3.3.1.- Los contenidos de la realidad: significar el mundo de vida
Cuando se emplea el sustantivo de significación se hace referencia, concretamente, al lenguaje. Significación hace alusión a “la acción o y efecto de significar” por lo que, por ello, se tiene que remitir al lenguaje mismo y a sus contenidos.
El lenguaje está compuesto por palabras que son signos verbales y, a su vez, son escritos que designan y expresan la realidad humana; el lenguaje y sus estructuras se deriva de una proceso histórico en el que el hombre ha ido modificando y adaptando su uso, haciendo posible la comunicación entre individuos de un espacio geográfico determinado. Es aquí (en el lenguaje) donde deriva la significación de las palabras, donde adquiere su importancia y lógica dentro del quehacer del hombre (Illanes, 2011).
Sin embargo, ¿Cómo se puede significar a las palabras?, ¿Cómo hacer que ellas remitan a un objeto, acción o deseo?, ¿Qué es lo que permite darles valor?, ¿la significación de los objetos está definido por quien los reproduce?, ¿por el objeto mismo?, ¿se puede hablar de un solo significado o de varios para una misma cosa?
En un principio, se piensa que los procesos de significación provienen de los contenidos mentales que poseen los individuos, basado en el grado de importancia y comprensión subjetiva que asocia al material almacenado; no obstante, esto solo aborda
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los planos individuales, los cuales lejos de ser poco fiables, solo servirían para analizar la realidad de un individuo específico y no el proceso que un grupo de personas puede realizar para significar su realidad de manera común.
El lenguaje y su significación, cuando se emplea por medio del habla, es una actividad social, ya que es aquí desde y sobre lo cual se construye la significación de las prácticas, instituciones, conductas, grupos, organizaciones o movimientos (Velázquez, 2009); esto implica un proceso mental, una apertura a un mundo exterior y un conocimiento del otro en cuanto otro. La capacidad de transmitir aquello que percibe nuestro ser se vuelve un medio de conocimiento, pero, ¿nuestra capacidad de significar al mundo encaja o nos permite llegar a una realidad exterior?, ¿somos capaces de captar la realidad, comprenderla y poder comunicarnos por medio de estos procesos de significación?
Al establecer que los procesos de significación parten desde la “materia social” como lo señalaría Vizer (2003), se debe tener en cuenta que aquello que puede ser considerado como “social” puede entenderse desde varios aspectos: cultural, político, histórico y desde planos universales y particulares; de esto también podemos establecer que los procesos de significación se construyen bajo estos contextos y que estos contextos, a su vez, son significados por los sujetos (Velázquez, 2009). Además, los procesos de significación pueden analizarse desde tres planos socioculturales: lo social, lo cultural y lo psicológico.
La cultura prefigura estas “estructuras preexistentes” como un metacódigo para el individuo a través de acciones o bien “textos” materiales: gestos, palabras, objetos, iconos, rituales, creencias, técnicas, mitos, etc. Estas estructuras, una vez reconocidas y aprendidas (o asimiladas), se trasforman en “modelos de lectura” de la realidad, cuyo aprendizaje conductual a su vez transforma al individuo en un observador-interpretante. Este aprende a interpretar, aplicar y desarrollar métodos, metáforas, relatos e historias y hasta “teorías” personales sobre las “estructuras sociales y culturales preexistentes” como diferentes universos de sentido social. A este proceso podríamos denominarlo la formación social de la subjetividad del observador por medio de la acción social (objetivante) y viceversa, la formación social del actor a través de la observación- interpretación-adjudicación de sentido. (Vizer, 2003: 150)
Los procesos de significación, entonces, parten de una doble posición subjetiva, constituyendo al individuo como receptor e interprete, recibiendo la información que
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proviene del exterior e interiorizándola para darle sentido desde sus propias experiencias de lo “real”. Esto genera una construcción personal (fundamentada en elementos como el lenguaje, su conciencia de la realidad y espacio-temporal) y una objetivación de la realidad (por medio de la interacción con los otros y factores socioculturales) por parte de los sujetos, lo que, a su vez, no solo permite al individuo percibir al mundo, sino, también, construir sus escenarios, espacios y contenidos simbólicos.
Los actores que se asocian generalmente a los procesos de significación engloban a la sociedad (bajo la figura de sistemas sociales, instituciones, etc.) y a los individuos (reconocidos como seres inter-trans-subjetivos) (Vizer, 2003). La forma en que se desarrollan los procesos de significación puede entenderse como un proceso inter-subjetivo (que se desarrolla bajo un contexto determinado) en el cual el mundo percibido por el sujeto puede ser compartido (en cierto grado) por sus iguales. Esto último deriva de la idea de que no podemos partir de la suposición de un mundo homogéneo, sino, todo lo contrario, variable, complejo y caótico; llegando a pensar que la manera en que construimos una realidad común está basada en una intersubjetividad compartida en donde la comunicación sirve como mediador entre estos intercambios de producción de significados, es decir, se produce un intercambio comunicativo entre sujetos y por medio de estos intercambios se generan sentidos.
