2 Current status of RTD for spent fuel disposal
2.4 Design and technical development
2.4.4 Development of repository technology
2.4.4.2 Development of disposal techniques
¿Existe la novela umbraliana? ¿Ha escrito Umbral alguna vez auténticas novelas? ¿Qué entendemos por novela? Estas preguntas son elementales para plantear el estudio de la narrativa de un autor, aunque la novela no sea más que una parte de esa narrativa. En un principio, partimos de la base de que la novela umbraliana existe, y que no es una mera máscara de otros géneros, una máscara comercial o editorial. Ya hemos dicho lo que Umbral ha manifestado algunas veces, y que nosotros podemos parafrasear de la siguiente manera: “Los editores llaman a algunos libros míos novelas por superstición comercial, pero en realidad son memorias.”
Sí, son memorias, pero son más que memorias, o por lo menos algo diferente. Al igual que En busca del tiempo perdido, esa obra que tanto admira Umbral, lo es. Porque del mismo modo que nuestro autor no escribe novelas tradicionales, tampoco escribe memorias tradicionales. Ni por supuesto ensayos convencionales. En el conflicto entre géneros que se produce en todas las realizaciones del escritor, y que ha sido señalado infinidad de veces, aletea una de las claves de su obra. Fusión, combinación, trasvase de unos géneros a otros, etc. En el momento en que Francisco Umbral cambia los nombres de las personas reales, incluso de sí mismo, de su propio personaje, y los cambia por unos propios, inventados por él o recogidos de una tradición que le es grata –pensemos, por ejemplo, en los nombres de los personajes de Proust (Odette), o de André Gide (Nathanael)-, ya entra la ficción en lo que parecían memorias. Y si apuramos más no sería locura admitir, como han hecho muchos, que cualquier suceso en cuanto se pone por escrito se ficcionaliza, se transforma, es otra cosa.
Umbral trabaja con su persona como material fundamental. El “yo” del escritor es su más fiel personaje. Desde la primera novela, Balada de gamberros (1965), se manifiesta
la voluntad del autor de construir un edificio literario, muy novelesco en el fondo y en la forma, como veremos, a partir de su propia peripecia personal. Balada de gamberros es la historia, o un episodio de esa historia, de unos chicos que viven en una pequeña ciudad de provincias, unos “golfos”, que disfrutan la libertad de la calle, del río, de los primeros contactos amorosos y sexuales, de la impunidad del robo menor, y sufren a la vez la tragedia de la muerte de uno de ellos. Es el pasado del escritor, adolescencia, primera juventud, como no ha dejado de confirmar nunca, mirado todo desde la óptica de un hombre más maduro. Y dando un tratamiento a la materia autobiográfica (podíamos haber escrito “novelesca”, pero es precisamente el tratamiento lo que la convierte en novelesca) estilístico, más atenuado empero que en posteriores libros, socialrealista, suavemente reivindicativo de los males y las virtudes de esa etapa que le tocó vivir. Travesía de Madrid (1966), la segunda novela publicada por Umbral, investiga también en la memoria, pero de un pasado mucho más reciente, hasta el punto de que la “crónica” del día parece asomar en sus páginas. A ello contribuye el tiempo elegido para la narración, el presente, y la rapidez con que se da cuenta de los sucesos. Pero Travesía de Madrid, otra novela autobiográfica hasta el límite –no insistiremos mucho más en esto, porque las novelas de Umbral casi siempre lo son-, también novela, aunque quizá sea mejor decir que literaturiza.
Santos Sanz Villanueva alude a alguna de estas cuestiones cuando introduce al autor, “uno de los narradores más destacados de toda la literatura surgida en los años sesenta”, en su Literatura actual, volumen 6/2 correspondiente a la Historia de la literatura
española publicada por Ariel:
Esa crónica vibrante –a veces elegíaca, otras satírica- de la cotidianeidad es el componente básico de su amplia obra narrativa, y es preciso subrayarlo para evitar el malentendido de reprocharle al escritor la falta de estructura novelesca de sus libros. A cada autor hay que enjuiciarle por el acierto con que lleva a cabo las formas literarias que él mismo dispone como más adecuadas para sus fines. Y, creo, no se puede negar expresividad y eficacia a Umbral al materializar unos libros novelescos en los que mezcla inventiva (sobre todo lingüística), reportaje, autobiografía, digresiones culturales...66
Nos parece esencial para este trabajo profundizar en la pasión umbraliana por los géneros de la memoria, los géneros en que tan presente está el tiempo (quizá la literatura no
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Santos Sanz Villanueva: Historia de la literatura española 6/2. Literatura actual, Barcelona, Ariel, 1994 (1ª ed. 1994), p. 178.
sea más que tiempo transcrito, con papel y tinta o con procedimientos más modernos), diarios y memorias, y la crónica periodística, porque es el terreno en el que Umbral se mueve con más libertad, con mayor placer. La novela también es el reino del tiempo, donde brilla con más intensidad el esfuerzo de un escritor por apresar y dar forma al tiempo. Por ello Umbral construirá sus novelas, que aceptamos como tales, no canónicas novelas, con las armas y los métodos que ha aprendido en los géneros de la memoria, del pasado y del presente. Él ha dicho que el memorialismo es su género, y en las novelas que vamos a estudiar comprobaremos cuánta sinceridad hay detrás de esa autocrítica.
