MATERIAL AND METHODS 2.1 Study aims and outlines of experimentation
2.2.1 Restriction Fragment Length Polymorphism (RFLP) analysis
I
LA CABRA MANCHADA
En los últimos capítulos de la primera parte del Quijote procura Cervantes endulzar con diversidad de episodios y coloquios la tristeza de la vuelta del caballero, «encantado» ahora en la humillante carreta por obra y gracia del cura Pero Pérez y el barbero Maese Nicolás, fuerzas vivas de aquella aldea cuyo nombre no debemos recordar. Se ofrece también el momento amable de un alto en el camino (1, 50), cuando el repuesto del culto canónigo toledano ofrece a toda la comitiva una más que copiosa merienda (el toquecillo intencionado era inevitable). Pero la tranquilidad de la hora y del locus amoenus se ve alterada por la irrupción, desde la cercana espesura, de una hermosa cabra de piel manchada de negro, blanco y pardo. Y como no podía ser menos, el inquieto animal trae consigo una novelita episódica, que su dueño, el pastor o seudopastor Eugenio, viene a contar a vueltas de los cumplimientos que ha de trocar con los discretos caminantes. Se trata de explicarles el misterio de sus patéticas reconvenciones a la culpable ligereza de la Manchada.
Su historia es muy sencilla. Un rico labrador de la aldea cercana tiene una hija llamada Leandra, famosa por su hermosura en muchas leguas a la redonda. Respetuoso con la libertad de la joven, como todos los buenos padres en Cervantes, desea en vano que ella misma elija uno de sus pretendientes, entre los que se hallan el propio Eugenio
que narra el caso y su buen [77] amigo Anselmo. Así están las cosas cuando vuelve al
pueblecillo, tras una dudosa carrera militar, el vanidoso y apicarado Vicente de la Roca. Haciéndose héroe de estupendas aventuras, algo músico y poeta, bizarramente ataviado con fantásticos plumajes y unas cuantas joyas de alquimia, Vicente destaca como un pájaro tropical sobre el fondo grisáceo de la vida pueblerina. Y él es el sujeto indigno que enciende, sin la menor necesidad de cortejo, los sentidos de la bella Leandra. La fuga de la pareja sucede inevitable y rápida. Pero al cabo de tres días aparece la muchacha, abandonada en la cueva de un monte, desnuda en camisa y robada de los dineros y joyas que sacó de la casa paterna. Anómalo particular es que, al parecer, Vicente la dejó en posesión de la joya «que si una vez se pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre», rasgo en el que hoy leemos el más vil y despectivo alarde. Es todo ello un escándalo mayúsculo, que consterna a los legítimos enamorados de Leandra. En medio de infinitas hablillas y pareceres, su padre se ha apresurado a encerrarla en un monasterio «esperando que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión en que su hija se puso». Eugenio, Anselmo y otros galanes, despechados y sin saber qué otro partido tomar, optan por lo que, desde la Diana de Montemayor, es común receta para amores desdichados, esto es, darse a la vida pastoril. Iguales en el escozor de los celos, cada uno prefiere rumiar ahora, en sus quejas, un aspecto de la desgracia sucedida y llenan así los campos con infinitos ecos del nombre de Leandra. El narrador, Eugenio,
ha elegido como tema el maldecir de la ligereza e inconstancia de las mujeres, que ve reflejada también en las locas aventuras y escapatorias de la hermosa cabra Manchada, «que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero» (1, 51).
Las breves páginas de la sencilla novelita atesoran incontables primores dignos de comentario. Pero antes de continuar con Leandra y sus malhadados caprichos, convendría no pasar por alto cómo el propio Eugenio revela su carácter al hablarnos de aquélla. Porque estamos ante otro caso de literatura subida a la cabeza, lanzado desde un trivial asidero a vivir como realidad el artificio pastoril, locura paralela a la caballeresca
de don Quijote y cuya burla tienta no poco a Cervantes1. Estamos [78] ante un joven que
se autorretrata, con el típico narcisismo de la adolescencia, «limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico y en el ingenio no menos acabado» (1, 51). Y sin embargo, a este dechado en su opinión le va a decir pronto don Quijote «vos sois el vacío y el menguado» (1, 52). El mayor afán de este pastor de libro de texto no es sino demostrar ante aquellos forasteros que él no es ningún rústico simple «que no entienda cómo se ha de tratar con los hombres y con las bestias» (1, 50). Percatándose de ello con su habitual discreción, el Canónigo le halaga después encareciéndole cómo, en efecto, se hallaba «tan lejos de parecer rústico cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había dicho muy bien el Cura en decir que los montes criaban letrados» (1, 52).
