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Chapter 7 Conclusion and future work

7.2 Future work

A menudo las personas que destacan por la excelencia de las decisiones que toman han encontrado la respuesta antes de que alguien les plantee las preguntas. En otras palabras, estos individuos han llevado a cabo el trabajo de fundamentación descrito en los anteriores capítulos, y llegado el momento se enfrentan sin rodeos a las decisiones que tanto desconciertan a quienes no están preparados. Recuerda, por ejemplo, cómo los ejecutivos de Johnson & Johnson decidieron la retirada del Tylenol en todos los Estados Unidos antes incluso de evaluar el coste financiero o las consecuencias de la operación en el terreno de las relaciones públicas. No fueron temerarios; simplemente, valoraron la integridad de su empresa e intuitivamente comprendieron, como señaló Dave Collins, que «realmente no les quedaba otra solución» que retirar el Tylenol.

Por desgracia, no es raro que cuando los individuos toman decisiones importantes se encuentren poco o nada preparados para ello. No saben realmente quiénes son, de parte de quiénes están o hacía dónde se dirigen. De ahí que sus reflexiones se diluyan en una cansina e imprecisa discusión general, porque son incapaces de evaluar los aspectos verdaderamente relevantes de la decisión que tienen delante. La decisión correcta entre dos oportunidades de empleo –uno mejor pagado y el otro más satisfactorio– puede depender en gran parte de los propios valores y sentido de la vida de quien toma la decisión, pero cuando el proceso decisorio ya está en marcha no suele ser el mejor momento para averiguar exactamente cuáles son esos valores y sentido de la vida.

Por otra parte, además de los valores y del sentido de la vida, en las buenas decisiones intervienen otros factores. En las buenas decisiones que afectan a nuestra vida intervienen también las circunstancias, los intereses, los talentos y los recursos de cada uno. Y todas estas cosas varían de una persona a otra, y además cambian a menudo en la vida. Por ejemplo, Nanette Schorr sería incapaz de realizar su trabajo habitual en los servicios legales de una gran ciudad si no hubiese aprobado el examen de acceso al puesto, ni hubiese aprendido a negociar, o no fuese competente para redactar

instrucciones legales, de la misma manera que a mí me sería imposible jugar como lanzador en un equipo de béisbol si la velocidad a que yo lanzo la pelota está muy lejos de las marcas que ya tiene registradas ese equipo.

Cuando a los niños o a los jóvenes les recordamos que también ellos pueden aspirar a ser presidentes, o cuando animamos a los alumnos de secundaria a que escojan la carrera que realmente les gusta, les inculcamos dosis positivas de ambición y optimismo. Pero también hemos de inculcarles un enfoque estratégico de la vida. Y recuerdo que la estrategia no se preocupa solo de lo que podríamos llamar los fines que pretendemos alcanzar, sino también de los recursos con que contamos para conseguirlo. En cualquier caso, mi profundo deseo de ser presidente –o profesor, abogado, jugador de béisbol, etcétera– debe ir acompañado siempre de la pregunta sincera acerca de la rectitud de mi deseo (mis propios intereses), de si poseo o no las habilidades necesarias (mis talentos), de si dispongo del dinero y de otros apoyos que lo hagan factible (recursos) y de si libremente puedo comprometerme a perseguir mi sueño (circunstancias). Por otra parte, los talentos, los intereses, los recursos y las circunstancias de cada persona son diferentes, y la situación de cada uno varía con el paso del tiempo. Una persona soltera puede optar libremente por alternativas que no están al alcance de un padre de cuatro hijos; a su vez, el padre puede proponerse diferentes alternativas después de haber criado y educado a esos hijos. Además, en todas las buenas decisiones resulta clave la preparación previa de que dispone quien ha de tomarlas: contar con el fundamento de un claro sentido de la vida y de los valores y con un inventario completo de nuestros intereses y circunstancias actuales. Con este inventario acerca de nosotros mismos estamos preparados para tomar decisiones difíciles; es más, a veces este autoconocimiento puede hacer incluso que esas decisiones difíciles parezcan fáciles.