Sobre memorialismo e intimidad hablan Arcadi Espada y nuestro autor en la entrevista que ya hemos citado:
-Pla, y acabo con él, decía que la intimidad era un problema literario irresoluble. Usted se ha ido deslizando cada vez más hacia ese problema.
-Siempre lo he afrontado. En Capital del dolor hay intimidad; en Diario de un escritor
burgués hay intimidad; en Diario político y sentimental hay intimidad. Aunque es verdad
que en 1972, a partir de Memorias de un niño de derechas yo comprendo que, en cierto sentido, el género memorialístico es mi género. Antes yo tenía que novelar mi vida. Todo el mundo lleva una novela dentro. La novela de su vida. Bien: lo he hecho. Y luego, con la edad, me he retirado a mis castillos de invierno para hacer intimismo. Pero ningún escritor tiene una sola cuerda. Yo vivo también la vida política, soy en cierta forma un cronista político y de ahí que haya escrito obras como esta última novela, El socialista
sentimental.67
En Ramón y las vanguardias, ensayo publicado originalmente en 1978, Umbral
somete a Ramón Gómez de la Serna, escritor muy querido y admirado por él (uno de los escritores cómplices de Umbral en la Literatura Española), a un análisis exhaustivo, a veces anárquico, que muy bien se le podría devolver a su autor. Al menos parte de ese análisis, algunos comentarios. En un capítulo fundamental de dicho ensayo, “Ramón y los contemporáneos”, Umbral declara una vez más su predilección por los géneros de la memoria:
No se ha estudiado bien el carácter apasionante de las memorias, los diarios íntimos y las crónicas de época, al margen del interés documental e histórico.
El fabulador crea una estructura, compone una máquina y dentro mete la vida como un aceite que va a lubricar su invento. El novelista noveliza la vida, le da una estructura falsa que la vida no tiene, mientras que el cronista nos va dejando ver cómo la vida desnuda se noveliza a sí misma, se estructura, se explica. La crónica es una fenomenología del
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espíritu y la novela es una dictadura. Aparte otras distinciones profesionales que pudiéramos hacer ahora, me interesa reseñar este carácter último y apasionante de la crónica y las memorias, que no son sino la lectura que un hombre le hace a la vida, mientras que la novela es lo que un hombre habilidoso hace con la vida.68
Casi todas las novelas de Francisco Umbral están escritas por el tercer escritor que él mismo describe: el cronista, el memorialista.69 Umbral rara vez “compone una máquina y dentro mete la vida como aceite que va a lubricar el invento”, que es el modo de proceder, según él, del fabulador. Y apenas “noveliza la vida, le da una estructura falsa que la vida no tiene”; decimos apenas porque esto es inevitable: siempre hay algo en una creación literaria de “estructura falsa”, de “novelización”, incluso los libros del autor que podríamos llamar
más memorias y menos novela. Resulta muy curiosa la prevención que Umbral siente por el
género novela, desde que empezó a escribir, si bien sólo la ha manifestado con firmeza en los últimos tiempos, siendo ya un escritor consagrado. Utilicemos una expresión tópica: la relación de Umbral con la novela es una relación amor-odio, como parece que lo es la que siempre ha mantenido con el que quizá sea el novelista español por excelencia del siglo XX, en el sentido más tradicional de la palabra “novelista”: Pío Baroja. Umbral, de entre los novelistas, ha preferido los menos convencionales, los que se han apartado de las
tiranías del género para hacer otra cosa, para hacer lo que finalmente querían. Es decir,
utilizar los patrones del género para transformarlo, realizando un mestizaje literario que puede unir la poesía, el ensayo, el teatro, etc.70 Umbral, en nuestra opinión, también se ha
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Francisco Umbral: Ramón y las vanguardias, Madrid, Espasa Calpe, 1996 (1ª ed. 1978), p. 98.