El relato en que, sin darse cuenta, transparenta Eugenio (de eugénios, 'bien nacido') su carácter sin recovecos es una encantadora pieza de noble aunque engolada retórica, como si dijéramos el más clásico discurso de juegos florales o de reparto de premios.
Eugenio llama así «tragedia»2 al suceso harto vulgar. Se regodea en el uso de los tópicos
más inevitables (la honra que viene aparejada con las riquezas, el recato como la mejor guarda de la virtud) o en circunloquios deliciosamente redichos, como el que alude a la preservada virginidad de la muchacha. Encarece con un satisfecho he pintado el retrato del soldado Vicente de la Roca (ciertamente de fino pincel). Sobre todo, traza de la propia Leandra un contorno hiperbólico, en que su fama llega a las antesalas de los reyes, y tan convencional también como para encarecer, contra todo el peso de los
hechos, la «rara discreción, donaire y virtud» de la fugada [79] (1,51). Su discurso
trasluce, además, las lecturas obligatorias del primer barniz de Humanidades3. Cervantes
1 La Sobrina quería hacer una quema general de libros pastoriles «porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo éstos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo» (1, 6). En repetido juego con el tema pastoril, el Quijote ofrece, además, la historia de Marcela y Grisóstomo (1, 12), la fingida Arcadia de unos hidalgos pueblerinos (2, 58) y la evocación, tan tierna como divertida, de la proyectada vida pastoril de don Quijote, tras su vencimiento (2, 73).
2 «Llámase mi competidor Anselmo, y yo, Eugenio, porque vais con noticia de los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está pendiente; pero bien se deja entender que ha de ser desastrado» (1, 51). La anotación de Rodríguez Marín observa que «como estos seudo arcádicos amantes no parasen en el limbo, no se adivina qué otro desastre pudiera sucederles. A la cuenta, cuando Cervantes escribió aquellas palabras pensaba dar otro rumbo a la historia que había de contar el Cabrero y, mudando luego de hito, olvidóse, por su ordinaria negligencia, de amoldarlas a lo que al cabo relató». La conjetura no parece, sin embargo, tan firme si se advierte que el llamar «tragedia» a su relato es exageración graciosamente acorde con las ínfulas literarias del joven.
3 Clemencín observó ya la cercanía de aquello del nombre de Leandra resonando por montes y arroyos al «Formosam resonare doces Amaryllida silvas». Rodríguez Marín aduce también los posibles recuerdos de La Angélica de Barahona de Soto o del romance de Angélica y Medoro de Góngora. El discurso de Eugenio viene enmarcado en otro toque literario de obvio reconocimiento, cuando se pinta cómo la Manchada «se tendió ella junto a él con mucho sosiego, y mirándole al rostro daba a entender que estaba atenta a lo que el Cabrero iba diciendo» (1, 50). Se trata de un recuerdo transparente de la Égloga
primera de Garcilaso: «Cuyas ovejas al cantar sobroso / estaban muy atentas, los amores, / de pacer
olvidadas, escuchando.» Las palabras finales de Eugenio: «Cerca de aquí tengo mi majada, y en ella tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas, no menos a la vista que al
está sacando máximo partido de un ámbito calculadamente pequeño y la historia nada inaudita de la antojadiza belleza pueblerina nos viene contada, adecuadamente, por una figura de joven en pleno sarampión literario, ansioso de lucir su labia bien aprendida de dómines y de las primeras cartillas de retórica.
