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Los últimos ejemplos, por otra parte, colocan nuevamente sobre el tapete el tema de la economía del hogar, tan relacionado en la documentación con la falta de manutención y, muchas veces, con el abandono. Muchas de las mujeres que se quejaron de sus maridos por las acciones de sevicia sufridas temían, igualmente, quedar desamparadas. Esta fue la lógica que indujo, por ejemplo, a Doña Eusebia Fernández a demandar en causa de divorcio a su marido, Bicente Monsin, pues este no solo la aporreaba con saña –“sin mas motivo qe. su temeridad me toma en sus manos, é infiere tan crueles golpes y contuciones qe. a las veces me dexa como muerta”, afirmaba-, sino que, además, no le proporcionaba el sustento necesario para su subsistencia “porqe. á su sueldo le da otro destino”. No en vano, acotaba explícitamente, habíase refugiado en casa de sus deudos ante laangustia de quedar desamparada y, claro está, ante la posibilidad de reincidencia de los golpes, pues las quejas previas antes los jefes de él habían sidoinútiles100. Por su parte, Doña Paula de Rivelo, casada en segundas nupcias con Don Juan Bravo, mencionaba haber sufrido siempre, de parte de él, tratos ásperos, desprecio y carencias, sin que éste “mejorase de sentimientos”. Expresando su desazón por no tener como alimentarse, acotaba que Bravo había terminando abandonándola mientras él “vive tranquilo, disfrutando del sueldo que gosa, y aun disipandolo en desordenes (…) no siendo justo, que dho. mi marido continue mas tiempo, en separacion de su estado matrimonial, y por consigte. me socorra”101. Aunque ambas dependían económicamente de sus maridos y se vieron expuestas al desamparo, la diferencia entre una y otra estribó en el hecho de que Doña Paula careció de una red mínima de familiares que pudiera acogerla ante el maltrato, la ausencia de medios para

99 GONZALBO AIZPURU, Pilar. “Las mujeres novohispanas y las contradicciones de una sociedad

patriarcal”. En GONZALBO AIZPURU, Pilar y Berta ARES QUEIJA (coords.). Las mujeres en la construcción de las sociedades iberoamericanas. Sevilla/México: Consejo Superior de Investigaciones Científicas y El Colegio de México, 2004, pp. 139-140. El Mercurio Peruano sugería aceptar por marido al varón que así lo solicitase: ROSAS LAURO, Claudia. “Educando al bello sexo: la mujer en el discurso ilustrado”. En O’PHELAN GODOY, Scarlett (comp.). El Perú en el siglo XVIII. La Era Borbónica. Lima: Instituto Riva Agüero de la Pontificia Universidad Católica del Perú, 1999, pp. 392-393.

100 AAL, Divorcios, Leg. 78, 1795.

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su subsistencia y el abandono, que es lo que ocurrió en otros casos102. Más frecuentes fueron, sin embargo, las ocurrencias de quienes tuvieron la suerte de poder refugiarse, aunque sea transitoriamente, con determinados parientes, en principio los padres.

En general, hay una relación estrecha entre los reclamos y exigencias de las esposas, en esta ocasión por carencias económico-materiales, y sevicia. No obstante, suponer que tal vínculo se enlace exclusivamente con el consiguiente temor al desamparo significaría reducir el margen de posibilidades de análisis, pues resulta evidente que muchas mujeres, como se señaló en repetidas oportunidades, o se vieron obligadas a trabajar para enfrentar las privaciones que sobrellevaban, o ya trabajaban, o bien contaban con rentas o dotes para su subsistencia. En ese sentido, las reclamaciones de varias de ellas por sevicia venían acompañadas de reproches por gastos excesivos, dilapidación de bienes propios o comunes, ociosidad manifiesta y hasta asalto y robo, pues varios maridos no tuvieron reparos para apropiarse del dinero y bienes de sus esposas abordándolas en las calles, en los caminos o en el campo. Los ejemplos son múltiples y tienen algo en común: el destino que le daban sus consortes al patrimonio, que no era otro que el consumo de bebidas alcohólicas, los juegos de azar, los amancebamientos fortuitos o, peor aún, estables, entre otras consideraciones como, por ejemplo, la incursión en un mal negocio. Ciertamente, algunos o todos de estos factores podían entremezclarse. Catarina Robles, por ejemplo, interpuso una querella contra su esposo, José Clemente Cuentas, por violencia física y verbal y por adulterio. Relatando los hechos materia del litigio, señalaba haberlo exhortado a apartarse de “sus licenciosidades” aunque sin éxito, pues el adulterio de su marido era escandaloso y público: la concubina la provocaba e insultaba, en tanto él no solo la vejaba, sino que la golpeaba, razón más que suficiente para haberse visto obligada a abandonar su habitación. A decir de Catarina, a la gravedad de los hechos, se agregaban otros incidentes, pues su marido gastaba los bienes mancomunados que se habían adquirido durante el matrimonio con la amasia, pero también le robaba, “asaltándola pa. el efecto en los lugares donde la ha considerado sin amparo”, como sucedió con la bestia que utilizaba en “su exercicio de cultivar verduras”. En suma, como afirmaba ella:

