Chapter 5 Implementation using NS3 LENA simulation platform
5.2 LTE model in LENA
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Ignacio de Loyola nació en 1491 en la región vasca de España. Si los campesinos medievales habían adoptado con resignación su mísera condición social, los miembros de la pequeña nobleza como Ignacio lucharon incansablemente para conquistar nuevos derechos. Un corto periodo de aprendizaje a la edad de catorce años amplió su red social, perfeccionó sus prácticas cortesanas, pulió sus habilidades militares y –de hacer caso a lo que sugieren sus biógrafos– lo capacitó para correr tras las mujeres. Aproximadamente una década más tarde, mientras defendía una fortaleza en la ciudad de Pamplona, la llegada de los invasores franceses representó para él su primera gran oportunidad de gloria militar.
Ignacio luchó valientemente, pero sufrió una ignominiosa derrota. Una bala de cañón enemiga le hizo polvo una pierna, lo que le acarreó el fin de su carrera militar. Fue transportado en camilla hasta su casa, a unos cuantos kilómetros de distancia, a través de irregulares senderos. Su complicada fractura no se cerró correctamente, sino que le dejó una pierna más corta y una fea protuberancia. Cirujanos ortopédicos de la época trataron de eliminar a hachazos el hueso que sobresalía (imagine el lector la eficacia de la anestesia medieval). Loyola sobrevivió, lo que indica que el resultado de la bárbara intervención quirúrgica a que había sido sometido fue superior al promedio. Pero, a partir de entonces, cojeó ligeramente durante toda su vida; su pierna visiblemente deformada era algo más corta que la otra.
En la autobiografía describe su convalecencia, un momento de su vida en que abundaron todo tipo de vanas ensoñaciones, que con el tiempo dieron paso a otras ensoñaciones con más sentido. Los sueños de gloria caballeresca disminuyeron cuando empezaron a apoderarse de él los sueños de servicio religioso. Ignacio describió así la aparición de su nueva identidad en El Peregrino: «Y la mayor consolación que recebía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor»6.
Ese poderoso impulso lo incitó a emprender, prácticamente al azar, una piadosa peregrinación a Tierra Santa. Antes de embarcar en Barcelona, se detuvo durante algún tiempo en la ciudad catalana de Manresa, donde las experiencias místicas de que disfrutó Ignacio fueron tan fuertes que intensificaron al máximo sus convicciones religiosas y su devoción. Así lo confesó más tarde en su autobiografía: «Coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola»7.
El compromiso religioso de Ignacio de Loyola era ya en ese momento absolutamente firme e intenso, pero iba a necesitar toda la fortaleza interna que fuera capaz de reunir para superar los casi continuos reveses que tendría que soportar durante los años que siguieron a su conversión: encarcelamientos, enfermedades, impulsos
suicidas, serias dudas sobre sí mismo y meses enteros invertidos en el vano sueño de vivir en Tierra Santa.
Sin un céntimo y prácticamente sin rumbo después de verse obligado a salir de Tierra Santa, Ignacio de Loyola recuerda: «Siempre vino consigo pensando qué haría, y al fin se inclinaba más a estudiar algún tiempo para poder ayudar a las ánimas»8. A la edad de treinta y cuatro años no tuvo más remedio que constatar que no estaba lo suficientemente bien instruido como para ayudar a las almas, tal como él aspiraba. Tras pasar por un periodo de búsqueda, finalmente empezaba a percibir con cierta claridad un objetivo que le permitiría trasladar sus creencias espirituales al mundo real: Estoy en la tierra «para ayudar a las almas». El antiguo comandante militar se preparó para luchar por ese nuevo objetivo desde un humilde escalón inferior: asistiendo a una escuela de gramática, en principio destinada a niños, para poder completar su escaso conocimiento del latín.
La mayoría de los biógrafos nos narran lo que podríamos llamar los triunfos de Ignacio. Aprendió gramática elemental (y muchas más cosas) y finalmente estudió en la institución académica más prestigiosa de la Europa medieval, la Universidad de París. Allí trabó amistad con Francisco Javier y otros colegas que fueron ordenados sacerdotes y juntos fundaron, en 1540, la que todavía hoy continúa siendo la orden religiosa plenamente integrada más grande del mundo: la Compañía de Jesús, popularmente conocida como los Jesuitas, actualmente presente en más de cien países. Durante los primeros años de su historia, los Jesuitas ayudaron a desarrollar el calendario moderno y el alfabeto vietnamita, participaron en las negociaciones para establecer la frontera entre Rusia y China y fundaron São Paulo (Brasil), hoy día una de las ciudades más grandes del mundo.