LA «LEANDRA» DE DURANTE DA GUALDO
La historia de Leandra debió ser, sobre poco más o menos, una de las más repetidas en la realidad cotidiana de aquella época, cuando toda tropa solía arrastrar con su impedimenta una caterva de hembras de diversos pelajes. Hasta en la aldea de don Quijote sucedían casos por el estilo, según testimonio de la carta de Teresa Panza a su marido, con aquella graciosa parodia del cuasi género contemporáneo de las nuevas o
avisos de corte4: «Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres
mozas deste pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien las tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas» (2, 52). Más aún, Cervantes parece haber captado, en la bella y caprichosa Leandra, un tipo humano intemporal, pues ¿qué pueblecillo o qué barrio no tiene, por lo menos, una Leandra? Bástenos recordar, nada
más, la puesta al día de la historia cervantina en El rapto de Francisco Ayala.5[80]
Pero es el arte lo que llena de sentido la realidad exterior, y no al contrario. Lejos de haber retratado a ningún ser de carne y hueso, ni a ninguna abstracción sociológica, Cervantes ha seguido allí el cañamazo de una fuente literaria que cabe identificar con toda claridad. Se trata de un poema italiano titulado abreviadamente Leandra, impreso
por primera vez en Venecia, 15086. De su autor, un tal Pietro Durante da Gualdo, no se
conoce hoy más que el nombre. Trátase de un libro muy mediocre, que apenas sobresale dentro de su género por hallarse escrito en sesta rima y no, como era casi obligado, en octavas. La Leandra de Durante da Gualdo es, de hecho, un poema retrógrado que, a pesar de su fecha, acusa pocos ecos de logros como el Morgante de Pulci (1478) y el
Orlando innamorato de Boiardo (1487). Encuadrado por su forma en la nueva épica
culta, su espíritu empalma mejor con los ciclos de gestas carolingias en dialecto francoitaliano o veneciano, que proliferaron en la Italia septentrional a partir de la segunda mitad del siglo XIII y que en el XV se refundieron o continuaron en lengua
toscana7. Indeciso entre dos épocas literarias, es Leandra un [81] poema aparatoso y
gusto agradables» (1, 51), constituyen también una resonancia en miniatura del famosísimo canto de Polifemo en Ovidio.
4 Sobre el carácter de aquel naciente género véase A. González de Amezúa, Lope de Vega en sus cartas (Madrid, 1935), I, p. 306.
5 K. Ellis, «Cervantes and Ayala's El rapto. The Art of Reworking a Story», Publications of the Modern Language Association of America, LXXXIV (1969), pp. 14-19.
6 Hemos usado aquí la última edición (Venecia, 1683): «Libro / d'arme e d'amore / chiamato / LEANDRA / Figliuola del Gran Soldano di Babilonia, la quale / per amore si precipitò giú di vn' / alta Torre. / Nel qual si narra li gran fatti di Rinaldo, Orlando, / e di tutti li Baroni di Francia. / Cauato dalla vera Cronica di TURPINO Arciuescouo di / Parigi per PIETRO DURANTE / da Gualdo. / Nuouamente
ristampata, e corretta. / [Corazón atravesado por una flecha] / In Venetia, M. CD. LXXXIII. / Presso
Stefano Curti / Con licenza de superiori.» Octavo, 247 pp. (ejemplar de Widener Library, Harvard University).
7 La primera y tal vez única noticia que acerca de este poema nos ha sido posible encontrar viene dada por Giulio Ferrado: «Fra i gran fatti d'Arme e d'Amore di Rinaldo una bella Principessa chiamata Leandra, figliuola del gran Soldano di Babilonia erasi perdutamente innamorata di Rinaldo, ma non potendo la misera esserne ricambiata, si precipitò giù da un'alta torre. Un sì compassionevole avvenimento divenne il soggetto di un lungo e nojoso poema composto in sesta rima dal Maestro Pier Durante da Gualdo che lo pubblicò in Venezia per Giacomo da Lecco nel 1508 in 8.° col titolo: Libro
chiamato Leandra il qual tratta delle Battaglie e Gran Fatti delli Baroni di Francia»; Storia ed analisi degli antichi romanzi di cavalleria e dei poemi romanzeschi d'Italia, 4 vols. (Milano, 1828-1829), II, p.
