«Si uno viene a mí y no odia a su padre, su madre... e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío».
– Lucas 14,26
¿Cómo es posible que aquel Jesús, «manso y humilde de corazón», que invitaba a poner la otra mejilla, al perdón sin reservas, al amor como ley fundamental y primer mandamiento, nos exhorte –para ser sus discípulos– a «odiar» padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, e incluso a nosotros mismos? Resulta significativo que el evangelista Mateo haya recogido esta frase de Cristo según una modalidad muy diferente: «Quien ama al padre o la madre más que a mí, no es digno de mí; quien ama al hijo y a la hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).
La explicación de esa afirmación tan desconcertante de Jesús debe buscarse en el trasfondo lingüístico que a veces aflora en el texto griego de los Evangelios. Como sabemos, más allá de toda hipótesis sobre la obra de Mateo, es indudable que la redacción de los Evangelios –especialmente el de Lucas, que revela un uso excelente del griego– se realizó en aquella lengua que entonces dominaba en el Imperio romano, algo así como sucede en nuestros días con el inglés. Sin embargo, aquellos escritos revelan a menudo como marca de agua la matriz de la lengua original de sus autores o al menos reflejan su formación, y, en particular con respecto a las frases de Jesús, el original arameo con el que se expresaba.
Ahora bien, en hebreo y en arameo se desconoce el comparativo, y se usan solo las formas absolutas. Así, para decir «amar menos» se adopta el extremo opuesto a «amar», es decir, «odiar». El sentido de la frase, tan duro a nuestros oídos, quiere afirmar más mitigadamente lo que proponen algunas versiones modernas, que traducen nuestro versículo, siguiendo a Mateo, de este modo: «Si uno viene a mí y no me ama más de lo que ama a su padre... no puede ser discípulo mío». O bien se podría también traducir: «Si uno viene a mí y me ama menos de lo que ama su padre... no puede ser discípulo mío».
En esta declaración encontramos un elemento característico de la predicación y de las elecciones de Jesús: su llamada es una llamada que exige un compromiso fuerte, una separación de muchas costumbres, una orientación radical hacia él y el Reino de Dios. Para expresar esta exigencia no duda en recurrir a la paradoja: «Quien ama la propia
vida, la pierde y quien odia la propia vida en este mundo, la conservará para la vida eterna» (Jn 12,25). Y los discípulos aprenderán que a veces esta no es solo una expresión intensa de estilo oriental, sino que es también una verdad que se realiza con el testimonio del martirio. En esta misma línea de la paradoja se encontrará, en cambio, aquel otro episodio del Evangelio de Mateo, que ya hemos comentado (8,21-22), y que es recordado también por Lucas: «Le dijo Jesús a uno: “¡Sígueme!”. Y este le respondió: “Señor, permíteme ir antes a enterrar a mi padre”. Jesús le replicó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú, en cambio, ve y anuncia el Reino de Dios”» (Lc 9,59-60).
23. El administrador inmoral y astuto
«El propietario alabó a aquel administrador inmoral porque había actuado con astucia».
– Lucas 16,8
Parábola un tanto ardua y desconcertante la que Lucas propone en el capítulo 16 de su Evangelio. En la escena aparece uno de los numerosos personajes corruptos y astutos que pueblan también las crónicas de nuestros días. Se trata de un administrador que había malversado el patrimonio de una finca y que al final es descubierto, corriendo el riesgo de ser despedido. Ante la pesadilla de perder el estatus social adquirido, recurre a un mecanismo financiero que lo penaliza temporalmente, pero le permite sanear los balances y mantener el cargo.
El dispositivo adoptado es un tanto complejo de explicar porque está vinculado a la economía y a la sociedad de entonces. Los administradores no eran retribuidos directamente, sino que se quedaban con una parte de las transacciones realizadas. Por ejemplo, si tenían que vender cincuenta barriles de aceite (18 hectolitros), para retribuirse registraban incluso el doble (36 hectolitros, producidos por unos 140 olivos); de ochenta «medidas» de grano facturaban cien (uno 550 quintales procedentes de 42 hectáreas de terreno) para asegurarse así una gran retribución. Pues bien, para poner en orden las cuentas y evitar la controversia con el dueño insatisfecho de su actividad, debida al cargo incluso usurero que había impuesto a los clientes, el administrador retorna a la verdadera cantidad ampliada, y, por consiguiente, firma en los recibos solo cincuenta barriles y ochenta medidas. Renuncia, pues, a la propia ganancia con tal de salvar el puesto y no retroceder a ser un mero jornalero, o, peor aún, quedarse sin trabajo.
Al ver la jugada de su administrador, el dueño se queda admirado de la rapidez con la que ha saneado la situación. Y es precisamente en este punto donde surge la aplicación hecha por Jesús. No cabe la menor duda de que aquel administrador es un sinvergüenza –que no puede ciertamente adoptarse como ejemplo–, pero pone de relieve que, cuando se está en una situación extrema y grave, hay que aferrarse a la única tabla de salvación, aunque sea a costa de penalizar nuestros intereses. Y, en esta perspectiva, concluye amargamente Cristo: «Los hijos de este mundo son más sagaces con los suyos que los hijos de la luz» (Lc 16,8).