MATERIAL AND METHODS 2.1 Study aims and outlines of experimentation
2.2.3 Detection of sequence specific markers
CERVANTES, ARQUITECTO
Cabe afirmar que no existe hoy parcela alguna del Quijote que no sustente una extensa bibliografía y no haya sido removida una y otra vez por los arados de la crítica. Y no es menos cierto que, con demasiada frecuencia, tales surcos, entrecruzados en todas direcciones, sólo dibujan un laberíntico panorama de tesis contradictorias, de interpretaciones inviables y de datos desorbitados. Las divertidas aventuras de don Quijote y Sancho parecen así hechas adrede para que contra ellas se desrostren las generaciones de comentaristas, escoliastas e incurables, románticos buscadores de su «secreto».
Nada más alentador, al mismo tiempo, que la prueba palpable de que tiempo y esfuerzos no se acumulan en vano. Por encima de tanto tejer y destejer se registra también un firme avance de la tarea colectiva, algo así como una hermosa playa sustraída a la inacabable sucesión de flujos y reflujos. La idea de Cervantes como autor de gran peso intelectual, artista del perspectivismo, de la ambigüedad creadora y de las más fantásticas plurivalencias no es ya seriamente contradicha y supone el punto de arranque de los estudios más valiosos. El peligro sería ahora el de una nueva oleada de esoterismo nacida del concepto del arte cervantino como un simple espectáculo de magia, con números de malabarismo, escamoteo y sombras chinescas. Pero Cervantes no es eso, como no era tampoco un trasunto ingenuo de «modelos vivos», ni podrá ser nunca reducido a una pirámide de abstracciones prehegelianas, inflexibles a la vez que
algodonosas. En el caso de Cervantes nos hallamos [147] ante un cerebro
espléndidamente organizado, nutrido por lo mejor de la cultura de su época, mas no capturado por ella. Nada tan significativo como el hecho de que, más que ningún otro autor, permaneciera hermético hasta el momento de ser estudiado en sus aspectos de cimentación intelectual.
Digamos de una vez que Cervantes nunca deja de ser profundamente lógico. Pero no hay que olvidar que esa lógica es, en primer término, una lógica literaria, regulada por su propia eficacia artística y responsable primordialmente ante ésta. En segundo lugar (y aquí está el relativo fracaso de algunos abordajes críticos de signo historicista) esa lógica no es, por supuesto, la nuestra, pero tampoco es la de la época, sino la suya: algo enteramente personal y autónomo, que en cierto sentido parece alimentarse de su propia sustancia. El gran descubrimiento de los estudios histórico-intelectuales acerca de Cervantes (logrado a costa de no pocos tropezones) es que éste no se halla interesado en llevar agua a ningún molino ideológico de fácil identificación y no hace así un uso normal de la cultura de su tiempo. Alejándose y elevándose por encima de un mundo atosigado por la furia de tantas ortodoxias en pugna, Cervantes rehusa con elegancia y astucia el verse arrastrado hacia los simplismos estériles con que siempre se ceba la llama del combate. Ya se ve cómo tal actitud dificulta las clasificaciones y habría de desorientar, por fuerza, a muchos investigadores. Cervantes no lucha ni catequiza: se ciñe a construir su obra con sólidos materiales, a los que su arte confiere después un peso intelectual inédito, un poder de sugestión de que carecían en cuanto tales ideas peladas y mondadas y que nunca apunta hacia fórmulas ni soluciones fáciles.
Cervantes no es tampoco oscuro ni elusivo. No se complace en confundir ni desconcertar, sino que, por el contrario, ansía ser entendido y guarda sus tesoros para el
lector culto y avisado. Su ambigüedad1 misma no es ningún brote de estéril nihilismo,
sino un repudio de las vulgaridades, de las modas y de todo estilo dogmático. La actitud cervantina es en esto un puro acto de sinceridad para con el lector, a quien se estimula a pensar por sí mismo ante una o varias perspectivas cuajadas de relatividades. Lo que sí requiere Cervantes es la entrega e incorporación de ese lector a su propia manera de ver
y de manejar [148] las realidades humanas, lo cual quiere decir un voto de confianza en
el terreno del arte, y no el bautismo en ninguna secta determinada. Quien desee entenderle habrá de seguirle, confiado por entero en su experta guía, porque igual que el marinero del romance, el autor del Quijote sólo canta toda su canción «para quien conmigo va». Actitud admisible y legítima precisamente porque sabemos a priori que no seremos conducidos a ninguna encerrona ideológica, porque sólo se propone nuestro goce y no sirve a segundas intenciones del autor.