Una amiga soltera –la llamaré Marta– decidió adoptar un niño recién nacido. Esta decisión trastocó de pronto su economía, su tiempo libre, su estilo de vida, los tipos de empleos a que podría aspirar en adelante y otras muchas cosas. Cuando le pregunté cómo había llegado a tomar semejante decisión, Marta me contestó: «Durante una conversación, un amigo me preguntó si había pensado alguna vez adoptar a un niño, y pensé: “¡Mira, esa es una buena idea!”; y casi inmediatamente puse manos a la obra».

¿Lo es? ¿Una de las mujeres más inteligentes que conozco se había embarcado alegremente en una trascendental decisión que cambiaría su vida como resultado del comentario casual de un amigo? El proceso de adopción fue, por supuesto, complicado, de manera que la primera iniciativa de Marta fue puesta a prueba y confirmada por el simple paso del tiempo, las trabas legales que tuvo que aclarar, las crisis que dificultaron la tramitación y la importante cantidad de dinero que la interesada tuvo que abonar.

Pero, al reflexionar más detenidamente sobre el caso, comprendí por qué a Marta le había resultado fácil aquella decisión: porque se había preparado con tiempo para tomarla. Marta conocía cuáles eran sus intereses y circunstancias. Su deseo de cuidar a

un niño no había calado de pronto en su cabeza la mañana en que su amigo le había hecho aquella pregunta. «Siempre he amado a los niños y, de haber tenido una vida diferente, no me habría conformado con este único [hijo adoptado]». Durante mucho tiempo había colaborado con organizaciones benéficas dedicadas a la educación de niños. Desde luego, criar a un hijo no es simplemente cuestión de deseo; se han de tener en cuenta también las circunstancias y los recursos. Y Marta pensó que sus obligaciones laborales no supondrían un obstáculo para la atención que necesitaría dedicar al niño. Por otra parte, era perfectamente consciente de su situación financiera y durante toda su vida laboral había procurado administrar cuidadosamente su dinero para poder asumir los gastos inherentes a la educación de un hijo.

Su charla con un amigo le había ofrecido la oportunidad de expresar un deseo largamente acariciado. Como ella misma precisó, «probablemente yo estaba mentalmente preparada... Estoy convencida de que buena parte del “trabajo” de tomar la decisión se había llevado a cabo subconscientemente». Si ella no hubiera comprendido bien cuáles eran sus circunstancias y recursos, fácilmente habría cometido un error.

Si Dave Collins y Nanette Schorr nos enseñan cómo al ahondar en el conocimiento del sentido de la vida y de los valores duraderos nos preparamos para tomar las decisiones importantes, el ejemplo de Marta nos muestra que también hemos de rastrear ciertos aspectos especialmente variables de nuestra existencia, como son las circunstancias, los talentos, los intereses y los recursos de cada momento. Todos estos aspectos han de tenerse en cuenta al tomar las decisiones importantes, y quienes los conocen de antemano están en condiciones de tomar sus decisiones con mayor confianza en sí mismos.

En cualquier caso, no se trata simplemente de que uno conozca el sentido de su vida y los talentos que posee, sino sobre todo de que manifieste una actitud abierta y de amor al mundo a la hora de vivir ese sentido y de utilizar esos talentos. Recuerde el lector la parábola evangélica (Mateo 25,14-30) sobre los siervos a quienes su señor entregó algunos «talentos» –es decir, una cierta cantidad de dinero– para que los hiciesen fructificar mientras el señor estaba de viaje. Uno de los siervos, temeroso de perder el talento que había recibido, lo escondió bajo tierra; más tarde su señor lo tachó de malo y haragán por no haber invertido productivamente su talento. Por el contrario, el siervo bueno y fiel complació al señor invirtiendo sus cinco talentos para ganar otros cinco.

Jesús no ofrecía asesoramiento en materia de inversiones; trataba de ilustrar dos actitudes con respecto al mundo y a los propios talentos. El siervo malo se inclina temerosamente; en un mundo en que cabe la posibilidad de errar al tomar una decisión, este siervo opta por no tomar ninguna decisión. Pero, cuando renunciamos a decidir cómo vamos a utilizar nuestros talentos, de hecho tomamos una decisión importante: al no hacer fructificar ni utilizar nuestro talento, optamos por malgastarlo. En cambio, el

siervo bueno ve un mundo de posibilidades y actúa movido por una actitud esperanzada y amante del mundo. Y duplica sus talentos, porque los utiliza en su totalidad.

