Admitimos que la «hipótesis del Trasfondo» afirma que los esta dos intencionales tienen como substrato capacidades preintencionales no representacionales tal y como he esbozado antes. ¿Cómo se podría mostrar que tal afirmación es cierta? ¿Y en qué sentido tal afirmación supondría una diferencia empírica? Sé de algunos argumentos no de mostrativos que confirmarían la existencia del Trasfondo. Quizá la mejor forma de argumentar en favor de la hipótesis del Trasfondo sea explicar al lector cómo yo mismo llegué a convencerme de ella. Este convencimiento fue el resultado de una serie de investigaciones más o menos independientes, cuyo efecto acumulativo fue producir una cre encia en la hipótesis del Trasfondo.
i) La comprensión del significado literal
La comprensión del significado literal de oraciones, desde las más simples, tales como «El gato está sobre la alfombra», hasta las más complejas de las ciencias físicas, requiere un Trasfondo preintencio nal. Por ejemplo, la oración «El gato está sobre la alfombra» única mente determina un conjunto definido de condiciones de verdad en contraste con un Trasfondo de suposiciones preintencionales que no son parte del significado literal de la oración. Esto se muestra por el hecho de que, si alteramos el Trasfondo preintencional, la misma ora ción con el mismo significado literal determinará diferentes condicio nes de verdad, diferentes condiciones de satisfacción, incluso en el caso de que haya cambios en el significado literal de la oración. Esto tiene como consecuencia que la noción del significado literal de una oración no es una noción libre de contexto; solamente tiene aplicación en relación a un conjunto de supuestos y prácticas del Trasfondo preintencional2.
Quizá el mejor modo de argumentar este punto sea mostrar cómo, dados diferentes Trasfondos, el mismo significado literal determinará diferentes condiciones de verdad y cómo, oraciones que son semánti camente impecables desde el punto de vista clásico, dados algunos Trasfondos, resultan ser simplemente incomprensibles y determinan un conjunto bastante confuso de condiciones de verdad. Considere mos la ocurrencia del verbo «abrir» en las cinco oraciones castellanas siguientes, cada una de las cuales es una instancia de sustitución de la oración abierta «X abrió Y»:
Tom abrió la puerta Sally abrió sus ojos
Los carpinteros abrieron el muro Sam abrió su libro por la página 37 El cirujano abrió la herida.
Me parece claro que la palabra «abrir» tiene el mismo significado lite ral en estas cinco ocurrencias. Cualquiera que rechazase esto en se guida se vería forzado a sostener el criterio de que la palabra «abrir» es indefinida o incluso quizá infinitamente ambigua, ya que podemos continuar esos ejemplos; y la ambigüedad indefinida parece una conse cuencia absurda. Además, estos ejemplos contrastan con otras ocurren-
2 Para discusión detallada de ejemplos, ver «Literal Meaning», en J. R. Searle, Ex- pression and Meaning, Cambridge University Press, Cambridge, 1979.
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cías de «abrir» en las que es, al menos, discutible si la palabra tiene un sentido o significado diferente. Consideremos los siguientes ejemplos:
El moderador abrió la discusión La artillería abrió fuego
Bill abrió un restaurante.
Ahora bien, lo que quiero destacar es el punto siguiente: aunque el contenido semántico al que contribuye la palabra «abrir» es el mismo en todos los miembros del primer grupo, la forma en que se entiende el contenido semántico es totalmente distinta en cada caso. En cada caso las condiciones de verdad señaladas por la palabra «abrir» son diferentes, incluso en el supuesto de que el contenido semántico sea el mismo. Aquello en lo que consiste abrir una herida es totalmente dis tinto de aquello en lo que consiste abrir un libro, y entender literal mente estas oraciones requiere entender de forma diferente cada una de ellas, incluso en el supuesto de que «abrir» tenga el mismo signifi cado literal en cada caso. Se puede ver que las interpretaciones son di ferentes si imaginamos cómo llevar a cabo las instrucciones literales que contienen la palabra «abrir». Supongamos que en respuesta a la orden «abre la puerta» empiezo a hacer incisiones en ella con un es calpelo de cirujano; ¿he abierto la puerta, esto es, he «obedecido» lite ralmente la orden «abre la puerta»? Creo que no. La emisión literal de la oración «abre la puerta» requiere para su comprensión algo más que el contenido semántico de las expresiones que la componen y que las reglas para su combinación en oraciones. Además, la interpretación «correcta» no es algo a lo que obligue el contenido semántico de las expresiones que sustituimos por «X» e «F», puesto que sería fácil ima ginar usos del Trasfondo en los que esas palabras conservaran sus mismos significados y, sin embargo, nosotros entendiésemos las ora ciones de forma totalmente distinta: si los párpados se desarrollasen en el interior de las puertas, en bisagras de latón con grados candados de hierro, entenderíamos la frase «Sally abrió sus ojos» de un modo bastante distinto del que solemos entenderla.
