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Chapter 3 Methodologies and changes to the protocol

«Jesús les preguntaba: “Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?”. Pedro le respondió: “Tú eres el Cristo”».

– Marcos 8,29

En alemán, que en otro tiempo era una lengua privilegiada por los exegetas bíblicos, es habitual hablar de una Redaktionsgeschichte de los Evangelios, es decir, de su «historia de la redacción». Dicho de otro modo, los evangelistas son verdaderos autores, con su enfoque y elaboración de los datos de Jesús y sobre Jesús que ellos recibieron de la tradición precedente. No son, por consiguiente, meros compiladores, sino «redactores» que estructuran su Evangelio, realizan selecciones, introducen retoques y ofrecen interpretaciones personales o vinculadas a la comunidad destinataria.

Si tenemos en cuenta esta premisa, no debe ya sorprendernos el hecho de que la respuesta de san Pedro a la pregunta fundamental de Jesús se presente de forma notablemente diversa en los tres evangelistas. Marcos es el más esencial y escueto: «Tú eres el Cristo», es decir, el Mesías. Lucas añade un elemento más: «El Cristo de Dios» (Lc 9,20). Mateo, en cambio, presenta ya una especie de breve credo cristiano: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16). Es obvio que esta última es la definición eclesial más completa.

¿Por qué Marcos es tan reticente? No olvidemos, en efecto, que el título «Mesías» (palabra hebrea que significa «el ungido, el consagrado», traducida en griego por «Cristo») connotaba cierta ambigüedad. En efecto, el mesianismo judío, como ya hemos tenido ocasión de comentar, era de naturaleza político-nacional y concernía a un descendiente davídico, idealizado pero humano, no ciertamente el «Hijo del Dios vivo», como afirmarán los cristianos. Por eso la respuesta de Pedro, aunque tiene su valor, es limitada con referencia a Jesús. El límite, además, se verá inmediatamente después en su clara reacción de rechazo ante el anuncio de la pasión y muerte del maestro: «Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo» (Mc 8,32).

Pues bien, esta limitación presente en la respuesta de Pedro forma parte también del proyecto general de Marcos que quiere revelar progresivamente el misterio de Jesús. Hasta ese momento había sido presentado solamente como un personaje humano extraordinario por sus obras y palabras. Únicamente los demonios conocían la identidad profunda de Hijo de Dios (Mc 1,24; 5,7). A mitad de su trayecto terrenal, Pedro presenta

un nuevo perfil, verdadero pero incompleto: Jesús es el Mesías. Solo al final de aquel viaje, cuando esté en la cruz, un pagano, el centurión romano, proclamará la plena confesión de la fe cristiana: «¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!» (Mc 15,39).

Nos hallamos, por consiguiente, en presencia de un plan general trazado por Marcos para que se siga progresivamente a la persona de Jesús, desde la penumbra hasta la luz plena, desde las epifanías secretas en las primeras iluminaciones, hasta la plenitud pascual. Mateo, que adopta otro enfoque, desde el principio esboza el rostro glorioso de Cristo, «Hijo del Dios vivo». Intuimos así cómo estas variaciones semejantes son expresión de la cualidad propia de los Evangelios, que no son informes o manuales históricos, sino relatos de acontecimientos reales interpretados y coordinados en un plano narrativo-teológico redaccional específico de cada evangelista.

11. Presentes cuando llegue el Reino

«En verdad os digo: Hay algunos, aquí presentes, que no morirán antes de haber visto llegar el Reino de Dios con poder».

– Marcos 9,1

Es esta una frase a primera vista desconcertante, por la referencia a la generación contemporánea de Jesús que presenciaría o la llegada del Reino de Dios (así en el pasaje aquí citado de Marcos y en Lucas 9,27) o del «Hijo del hombre que viene en su Reino», según la variante de Mateo (16,28). Sin perjuicio del hecho de que los evangelistas retoman a menudo las palabras de Jesucristo encarnándolas en el contexto eclesial en el que están inmersos, surge espontáneamente una pregunta: ¿qué esperaban ver aquellos primeros cristianos durante su vida terrenal?

Las respuestas de los exegetas son diversas. Jesús alude a la posterior epifanía gloriosa de su transfiguración o a su resurrección, o bien a la destrucción de Jerusalén en el 70, todos signos explícitos y «visibles» de la venida del Reino de Dios en la historia. En realidad, el centro de la cuestión está en ese «Reino de Dios», uno de los temas fundamentales de la predicación de Jesús, tomado por él del Antiguo Testamento y desarrollado de modo original. Se trata de una metáfora para describir el proyecto trascendente y eterno de Dios para la historia humana. Cristo afirma que ha venido a revelarlo y a realizarlo.

Ahora bien, puesto que este Reino es una realidad eterna, querida por Dios para transformar el ser, es en sí «puntual», es ya «ahora» y siempre; sin embargo, se establece visiblemente en la historia, que está hecha de un desarrollo, de un «antes» y de un «después», y, por consiguiente, tendrá diversas fases de realización. La acción de Cristo hace presente el Reino de Dios ya desde ahora: «Si yo expulso los demonios por la fuerza del Espíritu de Dios, es que ya está entre vosotros en Reino de Dios» (Mt 12,28); «el Reino de Dios no viene de forma que atraiga la atención y nadie puede decir: “¡Está aquí o allá!”, porque el Reino de Dios está en medio de vosotros» (Lc 17,21).

Sin embargo, el Reino de los cielos es una realidad que deberá inervar el futuro, y, por consiguiente, aún hay que esperarlo. Así pues, la frase citada por Jesús invita a reconocer la presencia del Reino en la persona y en la obra de Cristo: la salvación que él realiza con sus curaciones y sus exorcismos muestra que el proyecto salvífico está ya en

acción y amplía sus confines quitándole espacio al mal. Los contemporáneos son invitados a descubrir su presencia viva y eficaz precisamente en la figura de Jesús.

No obstante, no cabe imaginarse que Jesús piense en una especie de inminente fin del mundo y en su venida última y definitiva ya dentro de su generación, después de su muerte y su resurrección. Son, en efecto, varias sus afirmaciones –sobre todo en el denominado «discurso escatológico» (Mt 24–25; Mc 13; Lc 21)– en las que el presente se entrelaza con el futuro de la plenitud, que aún no se ha cumplido en la secuencia temporal a la que todos pertenecemos, aunque sean épocas diferentes.

En síntesis, el Reino de Dios, al ser eterno, abarca y supera el tiempo, y, por consiguiente, se revela en acción de forma fuerte con Cristo, su obra, su palabra y su pascua durante aquella generación, pero también en las sucesivas. No obstante, este se proyecta al futuro hasta la «plenitud de los tiempos», cuando el Reino haya alcanzado su realización perfecta y conclusiva.