B. NETWORKS
1. Definitions and Basic Ideas
Al momento de conocer su designación como nuevo Premio Nacional, el poeta Humberto Díaz Casanueva de 65 años, se encontraba en la ciudad de Nueva York asistiendo a la Asamblea de las Naciones Unidas. Desde 1941 trabajaba como funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores, y había ocupado plazas diplomáticas en varios países latinoamericanos, europeos y africanos. En artículo dedicado al autor en la revista Occidente de 1974, Miguel Ángel Díaz recoge sus palabras desde la metrópolis norteamericana al recibir la noticia, en octubre de 1971:
“Una sorpresa conmovedora. Me siento muy honrado con tan alta distinción.
Han sido muy generosos conmigo y mi poesía, que no se presta mucho a premios, porque es hirsuta y retraída. Hay otros poetas con obra ya completa y
que, seguramente, porque son más jóvenes no lo han recibido hoy día: Eduardo Anguita, Gonzalo Rojas, Braulio Arenas. Pero en este momento, pienso en aquellos poetas que murieron sin más premio que su propia poesía como Rosamel del Valle. Pienso también en mis hijos que allí en Santiago estarán muy contentos. Mis amigos profesores, mis amigos escritores, mis compañeros de trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Quisiera añadir algo. Acepto el Premio en lo que significa para mí como una distinción,
pero quisiera hacer donación de lo que el Premio significa en dinero. Quisiera
que este dinero se invirtiera en alguna obra para los niños de mi patria, pensando que en mi niñez, especialmente allí en el barrio San Pablo y Plaza Brasil, siempre fue el impulso mágico de mi poesía.” (Díaz, 1974b, p. 35)
Como Gabriela Mistral, quien en 1951 pidió se construyese con la plata del Premio una escuela para sus niños del Valle del Elqui, Díaz Casanueva veinte años después, solicita la inversión de los recursos en “alguna obra para los niños de mi patria”. Salvo esta última mención, las palabras de agradecimiento se orientan a la construcción de una comunidad en torno a la persona del poeta, comunidad íntima y profesional, a la que hará partícipe de su distinción. Dicha comunidad la componen: tres poetas que él considera merecen el galardón tanto como él – y que habrán de recibirlo en el futuro: Braulio Arenas en 1984, Eduardo Anguita en 1988 y Gonzalo Rojas en 1992; un cuarto poeta que no lo recibió y que ya no lo recibiría: Rosamel del Valle, fallecido en 1965, cuya ausencia de la nómina de galardonados Díaz Casanueva prescinde de criticar, optando antes por hacerle extensivo el homenaje; el resto de miembros convocados en esta expresión de gratitud son sus colegas y familiares. De esta forma, las palabras del nuevo consagrado vienen cargadas de complacencia y sencillez; acaso la única nota extravagante sean los términos en que se refiere a su propia obra, “hirsuta y retraída”, sugiriendo la generosidad del Jurado al distinguir una poesía que por dichas características, no se prestaba “mucho a premios”.
157 Estos últimos epítetos, y por mucho que provengan del autor de esos versos, son ciertamente insuficientes para sacar conclusiones respecto de la naturaleza de una obra poética sostenida a lo largo de casi 50 años, pero sirven aquí para encarrilar la presentación del sentido que habría de asignársele al Premio Nacional de Literatura en 1971. El primer libro de poemas de Díaz Casanueva se llamó El aventurero de Saba y fue publicado en Santiago por Ediciones Panorama el año 1926; su última publicación antes de obtener su premiación fue Sol de
Lenguas en Editorial Nascimento el año 1971; entre uno y otro libro, se
ordenaban alrededor de diez poemarios editados en Chile. La recepción de estos contó siempre con adeptos y promotores – sin ir más lejos sería la misma Gabriela Mistral quien prologaría su libro Réquiem del año 1942; también Alone figuraba entre sus simpatizantes –, a pesar de ser percibida como una poesía difícil, conceptualmente densa, reflexiva y simbólica. Tanto el acta con el raciocinio del Jurado, como una breve columna dedicada a su premiación por el diario El Mercurio, hablan respectivamente de una poesía de “acentuado carácter filosófico” (Massone, 2004, p. 51), desarrollada “bajo el signo del surrealismo y de la poesía metafísica” (El Mercurio, 1971). Estas características colocaban a Humberto Díaz Casanueva en una posición ciertamente lejana a la de premiados anteriores como Julio Barrenechea o Juan Guzmán Cruchaga, cultores de un poesía más amable y popular, de mayor y más fácil difusión; junto a autores como Eduardo Anguita o Rosamel del Valle, el Premio Nacional de Literatura del año 1971 ocupaba un lugar más aislado y exclusivo, gusto de académicos e intelectuales136
El periódico oficial del gobierno, La Nación, en la pluma del crítico literario Luis Iñigo Madrigal, acogería a su vez esta dimensión tan compleja de la poesía de Díaz Casanueva, mas desplegándola en un circuito de relaciones que excedería – o bien ampliaría – con creces los límites estrictos de lo literario como grupo de entendidos y como discusión disciplinaria sobre la forma creativa y sus mutaciones. Y es que la poesía del nuevo Premio Nacional de Literatura sería adoptada en función del proyecto político de la Unidad Popular, coalición de partidos de izquierda que gobernaba el país desde algo más de un año, bajo la presidencia de Salvador Allende, y de la cual Díaz Casanueva participaba como funcionario consular. En su veta cultural dicho proyecto, según explica Bernardo Subercaseaux en su Historia del Libro en Chile, se proponía “democratizar el capital cultural que circula en la sociedad, asegurando el acceso de las mayorías a los bienes artísticos” (2010, p. 180) Al final de una larga nota que reúne informe
.
