¿Cómo se refleja en la vida de la Iglesia la pneumatología del Oriente?
El Espíritu, por una parte, prepara el camino del Señor: habla por los profetas del Antiguo Testamento; precede a la encarnación de Jesús; le hace nacer de María virgen; desciende sobre Jesús en el bautismo y luego, en Pentecostés, se derrama sobre la naciente Iglesia para llevar a cabo la misión del Hijo, el proyecto del Padre que es el reino de Dios. De ahí se puede deducir que la acción santificadora del Espíritu precede a todo acto de encarnación de lo espiritual, donde lo espiritual toma cuerpo. En este sentido, se puede y se debe hablar de una cristología y una eclesiología «pneumáticas».
Dada la importancia de la liturgia en la Iglesia oriental, podemos ver en la «epíclesis» o invocación del Espíritu, que es expresión oracional de la fe del pueblo creyente, la fuente teológica de la afirmación de que el Espíritu precede a la presencia y acción de Cristo (lex orandi, lex credendi).
En la «epíclesis» se invoca al Padre para que envíe su Espíritu, en la eucaristía y en todos los demás sacramentos. Si en Occidente el ministro de los sacramentos actúa en nombre de Cristo (in persona Christi), en Oriente el ministro actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia (in persona Christi et in nomine Ecclesiae).
Esto se refleja en la forma deprecativa de las formulaciones sacramentales (por ejemplo «que el Señor te perdone») frente a la forma nominativa de la Iglesia occidental («yo te absuelvo»). De ahí que, si la concepción teológica occidental tridentina sitúa la consagración de las especies eucarísticas como cuerpo de Cristo en el relato de la institución, Oriente conceda mucha mayor importancia a la «epíclesis», de modo que toda la oración eucarística, por la invocación al Espíritu, es consagratoria, no se concreta en un momento cronológico del relato. Más aún, hay alguna plegaria eucarística que no posee el relato de la institución (la de Addai y Mari, del siglo IV).
Esta visión pneumatológica y «epiclética» elimina toda visión mágica del ministro como hombre de poderes sagrados extraordinarios y concede mucha mayor importancia a la invocación al Espíritu de toda la comunidad.
Esto vale para todo los sacramentos: el Espíritu es el que nos hace renacer en el bautismo, el que en la confirmación se derrama sobre el bautizado, el que realiza la
metabole eucarística, el que posibilita el perdón de los pecados, santifica el matrimonio
como sacramento del amor, consagra con dones y carismas al ministro ordenado, consuela y fortalece al enfermo.
Toda celebración del culto divino comienza con una invocación al Espíritu:
«Rey celestial, Consolador, Espíritu de la verdad, que estás en todo lugar y llenas el universo, tesoro de bienes y dador de vidas, ven a habitar en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva, tú que eres bueno, nuestras almas»19.
El Espíritu es el que nos relaciona con Cristo por dentro, el que nos «cristifica», nos diviniza, nos salva, nos sana, nos cura, nos vivifica, nos hace entrar en comunión con la comunidad trinitaria y nos hace vivir ya anticipadamente la vida eterna, la nueva tierra y el Nuevo cielo.
Uno de los textos más conocidos sobre la acción del Espíritu en la vida cristiana es el de Ignace Hazim, entonces metropolita ortodoxo de Lataquia y más tarde patriarca Ignacio IV de Antioquía, pronunciado en 1968 en la inauguración de la Asamblea del Consejo Mundial de las Iglesias de Upsala, cuyo lema era «Mirad que hago todas las cosas nuevas» (Ap 21,5):
«¿Cómo el acontecimiento pascual, realizado una vez por todas, viene a nosotros hoy? Por medio de aquel que es el artífice desde el origen y en la plenitud del tiempo, el Espíritu. Él es personalmente la Novedad en acción en el mundo. Él es la Presencia del Dios con nosotros “junto a nuestro espíritu” (Rom 8,16).
Sin él, Dios está lejos; Cristo permanece en el pasado; el evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, un dominio; la misión, una propaganda; el culto, una evocación; el actuar cristiano, una moral de esclavos.
Pero en él, y en una sinergia indisociable, el cosmos es sostenido y gime en el alumbramiento del reino; el hombre está en lucha contra la carne; Cristo resucitado está aquí; el evangelio es fuente de vida; la Iglesia significa la comunión trinitaria; la autoridad es un servicio liberador; la misión es Pentecostés; la liturgia es memorial y anticipación; el actuar humano es divinizado»20.