deleznable, embutido en veinticuatro cantos rebosantes a su vez de aventuras desaforadas. Alcanzó a pesar de ello (o tal vez por ello) indudable popularidad, pues se
catalogan una veintena de ediciones, en su mayoría venecianas, entre 1508 y 16838. Es,
sin duda, uno de los librotes que contribuyeron al discreto juicio de Cervantes sobre esta rancia materia carolingia, que le era bien familiar: «Digo, en efeto, que este libro [se refiere el Cura al Espejo de caballerías], y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se
vea lo que se ha de hacer dellos» (1, 6). Gingiol
Como todo este vicioso brote carolingio francoitaliano, Leandra tiene por señor al paladín Rinaldo (nuestro Reinaldos de Montalván). Indispuesto con su tío el Emperante, se ve obligado a exilarse a tierra de paganos en la fiel compañía de Orlando, Oliveros (Ulivieri) y Ogier (Uggieri) el Danés. Con el canto tercero los tenemos ya en Jerusalén, donde el gran Soldán celebra unas sonadas justas para otorgar al vencedor la mano de su hija, la bella Leandra: [82]
Giouane, fresca, vaga, innamorata, sauia, gentile, honesta, grande e bella, parea nel Paradiso fabricata,
ciascun dei suoi begl'occhi parea stella, la fronte spatiosa, e'l capo d'oro, che valea più d'ogni gran tesoro.
(III, p. 35)
Rinaldo se acredita como triunfador de la justa, en la que da muerte a un pagano llamado Paraninfo, a quien Leandra manifestaba hasta entonces clara inclinación. Pero la hermosa sarracena, lejos de lamentarlo, dirige ahora a Rinaldo sus más halagüeñas atenciones. Sin melindre alguno, lo reclama a su padre por esposo, urgiéndole a cumplir con el cartel de la justa:
Et disse al gran Soldano, padre mio, contenta, prego, il mio giusto appetito di quel baron che sopra gl'altri è mio,
272. Según G. Paris, el poema Leandra innamorata «semble avoir eu un grand succès et n'avoir pas été sans influence sur les compositions postérieures»; Histoire poétique de Charlemagne (París, 1905), p. 197. El mismo erudito identifica dos romances de la Primavera de Wolf (nn. 187 y 188) que considera derivados de la Leandra italiana (ibíd., p. 211). Toman de aquí el dato M. Menéndez Pelayo, Antología
de poetas líricos españoles (Santander, 1944), VII, pp. 320-321, y R. Menéndez Pidal, Romancero hispánico (Madrid, 1968), I, p. 625. Sobre la épica francoitaliana en general véase el c. V, «La poesía
cavalleresca francese nell'alta Italia» en A. Gaspary, Storia della letteratura italiana, trad. Nicòla Zingarelli (Torino, 1887), I, pp. 69-109. Visión de conjunto y crestomatía en A. Viscardi, Letteratura
franco-italiana (Módena, 1941). Estudio más moderno de esta materia épica, con amplia bibliografía, en
C. Dionisotti, «Entrée d'Espagne, Spagna, Rotta di Roncisvalle», en Studi in onore di Angelo Monteverdi (Módena, 1959), I, pp. 207-241.
8 G. Ferrario menciona las ediciones de Venecia, 1508 (princeps); Venecia, 1517; Venecia, 1534; sin lugar ni año; Venecia, 1563; Venecia, 1569; Verona, s. XVII; Lucca, s. XVII; Venecia, 1669; Venecia, 1683; Analisi e bibliografia dei romanzi di cavalleria e dei poemi romanzeschi d'ltalia, 2 vols. (Milano, 1828-1829), II. La sección final de esta obra, «Supplimento alla bibliografia dei romanzi e dei poemi cavallereschi d'ltalia» (Milano, 1831) (encuadernada, con numeración corrida, en el v. II de Ferrario y atribuida al conde Gaetano Melzi), añade las ediciones de Venecia, 1521; Venecia, 1556; Venecia, 1549 o 1569. Los fondos italianos del British Museum permiten añadir las ediciones de Venecia, 1539; Venecia, 1551; ¿Venecia, 1565?; Shorttitle Catalogue of Books Printed in Italy and of Italian Books Printed in
Other Countries from 1465 to 1600 now in the British Museum (London, 1958). La Folger Library
conserva otra edición de Venecia, 1562; R. G. Matshall. Shorttitle Catalogue of Books Printed in Italy
and of Books in Italian Printed Abroad 1501-1600 Held in Selected North American Libraries (Boston,
1970). Lucca, sin fecha, y Venecia, 1612, en S. et P. H. Michel, Répertoire des ouvrages imprimes en
dimostra nel ferir tanto è rapito, disse il Soldano alla figlia piacente, godi, e trionfa del barón possente.