Cervantes es complejo, pero no abstruso ni insondable, o al menos no en mayor medida que Shakespeare, Goethe o cualquier otro poeta universal. Se desprende de aquella complejidad multitud de nunca vistas y a veces inquietantes bellezas, pero ni unas ni otras están nunca por encima de la capacidad de un lector reposado. Si no fuera así, Cervantes habría escrito algún gran poema filosófico, pero no la primera novela de la historia. A pesar de constituir uno de los fragmentos menos hirsutos, los capítulos dedicados al caballero del Verde Gabán (2, 16-18) cuentan entre los más discutidos de
todo el Quijote2. Se termina por plantear allí cuestiones graves y a las que ni el autor ni
nosotros podemos, tal vez, dar respuesta. Pero lo que parece fácil de demostrar es que Cervantes ha levantado su edificio a fuerza de cartabón y plomada, bajo un derroche de luz y no por gracia tenebrosa de ningún conjuro mágico. Arquitecto o ingeniero más bien que encantador, Cervantes sabe que nos conduce hacia límites infranqueables, pero no escatima esfuerzos para llevarnos por caminos más derechos y bien jalonados que los
que en su tiempo alcanzaban categoría de «reales». [149]
«SIMILITUDO OPPOSITORUM»
Se trata, una vez más, del inesperado encuentro con un personaje itinerante, ahora «un discreto caballero de la Mancha» (2, 16) llamado don Diego de Miranda, pero mucho más singular y digno de nota por su afición al color verde:
En estas razones estaban, cuando los alcanzó un hombre que detrás dellos por el mismo camino venía sobre una muy hermosa yegua tordilla, vestido un gabán de paño fino verde, jironado de terciopelo leonado, con una montera del mismo terciopelo; el aderezo de la yegua era de campo y de la jineta, asimismo de morado y verde; traía un alfanje morisco pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y los borceguíes eran de la labor del tahalí; las espuelas no eran doradas, sino dadas con un barniz verde; tan tersas y bruñidas, que, por hacer labor con todo el vestido, parecían mejor que si fueran de oro puro.
Tenemos aquí la más alta nota colorista de todo el Quijote. Su razón inmediata no puede ser más simple, en reflejo de la absurda costumbre de la época que reservaba para los
viajes las ropas más elegantes y vistosas (trajes de camino)3. Aun así, la nota de color,
exagerada hasta el punto de correrse también a la montura, confiere al personaje una
1 M. Duran, La ambigüedad en el Quijote, Universidad Veracruzana (México, 1960).
2 Para un recorrido de los juicios más notables emitidos por escritores (Azorín, Unamuno), comentaristas y principales críticos, véase A. Sánchez, «El caballero del Verde Gabán », Anales
Cervantinos, IX (1961-1962), pp. 169-201. Aunque la discusión de este episodio rara vez falta en obras
de conjunto sobre el Quijote, no ha sido tampoco tema frecuente de estudios monográficos. No reviste mayor interés el texto de una conferencia de M. de la Higuera Rojas, Don Diego de Miranda. Un estilo
identidad destacada y monocorde, plenamente mantenida en su desarrollo posterior. Después de todo, el gusto por tan vivo color no es nada común, ni parece propio de la cincuentena (edad también de don Quijote e incursa en la ancianidad para aquellos tiempos), todo lo cual ha contribuido a estimular la curiosidad de la crítica4. El caballero
andante, desorientado al parecer por [150] la brillante indumentaria, no en vano comienza por llamarle «señor galán», como si se tratara de algún jovenzuelo.
Persona comedida en grado sumo, el del Verde Gabán trata de reprimir su extrañeza y deseo de saber sobre aquella fantasma a quien da alcance en su camino. Pero es don
Quijote [151] quien no siente cortedad alguna para solicitar su compañía, estableciendo
desde este primer instante una iniciativa que presidirá la relación entre ambos por todo el tiempo que permanezcan juntos. Otro de los notables rasgos de ésta se define después con la capacidad de don Quijote para adivinar y leer el pensamiento de su nuevo amigo,
3 Véase la excelente nota de N. Alonso Cortés en su edición de El licenciado Vidriera (Valladolid, 1916), p. 5. Fray Antonio de Guevara aconsejaba hacer una excepción cuando se tratara de viajar por mar: «Es saludable consejo en que antes que se embarque haga alguna ropa de vestir que sea rezia y afforrada, más prouechosa que vistosa: con que sin lástima se pueda assentar en cruxía, echar en las vallesteras, arrimarse en popa, salir a tierra, deffenderse del calor, ampararse del agua y aun para tener a la noche por cama: porque las vestiduras en galeras más han de ser para abrigar que no para honrar»; Libro de los
inuentores del arte del marear y de muchos trabajos que se passan en las galeras, en Las obras del illustre señor don Antonio de Guevara (Valladolid, 1545), f. 213 r.