136 Naín Nómez, en el tomo segundo de su antología (2000) ubica a este tipo de poesía y sus cultores
dentro del amplio escenario de las rupturas vanguardistas de las décadas del ’20 y del ’30: “Humberto Díaz Casanueva y Rosamel del Valle ponen el trasmundo metafísico y numinoso a una estela
vanguardista que enfatiza su vertiente surrealista y que se deslumbra con el misterio de lo onírico y fantasmal. En ellos la imaginación da origen a nuevos mundos y nuevas sensaciones, que si bien no agotan las esferas trascendentes de una vanguardia que se consolida, la ponen en la frontera de un lenguaje ignoto y desconocido que solo intentarán traspasar en el decenio siguiente los mandragóricos.” (2000, p. 17) A este último grupo pertenecería Braulio Arenas, Premio Nacional año 1984 (cfr. IV.3.2).
158 y crítica del nuevo galardonado, Luis Iñigo Madrigal acoge y proyecta esta premisa:
“Si bien es cierto su obra no es conocida por vastos sectores del país, e incluso por sectores más o menos especializados, el hecho (explicable por diversas razones: su prolongada ausencia de la patria, su ubicación poética no ligada a grupos o generaciones, el habitual desmedro editorial de la lírica en favor de la prosa) no atenta contra la calidad intrínseca de su poesía. / El justo Premio Nacional de Literatura recientemente otorgado deja varias enseñanzas: la primera, la cada vez más urgente necesidad de una amplia y profunda difusión
de nuestros múltiples valores literarios. La segunda, pero no menos
importante, la obligatoriedad que, una sociedad que quiere marchar hacia el
socialismo, tiene de sostener la calidad de sus escritores al margen de anuales premios o suplicios económicos.” (1971)
En estas, sus conclusiones, la columna de Madrigal propone la entrega del Premio Nacional de Literatura como un motivo de reflexión, en cuanto alumbra un problema de inconexión entre las esferas de lo intelectual y de lo social. Este problema es tal, solo en consideración de la intención explícitamente formulada de que una “sociedad que quiere marchar hacia el socialismo” debe “sostener la calidad de sus escritores” mediante una difusión “amplia y profunda” de sus obras, donde la idea de calidad opera desde el flujo legitimador metaliterario, vale decir, figura como un atributo indefinido y suficiente para constituir la importancia de la literatura. Dicho atributo establece un principio de responsabilidad administrativa frente a la cultura, y que propicia la posterior comprensión que se hace del talante de la obra de Humberto Díaz Casanueva. Admite que ésta “no es conocida por vastos sectores del país”, incluso por grupos especializados en tales asuntos. Este desconocimiento, no obstante, no lo
determina el grado de complejidad técnica o de abstracción conceptual de dicha obra, sino los medios de su difusión; formulación clave, pues revela la intención
de eliminar la barrera de la exclusividad que relegaba el consumo de una poesía a grupos especializados, capaces de lidiar con su complejidad. Esta intención, en la formulación de Madrigal, recupera para el Premio tareas anteriores, y lo propone como un acto de conciencia: la de la obligación de toda una sociedad de proteger a sus artistas, de mantenerlos al margen de una situación de “suplicios económicos”, cuya única solución fuesen “anuales premios.” La literatura, su
calidad, circula en este discurso como un valor en sí mismo, en cuanto su difusión
y reposicionamiento social son invocadas como metas anheladas, que no deben ser explicadas. Esto, finalmente, recompondría las comunidades nacionales de lectores, y propiciaría un acceso colectivo a la comprensión y disfrute de una poesía de “calidad intrínseca.”