De todos modos, más que las historias de éxitos corporativos de los jesuitas, aquí tratamos de comprender la transformación personal de Ignacio de Loyola y lo que ella podría enseñarnos hoy día sobre cómo encontrar el coraje y el compromiso necesarios para convertirnos en inspirados líderes de nuestras propias vidas.
Sin duda, en Ignacio encontramos todo el coraje y la voluntad que cualquiera de nosotros necesitaría para vencer sus propios desafíos. Él se abrió paso con decisión a pesar de las decepciones y los contratiempos. Tras recibir en la guerra la herida que acabó con sus aspiraciones militares, se retiró para rehacer su vida y, una vez recuperadas las fuerzas, emprendió un viaje de descubrimiento personal de varios meses de duración por distintos países. Ya en plena madurez, cuando sus pares nobles podían estar disfrutando de su mayor grado de influencia y prestigio, Ignacio se tragó su orgullo para reestructurar sus habilidades en una clase elemental de gramática. Aunque algunos funcionarios eclesiásticos lo encarcelaron y acosaron injustamente, Ignacio perseveró en el servicio a su Iglesia. En edad ya avanzada, cuando sus colegas civiles estaban a punto
de concluir sus años más productivos, él tomó la decisión empresarial de iniciar la aventura de los Jesuitas con una larga serie de predicciones en contra.
¿Cómo encontraremos los demás esas mismas cualidades de coraje, perseverancia y fuerza de voluntad? Analizando la vida de Ignacio a la luz de estudios recientes sobre el liderazgo, podemos dar con una serie de pistas interesantes. Por ejemplo, sus pautas de vida parecen reivindicar lo que los profesores Warren Bennis y Robert Thomas constataron tras entrevistar a numerosos líderes del mundo de los negocios y del sector público, a saber, que muchos «habían sufrido experiencias intensas y a menudo traumáticas que los transformaron... Las habilidades requeridas para vencer la adversidad y salir más fuertes y más comprometidos que nunca son las mismas que hacen extraordinarios a algunos líderes»9. Parecidas fueron las conclusiones que sacó Jim Collins acerca de algunos de los líderes más destacados presentados en su obra Empresas
que sobresalen, al observar que una crisis personal o alguna «experiencia vital
significativa... podía haber provocado o favorecido su maduración»10.
Abraham Zaleznik, psicólogo emérito de Harvard, nos ayudó a comprender por qué. En cierta ocasión escribió: «Los líderes son individuos “nacidos dos veces” que soportan importantes acontecimientos que provocan en ellos una sensación de alejamiento, o tal vez de extrañamiento, de sus entornos habituales. Como reacción, estos individuos se vuelven hacia su interior con el fin de presentarse de nuevo ante los demás con una sensación de identidad creada, más bien que heredada»11. Esto es exactamente lo que hizo Ignacio de Loyola. No es difícil de imaginar la crisis de identidad que debió de sufrir el machista y presumido Ignacio de Loyola al encontrarse a sí mismo transformado de la noche a la mañana en una criatura deforme y coja: con toda seguridad, esta experiencia representó una profunda agresión contra su sentido heredado de identidad.
O, más gráficamente, recordemos el caso de Robert Dole, otro soldado herido convertido en líder, que más tarde fue senador de los Estados Unidos y candidato presidencial del Partido Republicano para las elecciones de 1996. Durante la Segunda Guerra Mundial, en una batalla el cuerpo de Dole había sido acribillado por ráfagas de ametralladora cuando conducía un pelotón a lo alto de una colina para atacar una trinchera enemiga bien defendida. Años más tarde recordaba las semanas siguientes a aquella experiencia trágica: «Los días buenos, yo podía mover un poco un dedo o un brazo; los días malos, simplemente me esforzaba por mover algo. Me sentía aprisionado en mi cuerpo helado. Todavía no podía controlar mi vejiga o mis entrañas»12.