He intentado mostrar hasta ahora que en la comprensión hay algo más que la captación de los significados ya que, por decirlo toscamente, lo que uno entiende va más allá del significado. Otra forma de llegar a la misma idea consiste en mostrar que es posible captar todos los com ponentes significativos y, aun así, no entender la oración. Considere mos las tres oraciones siguientes que también contiene el verbo «abrir»:
Bill abrió la montaña Sally abrió la hierba Sam abrió el sol.
En ninguna de estas oraciones hay incorrecciones gramaticales. Todas son oraciones perfectamente correctas y entendemos con facilidad cada una de las palabras que las componen. Sin embargo, no tenemos del todo una idea clara de cómo interpretarlas. Sabemos, por ejemplo, lo que significa «abrir» y sabemos lo que significa «montaña», pero no sabemos lo que quiera decir «abrir la montaña». Si alguien me or dena que abra la montaña, no tengo la menor idea de lo que se supone que tengo que hacer. Podría, desde luego, inventarme una interpreta ción para cada una de las oraciones, pero, al hacer eso, tendría que ha cer una contribución a la comprensión que va más allá de la contribu ción que hace el significado literal.
Tenemos que explicar entonces dos conjuntos de hechos: primero, que entendemos el mismo significado literal de modo diferente en cada instancia del primer grupo de ejemplos y, segundo, que en el grupo siguiente no entendemos del todo las oraciones ni siquiera en el caso de que no tengamos dificultad en captar los significados literales de sus componentes.
Creo que la explicación, si bien es simple y obvia, tiene trascen dentales consecuencias para la teoría clásica del significado y la com prensión. Cada una de las oraciones del primer grupo se entiende den tro de una Red de estados Intencionales y junto a un Trasfondo de capacidades y prácticas sociales. Sabemos cómo abrir puertas, libros, ojos, heridas y muros; y las diferencias en la Red y en el Trasfondo de prácticas producen diferentes formas de entender el mismo verbo. Además, simplemente no disponemos de prácticas comunes para abrir montañas, hierba o soles. Sería fácil inventar un Trasfondo, esto es: imaginar una práctica, que diera un sentido claro a la idea de abrir montañas, hierba y soles, pero ahora no tenemos tal Trasfondo común.
En cuanto a la relación entre el Trasfondo y el significado literal quiero considerar dos nuevas cuestiones que están relacionadas. En primer lugar, aún en el caso de que las partes relevantes del Trasfondo no sean ya parte del contenido semántico, ¿por qué no se las puede hacer por fiat parte del contenido semántico? Y, en segundo lugar, si el Trasfondo es una precondición de representación ya sea lingüística o de cualquier otra forma de representación, ¿por qué el Trasfondo mismo no puede consistir también en estados Intencionales como las creencias inconscientes?
Para responder a lo primero: si intentamos explicar detenidamente las partes relevantes del Trasfondo como un grupo de oraciones que ex presan contenidos semánticos adicionales, simplemente eso exigirá tam bién Trasfondos adicionales para su comprensión. Supongamos, por ejemplo, que anotamos todos aquellos hechos relacionados con puertas y con la acción de abrir que creemos que fijará el significado correcto de «Abre la puerta». Esos hechos estarán enunciados en un grupo de oracio
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nes, cada una con su propio contenido semántico. Pues bien, ahora esas mismas oraciones tienen que entenderse y esa comprensión exije aún más Trasfondo. Si intentamos explicar detalladamente el Trasfondo como parte del contenido semántico, nunca sabríamos cuando parar ya que cada contenido semántico que produzcamos requerirá inmediatamente más Trasfondo para su comprensión. En cuanto a la segunda cuestión planteada tenemos lo siguiente: si la representación presupone un Tras fondo, entonces el Trasfondo mismo no puede consistir en representacio nes sin que caigamos en un regreso al infinito. Sabemos que tal regreso al infinito es empíricamente imposible por cuanto que las capacidades inte lectuales humanas son finitas. La secuencia de pasos cognitivos en el en tendimiento lingüístico llega a un fin. Según la concepción presentada aquí, no se llega a un final con la captación del contenido semántico ais lado, ni siquiera aunque añadamos un conjunto de creencias presupuestas a este contenido semántico, sino que más bien el contenido semántico so lamente funciona en contraste con un Trasfondo que consiste en el saber- cómo cultural y biológico, y es este Trasfondo de saber-cómo el que nos capacita para entender los significados literales.