Unos meses más tarde, en enero de 1972, se realizaría la ceremonia oficial de entrega. El lugar sería la Casa de la Cultura, el acto lo presidiría Tencha Bussi de Allende, esposa del presidente, y contaría con la asistencia de miembros del gobierno y del aparato administrativo cultural, así como de numerosos escritores. Humberto Díaz Casanueva pronunciaría un discurso de
159 agradecimiento largo y enjundioso. Tras recrear para el auditorio las circunstancias en que recibe la noticia de su designación, “el remoto goce” y la “aguda melancolía” que le invadieron allá en Nueva York, pasa a referirse a su relación con el público en tanto productor cultural, retomando una vez más la idea de que su poesía “no es apta para el sentido común o la consagración cívica”. Dicho esto, lo pone rápidamente en duda al preguntarse si acaso no era dicha afirmación un sostenido equívoco, pues a la noticia de su designación como nuevo Premio Nacional le siguieron cartas de felicitación provenientes de distintos sectores de la sociedad, vale decir, de distintos públicos, de distintos tipos de lector – donde, por lo demás, la armonización con los conceptos esgrimidos por Luis Iñigo Madrigal se hace evidente. De esta manera, discurre el orador, el galardón despierta en él una conciencia, la de una pertenencia y de
una misión. Cito en extenso:
“Comprendí entonces, que el Premio Nacional no es una simple recompensa: es un motivo sustancial para que el Estado y para que el pueblo sientan que un
trabajador de la cultura así honrado es carne de su carne, expresando en su
obra lo que en ellos es angustia o esperanza. Comprendí también que aquel a quien se le hace objeto de tal reconocimiento no es un extraviado pastor de sueños, sino un hombre enraizado en la sangre y en el destino de la comunidad
nacional, y que en la esencia de su obra, aún en la más insólita, libre y solitaria,
se entrecruzan mensajes balbucientes brotados del fondo de sus semejantes. Así, un Premio Nacional implica, a la vez, jubilosa identificación entre pueblo y
trabajador intelectual, empresa en que participan el esfuerzo individual y la conciencia colectiva. Sentí que el Premio no es un trofeo final; es una
responsabilidad permanente para el resto de mi vida; no es un obsequio que se me haya dispensado, es una deuda que he contraído. Y me complace decirlo ante ustedes en esta hora en que las palabras serían vacías si no fueran formuladas por un hombre que se confiesa.” (Díaz-Casanueva, 2014, p. 131) En estas líneas, el Premio opera desplegado sobre unas coordenadas eminentemente políticas, que explicitan contenido y presencia del vínculo institucional. Se le ubica entre el Estado y el pueblo, de un lado, y los escritores, del otro. Desde dicha posición intermediaria está llamado a establecer una comunicación entre ambas partes, transmitiendo mensajes de empatía y de identificación. El Premio debe ser “motivo sustancial” que enseñe a todos los miembros de la comunidad que los poetas son los portadores de un mensaje que emana de ella misma. Esto revela, por cierto, una comprensión de lo que el poeta es en el mundo – portador e intérprete de una voz colectiva –, comprensión que permea al galardón, y permite se le asigne una función de impacto social. Díaz Casanueva hace mención explícita de la “comunidad nacional”, grupo imaginario de individuos reunidos, igualados y diferenciados de todos los otros grupos de individuos posibles, por el atributo compartido de ser chilenos – en un acto donde, por lo demás, el Estado termina confundiéndose con el pueblo – y confiesa, finalmente, que entiende la distinción como una “deuda que he contraído”. Al igual que en las líneas de Luis Iñigo Madrigal, y en el párrafo inmediatamente posterior al aquí citado, Díaz Casanueva inscribe la
160 importancia del Premio recibido en el momento político por el que atravesaba el país:
“el gobierno de la Unidad Popular, presidido por Salvador Allende, está
realizando un trascendental viraje histórico, liquidando los restos de un
sistema social injusto y anacrónico para instaurar las bases de una sociedad
socialista en que terminen la explotación y la alienación del hombre.” (2014, p.
131)137
Pocas veces será sometido el galardón a un escrutinio tan sustancioso – y entusiasta – de su sentido y posibilidades colectivas. Las palabras de Díaz Casanueva, realizando lo que en Coloane era declaración de principios y toma de posición, sellan un vínculo otras veces negado: la reciprocidad en el productor y su obra de las dimensiones política y literaria. No hay una separación entre los escritores, la sociedad y el Estado, y todos se reúnen y organizan en torno a la matriz de roles y sentidos que proponía el proyecto de construcción de una nueva sociedad, donde incluso las dificultades ofrecidas por la lectura de una poesía “hirsuta y retraída” serían superadas gracias a su difusión y proliferación. Los vínculos institucionales son de tal forma explicitados, proponiendo al Premio Nacional de Literatura como un punto triunfante de encuentro entre el pueblo, el Estado y los escritores.
III.2 Negaciones, alternativas y rechazos del vínculo institucional (1960,