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Cuando ha cultivado la novela histórica, de forma muy personal, lo ha hecho dando primacía al cronista y al memorialista. Mª Dolores de Asís, en Última hora de la novela en España (Madrid, Ediciones Pirámide, 1996, p. 433), comentando Las señoritas de Aviñón da algunas de las constantes del quehacer novelístico de Francisco Umbral:
En todas estas novelas se dan los tres elementos estructurales de una novela histórica: los sucesos políticos que van condicionando cronológicamente el relato; b) la anécdota ficticia pautada por Umbral; c) pintura del cuadro social que enmarca todo el conjunto, seleccionado de acuerdo con la intencionalidad del relato. En los tres elementos aparece el tono paródico frecuente en el escritor, utilizando con instinto natural las posibilidades del lenguaje y de las formas narrativas. Precisamente es a través de esos recursos formales el modo de expresar una subjetividad que se reviste de memorialismo y en algunos casos de crónica, como si ambos géneros fuesen especialmente aptos para desarrollar una literatura entendida como autobiografía vital. Los trazos tragicómicos continuamente rebajan el tono histórico de lo representado.
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Sin embargo, Baroja hizo todo esto. Le quitó los corsés al género e hizo con la novela lo que le dio la gana, con una libertad que ningún novelista español se había tomado nunca, pero sin
atrevido con el artículo, y ha escrito algunas novelas que funcionan como una sucesión de artículos, coherentes con esa unidad mayor que es el libro. Así ha llegado a la novela- reportaje, o a la novela de no-ficción, que los norteamericanos han hecho famosa.
Entre esos novelistas de su preferencia, autores señeros del siglo XX, encontramos a Marcel Proust, quizá el escritor más apreciado por Francisco Umbral, a James Joyce, a Virginia Woolf y a Henry Miller, por citar los más importantes. Y entre los novelistas españoles, Ramón del Valle-Inclán, que fusiona los géneros y hace novela en el teatro, y teatro en la novela; Ramón Gómez de la Serna, que, como dice el autor en el ensayo que hemos citado, siempre hace “ramonismo” y escribe “novelas fingidas”; Camilo José Cela, que siempre mostró una gran voluntad de cambio, de constante experimentación, desde que se dio a conocer con una novela tradicional, La familia de Pacual Duarte, pero muy renovadora. Hay muchos más, en España y en el extranjero, pero a éstos Umbral ha mantenido una fidelidad sostenida durante toda su carrera literaria, como escritor y como lector, incluso como ensayista. Llama la atención algo en absoluto casual ni gratuito: todos estos autores destacan por su estilo, por una personalidad literaria que va más allá de las tramas de sus novelas (o de sus libros en general), o de la estructura que han dado a sus creaciones. De ellos, y de otros muchos, a Umbral le interesa la palabra, el cuidado de la palabra.
Pero la pregunta que asalta al estudioso de las novelas umbralianas es si esa innovación en el género nace de una limitación, la del que siente que no está dotado de la capacidad novelística que se puede reconocer en un Pío Baroja, por ejemplo, aparte de su estilo manifiestamente descuidado y muy atacado por la pluma de Umbral, o si esa personal interpretación de la novela surge de un deseo verdadero de renovar el género, o simplemente de hacer aquello para lo que se siente capacitado. Pensamos que ni lo uno ni otro, sino más bien las dos cosas a la vez. Escribe Umbral de Ramón Gómez de la Serna que “otra fecunda contradicción del escritor es que, así como parece indotado para la novela de acción, en cambio noveliza muy eficazmente a los seres reales”.71 No queremos seguir en este capítulo la mecánica de aplicar a Umbral todo lo que éste ha dicho de sus
sacrificar la intriga novelesca. Las distancias que mantiene Umbral con Baroja son más de índole estilística que de contenidos e ideas. Umbral, a su manera, también piensa que “en la novela vale todo”.
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más admirados escritores, pero es indudable que el escritor los ha escogido por las afinidades que guarda con ellos, incluso porque quiere o quería parecerse a ellos, haciendo una declaración tácita de influencias. Cada uno le ha aportado algo, y Umbral, en sus ensayos, muestra indirectamente esas aportaciones, a la vez que él enriquece a esos escritores con su propia personalidad literaria. Algunas veces pensamos que en lugar de leer
biografías, término que no le gusta a Umbral para definir sus libros sobre escritores, en
lugar de leer retratos, leemos autorretratos,72 porque el autor ha adivinado que ésa es la única manera de trabajar con personas vivas, no con “fantasmas”, como explica en Retrato
de un joven malvado. Por ello consideramos legítimo, en ocasiones, recorrer el juego
umbraliano a la inversa de como él lo realizó: devolver a Umbral lo que su espejo literario otorgó a Larra, Lorca, Valle, Gómez de la Serna, Delibes, González-Ruano, etc.73 Procurando, naturalmente, no abusar demasiado del método, no convertirlo en mecánica.