ii) La comprensión de la metáfora
Resulta tentador pensar que debe haber algún conjunto definido de reglas o principios que capacite a los usuarios de una lengua a produ cir y entender expresiones metafóricas y que esas reglas y principios deben tener algo así como un carácter algorítmico, de modo que con la aplicación estricta de las reglas se obtuviese la interpretación co rrecta de cualquier metáfora. Sin embargo, tan pronto como uno in tenta establecer esos principios de interpretación se descubren algunos hechos interesantes. Las reglas que razonablemente se pueden aducir no son en absoluto algorítmicas. Por otro lado, podemos descubrir principios que capacitan a los usuarios de una lengua para averiguar que cuando un hablante dice metafóricamente que X es Y lo que quiere decir es que X es como Y con respecto a ciertos rasgos R. Pero tales reglas no funcionan de modo mecánico: no hay ningún algoritmo para descubrir cuando una emisión es metafórica, y tampoco hay algoritmo para calcular los valores de R, ni siquiera después de que el oyente haya averiguado que la emisión se quiere decir metafóricamente. Ade más, y quizás esto tenga más interés para nuestro estudio, hay muchas metáforas cuya interpretación no descansa en ninguna percepción de similitud literal entre la extensión del término Y el referente del tér mino X. Consideremos, por ejemplo, el uso de metáforas del gusto para expresar características de personalidad, o las me-táforas de temperatura con las que expresamos estados emocionales.
Así, por ejemplo, hablamos de una «persona dulce», un «temperamento agpo» y una «personalidad amarga». También hablamos de una'«cálida bienvenida», una «recepción fría», una «amistad tibia», una «discusión
Y x * Y X Y X
acalorada», una «aventura amorosa ardiente» y de la «frigidez sexual».
Y X Y ~ c? y x
Pero ni en el caso de las metáforas del gusto ni en el de las de la tem peratura hay entre la extensión del término Y la referencia del térmi no X, ninguna similitud literal que sea suficiente para justificar el sig nificado de la emisión metafórica. Por ejemplo, el significado de la emisión metafórica que expresamos cuando decimos «una tibia recep ción» no se basa en ninguna semejanza literal entre las cosas tibias y el carácter de la recepción así descrita. Hay incluso principios de se mejanza en base a los cuales funcionan ciertas metáforas; pero lo esencial de estos ejemplos es que hay también ciertas metáforas, e in cluso clases enteras de metáforas, que funcionan sin que haya princi pios de semejanza subyacentes. Parece ser un hecho concerniente a nuestras capacidades mentales que somos capaces de interpretar cier tos tipos de metáforas sin la aplicación de ninguna otra «regla» o «principio» subyacente que no sea simplemente la pura habilidad para hacer ciertas asociaciones. El mejor modo que conozco para describir esas habilidades es decir que se trata de capacidades mentales no re- presentacionales.
Ambas cosas, esto es: el carácter no algorítmico de las reglas y el hecho de que algunas de las asociaciones no están determinadas del todo por reglas, sugieren que hay involucradas aquí capacidades no representacionales, pero esa afirmación llevaría a conclusiones erró neas si se considera que implica que un conjunto completo y algorít mico de reglas para la metáfora indica que no hay tal Trasfondo; pero, como veremos, incluso para la aplicación de tales reglas se requeriría un Trasfondo.
iii) Destrezas físicas
Consideremos que se parece a aprender a esquiar. Al esquiador principiante se le dan una serie de instrucciones verbales que se supone que va a poner en práctica: «inclinarse», «flexionar los tobillos», «mantener el peso sobre el esquí al ir cuesta abajo», etc. Cada una de ellas es una representación explícita, y, si el esquiador intenta aprender en serio, cada una funcionará causalmente como parte del contenido Intencional que determina la conducta. Cuando, al bajar, el esquiador intenta mantener el peso sobre el esquí, lo que está haciendo es cumplir las instrucciones que se le dieron para mantener el peso sobre el esquí cuando se está bajando. Aquí tenemos un caso muy común de causa
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ción intelectual: las instrucciones tienen una dirección de ajuste mundo-a-palabra y una dirección de causación palabra-a-mundo. Es quiar es una de esas destrezas que se aprende con la ayuda de represen taciones explícitas. Pero, poco después, el esquiador avanza en su aprendizaje; ya no necesita recordarse a sí mismo las instrucciones, sino que simplemente sale y esquía. Desde el punto de vista cognitivo tradicional lo que ocurre es que las instrucciones se han internalizado y ahora funcionan inconscientemente, aunque todavía son representacio nes. Incluso de acuerdo con algunos autores, como por ejemplo Po- lanyi3, es esencial para su funcionamiento que estos contenidos Inten cionales funcionen inconscientemente, ya que si se reflexiona sobre ellos o se intenta hacerlos conscientes, entonces se convierten en un obstáculo que impide que el esquiador siga bajando durante más tiempo. Igual que el ciempiés del proverbio reflexiona sobre cuál es la próxima pata que se supone que debe mover y termina quedándose pa rado, si el esquiador intenta recordar las normas que le dio el instructor terminará quedándose paralizado, o tendrá problemas a cada momento; lo mejor es dejar que las normas actúen inconscientemente.