(IV, p. 47)
Leandra se sirve de uno de sus camareros para declarar su amor a Rinaldo, si bien éste, a pesar de sus buenas palabras, no se halla demasiado dispuesto a comprometerse de veras con la sarracena. Vuelve ésta a insistir para que su padre la entregue en matrimonio y se enciende cada vez más en amores del caballero, del que no consigue más que algunos besos y caricias. Una cita nocturna deja a Leandra consumiéndose en vano, porque Orlando sermonea a Rinaldo para que no traicione a Cristo con la linda musulmana:
Disse à Rinaldo il Conte, cugin mio guarda di non andare con la dama, fratel non fare ingiuria al nostro Dio, che nella croce fisso tutti chiama, tu sei Christiano, e quella è Saracina, deh guarda, che non facci tal rapina.
(V, p. 56)
Llega en esto al Soldán un mensajero del eterno traidor Gano, que le revela la verdadera identidad de los paladines. El sarraceno arde entonces en deseos de venganza, pues Rinaldo había muerto a su primogénito en otras aventuras. Por ello se [83]
apresura a participar a Leandra el secreto y a pedirle su complicidad para apoderarse a traición de tan temibles huéspedes. Pero la joven se apresura a ponerlos sobre aviso del peligro y urde un plan de fuga que, taimadamente, brinda a su padre como segura añagaza para entregarle a Rinaldo y los suyos:
E fingerò col padre farlo à parte per farte nel pensier saluo, e sicuro, e gionse al padre, e disse fame parte, ch'io posso caualcar di for del muro, e menerò con meco quel barone accioche lui non entri in suspitione. Sia benedetta l'hora, che nascesti, disse il Soldano figliola mia piacente, che bon pensier Leandra mia facesti, ma fa che non se mostri mai dolente, giocondo, e lieto mostra il tuo bel viso, e sforza lo tuo core à qualche riso.
(VI, p. 65)
Leandra no se cuida ya de diferencias de religión, con tal de amar a Rinaldo:
Però ti vò seguir: ad ogni modo, ó voi credere in Christo, ouer Macone, sol di mirar la tua persona godo.
(VI, p. 65)
Y es ella también quien decide el partido a tomar en tan apurada situación:
Leandra disse, non vò che torniamo, dentro la terra per la sospettione, che hò di te, che più, che'l padre amo, andiamo presto, che te saluarone,
in una rocca forte, e ben fornita noi anderemo, e camperai la vita.
(VI, p. 65)
A esta rocca o fortaleza se acogen, pues, Leandra y sus amigos, pero seguidos a uña de caballo por los ejércitos del vengativo Soldán, que les pone estrecho cerco. Siguen infinidad de cruentos y furibundos combates, que permiten a Leandra saciar, al menos, su sed de ver realizar a su paladín las más inauditas proezas. Pero cuando la rocca es
invadida por un pasadizo secreto, los caballeros hacen una salida a la desesperada y [84]
Leandra, tras maldecir su triste sino y el amor carnal que allí la ha conducido, se arroja desde lo alto de una torre y muere despedazada:
che fù de l'alma sua solo il sá Dio, ma il fin di tale amor fù molto rio.
(VI, p. 72)
El resto del poema carece de todo interés. Rinaldo y los suyos arrastran a través de interminables cantos desaforadas aventuras en las que conquistan Jerusalén y Constantinopla, luchan con extraños monstruos y se internan en la India y en las tierras del Preste Juan. Aunque Leandra sólo aparece en tres cantos del poema de Durante da Gualdo (III-VI), es con todo el carácter relativamente más logrado, dentro de la escasa calidad poética del Libro d'arme e d'amore. Por encima de las vacilaciones e