El Espíritu, segunda misión del Padre después de la encarnación del Hijo, es el que lleva a cabo la misión de Cristo. La Iglesia se fundamenta en la eucaristía y en Pentecostés. La Iglesia es un perpetuo Pentecostés. Pentecostés respeta la individualidad y las diferencias de cada persona, evitando una uniformidad societaria. Todos formamos el único cuerpo de Cristo, pero cada uno recibe diferentes carismas del Espíritu para el bien de todo el cuerpo. La Iglesia no es la prolongación de las encarnación sino un acontecimiento «pneumático» y pentecostal, con la novedad siempre impredecible del Espíritu santificador y vivificador. En Pentecostés comienza la historia de la Iglesia, se inaugura la parusía, se anticipa el reino. Existe en la tradición patrística oriental una cierta identificación entre el reino y el Espíritu, de modo que a veces, en el Padre nuestro, se sustituye el «venga a nosotros tu Reino» por el «venga a nosotros tu Espíritu»21.
Pero si el Espíritu precede a toda aproximación a Cristo, Cristo es a su vez el dador del Espíritu y la ascensión es como la «epíclesis» del Señor, cuyo fruto es Pentecostés. El Espíritu es el segundo paráclito o consolador, el que viene después de Cristo, que es el primer paráclito o consolador. Jesús ha venido para darnos el Espíritu, o, en formulación tradicional patrística, el Hijo se encarna para divinizarnos, se hace hombre para que nosotros podamos participar de la vida de Dios: el Verbo se encarna para que podamos recibir el Espíritu.
Y este Espíritu Santo es la fuente de santificación. Si el Espíritu se puede simbolizar solo por imágenes cósmicas (viento, agua, fuego, óleo, paloma...), los santos son los verdaderos iconos del Espíritu, una manifestación viva del Espíritu en la historia. En ellos se realiza ya la divinización de la vida cristiana. La espiritualidad es la vida según el Espíritu, con todo lo que supone de ascesis, pero sobre todo de contemplación,
experiencia y don del Espíritu. Simeón, llamado el Nuevo Teólogo (949-1022), es un ejemplo de esta santificación por el don del Espíritu y por eso es llamado «teólogo»22.
Pero, sin duda, María, la totalmente santa, la Panagia, es el mejor icono del Espíritu, el Panagion, un icono que simboliza a la vez la encarnación, la ternura maternal de Dios, la Iglesia y el Espíritu. María, según Juan Damasceno, contiene toda la historia de la economía divina23, como ya hemos visto antes al hablar de los sucedáneos occidentales del Espíritu.
Para el Oriente, esta simbolización del Espíritu en los santos tiene su expresión sensible y gráfica en los iconos, que no son simples retratos realistas de Cristo, de María o de los santos, sino que son como sacramentos de la presencia del Espíritu en la vida de la Iglesia, ventanas abiertas a la trascendencia, algo que debemos contemplar en silencio, que no solo miramos sino que nos miran... Nos invitan a trascender el símbolo y comulgar con la hipóstasis, nos introducen en la experiencia última de Dios y del Espíritu. Sus figuras se estilizan, se alargan, para simbolizar la trascendencia y la espiritualidad.
La iconografía oriental, expresión de una espiritualidad simbólica, sacramental y litúrgica, nos introduce en el tema de la relación entre Espíritu y belleza: no la belleza carnal, realista, mundana, sino la belleza escatológica y espiritual; la belleza que, según la tradición oriental, salvará al mundo; una belleza que pasa por la cruz y la resurrección. Es una belleza que anticipa la belleza escatológica de la Jerusalén celestial, la Belleza de Dios, que supera y trasciende la nostalgia del arte humano, el realismo de las imágenes de un san Sebastián desnudo o del Cristo apolíneo de Velázquez, que son imágenes de una belleza invernal, de la belleza del bajo imperio planetario24.
Por esto los pintores de iconos, antes de trabajar, se someten a una ascesis de oración y ayuno para purificar sus ojos y ante todo deben pintar la transfiguración del Señor, para luego, con la luz «tabórica» de la transfiguración, representar las otras imágenes del Señor, María y los santos.
El prototipo de icono es el de la Trinidad de Rublev, representada simbólicamente a través de los tres visitantes de Abrahán en la teofanía de Mambré (Gn 18). El Espíritu está representado por el ángel de la derecha, que se inclina hacia el Padre en actitud reverente y maternal, incluso femenina, dinámica y fecundante. De él parte todo el movimiento armónico y circular que une a las tres figuras en unidad y comunión; su color verde significa vida y la roca que está detrás simboliza el cosmos, que él vivifica.
La pregunta ahora es: ¿qué relación tiene esta pneumatología oriental, tan sensible a la liturgia, a la escatología, a los iconos y a la belleza, con el mundo histórico y real, lleno de pobreza, marginación y muerte?