fundamentalmente en una actitud interior que se llama pobreza de espíritu. El grupo carismático y sus individuos deben cultivar al máximo esta pobreza, lo que tradicionalmente se ha llamado humildad.
Los frutos del Espíritu son actitudes resultado de la acción de Dios en nosotros. Estas actitudes son notas características de una personalidad cristiana. Pero hay unos frutos especialísimos que constituyen la esencia del ser y comportamiento cristiano en el mundo. Son las bienaventuranzas. Sólo el Espíritu las puede producir en nosotros y tienen razón de gozo y felicidad a pesar de expresar algo contrario a los criterios del mundo y de nuestras propias concupiscencias. Por eso se llaman bienaventuranzas. El que tiene experiencia de esto sabe que esa felicidad no es sólo promesa sino realidad que se cumple en esas situaciones. Por eso, el pobre de espíritu es feliz. Feliz en su pobreza.
SIENDO HUMILDES Y POBRES DE ESPIRITU
Es necesario que nuestros grupos y cada uno de nosotros seamos pobres de espíritu. Así nunca nos escandalizaremos de nuestra propia pobreza, de nuestro pecado, del pecado en nuestros grupos, de los pocos que somos, de la pobreza de nuestra alabanza y enseñanza, de lo poco guapos que somos y de lo mal que cantamos. El Señor quiere crear personalidades bienaventuradas en nuestros grupos. Felices en su pobreza y en su humillación. Estos nunca desearán temerariamente los carismas superiores, pero paradójicamente será en ellos donde el Señor actúe sus carismas poderosamente. Estos son los verdaderos carismáticos sin prisas, sin ansiedades, sin angustias, al contrario: con la profunda paz que les da el don de sabiduría al entrar en el tiempo y en la paciencia de Dios y ver todas las cosas con los mismos ojos de Dios. La verdad de todos nosotros está, como en María, en nuestra humillación. Todo lo demás es gracia. Por eso
proclamamos con ella, cuando Dios quiere y sólo cuando El quiere, la grandeza del Señor, en nuestros grupos y nos alegramos en Dios nuestro Salvador.
El pobre de espíritu no es un desidioso, ni un tibio, ni un "pasota". Al contrario, ama la venida del Reino con toda intensidad y pone sus fuerzas y toda su vida entera al servicio de ese Reino. Ora con emoción todos los días: "Venga a nosotros tu Reino". Y tiene los ojos convertidos, a la escucha y vigilantes como una esclava en las manos de su señora. Pero para él, el Reino ya ha llegado, porque es Jesús, y en Jesús y en su amor se goza, de lo que ha recibido ya suficientes pruebas. Su corazón, a pesar del intenso deseo del Reino, está en paz. El "todavía no" del Reino, con todas sus manifestaciones lo confía a la voluntad de Dios.
Hay que pedirle al Señor el don de ser fieles en la pobreza de nuestra vida y de nuestros grupos. Aún más, pedirle al Señor que nos empobrezca continuamente. Hasta que sintamos el gozo bienaventurado y profundo de ser pobres, pocos, perseguidos, insultados, incomprendidos y rechazados. Y en el caso de que sintamos los consuelos y los signos del Señor no apegarnos a ellos, porque nuestra verdad no está ahí. Y si el Señor obra grandes milagros en medio de nosotros y nos da poder para expulsar demonios, debemos de poner a prueba todos estos dones y no alegramos demasiado en todo ello. Dejar, eso sí, que la alegría colme nuestra vida por la gratuidad de la elección del Señor: "No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos" (Le 10, 20).
EL QUE ASPIRA A LOS CARISMAS QUE MUERA A LOS CARISMAS
Por eso no nos fiemos de cualquier espíritu. Sin extinguir el Espíritu, sin despreciar las profecías, examinémoslo todo y quedémonos con lo bueno (1Ts 5, 19). Es bueno que al que tenga un carisma de los muy llamativos le sea puesto a prueba por
los dirigentes d grupo, para que todo sea pasado por crisol como el oro, y sea como
la plata limpia de toda ganga "refinada siete veces". Eso sí, los dirigentes pidiendo al Señor una gran libertad de corazón en una escucha continua de la voluntad del Señor. Esta es la praxis constante y la dirección espiritual de la Iglesia, que hace verdad la frase de que el que aspire los carismas muera a los carismas.
Por otra parte, el ejercicio de los carismas a que Dios nos llama, requiere cada vez más el compromiso total, toda nuestra vida. Esto no es un juego ningún tipo de actividad simbólica. Un ejemplo. Si el Señor nos envía a orar por la curación de los demás nos va a pedir seguramente con el tiempo que carguemos con los sufrimientos y enfermedades de aquellos por los que oramos. SI oro para que alguien se cure de un cáncer, el Espíritu me va a mover pedir que me pase a mi la enfermedad del hermano. Cuando el Señor nos pueda mover a esta entrega de nuestra vida, nuestra oración será sincera, no sólo subjetiva sino objetivamente. Así imitaremos al Señor que cargó con todas nuestras dolencias.
Una obra del Señor tan preciosa, tan delicada, tan repleta de frutos de toda especie, como es la Renovación Carismática, no podernos someterla a "pública infamia e irrisión de las naciones, ni a que meneen la cabeza los que pasen por el sendero".. No por nosotros sino para que no sea blasfemado el nombre del Señor. ¡Qué experiencia tan sentida tendría de todo esto la primitiva Iglesia para escribir Mateo, dentro del Sermón de la Montaña, versículos tan duros como este: "Muchos me dirán aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios y en tu
nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Jamás os conocí. Apartaos de mí, agentes de iniquidad"! Y sigue la parábola de los que edifican sobre arena o sobre roca. (Mt 7, 21-27; Le 6,46-49)
Sin embargo, a pesar de todo dicho, a pesar de todas las cautelas que sean necesarias, hay que aspirar a los carismas superiores. En ello realiza Renovación Carismática parte de su definición y de su vocación.