Los seres humanos habitamos las realidades del mundo de la vida y habitamos universos de sentido pre-construidos por nuestros antepasados y nuestros congéneres, por nuestros seres queridos tanto como por antagonistas a los que muchas veces ignoramos o desconocemos. Habitamos en dominios que toman la forma de círculos concéntricos, en el sentido de que siempre nos ubicamos desde un centro -una subjetividad, una posición de actor-observador- en el cual nos reconocemos a nosotros mismos ya los otros como cohabitantes de una misma “realidad objetiva”. Pero al mismo tiempo sabemos -intuimos- que los Otros viven una experiencia similar. Una experiencia “concéntrica” similar o equivalente a la nuestra. En un círculo interior sentimos –o creemos- que habitamos solos, pero también sentimos que esa soledad es una construcción (consciente o inconsciente) donde el mundo de la fantasía, los imaginarios culturales, la presencia de nuestros deseos y nuestras propias historias de vida, de nuestros amores y nuestros temores participan como fantasmas, como un halo transubjetivo siempre presente cualesquiera las circunstancias materiales y sociales que constituyen la realidad de “nuestro ser en el mundo”. Aunque suene exagerado -o poco
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científico- necesitamos creer que estos fantasmas existen: los resucitamos en la memoria personal, en palabras, en gestos, en fotografías. (Vizer, 2003: 165-166)
Este proceso de significación, además, es un reconocimiento entre las experiencias propias y las de los demás; tomando en cuenta que las interpretaciones que deriven de este proceso son una combinación, pero, a su vez, una diferenciación entre ambas. Se trata, entonces, no solo de reconocer a los sujetos que absorben y significan los contenidos, sino, también, de reconocer las formas en que desarrollan los actos significativos, bajo que contextos se suscitan, identificar su configuración sociocultural.
El objetivo es reconocer la multiplicidad de elementos que conforman el mundo social y que posibilitan la elaboración de significados dominantes o emergentes; un enfoque de estas características permite un abordaje multidisciplinar dentro de la comunicación, mismo que abre líneas de investigación más complejas y con mayor profundidad.
La estructura del mundo social es significativa no solo para quienes viven en ese mundo, sino también para sus intérpretes científicos. Al vivir en el mundo, vivimos con otros y para otros, y orientamos nuestras vidas hacia ellos. Al vivenciarlos con otros, como contemporáneos y congéneres, como predecesores y sucesores, al unirnos con ellos en la actividad y el trabajo común, influyendo sobre ellos y recibiendo a nuestra vez su influencia, al hacer todas estas cosas, comprendemos la conducta de los otros y suponemos que ellos comprenden la nuestra. En estos actos de establecimiento e interpretación de significados se construye para nosotros, en grados variados de anonimidad, en una mayor o menor intimidad de vivencia, en múltiples perspectivas que se entrecruzan, el significado estructural del mundo social, que es tanto nuestro mundo (estrictamente hablando, mi mundo) como el mundo de los otros. (Shütz, 1993: 39)
La forma en que significamos un objeto se deriva de la combinación de prácticas y actividades materiales de los sujetos, acompañados de la función del lenguaje y sus distintos elementos (signos, señales, códigos), estas características permiten a los sujetos ser productores e intérpretes de la realidad social en la que se encuentran (Velázquez, 2009).
Por medio de estas características, a su vez, los sujetos desarrollan prácticas y representaciones sobre sus mismas prácticas, productos y contexto; dando lugar, de manera paralela, a procesos de significación que le permiten descifrar, comprender,
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utilizar y dar sentido a un objeto, situación o hecho dentro de la realidad, reproduciendo las estructuras sociales y construyendo contextos desde donde se definen ellos mismos con respecto a los demás (sujetos, instituciones, grupos, movimientos, etc.)
Esto sugiere que los procesos de significación se elaboran desde un actor (sujeto) que posee internamente las representaciones de otros y, que este cumulo de significados son utilizados por este actor como recurso para construir sus propias interpretaciones. Es por ello que podemos hablar de los procesos de significación como procesos sociales, ya que observamos la presencia de “otros sujetos” dentro de las interpretaciones individuales, en este proceso interviene tanto la subjetividad individual como otra que puede ser considerada como colectiva, ya que deriva de otros actores que intervienen dentro de la interpretación de los individuos de manera individual. Este punto lo podemos ejemplificar a través del análisis que tienen las instituciones dentro del proceso de significación de los sujetos, ya que por medio de ellas el sujeto se construye y crea su realidad tanto objetiva como subjetiva.
Los procesos de significación, desde esta óptica, se consideran como formas de producción de saberes. A través de estos procesos el sujeto significa y ofrece un sentido a su existencia, ordenando con ello sus relaciones sociales y naturales; sin embargo, debemos de reconocer que estos procesos de significación no son generales y pueden tomar una organización distinta, ya que existe una diversidad de culturas que han construido diversas maneras de entender la realidad y relacionarse con ella.
La construcción o significación de la realidad parte, de manera subjetiva, desde una percepción en la que el sujeto interpreta sus contextos desde una lectura fundamentada en sus acciones, su quehacer y su interacción con otros; esta lectura a su vez, deriva de las experiencias anteriores o externas resultantes de universos sociales específicos y colectivos. Desde esta lógica es como los actores o integrantes de un espacio social concreto construyen o significan aquello que intenta dar sentido a su realidad, generando con ello una construcción significativa instituida, como resultado de una representación social colectiva e, instituyente, ya que cuestiona e interpela los conocimientos establecidos, proponiendo nuevas formas de entender la realidad; o mostrándose como una forma de resistencia con respecto a los órdenes establecidos o los poderes hegemónicos.
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Por ello, dentro de las ciencias sociales y, concretamente, dentro del estudio de la comunicación, es necesario partir de una construcción epistemológica que posibilite la fundamentación de sus objetos de estudio. Esta construcción debe de tomar en cuenta las relaciones sujeto-sujeto, partiendo de una doble interpretación: aquella que realizan los “otros” y aquella que es interpretada por los investigadores en estas áreas. Desde esta posición, la comunicación se coloca en una doble ontología y hace posible el abordaje de los fenómenos de estudio desde las estructuras sociales construidas por los sujetos, mismas que condicionan las acciones de estos; y, la capacidad de agencia que los sujetos crean, a través de la comunicación por medio del lenguaje y sus interacciones, su interpretación del mundo y el desarrollo de estrategias de acción.
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