102 Doña María Portella, por ejemplo, era una forastera en Lima. Natural del pueblo de Chacas

(Conchucos) y cansada de la futilidad de sus protestas al Provisorato, pues los maltratos de su esposo, Don Vicente Marín, continuaban, así como “la escasés de auxilios”, decidió incoar un proceso de divorcio contra él por las razones antepuestas, no sin antes aclarar que se encontraba sola y en la pobreza, solicitando un abogado de pobres y esperando que prontamente se le deposite en un beaterio: AAL, Divorcios, Leg. 86, 1812.

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“La miserable Esposa siempre dedicada a la labor, ya en los campos, ya en las plazas de esta Capital expendiendo las cosechas todo ha sido afanes por aglomerar los pesos qe. ahora disfruta Cuentas en bureos y festines con la amacia Bentura: esta se vé adornada y regalada con el sudor de la legitima mujer, que llena necesidades aun no tiene como cubrir sus carnes”103.

Problemas como estos fueron relativamente comunes entre los litigantes por sevicia. Recuérdese sino lo acontecido con Lorenza Altolaguirre, quien a lo expuesto anteriormente, añadía que cuando condescendió a la solicitud matrimonial de quien sería su esposo, Manuel Manrique, “viéndolo con un despreciable, é indecente vestuario, le costeé uno qe. lo hiciese visible y tratable entre las gentes” y hasta le “confiaba mi dino. [dinero]”, sin imaginar el destino que le daría a su patrimonio, al extremo que, como manifestaba ella, tales hechos “me estimularon á que le suspendiese el manejo de mis intereses, quedando con el cargo de acudirle con los alimentos diarios como si el fuese la Muger y Yo el hombre”104. Incidencias como estas afectaron, incluso, a gente de la elite limeña, como sucedió con Doña María Josefa Carrillo y Salazar, quien había contraído nupcias con su primo hermano, el Marqués de Feria y Valdelirios, a la sazón contador del Tribunal Mayor de Cuentas. Señalaba ella que su relación marital “ha debido llamarse martirio”, pues había “sufrido pobreza, desnudez, y lo mas doloroso, extravíos a la fee conyugal”, además de sevicia. Aunque resulta obvio que la pobreza y la desnudez aludidas constituían más una expresión retórica propia de la praxis judicial, no cabe duda de que los ingresos económicos de él de poco o nada sirvieron para su sostenimiento porque, según ella, desde los inicios del conyugio sus padres la mantuvieron y, posteriormente, tras el fallecimiento de su progenitor, se sostuvo con sus rentas sin que el Marqués ayudara “por su parte con cosa alguna, sino antes guardando”. Es más, en el escrito de demanda de divorcio que interponía renunciaba explícitamente a su derecho de solicitar alimentos. Pareciera, por tanto, que la falta de sustento y los gastos excesivos en que éste incurría fueran para ella menos importantes que los adulterios constantes y públicos de los que su esposo hacía gala, máxime si las amasias pertenecían a las esferas más bajas de la población pues se

103 AAL, Divorcios, Leg. 86, 1813. Gabriel Guerra, conminado por la Sala del Crimen de la Audiencia a

hacer vida maridable con su esposa, Magdalena Carrión, y a que “se abstenga del trato ilicito con la muger Leocadia” fue acusado por aquella de intento de asesinato a manos de un esbirro contratado para tal efecto y de querer traspasar la propiedad de la chacra que ella “habilitó” con su dinero: AGN, Real Audiencia. Causas Criminales, Leg. 83, Cuaderno 1027, 1796.

104 AAL, Divorcios, Leg. 79, 1797. La inversión de los roles de género que puede observarse retratada en

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trataba de esclavas, libertas o criadas a quienes Doña Josefa, además, conocía y, lo que era peor, la desafiaban. El deshonor sumado al maltrato queda reflejado en uno de los acontecimientos desencadenantes del proceso de divorcio:

“habiendolo encontrado con una Mestiza qe. llebe de Sirbienta; por haberle pegado a esta con la mano, arremetio mi Marido de mi, dandome cruelisimos golpes en la Cara y todo el Cuerpo”105.