Los nombres de Ignacio de Loyola y de Bob Dole tal vez nunca habían sido citados juntos hasta ahora, pero, a pesar de los siglos que los separan y de las diferentes profesiones que ejercieron, ambos nos enseñan la misma lección: el itinerario hacia una conciencia nueva o reforzada de uno mismo implica a menudo el abandono de la conciencia que teníamos anteriormente acerca de quiénes somos, por qué importamos
como personas y cuál es el eje en torno al cual giran nuestras vidas. El herido Bob Dole, que no podía controlar su vejiga y tenía que confiar en que las enfermeras le pusiesen bien el pañal, seguramente comprendió que él no era ya el hombre que en otro tiempo había pensado ser. Muchas personas no se recuperan nunca de esa penosa toma de conciencia, sea cual sea la causa que la ha provocado: herida corporal, bancarrota, fracaso escolar, ruptura familiar, haber sido alcanzado por un disparo, u otro de los cientos de traumas capaces de aplastar al yo.
En cualquier caso, para otros muchos la destrucción de su sentido del yo preludia la resurrección personal, si se puede hablar así, que es la segunda parte de la dinámica observada por Zaleznik. Es decir, la crisis echa por tierra el sentido heredado del yo, pero, paralelamente, incita a dar el paso hacia un nuevo sentido, creado y vigorizador de identidad. Así es como el maduro Bob Dole recordaba su propio momento de transformación –su aceptación del nuevo sentido de su vida– durante su convalecencia: «Estuve a punto de morir tres veces, enfrentándome a la muerte y la vida para abordar este tema. ¿Por qué seguía yo vivo? Tal vez había un sentido más grande para mi vida. O tal vez había algo más que yo estuviese llamado a hacer»13.
Hay un significado más amplio, para la vida de cada uno de nosotros. En los capítulos anteriores a este, aceptamos el reto de formular ese significado más amplio: nuestra poderosa determinación a favor de un mundo mejor, y nuestra clara visión del mismo. Por desgracia, la sola lectura de este libro no será suficiente para que en lo más profundo de nosotros prendan el coraje y el compromiso necesarios para tomarnos en serio la búsqueda de este sentido redescubierto de la vida en medio de las distracciones, aflicciones, desánimos y momentos difíciles de que está llena nuestra vida de cada día.
De hecho, historias como las de Ignacio de Loyola y Bob Dole pueden hacernos sentir que, tras conocerlas, estamos más alejados de una solución que antes de tener noticias de ellas. Las crisis personales pueden ser un crisol del liderazgo, como efectivamente lo fueron tanto para Dole como para Ignacio. Pero ¿qué hemos de hacer el resto? ¿Esperar a que se presente una crisis? No podemos contar con vivir los traumas como si de una guerra se tratase. Es más, no deberíamos desear un trauma ni para los demás ni para nosotros mismos.
Después de todo, la historia de Ignacio de Loyola no es lo que alguien tildaría de una «iniciativa estratégica»; lo que él vivió fue una experiencia de conversión. Con frecuencia, el término conversión tiene un sentido intimidatorio, que muchos tienden a asociar con una decisión intelectual de adoptar cierto credo religioso, como en esta frase: «Fulano se ha convertido al catolicismo». Pero la conversión implica una transformación más rica, más profunda y más global: la raíz latina de la palabra sugiere un «cambio» –o «giro»– decisivo de una forma de vida a otra. Incluya o no un cambio de creencias religiosas, conversión puede describir cualquier decisión que implique abandonar
adicciones o conductas autodestructivas, la autoindulgencia, la degeneración moral, la desesperación o el miedo; y en sentido positivo, este giro debe implicar una orientación hacia una vida más claramente dotada de sentido y caracterizada por una visión más dinámica y esperanzada del futuro.
Para tener éxito en nuestras estrategias, cada uno de nosotros hemos de hacer ese giro. A menos que nos transformemos como personas, no lograremos reunir la fuerza de voluntad y el coraje necesarios para responder a las exigencias de una auténtica gran visión. De todos modos, ese giro es en parte un misterio; en realidad, no sabemos exactamente cómo podemos transformar a otros, o a nosotros mismos, en personas profundamente valientes y voluntariosas, de la misma manera que no logramos comprender por qué algunos individuos superan las crisis gracias a su capacidad de adaptación a las circunstancias –eso que muchos llaman hoy «resiliencia»–, mientras que otros se ven aplastados por ellas.
No podemos fabricar conversiones, ni aclarar completamente el misterio que se esconde tras la actitud de grandeza de corazón que transforma la estrategia en realidad. De todos modos, tanto en la sabiduría espiritual de Ignacio de Loyola como en la investigación contemporánea encontramos tres acciones distintas que pueden contribuir a que nuestros corazones sean más generosos y audaces.