Me parece poco convincente esta explicación sobre lo que ocurre cuando el esquiador se supera y quiero proponer una hipótesis alterna tiva. No se trata de que cuando el esquiador se supera internaliza me jor las reglas, sino, más bien, lo que ocurre es que las reglas llegan a ser irrelevantes de manera progresiva. Las reglas no llegan a «formar parte de» los contenidos Intencionales inconscientes, sino que las ex periencias repetidas crean capacidades físicas, presumiblemente reali zadas a través de conductos neurológicos, que hace que las reglas sean simplemente irrelevantes. «La práctica hace la perfección», pero no porque la práctica nos lleve a memorizar perfectamente las reglas, sino porque la práctica repetida hace posible que el cuerpo tome el control y que las reglas se retiren hacia el Trasfondo.
Podemos dar cuenta de lo dicho hasta ahora con un aparato expli cativo más económico si no tenemos que suponer que cada destreza física tiene por debajo un gran número de representaciones mentales inconscientes, sino que, más bien, la práctica repetida y el entrena miento en diferentes situaciones hacen que, a la larga, sea innecesario el funcionamiento causal de la representación en el ejercicio de las destreza. El esquiador avanzado no sigue mejor las reglas, sino que se trata más bien de que, en conjunto, esquía de otro modo. Sus movi mientos son fluidos y armoniosos, mientras que el principiante, con centrándose en las reglas consciente o inconscientemente, hace movi
3 M. Polanyi, Personal Knowledge: Toward a Post-Critical Philosophy, Univer- sity o f Chicago Press, Chicago, 1958.
mientos a sacudidas, bruscos e ineptos. El esquiador experto es flexi ble y responde de forma distinta ante las diferentes condiciones que presentan el terreno y la nieve; el principiante es inflexible y cuando aparecen situaciones diferentes e inesperadas tiende simplemente a ca erse. Un esquiador en una competición de descenso avanza muy rápi damente durante el recorrido alcanzando una velocidad de alrededor de sesenta millas a la hora, y esto sobre un terreno abrupto y desigual. Su cuerpo hace miles de ajustes muy rápidos según las variaciones del terreno. Veamos ahora qué es lo más convincente: cuando su cuerpo hace esos ajustes, ¿es solamente porque está haciendo con rapidez una serie de cálculos inconscientes aplicando reglas inconscientes?, ¿o se trata más bien de que el cuerpo del esquiador está tan entrenado que hace frente a esas variaciones del terreno automáticamente? Desde mi punto de vista, el cuerpo toma el control y la Intencionalidad del es quiador se concentra en ganar la carrera. Con esto no quiero negar que el ejercicio de las destrezas incluya formas de Intencionalidad, ni tam poco quiero negar que una parte de la Intencionalidad sea incons ciente.
Ninguno de estos tres conjuntos de consideraciones es en modo al guno decisivo y es cierto que todavía no se ha presentado ningún ar gumento formal que demuestre la hipótesis del Trasfondo. Sin em bargo, empieza a surgir una cierta visión de conjunto: tenemos estados Intencionales algunos de los cuales son conscientes y muchos son inconscientes; ellos forman una Red compleja. La Red, poco a poco, se transforma en un Trasfondo de capacidades (que incluyen di versas destrezas, capacidades, suposiciones y presuposiciones prein tencionales, posturas y actitudes no representacionales). El Trasfondo no está en la «periferia» de la Intencionalidad, sino que «impregna» toda la Red de estados Intencionales; como ocurre que los estados no funcionarían sin el Trasfondo, entonces esos estados tampoco podrían determinar condiciones de satisfacción. Sin el Trasfondo no habría ni percepción, ni acción, ni memoria, esto es: no habría tales estados In tencionales. Pues bien, tomando esta idea como hipótesis de trabajo, las pruebas en favor del Trasfondo se acumulan por todas partes hacia donde uno mire. Por ejemplo, las reglas para realizar actos de habla o para interpretar actos de habla indirectos tienen una aplicación que de pende tanto del Trasfondo como las «reglas» de la metáfora.
En última instancia estas consideraciones sugieren un plausible ar gumento más tradicional en favor del Trasfondo (aunque debo confe