4 En Especial V. A. Chamberlin y Jack Weiner, «Color Symbolism: a Key to a Possible New Interpretation of Cervantes' Caballero del Verde Gabán», Romance Notes, X (1969), n. 2, pp. 1-6. Los autores sospechan que los colores de la vestimenta de don Diego de Miranda ocultan alguna pista de máximo interés para la mejor comprensión del personaje. Se esfuerzan por ello en descifrar dicha clave a partir del simbolismo acostumbrado en la época (E. A. Kenyon, «Color Symbolism in Early Spanish Ballads», Romanic Review, VI [1915], pp. 327-340). El verde, fundamental en este caso, significa así una motivación libidinosa, el leonado desilusión, el poco de oro lo escaso de su felicidad amorosa y el morado de la yegua pasión sincera. El personaje cervantino, paradigma de vida sosegada y prudente, se hallaría desde luego en abierto conflicto con el mensaje simbólico de tales colores. Pero lo que ocurre es que dicha caracterización no responde al carácter del personaje cervantino, sino al del verdadero don Diego de Miranda, caballero santiaguista complicado juntamente con el autor del Quijote en las averiguaciones del asesinato de don Gaspar de Ezpeleta (junio de 1605). Don Diego mantenía relaciones ilícitas con una viuda que habitaba en la misma casa que Cervantes y de momento ambos quedaron presos en la cárcel real de Valladolid. Al mostrarse la ligereza con que la justicia había procedido en dichas prisiones, don Diego de Miranda, cuarentón y casado, recibió órdenes de ausentarse de la corte. Según Chamberlin y Weiner, los enterados del asunto de Ezpeleta tendrían mucho que reír con aquella reencarnación tan inverosímil del enamorado don Diego de Miranda. O tal vez Cervantes, para dar una lección, no pintaba a éste tal como fue, sino como hubiera debido ser. Acerca de tales hipótesis hay que decir que la aplicación del simbolismo de los colores al personaje del Quijote carece de sentido, pues la clave habitual de éstos se refiere sólo al plano erótico, que en este caso es del todo inexistente (el amigo de don Quijote ni piensa ni puede pensar en amores). Ni tiene mayor fundamento tampoco la alusión al don Diego de Miranda frecuentador de la casa donde también vivía Cervantes en Valladolid. No tenía éste motivos para blasonar en ningún sentido de aquel sórdido asunto, que no tuvo mayor resonancia ni podía ser recordado por el gran público de diez años más tarde. Late en estos cálculos la tenaz obsesión con los «modelos vivos», cuando no había más que, a lo sumo, un echar mano a recuerdos personales (Pasamonte, Vivaldo, Quijada, etc.) con el mismo automatismo que lanza a muchos escritores de hoy a buscar los nombres de sus personajes secundarios en las páginas de la guía telefónica. De las escasas credenciales de este don Diego de Miranda para aspirar a ninguna identidad con el caballero del Verde Gabán da idea el hecho de que Rodríguez Marín sugiera en sus anotaciones otro eventual candidato: el poeta Rodrigo de Miranda y Serna, vecino de Archidona y amigo del gran Luis Barahona de Soto. Como veremos más adelante, había en este caso buenas razones de orden interno para que don Diego se apellidara precisamente de Miranda. Desde luego, el abigarrado colorido del Gabán tiene suma importancia para entender la naturaleza más íntima del personaje, pero por caminos muy alejados del simbolismo erótico de los colores, pues don Diego será lo que sea menos un viejo verde. A. Sánchez reconoce lo anómalo de aquel color, más propio de jóvenes y justadores, en un personaje tan sesudo («El caballero del Verde Gabán », p. 181). Acerca del asunto de Ezpeleta véase, entre muchos otros, el sobrio y claro resumen de N. Alonso Cortés, Cervantes
al anticiparse a dar razón de sí y de sus extraordinarios ejercicios caballerescos. Cortesmente forzado a hacer lo mismo, el caballero del Verde Gabán se autorretrata en estos términos:
—Yo, señor Caballero de la Triste Figura, soy un hidalgo natural de un lugar donde iremos a comer hoy, si Dios fuere servido. Soy más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer y con mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca; pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso, o algún hurón atrevido. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros: los de caballerías aún no han entrado por los umbrales de mis puertas. Hojeo más los que son profanos que los devotos, como sean de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención, puesto que déstos hay muy pocos en España. Alguna vez como con mis vecinos y amigos, y muchas veces los convido; son mis convites limpios y aseados, y no nada escasos; ni gusto de murmurar, ni consiento que delante de mí se murmure; no escudriño las vidas ajenas, ni soy lince de los hechos de los otros; oigo misa cada día; reparto de mis bienes con los pobres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar entrada en mi corazón a la hipocresía y vanagloria, enemigos que blandamente se apoderan del corazón más recatado; procuro poner en paz los que sé que están desavenidos; soy devoto de Nuestra Señora y confío siempre en la misericordia infinita de Dios nuestro Señor.
