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Chapter 4 Specifications and design of the solution

4.2 Design of the solution

4.2.1 Design of the IEC 61850 MMS model

Si las buenas ideas o los planes brillantes garantizasen el éxito, cantidad de empresas desaparecidas seguirían todavía activas. Anualmente miles de empresas se declaran en bancarrota, y muchas decenas de miles de individuos tienen que recortar drásticamente sus aspiraciones personales. En muchos casos, estas empresas e individuos fallidos poseían todas las habilidades necesarias para triunfar. Es más, a menudo estos sabían qué era lo que tenían que alcanzar, pero, con todas sus ideas correctas –lo que podríamos llamar la parte de la estrategia correspondiente a la «cabeza»– presumieron de estrategias desorbitadas. Sabían qué era lo que deseaban alcanzar y hacía dónde querían ir, pero carecieron del coraje y del compromiso necesarios para caminar en esa dirección.

En un provocativo artículo publicado en 1955, John Kotter, profesor de la famosa Escuela de Negocios de Harvard, reflexionaba sobre las causas del fracaso de tantos esfuerzos de transformación. Le intrigaba y le preocupaba el hecho de que tales esfuerzos por sanear empresas enfermas –o convertir en grandes las de tamaño medio– nunca parecían funcionar. ¿A qué se debía esto? Después de todo, los equipos de gestión inteligente trabajaban a menudo durante meses sobre planes empresariales de cambio de rumbo, analizaban con perspicacia el entorno del negocio y creaban estrategias a prueba de balas. Pero, a pesar de una planificación impecable, nunca se producían los anhelados cambios radicales de rumbo, ni el salto de un rendimiento mediocre a un nivel de excelencia. Kotter prescribía diversos remedios para los equipos de gestión y otros especialistas del cambio de rumbo, pero, no obstante sus sugerencias y los buenos consejos de otros, los esfuerzos por cambiar radicalmente de rumbo siguen fracasando con demasiada frecuencia: la Harvard Business Review volvió a publicar ese mismo artículo, al pie de la letra, una década más tarde1.

De ahí que los gurús de los negocios busquen ahora explicaciones más profundamente arraigadas. Se fijan menos en las técnicas y las tácticas y consideran mucho más de cerca las actitudes y las creencias de los implicados en el proceso. Esto explica que, por ejemplo, la Harvard Business Review se haya preocupado últimamente no solo de aspectos prácticos del cambio como las financias y la gestión, sino también de cuestiones como «el coraje como destreza» y «descubrir tu auténtico liderazgo», por citar simplemente dos títulos de artículos recientes2. En el mismo sentido, Peter Senge, otro comentarista de la gestión ampliamente consultado, afirma en su obra La quinta

disciplina: «El auténtico compromiso sigue siendo raro en las organizaciones actuales.

Según nuestra experiencia, el 90% de las veces, lo que se hace pasar por compromiso es simplemente sumisión»3. Demasiada gente vive maquinalmente, sin verdadera pasión o profundo interés por su trabajo.

Estos respetados comentaristas diagnostican síntomas que apuntan a una enfermedad ampliamente difundida. En el ámbito de la política y de los negocios, o en nuestras instituciones religiosas –tanto a nivel profesional como en nuestras vidas personales–, solo con coraje y fuerza de voluntad superaremos los fastidiosos problemas que la vida nos plantea. En este terreno, las grandes ideas y las estrategias ambiciosas no son suficientes; necesitamos poseer también un gran corazón y tener grandeza de alma. Por ejemplo, un antiguo ayudante presidencial describió la profunda desilusión que le produjo el hecho de trabajar en una Casa Blanca que, aunque presumía de elevados ideales, carecía de espíritu para tratar de alcanzarlos: «La misma pasión por los pobres que yo escuché en primer lugar [de boca del presidente] estaba en su voz y en sus ojos. Pero se trataba de una pasión por hablar de la compasión, no por luchar a favor de la compasión»4. El antiguo presidente Bill Clinton diagnosticó más crudamente todavía el factor que muchos echan en falta: «La mayoría de nosotros carecemos del coraje

necesario para vivir como debemos»5. De forma especialmente conmovedora, Nelson Mandela, luchador por la igualdad de derechos civiles y más tarde presidente de Sudáfrica, comentó en cierta ocasión qué era lo que más le había hecho sufrir durante los largos años de cruel detención que había vivido en la dura cárcel de la isla de Robben: «Mi mayor enemigo no fueron las personas que me encarcelaron o me mantuvieron en prisión. Fui yo mismo. Me daba miedo ser quien soy».

Este libro ha estado sugiriendo a sus lectores una estrategia, y observar más de cerca la historia de este término nos ayuda a comprender el elemento vital que la estrategia aporta a nuestra vida. La palabra estrategia combina dos antiguas raíces griegas: stratos («ejército») y agein («conducir»). Así pues, originalmente estrategia se refería a lo que alguien hacía para guiar con éxito un ejército. Por ejemplo, un general no puede guiar bien al ejército sin desarrollar y comunicar una misión, como tampoco nosotros podemos guiar bien nuestras vidas sin tener igualmente claro el objetivo que perseguimos.

Ahora bien, si es cierto que la buena estrategia puede empezar por utilizar nuestras cabezas para formular una misión que realmente merezca la pena, su culminación pasa necesariamente por nuestros corazones, porque no puede carecer de cualidades como el compromiso, la inspiración, la constancia, la autenticidad y el coraje. El liderazgo no consiste simplemente en saber qué persona deseamos ser, sino también en encontrar el coraje para llegar a convertirnos en esa persona, ya sea que lideremos nuestro país, nuestra empresa o la propia familia. Trazar una estrategia requiere una buena cabeza, pero hacer que esa estrategia funcione exige un gran corazón.

Los avispados comentaristas citados al comienzo de este capítulo han diagnosticado con precisión la falta de coraje que cada vez más a menudo atenaza los esfuerzos por transformar nuestras vidas, empresas o países; por desgracia, esos mismos expertos han estado menos acertados a la hora de sugerir soluciones. Realmente no han explicado cómo dotarnos a nosotros mismos de grandeza de corazón y de alma.

Ciertas cualidades del corazón han sido siempre ingredientes básicos de una vida vivida con éxito; no se trata de un problema particular de nuestro tiempo, aunque en estos momentos se haya hecho más agudo. Y no es precisamente hacia un contemporáneo hacia quien, ahora, nos volvemos en busca de ayuda para nuestros corazones y mentes, sino hacia un hombre del siglo XVI, Ignacio de Loyola, cuyos escritos –especialmente el relato autobiográfico titulado El Peregrino y los Ejercicios

Espirituales– han señalado una senda hacia una vida valiente y generosa.

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