Al ahorrar dinero durante sus primeros años de vida laboral, mi amiga Marta no sabía que terminaría adoptando un niño, pero con su actitud ahorradora estaba creando las oportunidades del mañana. Cuando la conversación con el amigo le brindó la oportunidad, Marta no la dejó escapar. En lugar de esperar lo que la vida pudiera ofrecerle, ella echó mano de sus recursos, imaginación y determinación para crear una oportunidad de criar a un niño.

Aunque muchos de nosotros carezcamos probablemente de recursos financieros, poseemos mucho más de lo que imaginamos: inteligencia, tiempo, educación, amigos, una familia, personas cercanas a nosotros en situación de necesidad, y otras cosas. Conozco a un jubilado que en su día dirigió un sistema hospitalario; evidentemente, no maneja ya las riendas del poder como lo hacía cuando era un ejecutivo de prestigio. Ahora aprovecha su tiempo libre –un «talento» del que antes no podía disfrutar– para llevar a cabo, de forma aleatoria, pequeños gestos de amabilidad, como detenerse un momento en sus tempranos paseos matutinos invernales para acercar a la entrada misma de las viviendas de los vecinos los periódicos del día que los repartidores acaban de dejar al borde de la calle.

Todos nosotros poseemos más talentos de los que imaginamos, y más oportunidades de utilizarlos de las que solemos tener en cuenta. Bastaría comparar nuestras vidas con las de los oyentes de Jesús. En tiempo de Cristo un «talento» representaba una considerable cantidad de dinero, de manera que muy pocos de sus oyentes podrían haber aspirado a adquirir tanta riqueza durante su corta y penosa vida, que a menudo no sobrepasaba los cuarenta años. Hoy día vivimos en un mundo transformado y poseemos talentos inimaginables para los contemporáneos de Jesús. Los ciudadanos de los países desarrollados vivimos cómodamente instalados en casas más seguras y confortables, dotadas de una serie de aparatos tecnológicos que incrementan la productividad. Bibliotecas, televisores y ordenadores ponen a nuestro alcance la sabiduría que la humanidad ha acumulado a lo largo de los siglos. La mayoría de nosotros vivirá probablemente varias décadas más que nuestros antepasados. Gracias a los seguros, a los sistemas de seguridad social y a los avances médicos, podemos ser más productivos y estables en nuestra vejez. ¿Qué haremos para continuar desarrollando y utilizando la salud, el conocimiento, la longevidad, las redes sociales, el tiempo y los ahorros, entre otros incontables recursos de que gozamos nosotros (y de los que carecían los oyentes de Jesús)? ¿Enterraremos estos talentos, como el siervo malo de la parábola de Jesús, o los invertiremos productivamente, como el siervo bueno y fiel?

Sean cuales sean nuestros talentos, se aplica aquí un dicho que no por repetido es menos verdadero: «Tu talento es un don que Dios te hace, pero lo que tú hagas con él es el don que tú haces a Dios». Estas palabras contienen una invitación profundamente

estratégica a evaluar nuestros muchos dones y talentos, a disfrutarlos, a desarrollarlos y a encontrar formas de desplegarlos en las cambiantes circunstancias de la vida. No se trata únicamente del don que como hombres ofrecemos a Dios, sino también del don que nos ofrecemos a nosotros mismos, porque, como afirma el desaparecido psicólogo Abraham Maslow, «si te propones ser menos de lo que serías capaz de ser, no serás feliz».

Los estrategas menos exitosos esperan pasivamente a que las cosas ocurran; en cambio, los estrategas más exitosos hacen que las cosas ocurran. Los primeros dejan que los acontecimientos fortuitos gobiernen su futuro; los últimos manejan su destino y determinan su futuro.

Señala diez talentos –recursos, oportunidades, redes, dones y habilidades– en los que solo piensas de vez en cuando.

¿Qué talentos estás utilizando mejor? ¿Cuáles no has utilizado?

¿En qué aspectos has mostrado una actitud pasiva en tu vida? ¿Cómo manifiestas una actitud esperanzada y abierta al mundo para aprovechar todas las oportunidades que se te presenten?

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