Página áurea y de inserción siempre obligada, parece iluminar al personaje de un modo integral y entregarlo a nuestra admiración limpio de ambigüedad, recoveco ni problema de ningún género: maestro del Nosce te ipsum, héroe del buen sentido y santo patrón de la vida honesta y recatada. ¿Quién negará la ejemplaridad de tan noble ideal?
La niega don Quijote. Lo hace al acoger aquella pintura, que por contraste colma de veneración a Sancho, en el más completo silencio. Sobre todo, la página de don Diego no puede leerse sola, pues se halla geminada, a la vez que contrapuesta, a la razón y testimonio que don Quijote comenzó por dar de sí mismo. Nada más alejado de aquel
ideal de vida pacata que [152] la otra imagen de don Quijote, lanzado a una existencia
azarosa y frenética, conculcadora de toda prudencia, en que saciar su sed de gloriosa fama:
Salí de mi patria, empeñé mi hacienda, dejé mi regalo, y entregúeme en los brazos de la Fortuna, que me llevasen donde más fuese servida. Quise resucitar la ya muerta andante caballería, y ha muchos días que, tropezando aquí, cayendo allí, despeñándome acá y levantándome acullá, he cumplido gran parte de mi deseo, socorriendo viudas, amparando doncellas y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de los caballeros andantes; y así, por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas he merecido andar ya en estampa en casi todas o las más naciones del mundo. Treinta mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva camino de imprimirse treinta mil veces de millares, si el cielo no lo remedia.
Don Quijote y don Diego encarnan así el más absoluto conflicto axiológico5. Caballeros,
cincuentones y manchegos ambos, [153] pero el uno andante y el otro estante. Célibe
en lugar de padre de familia. Cazador esforzado y no irrisorio manipulador de animalillos. Patrimonio empeñado, en vez de hacienda próspera. Hermosa yegua tordilla junto al flaco y cansino Rocinante. Ansias de gloria contrastadas con el paladeo de la existencia anónima. Para remate, la elegancia del muelle y verde gabán junto a las ascéticas y herrumbrosas armas de don Quijote.
De acuerdo con la normalidad del Quijote (donde todo aspecto importante no acaba de centrarse hasta ser de algún modo planteado en terreno literario) el antagonismo de estilos vitales ha de quedar definido con máxima claridad en una discusión sobre achaque de libros. Pensemos nada más en el contraste marcado por la biblioteca de don Diego, tan escasa y tan cerrada a los libros de caballerías, con la de don Quijote, santabárbara rebosante de literatura de imaginación y carente, que sepamos, de una sola obra devota. En la Segunda Parte el Verde Gabán es casi la única persona leída que no conozca ya el primer Quijote. Por eso hubo de hacer el andante aquella presentación suya, algo sulfurada de tener que suscribir el propio elogio ante aquel ser de otro planeta, que no acertó a toparse con uno solo de los treinta mil ejemplares de su historia. Pero, además, vuelve a alzar la cabeza la ya vieja cuestión de si los relatos caballerescos son verdaderos o fingidos, y es preciso reconocer que el caballero del camino se encuentra no menos obcecado en esto que el propio don Quijote. Pues, por magna ironía, don Diego es capaz de dudar que existan en el mundo caballeros andantes, y más aún de que se impriman hoy libros «de verdaderas caballerías». No le convence el tener a uno de tales ante sus ojos, lo mismo que le desconcertaría la idea de aparecer retratado en la escrupulosa historia escrita por Cide Hamete. Al llegar a este punto parece que nos zumba ya en los oídos cierto ruido de trastos. Pero don Quijote no llega con él a las manos, igual que no lo hace nunca con quienes se le muestran contrarios a la literatura caballeresca en un plano teórico y bien intencionado (Vivaldo, Canónigo de Toledo, Cura y Barbero al comienzo de la Segunda Parte). En este caso don Quijote ha tomado,
5 A. Bonilla y San Martín es el primero en oponer ambas figuras, calificando a don Diego como «circunspecto, apocado, meticuloso, limpio, satisfecho, corto y crematístico filisteo»; «Don Quijote y el pensamiento español», El Ateneo de Madrid en el III Centenario de El Ingenioso Hidalgo (Madrid, 1905), p. 333. En el mismo volumen colectivo F. Navarro y Ledesma señala cómo Cervantes no considera ideal aceptable la aurea mediocritas de don Diego ni su vida de «egoísta y confortable reposo» («Cómo se hizo el Quijote», Ibíd., pp. 75-76). Con su inmenso buen sentido, el Verde Gabán es «la contrafigura más exacta» de don Quijote para J. Camón Aznar, Don Quijote en la teoría de los estilos