino querido. Gustavo era un don nadie, sí. Pero si le hubieran dado la oportunidad de crecer, hubiera seguido siendo para sus seres queridos la persona tan especial que fue.

Al joven no lo podían cremar como hubiera querido su familia, pues por ser víctima de muerte violenta la ley lo es- peciica así. Entonces sus huesos iban a reposar en un osario con los de Darwin, y allí los irían a visitar cada domingo, después de la misa de doce cuando abrieran las puertas de los cenizarios. Al fondo de un largo corredor oscuro, de luz pálida blanca, quedarían para siempre los restos de Gustavo y su buen amigo. Y en la placa pegada al osario de madera, rezaría para siempre: “Señor Hágase tu Voluntad. Gustavo Adolfo Cardona Alzate. 286”.

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