“Así como parece indotado para la novela de acción, en cambio noveliza muy eficazmente a los seres reales.” Aquí Umbral parece caer en una contradicción, o al menos identifica inconscientemente la “novela de acción” con la novela en sentido amplio, que todos sabemos que no tiene por qué ser de acción, cuando lo propio hubiera sido, por ejemplo, distinguir entre la novela de acción y la novela lírica, o cualquier relato de ritmo lento, con menor atención a la trama novelesca, el argumento, que parece ser lo que
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Cfr. Eduardo Martínez Rico: “Jugar y juzgar. Los ensayos literarios de Francisco Umbral” en
Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, nº 19, 2001, nº 19, en prensa. 73
Jean-Pierre Castellani, en su artículo “De Ramón a Paco: de Ramón Gómez de la Serna a Francisco Umbral” (en Evelyne Martín Hernández (ed.): Ramón Gómez de la Serna, CRLMC, Universidad de Siant Etienne, 1999, pp. 275-282), explica cómo la biografía-ensayo que nuestro autor hace sobre Ramón puede entenderse también como autobiografía, memorias. Ya no se trata sólo de afinidades literarias y vitales, sino que en la construcción de la biografía de Gómez de la Serna, Umbral entreteje la suya propia, en una fusión que tiene mucho de novelesca, pero que sobre todo es profundamente sincera. Umbral, cuando escribe sobre Gómez de la Serna, escribe también sobre sí mismo. De ahí que podamos buscar muchas claves literarias de la obra de Umbral en
Ramón y las vanguardias. Dice Castellani (p. 275):
La démarche devient encore plus subtile, et donc plus complexe, et encore plus porteuse de sens, quand cette pratique se multiplie et que l´on peut déceler, dans la biographie de l´autre, une espèce de reflexion sur sa propre biographie. Raconter la vie d´un autre c´est alors se raconter soi-même, dévoiler l´autre c´est se démasquer aussi. L´écriture sur autrui devient une écriture de soi, la mémoire de l´autre constitue la sienne dans un texte dont le statut est différent de celui de l´autobiographie ou même de l´autofiction, por reprendre le terme proposé par Serge Doubrovsky.
identifica popularmente la novela tradicional, la que llevaron a su apogeo los maestros del siglo XIX. A Ramón Gómez de la Serna, dice Umbral, se le da mucho mejor novelizar personas reales que crear personajes ficticios, nuevos, todo lo nuevo que puede llegar a ser un personaje, siempre con una carga real a cuestas, en mayor o menor medida. Y eso le une con nuestro autor. Umbral trabaja en sus novelas con hombres y mujeres que ha conocido personalmente, o con grandes figuras de la Historia y de la Literatura a las que ha leído a fondo, o sobre las que ha investigado con gran interés, transformando esos personajes reales en personajes ficticios, otros, pero aprovechando la realidad que tienen o han tenido, y lo que queda de ellos en la memoria colectiva.
Incluso cuando saco en un libro personajes reales, políticos o escritores, vivos o históricos, ya no son ellos. Mi Franco no es Franco. Mi Pardo Bazán no es la Pardo Bazán. El personaje real, con sus nombres y apellidos, en cuanto entra en una novela principia a comportarse novelísticamente. Y para esto, no hay que forzarle. Hay que dejarle solo.74
Pero no crea personajes de la nada (nadie los crea de la nada, pero los de Umbral tienen una base muy sólida en modelos reales), y cuando lo intenta, si es que alguna vez lo hace, le salen desvaídos. Incluso esos personajes históricos a los que acabamos de aludir, y cuyo ejemplo máximo podría ser el Franco de Leyenda del César Visionario, se independizan de sus modelos reales en cuanto el autor los pone por escrito (“Mi Franco no es Franco”), porque ya están al servicio de los mecanismos novelísticos del autor. Además, esos personajes históricos o literarios, quedan siempre como figuras de fondo. Dan ambiente de época, ambiente cultural e histórico. El núcleo del relato, como ocurre casi siempre en la novela histórica moderna, es una historia particular, íntima a veces, de personajes más modestos que viven la Historia con mayúscula en compañía de esas figuras. Viven la crónica mayor de la Historia protagonizando sus propios problemas, pequeños por formar parte de la “intrahistoria” –recordemos a Unamuno-, pero a los que la lente aumentadora del escritor, la atención que les dispensa, les coloca a la altura de los grandes problemas de Estado, las peripecias de los protagonistas de la Historia. De este modo, en las ficciones de Umbral, son los personajes desconocidos, los propiamente novelescos, y a la vez tan ligados a las vivencias del autor, los que dan cuerpo a la novela. Ellos caracterizan en el fondo la gran época que el autor retrata. El concurso de un escritor, de un
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pintor o de un político en una novela de Umbral –sobre todo en su ciclo de relatos